Novia por correo Epílogo
94%

Epílogo

El muelle del puerto de Manhattan bullía de actividad bajo un cielo despejado de primavera.

Los mástiles de los barcos anclados se mecían suavemente contra el horizonte, y el aire olía a sal.

Los gritos de los trabajadores se mezclaban con la expectación nerviosa de cientos de personas que aguardaban, como ellos, la llegada de un vapor procedente de Europa.

Genevieve no podía quedarse quieta.

—¿Falta mucho? —preguntó, por décima vez en menos de una hora. Apretó el brazo de Caleb con una fuerza que empezaba a dejarle marca.

—El oficial del puerto dijo que atracaría antes del mediodía —respondió Caleb, con una paciencia que disimulaba apenas su propio nerviosismo—. Todavía faltan veinte minutos, Eve.

—Veinte minutos son una eternidad —murmuró ella, sin apartar la vista del horizonte, donde una columna de humo lejana anunciaba la proximidad del navío.

A su lado, Clara, ya con once años cumplidos y varios centímetros más alta que en su llegada a Texas, sostenía con ambas manos un ramo de flores silvestres que había insistido en cortar ella misma esa mañana, tras negarse rotundamente a comprar uno en cualquier florería elegante de la Quinta Avenida.

—¿Y si no me reconocen? —preguntó de pronto la niña, con una vocecita insegura que contrastaba con la seguridad que había ido ganando en el rancho—. He crecido mucho, Eva. Y ahora tengo las manos llenas de callos, como decía el tío Arthur con tanto desprecio.

Genevieve se agachó para mirarla a los ojos, le apartó un mechón de cabello de la frente.

—Te reconocerían entre un millón de niñas, Clara Waverly —dijo, con absoluta certeza—. Los callos en tus manos no van a cambiar la forma de tu sonrisa, ni el brillo de tus ojos cuando cuentas una historia. Eso, ningún océano lo cambia.

Un grito colectivo recorrió el muelle cuando la proa del vapor, enorme y majestuosa, comenzó a maniobrar hacia el atracadero, entre el humo de sus chimeneas y el clamor de las gaviotas que sobrevolaban el mástil principal.

Genevieve sintió que el corazón se le subía a la garganta, incapaz de apartar los ojos de la cubierta, donde decenas de pasajeros se agolpaban contra la baranda, buscando entre la multitud del muelle los rostros que llevaban meses, algunos años, sin poder ver.

—¡Ahí! —Clara señaló con el brazo extendido y agitó el ramo de flores hasta desarmarlo casi por completo—. ¡Eva, ahí! ¡Junto al mástil, el hombre del sombrero gris!

Genevieve siguió la dirección del dedo de su hermana, y el mundo entero pareció detenerse un instante.

Edmund Waverly estaba más delgado de lo que ella recordaba, con el cabello más gris de lo que dieciocho meses deberían haber permitido, y una barba que jamás había llevado antes del naufragio.

Pero sus ojos, esos mismos ojos claros que Clara había heredado casi sin cambios, seguían siendo inconfundibles, incluso a la distancia.

Junto a él, aferrada a su brazo con una mezcla de fuerza y fragilidad, Charlotte Waverly llevaba puesto un vestido sencillo, muy alejado de la elegancia que Genevieve recordaba de su infancia, pero su rostro, iluminado por las lágrimas que ya corrían libres por sus mejillas, era exactamente el mismo que aparecía en cada uno de sus recuerdos más entrañables.

—¡Papá! ¡Mamá! —gritó Genevieve, sin importarle ya la compostura ni las miradas curiosas de los desconocidos a su alrededor.

Se abrió paso entre la multitud del muelle con Clara a su lado.

En cuanto la pasarela terminó de asegurarse contra el embarcadero, Edmund Waverly bajó los primeros escalones casi corriendo, sin esperar siquiera a que los demás pasajeros terminaran de desembarcar, y se encontró con sus dos hijas a mitad de camino.

Las envolvió a ambas en un abrazo tan fuerte que Genevieve sintió, por primera vez en más de dos años, que todas las piezas rotas de su mundo volvían a encajar de golpe.

—Mis niñas —repetía Edmund, una y otra vez, con la voz quebrada. Le besaba la cabeza de Clara y luego la de Genevieve, incapaz de contener el llanto que le sacudía los hombros—. Mis niñas, pensé que jamás... pensé que no volveríamos a...

—Estamos aquí, papá —sollozó Genevieve, aferrada a su cuello—. Estamos aquí, y vosotros estáis aquí, y eso es lo único que importa.

Charlotte Waverly llegó un instante después, y el abrazo se convirtió en uno solo, los cuatro entrelazados en medio del bullicio del muelle, ajenos por completo a las miradas de los transeúntes, a las gaviotas que chillaban sobre sus cabezas, al mundo entero que continuaba girando indiferente a su alrededor.

—Mírate, Clara —dijo Charlotte finalmente, apartándose apenas para observar a su hija menor con una mezcla de asombro y orgullo—.

