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Epílogo #2

—Bajo la ley, y bajo mi propia voluntad como padre, la dote de Genevieve pasa ahora a formar parte del patrimonio conyugal —explicó Edmund—.

Es decir, señor Westfall, que le corresponde a usted tanto como a ella.

Y espero, sinceramente, que lo use para levantar ese rancho hasta convertirlo en la propiedad más próspera de todo el condado de El Paso.

Reconstruyan el granero con la mejor madera que el dinero pueda comprar.

Compren el ganado que necesiten. Contraten a todos los peones que hagan falta, y páguenles un salario que los haga quedarse por gusto y no solo por necesidad.

—Señor, no puedo aceptar...

—Puede, y lo hará —lo cortó Edmund, con una autoridad tranquila que recordaba, en cierto modo, a la de su propia hija—.

Porque un hombre que sacrificó su rostro intentando salvar a su hermana, que resistió amenazas e incendios por no ceder ni un centímetro de su tierra, y que además tuvo el coraje de enfrentarse a un déspota como mi cuñado por defender a una niña que ni siquiera era suya por sangre...

ese hombre, señor Westfall, se ha ganado sobradamente el derecho a administrar la fortuna de mi hija con la misma integridad con la que administra su propio rancho.

Caleb miró hacia donde Genevieve, con Clara aún aferrada a su cintura, reía junto a su madre bajo el sol de la mañana, y sintió que algo en su pecho, algo que llevaba años cerrado a cal y canto tras el fuego de aquella otra noche, se abría por completo.

—Gracias, señor Waverly —dijo finalmente, con la voz ronca—. Le prometo que no lo van a decepcionar. Ni usted, ni Genevieve, ni Maeve, ni ninguno de los que confiaron en mí para llegar hasta aquí.

Edmund le dio una palmada firme en el hombro, y ambos regresaron juntos hacia donde la familia entera aguardaba, reunida por fin, bajo el cielo despejado de un puerto que, después de dieciocho meses de ausencia y silencio, por fin había devuelto todo lo que el mar se había llevado.

La estación de ferrocarril de Nueva York bullía de gente, pero en una de las bancas de espera al extremo del andén, existía una pequeña burbuja de silencio.

Genevieve sostenía a Clara entre los brazos, con la cara hundida en el cabello de su hermana, y respiraba profundo como si quisiera guardar para siempre el olor a jabón de lavanda que Clara aún conservaba de su baño matutino, a pesar de los meses en el polvo de Texas.

—No quiero que se vayan —murmuró Clara, con la voz pequeña, la de una niña de repente, no la de la pequeña mujer que había aprendido a ser en el rancho.

—Tenemos que volver al rancho, cariño —respondió Genevieve, aunque su propia voz temblaba—. Caleb... nuestro hogar está ahí. Y tú necesitas estar aquí, con mamá y papá.

—Lo sé.

—Voy a extrañarte cada día, Clara Waverly.

—Yo también voy a extrañarte —respondió su hermana—. Pero quería decirte algo antes de que se vayan. Algo que he estado pensando…

—¿Qué cosa?

Clara respiró profundo, buscó las palabras exactas, y luego comenzó a hablar con una cuidadosa precisión que hizo que Genevieve sintiera que, de alguna manera, su hermana pequeña había envejecido años en el tiempo que llevaban separadas.

—Quería darte las gracias —dijo Clara— por todos los cuentos de hadas.

Por permitirme creer que princesas escapaban en medio de la noche, que príncipes desfigurados se redimían por amor, que los fantasmas venían a ayudar en lugar de a asustar.

Me hizo más fácil soportar todo lo que pasó en Nueva York.

Me hizo más fácil creer que el final no tenía que ser el que el tío Arthur quería.

Genevieve no dijo nada, solo esperó a que Clara continuara.

—Pero ahora sé que los cuentos de hadas no son reales —continuó la niña, con una honestidad que dolía—.

Sé que Caleb va a tener esas cicatrices para el resto de su vida.

Sé que tú tuviste que tomar una decisión difícil, que pasaron cosas horribles, que el tío Arthur fue verdaderamente malo, no un villano de papel que desaparece cuando grita el héroe.

Sé que los finales felices existen, pero no son como los de los cuentos de hadas. Son más complicados. Más reales.

Genevieve levantó la mano de Clara para besarla, sin decir nada todavía.

—Así que quería decirte —continuó Clara, con los ojos llenos de una sabiduría que no debería haber tenido que aprender a los once años— que gracias por haberme permitido creer en la magia, incluso sabiendo que no era real.

Porque, ¿sabes qué descubrí? Que la magia existe, solo que no en la forma que los cuentos dicen.

Genevieve se incorporó apenas, se apartó para ver mejor el rostro de su hermana.

—¿Qué quieres decir, Clara?

La niña miró hacia donde Caleb conversaba en voz baja con su padre, y ayudaba a cargar los últimos baúles en el ferrocarril, con sus manos fuertes y sus cicatrices visibles a la luz del mediodía neoyorquino.

