Novia por correo Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

No podía permitirlo, pero tampoco podía aceptar que Clara quedara sola a merced de su tío. Y entonces lo vio, corrió hacia el almacén donde los periódicos estaban dispuestos. Llegaban demasiado tarde a Texas las noticias del mundo, pero allí estaba y las piernas casi no le responden.

—¡Basta! —La voz de Genevieve cortó el aire como un látigo. Corrió hacia el almacén y cogió uno, cuya primera plana se le presentaba borrosa por la increíble noticia.

Se interpuso entre los dos hombres con un movimiento decidido, sostuvo en lo alto el papel.

—Ninguno de los dos va a dispararle a nadie mañana al amanecer —dijo, con una autoridad que hizo callar de golpe hasta el murmullo de los curiosos—. Porque, tío Arthur, antes de que sigas hablando de leyes y de jueces de Nueva York, creo que hay algo que deberías leer primero.

***

Arthur miró el periódico con desdén, como si la sola idea de que aquel papel pudiera contener algo relevante para él resultara absurda.

—¿Qué es esto, Genevieve? ¿Un truco desesperado para ganar tiempo?

—Léelo —respondió ella, desdoblando el ejemplar con manos que apenas lograba mantener firmes, y sosteniéndolo en alto para que él pudiera ver el titular impreso en letras gruesas de la primera plana.

Arthur tomó el periódico con un gesto de fastidio, dispuesto a descartarlo con una mirada rápida. Pero sus ojos se detuvieron en el titular, y algo en su rostro impecable comenzó a resquebrajarse.

MILAGRO EN EL PACÍFICO: SObrEVIVIENTES DEL SS CITY OF RIO REAPARECEN TRAS DIECIOCHO MESES, DADOS POR MUERTOS EN EL ATLÁNTICO NORTE.

—Esto es imposible —murmuró Arthur, aunque su voz ya no sonaba tan segura como segundos antes—. El City of Rio naufragó en el Atlántico. No hubo supervivientes. Fue confirmado por las autoridades navales, por la compañía naviera, por...

—Léelo completo, tío Arthur —lo cortó Genevieve, con una voz que temblaba, aunque esta vez no de miedo—. O lo leo yo, si tus manos ya no pueden sostener el papel con firmeza.

Le arrebató el periódico y comenzó a leer en voz alta, con la garganta cerrada por una emoción que apenas lograba contener.

—«Según ha podido confirmar este diario, un grupo de veintitrés pasajeros y tripulantes del malogrado SS City of Rio, dado por perdido en su totalidad tras la tormenta del Atlántico Norte hace ya dieciocho meses, ha sido hallado con vida en la ciudad portuaria de Cantón, en el Imperio de China.

Los supervivientes, entre los que se cuentan el señor Edmund Waverly y su esposa Charlotte Waverly, de Nueva York, fueron rescatados en alta mar por un buque de bandera desconocida, dedicado presuntamente al contrabando de mercancías en aguas internacionales. »

Genevieve tuvo que detenerse un instante, con la voz quebrada. Clara, que había estado escuchando con los ojos muy abiertos, se aferró con fuerza a la manga de su hermana.

—Sigue, Eva —susurró la niña—. Por favor.

Genevieve tomó aire y continuó.

—«El capitán de dicho navío, temiendo las consecuencias legales de admitir haber rescatado a los náufragos en aguas donde no debía encontrarse, optó por no reportar el hallazgo a ninguna autoridad portuaria occidental, llevando en cambio a los supervivientes hasta las costas de China, donde permanecieron durante meses sin medios para comunicarse con sus familias ni con las autoridades estadounidenses.

Solo tras la intervención de un misionero metodista, que facilitó el contacto con el consulado en Cantón hace apenas seis semanas, ha sido posible confirmar sus identidades y garantizar un pasaje de regreso seguro, sin que los náufragos sufrieran represalia alguna por parte de sus rescatadores, quienes finalmente accedieron a cooperar ante la promesa de inmunidad ofrecida por el propio consulado. »

Caleb la observaba en silencio, con el pecho apretado por una emoción que no sabía bien cómo nombrar, viendo cómo las manos de Genevieve temblaban cada vez más sobre el papel.

—«El señor Waverly, reconocido hombre de negocios neoyorquino dado por fallecido junto a su esposa, se encuentra ya de regreso hacia los Estados Unidos, con fecha de arribo estimada al puerto de Nueva York para finales de mes.

Fuentes cercanas a la familia confirman que su primera intención, al desembarcar, será reunirse con sus dos hijas, Genevieve y Clara Waverly, cuyo paradero actual desconocen tras dieciocho meses de ausencia total del hogar familiar. »

Genevieve bajó el periódico, con los ojos anegados en lágrimas que ya no intentaba contener.

