Capítulo cuatro Tócala y morirás
Jarrow
El muchacho me encontró antes del amanecer, algo que nadie en esta nave había logrado en once años.
Yo estaba en la galería de observación sobre el núcleo impulsor, adonde voy cuando la nave está en calma y yo no.
Habría dormido una hora, quizá. Mi esposa había vuelto a dormir en mi cama, tras su cerradura, y su hermano en el camarote contiguo, y durante toda la noche mi cuerpo había sabido exactamente dónde estaban los dos.
Unos pasos avanzaron por la galería. Pasos humanos, ligeros e irregulares, la zancada de alguien que aún no ha terminado de acostumbrarse a sus propias piernas.
—Vaya —dijo Eli Marsh—. Así que de aquí viene el ruido.
Se detuvo junto a mí en la barandilla, con una túnica sarovana prestada que le llegaba por debajo de las rodillas y las mangas remangadas cuatro veces.
Todavía llevaba la palma vendada. No me miró.
Miró hacia abajo, a través del enrejado, al núcleo impulsor, una columna de fuego de piedra solar contenido de tres cubiertas de altura, y se le iluminó toda la cara de interés.
—No deberías estar aquí —dije.
—Seguramente no. —Se inclinó sobre la barandilla más de lo que me gustaba—. El acoplamiento número tres está desfasado. ¿Lo oyes? Hay un pequeño tropiezo en el zumbido. Cada once segundos.
Escuché. Llevaba once años al mando de esta nave. Nunca había oído ningún tropiezo.
Entonces lo oí.
—Nuestros ingenieros no lo han notificado.
—Vuestros ingenieros duermen por la noche. —Por fin alzó la vista hacia mí, y no retrocedió. Los guerreros sarovanos adultos retroceden. Este muchacho, que apenas me llegaba al pecho, se limitó a ladear la cabeza y examinarme como había examinado el núcleo, como una máquina con piezas interesantes.
Sus ojos se detuvieron en mi cuerno izquierdo.
—¿Cómo te lo desportillaste?
Diez años de guerra, y nadie me lo había preguntado nunca a la cara.
—En casa todo el mundo dice que te lo hiciste matando a cien colonos —dijo—. Con la cabeza. Que, la verdad, me pareció una forma rara de hacerlo.
—En casa todo el mundo se equivoca.
—¿Entonces cómo?
—Una puerta.
Se me quedó mirando.
—Tenía diecinueve años —dije—. Crecí quince centímetros en una estación. La escotilla de la sala de guerra de mi padre, no.
Eli Marsh se echó a reír. Le estalló dentro, demasiado fuerte para la galería silenciosa, y se tapó la boca con la mano vendada, y le temblaban los hombros.
—Una puerta —dijo entre los dedos—. El Carnicero de la Frontera perdió una pelea contra una puerta.
Debería haberme ofendido. Esperé a sentirme ofendido. No llegó.
En su lugar llegó una calidez extraña, desconocida, en lo hondo del pecho. Hacía mucho que no la sentía. No desde que Anso era lo bastante pequeño para montar en mis hombros y hacerme preguntas que no tenían ningún sentido.
—No se lo digas a tu hermana —dije.
—Ah, pienso contárselo a mi hermana, sin ninguna duda.
—Entonces yo le diré que estuviste en la galería del núcleo sin permiso.
Lo sopesó con la seriedad de un negociador. Me di cuenta de que era, sin la menor duda, hermano de ella.
—Trato hecho —dijo—. ¿Puedo ver el acoplamiento?
—No.
—Puedo arreglarlo en veinte minutos.
—Mis ingenieros pueden arreglarlo.
—Tus ingenieros no lo han oído. —Me sostuvo la mirada—. Venga. Te pusiste en pie delante de todo tu consejo y apostaste tu honor por mí. ¿No quieres saber si lo valgo?
Lo miré desde arriba durante un largo momento. Todas las reglas de mi flota decían que ningún civil humano pisaba la nave insignia. Ya había roto esa regla por él. La sala de máquinas era una regla mucho más pequeña.
—Veinte minutos —dije—. Y no tocas nada que yo no te dé.
Sonrió, y era la sonrisa de ella, y me atravesó como un puñal.
Tardó catorce minutos. Mi ingeniera jefe lo observó todo con los brazos cruzados y la mandíbula cayéndosele poco a poco. Cuando el muchacho se apartó y el tropiezo del zumbido del núcleo había desaparecido, ella me miró a mí, luego a él, y luego otra vez a mí.
—Señor de la guerra —dijo con cautela—, ¿me lo puedo quedar?
—No —dije, y me sorprendió lo rápido que me salió.
* * *
Mi esposa nos encontró en el pasillo, frente a la sala de máquinas. Llevaba el componente chamuscado del detonador apretado en el puño, la trenza medio deshecha, y olía a sueño, a tinta y a mi cama.
El vínculo me golpeó como una ola contra un casco.
Me había preparado para ello. Ahora siempre me preparo. No sirvió de nada. La piel se me calentó desde la muñeca hasta el hombro, y sentí los primeros hilos de luz empezar a subirme por los brazos bajo las mangas. Los crucé sobre el pecho y los mantuve allí.
Ella miró a su hermano, otra vez con grasa hasta los codos, y luego alzó la vista hacia mí.
—¿Quiero saberlo?
—Me ha arreglado la nave —dije.
—Suele hacerlo. —Se volvió hacia Eli—. Desayuno. Vete. Brask te enseñará dónde.