—La magia no está en el mundo real —dijo Clara, con una claridad que hizo que Genevieve contuviera el aliento—. La magia está en cómo lo percibimos. La magia está en los ojos que miran.

Extendió la mano y tomó la barbilla de su hermana entre los dedos pequeños, girando su rostro de modo que mirara directamente a Caleb.

—Caleb Westfall nunca va a dejar de tener esas cicatrices, Eva —continuó Clara—.

Van a estar ahí cada mañana cuando despierte, cada noche cuando se acueste, cada vez que se mire en un espejo.

Eso es la realidad. Eso es lo que los cuentos de hadas nunca cuentan, ¿verdad?

Que a veces los príncipes se quedan marcados para siempre.

—Clara...

—Pero la magia —la interrumpió su hermana, con una convicción que parecía venir de un lugar muy antiguo y muy sabio en su pequeño cuerpo de once años—, la magia sucedió en tus ojos.

Y probablemente en los míos también. Hace meses, cuando dejé de verlo como «el hombre desfigurado» y comencé a verlo como «Caleb».

Y en algún momento, sin que ninguno de nosotros lo notara exactamente, esas cicatrices dejaron de ser lo primero que veía tu corazón.

Dejaron de ser lo más importante. Se convirtieron en simplemente...

parte de él. Parte de la historia. Parte de la magia que hizo posible todo lo demás.

Genevieve no podía hablar. No podía hacer más que escuchar a su hermana, la niña a la que había protegido durante tanto tiempo, ahora protegiéndola a ella con palabras que nunca hubiera esperado escuchar de labios tan jóvenes.

—Así que sí —continuó Clara, con una sonrisa que fue mitad niña, mitad mujer—, descubrí que los cuentos de hadas no son reales. Pero descubrí que la magia lo es. Solo que es distinta. Es más pequeña, más frágil, más fácil de perder si no la cuidas. Pero es real, Eva. Es completamente real.

Genevieve rompió a llorar, abrazó a Clara con una fuerza que pretendía retener todo lo que iba a extrañar, toda la sabiduría que su hermana acababa de entregarle, todo lo que había aprendido durante esos meses que cambió una inocencia ingenua por una comprensión más profunda del mundo.

—Te voy a echar de menos cada segundo del día, Clara Waverly —murmuró contra su cabello.

—Y yo a ti —respondió Clara—. Pero escríbeme. Cuéntame sobre el rancho. Cuéntame sobre Caleb, sobre Maeve, sobre todos ellos. Y cuéntame, por favor, sobre cómo sigue siendo mágico todo, incluso cuando no es perfecto.

Cuando se separaron, Caleb estaba de pie junto a ellas, con las manos vacías y el sombrero entre los dedos, esperando su turno para despedirse.

Clara se levantó de la banca, se acercó a él, levantó el rostro hacia el lado marcado de su cara, y lo besó en la mejilla, en aquel lado donde las cicatrices eran más profundas, más visibles, más imposibles de ignorar o de romantizar.

—Cuida bien de mi hermana —pidió Clara—. Y no dejes de creer en la magia, incluso cuando duela. Especialmente entonces.

Caleb sintió que la mandíbula se le tensaba, que los ojos le escocían por las lágrimas que amenazaban con caer, y asintió sin decir nada, porque no había palabras que fueran lo suficientemente grandes para responder a lo que Clara acababa de ofrecerle: permiso.

Permiso para dejar de esconder su rostro.

Permiso para permitir que alguien viera sus cicatrices sin que eso signifique que deba explicar o disculparse por ellas.

Edmund Waverly, que había estado observando toda la escena desde una distancia prudente, se acercó entonces y puso una mano en el hombro de Caleb.

—Cuídelas bien, señor Westfall —dijo, con voz baja—. A las dos. Y no olvide lo que acaba de decir Clara. La magia que existe en una mirada no es menor que la de cualquier cuento. Es, de hecho, mucho más valiosa.

El tren pitó. El andén se llenó del caos de despedidas y maletas, de gente corriendo y porteadores gritando órdenes.

Genevieve y Caleb subieron al ferrocarril que los llevaría de regreso a Texas, mientras Clara y sus padres permanecían en el andén, agitando las manos en despedida.

En el último momento, justo antes de que el tren comenzara a moverse, Clara gritó una última cosa, con toda la fuerza de sus pulmones, de forma que incluso por encima del silbido del vapor, Genevieve logró escucharla clara:

—¡Las princesas siempre ganan, Eva! ¡No lo olvides!

Y Genevieve, con Caleb de pie a su lado, sus cicatrices brillando bajo la luz del mediodía, supo, con una certeza que trascendía cualquier cuento de hadas, que Clara tenía razón.

Las princesas siempre ganan. Solo que la victoria no siempre es el final del cuento.

A veces, es apenas el comienzo.

Texas, primavera de 1876.

La madrugada era tibia en el rancho Westfall, prometía un día hermoso, sin saber aún que sería mucho más hermoso de lo que cualquier día ordinario podría pretender.