—Están vivos, Clara —dijo, con la voz quebrada por completo, girándose hacia su hermana pequeña—. Mamá y papá están vivos.

Clara se quedó paralizada un instante, como si las palabras necesitaran tiempo para atravesar la barrera del asombro, y luego rompió en un llanto que era, a partes iguales, incredulidad y una alegría demasiado grande para caber en un cuerpo tan pequeño.

—¿De verdad? —Clara sollozó, aferrada a la falda de Genevieve—. ¿De verdad, Eva? ¿No es un truco? ¿No es una mentira como las que le decíamos al tío Arthur?

—No es ninguna mentira, cielo —Genevieve se arrodilló para abrazarla con fuerza, las lágrimas de ambas se mezclaron—. Están vivos. Vienen de regreso. Todo este tiempo estuvieron vivos, atrapados al otro lado del mundo, intentando volver a nosotras.

El sheriff Hutchins, que había presenciado toda la escena con una mezcla de estupor y alivio evidente, se acercó despacio, aclarándose la garganta.

—Señor Sterling —dijo, con un tono que ya no admitía discusión—, si lo que dice este periódico es cierto, y algo me dice que un diario de Nueva York no publicaría semejante noticia sin confirmarla varias veces, entonces me temo que su tutela sobre la señorita Clara Waverly acaba de quedar sin ningún efecto legal.

El padre de la niña sigue con vida. Su autoridad, si es que alguna vez fue legítima más allá del papel, termina exactamente aquí.

Arthur se había quedado inmóvil, con el rostro pálido como la cera, mirando el periódico que Genevieve todavía sostenía entre las manos temblorosas.

—Esto no puede ser —murmuró, y por primera vez desde que Genevieve lo conocía, su voz sonó genuinamente desprovista de todo control—. Edmund... Edmund está muerto. Firmé los papeles del fideicomiso hace más de un año. La herencia, la tutela, todo estaba...

—Todo estaba basado en una tragedia que nunca terminó de ser lo que parecía, tío Arthur —dijo Genevieve, incorporándose despacio, con Clara todavía aferrada a su cintura—. Igual que muchas otras cosas en esta historia.

Arthur retrocedió un paso, buscó con la mirada algún apoyo entre los curiosos que se habían congregado alrededor, y no encontró más que rostros que ya no lo miraban con el respeto reverencial al que estaba acostumbrado en los salones de Nueva York, sino con una curiosidad fría, casi hostil, alimentada por los murmullos que ya corrían de boca en boca por la calle principal de Oakhaven.

—Esto no termina aquí, Genevieve —dijo, con un último resto de veneno en la voz.

Se ajustó el cuello de la camisa con dedos que ya no eran del todo firmes—.

Cuando tu padre regrese, hablaré con él.

Le explicaré exactamente qué clase de vida elegiste para su hija menor, entre rancheros desfigurados y rumores de fantasmas.

—Cuando mi padre regrese —respondió Genevieve, con una serenidad que pareció desarmarlo por completo—, le contaré yo misma, con todo detalle, lo que sucedió en aquel pabellón junto al lago artificial.

Y confío plenamente, tío Arthur, en que un padre que sobrevivió dieciocho meses varado al otro lado del mundo con tal de volver junto a sus hijas sabrá exactamente qué hacer con esa información.

El silencio que siguió fue absoluto. Arthur abrió la boca para responder, pero ninguna palabra logró salir de ella.

Finalmente, se limitó a hacer una reverencia rígida, forzada, y se alejó calle abajo hacia la posada, con la espalda tan tensa como la de un hombre que acababa de perder, en el espacio de unos minutos, absolutamente todo el poder que había creído tener.

Caleb esperó a que Arthur desapareciera tras la puerta de la posada antes de acercarse a Genevieve, todavía procesando la magnitud de lo que acababan de descubrir.

—Tus padres están vivos —dijo, casi sin poder creerlo él mismo—. Eve, tus padres están vivos.

—Están vivos —repitió ella, con una risa temblorosa que se mezclaba con las lágrimas, envolvió a Clara en un abrazo que también incluyó, casi sin pensarlo, a Caleb—. Van a conocerte, Caleb. Van a conocer el rancho. Van a conocer todo esto.

Clara, todavía con el rostro húmedo de lágrimas, levantó la vista hacia Caleb con una sonrisa que le iluminaba toda la cara.

—¿Ves? —dijo, entre hipidos—. Te dije que las princesas siempre ganan al final.