Brask, que había estado apoyado contra el mamparo detrás de ella como una pieza más de la arquitectura, gruñó y se despegó de la pared. Eli se fue con él, caminando de espaldas tres pasos para poder articular algo en silencio hacia mí por encima del hombro de su hermana. Creo que fue puerta.
Entonces ella y yo nos quedamos solos en el pasillo.
Alzó el componente entre los dos.
—Tenemos que hablar de esto.
—Sí.
—Si el consejo lo ve, Ruhl gana. —Lo dijo rápido y en voz baja, como había expuesto sus condiciones en mis aposentos—.
Ya está diciendo que las colonias se lo hicieron a sí mismas.
Un detonador de grado colonial entre los escombros es exactamente la prueba que quiere.
Dirán que el tratado es una trampa humana y votarán para anularlo, y yo no podré impedirlo, porque no se equivocarán sobre la procedencia de la pieza.
—Se equivocarán sobre el porqué.
—El porqué les dará igual. —Sus ojos verde grisáceo sostuvieron los míos—. Alguien de mi lado fabricó esto. Alguien del tuyo disparó las armas. Hasta que sepamos quién, nadie de ninguno de los dos consejos lo va a ver.
Tenía razón. Yo había llegado a la misma conclusión una hora antes del amanecer, de pie en la galería del núcleo. Era extraño oír mis propios pensamientos devueltos en su voz, más afilados y más rápidos de lo que habían sido en mi cabeza.
—De acuerdo —dije—. Con una excepción.
Entornó los ojos.
—Olbrecht supervisa la investigación. Tiene que verlo.
—Olbrecht forma parte del consejo.
—Olbrecht no es el consejo. —Mantuve la voz serena—. Se hizo cargo de mí cuando murió mi padre. Me enseñó a sostener una flota. Nunca, en toda mi vida, ha traicionado mi confianza. Pondría mi propia vida en sus manos sin pedir que me la devolviera.
Me estudió como estudiaba una cláusula hostil.
Luego me tendió el componente, y lo tomé. Esta vez sus dedos no tocaron los míos. Tuvo cuidado de que no ocurriera. No supe si se protegía a sí misma o a mí.
—Tú le confías tu vida —dijo—. Yo te confío la de mi hermano. No hagas que me arrepienta.
—No lo haré.
No era mentira. Lo creía por completo.
* * *
Olbrecht me recibió en su estudio, entre las cartas estelares, los libros antiguos y el olor del té amargo que prepara cada tarde desde antes de que yo naciera.
Giró el componente entre sus largos dedos bajo la lámpara, muy despacio. Su rostro no cambió. Su rostro rara vez cambia. Es una de las cosas que aprendí de él.
—De grado colonial —dijo por fin—. El muchacho tiene razón. Buen ojo, para alguien tan joven.
—El consejo no puede verlo. Todavía no.
—No. Ivo montaría una guerra con esto antes de la cena. —Dejó el componente sobre su escritorio, en un cuadrado de tela doblado, con tanta delicadeza como si fuera un huevo—. Lo tendré cerca y lo mantendré en secreto. Tienes mi palabra.
Su palabra. En cuarenta y un años, nunca me había dado su palabra para luego romperla.
—¿Quién más lo sabe? —preguntó.
—Mi esposa. Su hermano.
—¿Solo esos dos?
—Solo esos dos.
Asintió despacio y dobló la tela sobre el componente.
—Entonces está bien guardado. —Alzó la vista hacia mí, y sus viejos ojos se suavizaron—. Te lo ha confiado a ti.
—Sí.
—Ten cuidado con eso, muchacho. La confianza pesa mucho cuando te la entrega alguien que no tiene ningún motivo para dártela. —Sonrió levemente—. Hace que un hombre sienta que debe ganársela. Y los hombres que sienten que deben ganarse algo cometen grandes necedades.
Lo dejé con su té y sus cartas estelares.
* * *
La casa de Teskan presenta a sus novias ante la corte. Es una costumbre antigua, más antigua que el Dominio, y no había forma de evitarla. La mitad de las casas nobles de Sarov habían subido a bordo para el tratado, y no habían venido a verme a mí.
El gran salón de la Palabra Inquebrantable resplandecía con la luz de la piedra solar.
Los nobles, con sus correajes enjoyados, se movían entre las largas mesas, cada uno con los cuernos rematados en plata u oro según su rango.
Sonaba música. Nadie la escuchaba. Todas las miradas de la sala estaban puestas en la puerta.
Ella entró del brazo de Anso, porque la costumbre exigía que un pariente varón escoltara a la novia, y yo no podía fiarme de mí mismo para ser ese pariente.
Había rechazado el traje de corte sarovano.
Brask me lo había comunicado en una sola frase: Dijo que no.
Así que vino con su propio traje gris, impecablemente planchado, con la trenza caoba recogida por primera vez, lo que le dejaba la nuca al descubierto.
Llevaba la barbilla alzada. Parecía un puñal que alguien hubiera olvidado volver a envainar.
La corte la miró y empezó a susurrar.
Yo estaba en la cabecera del salón y sentía cada uno de aquellos susurros como una mano sobre la piel.
Anso me la trajo. Me guiñó un ojo al entregármela, cosa que le haré pagar más adelante. Ella ocupó su lugar a mi lado, a un palmo prudente de mi codo, y no me miró.
Olía al jabón de la nave y, debajo, a sí misma. Mantuve las manos a la espalda.