Has crecido tanto. Y esas manos... —tomó las manos pequeñas y encallecidas de la niña entre las suyas, y en lugar de horror, en su rostro solo había una ternura profunda—.

Estas son manos de una mujer que ha trabajado duro por algo que ama. Estoy tan orgullosa de ti.

Fue Edmund quien, tras varios minutos de abrazos y lágrimas compartidas, reparó por fin en la figura alta que aguardaba unos pasos atrás, con el sombrero entre las manos y una expresión cautelosa, casi solemne, en el lado sano de su rostro.

—Tú debes de ser Caleb Westfall —dijo, tras soltar a sus hijas por un momento para acercarse—. El hombre que le escribió a una desconocida buscando esposa para un rancho ganadero, sin saber que estaba a punto de ganarse a toda una familia junto con ella.

La noticia les había llegado gracias a los marineros. En Europa habían hecho un cambio de embarcación y allí, todas las cartas de su hija llegaron juntas.

—Señor Waverly —dijo Caleb, extendió la mano con cierta rigidez, todavía sin saber muy bien qué esperar de aquel encuentro—. Es un honor conocerlo, por fin. Y me disculpo de antemano si mi aspecto no es el que un padre imagina para el esposo de su hija.

Edmund lo miró un largo instante, con una fijeza que no dejaba traslucir juicio alguno, y estrechó su mano con una firmeza sorprendente para un hombre que acababa de descender de un viaje transoceánico.

—Mi hija me escribió una carta larguísima hace unas semanas, señor Westfall —dijo Edmund, sin soltarle todavía la mano—. Me contó absolutamente todo. El anuncio en el Matrimonial News, el viaje a Texas, el incendio, el rumor de los fantasmas, y lo que hizo mi cuñado en aquel pabellón junto al lago.

Caleb sintió que la mandíbula se le tensaba solo de escuchar aquella última mención.

—Su hija fue muy valiente al contárselo, señor.

—Mi hija ha sido valiente toda su vida, señor Westfall, incluso cuando yo no estaba ahí para verlo —respondió Edmund, con una sombra de dolor cruzándole el rostro—. Y por lo que me cuenta en esa carta, usted también lo ha sido. Con ella. Con Clara. Con todo lo que les tocó enfrentar.

—Hice lo que cualquier hombre decente hubiera hecho, señor.

—No, señor Westfall. —Edmund negó despacio con la cabeza, sin soltar aún su mano—.

Muchos hombres decentes se hubieran asustado ante dos huérfanas que aparecen en su puerta con más secretos que equipaje.

Usted no solo las protegió de un tío despreciable y de un vecino ambicioso dispuesto a incendiar su propia casa.

Usted les dio un hogar. Y por lo que decían las cartas también, les dio una familia entera: capataces, peones, hasta un pueblo agradecido.

Eso, señor, no se compra ni se hereda. Eso se gana.

Caleb no supo qué responder, y por un instante, el orgullo silencioso que llevaba años acostumbrado a esconder tras el ala de su sombrero amenazó con quebrarle la voz.

—¿Puedo hablar con usted un momento, a solas? —preguntó Edmund.

Soltó finalmente su mano y le señaló con un gesto discreto hacia un tramo más despejado del muelle.

No había tiempo que perder, sabía que le esperaban demasiados trámites. Habían pasado de la vida a la muerte y de la muerte a la vida una vez más. Eso era una pesadilla para la burocracia.

Caleb asintió, y ambos se alejaron unos pasos, mientras Genevieve, Clara y Charlotte continuaban abrazadas, riendo entre lágrimas, ajenas por completo a la conversación que estaba a punto de tener lugar.

—Sé que suena extraño hablar de negocios apenas unos minutos después de un reencuentro como este —comenzó Edmund, con las manos entrelazadas a la espalda, y la vista en el agua—, pero hay un asunto legal que no puede esperar demasiado, y prefiero resolverlo yo mismo antes de que ningún abogado torpe lo enrede más de lo necesario.

—Lo escucho, señor.

—Mi hija Genevieve, señor Westfall, es la heredera de una fortuna considerable —dijo Edmund, con voz pausada—.

Mi fortuna, para ser exactos, junto con la de su madre.

Durante el tiempo en que se nos dio por muertos, esa fortuna quedó bajo un fideicomiso administrado por mi cuñado, quien, según parece, intentó aprovecharse de esa posición de más formas de las que estoy dispuesto a perdonar.

—No tengo ningún interés en el dinero de su hija, señor Waverly —dijo Caleb, con una firmeza que no admitía dudas—. Me casé con ella por lo que era, no por lo que tenía. Si es eso lo que le preocupa...

—No es eso lo que me preocupa en absoluto, señor Westfall —lo interrumpió Edmund, con una media sonrisa que suavizó por primera vez la seriedad de su rostro—.

De hecho, es exactamente lo contrario. Sé, por las cartas de mi hija, por la forma en que ella habla de usted, por la forma en que la mira ahora mismo mientras hablamos, que usted jamás buscó su dinero.

Y es precisamente por eso que quiero que lo tenga.

Caleb frunció el ceño, sin entender del todo.