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Capítulo 16

El polvo del camino apenas se había asentado cuando Genevieve vio acercarse, a galope tendido, una figura que jamás hubiera esperado ver cabalgando así, con las faldas de tafetán verde oliva arremangadas de cualquier manera sobre la silla de montar prestada.

—¡Eso es Rosalie! —exclamó Clara, necesitó protegerse los ojos del sol con la mano—. ¿Por qué viene tan rápido?

Caleb, que estaba clavando el último tablón del nuevo corral junto a Thomas, se enderezó de inmediato, alerta ante la urgencia evidente en la forma de cabalgar de la mujer.

Rosalie tiró de las riendas frente al patio con tanta brusquedad que el caballo relinchó, molesto, y ella misma estuvo a punto de perder el equilibrio al desmontar apresuradamente.

—Señora Westfall —jadeó, con el rostro enrojecido por el esfuerzo y algo más que Genevieve tardó un instante en reconocer como auténtica angustia—. Tengo que hablar con usted. Ahora mismo.

—Rosalie, ¿qué ocurre? —Genevieve se acercó, secándose las manos en el delantal, con el ceño fruncido por la sorpresa. Desde el enfrentamiento en el almacén general, no habían vuelto a cruzar palabra.

—Hay un hombre en Oakhaven —dijo Rosalie, todavía sin recuperar el aliento del todo—. Llegó esta mañana en la diligencia. Un caballero de la ciudad, bien vestido, con modales de Nueva York. Estuvo preguntando en la posada por «la señorita Genevieve Waverly y su hermana menor».

Genevieve sintió que la sangre se le helaba en las venas.

—¿Cómo es? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta antes de que Rosalie terminara de describirlo.

—Alto, de unos cincuenta años, cabello canoso peinado hacia atrás, un anillo de sello en la mano izquierda —enumeró Rosalie—.

Habló con el reverendo, con el sheriff, incluso con la señora Peterson en su propia tienda.

Dijo que era el tutor legal de las jóvenes, que venía a «rectificar una situación de gran preocupación familiar».

—Arthur —murmuró Genevieve, con un hilo de voz.

—¿Tu tío? —preguntó Caleb, se acercó a ella con el martillo todavía en la mano y la mandíbula tensa.

Genevieve asintió, incapaz de articular más palabras por un momento. Clara, a su lado, había palidecido por completo, y sus dedos pequeños se aferraron con fuerza a la falda de su hermana, como llevaba meses sin hacer.

Había madurado mucho en el rancho, sin embargo, frente a tío Arthur volvía a ser una niña indefensa y asustada. Genevieve la entendía muy bien.

—Vine en cuanto lo supe —continuó Rosalie, y por primera vez desde que Genevieve la conocía, la voz de la mujer sonó despojada de todo el filo habitual—.

Después de lo que me dijo usted en el almacén, señora Westfall...

no dejé de pensarlo. Sobre lo que había vivido, sobre lo que personas como Silas o su tío hacen.

No podía quedarme sentada bebiendo té mientras ese hombre se paseaba por el pueblo con esa sonrisa de gato satisfecho, hablando de «rectificar situaciones».

Genevieve la miró con una sorpresa genuina, sintiendo que algo entre ellas, sin palabras de por medio, acababa de cambiar para siempre.

—Gracias, Rosalie —dijo, con sinceridad—. De verdad.

—No me lo agradezca todavía —respondió Rosalie, echó una mirada de reojo hacia el camino de Oakhaven—. Viene hacia aquí. Dijo que, si nadie le decía de vosotros de buena manera, iría personalmente al rancho con el sheriff detrás, a buscar a la niña.

—No va a poner un pie en esta propiedad —dijo Caleb, con una calma helada que resultaba más aterradora que cualquier grito.

—Caleb, espera. —Genevieve le sujetó el brazo—. Si él llega aquí con el sheriff, con papeles legales, con la autoridad de un tutor reconocido por un juez de Nueva York... no podemos simplemente negarle la entrada. Tenemos que pensar con cuidado cómo...

—No pienso esconderme de ese hombre, Genevieve —la interrumpió Caleb, con una firmeza que no dejaba lugar a discusión—. Ni voy a esperar a que aparezca en mi propia puerta a reclamar a mi cuñada como si fuera ganado extraviado. Vamos al pueblo. Ahora. Que me diga a la cara lo que piensa hacer.

—Caleb...

—No voy a permitir que esa niña vuelva a sentir miedo de un hombre nunca más —dijo él, mirando a Clara, que seguía aferrada a la falda de su hermana con los ojos llenos de un terror que Genevieve reconoció con demasiada claridad—. Ni un solo día más. Prepara el carro, Thomas.

Genevieve no discutió más. Amaba a su esposo con cada fibra de su ser. La vida lo había puesto en su camino. Él estaba herido, necesitaba de su mirada gentil para volver a creer que podía ser amado. Ella necesitaba su protección, esa que se extendía a su hermana.

—Caleb —lo detuvo ante la mirada de los peones, su hermana y Rosalie—, creo que no te lo he dicho aún. Te amo.

Caleb se quedó petrificado. Fue la risa suave de Rosalie la que lo sacó de trance.

—Es cuando tú le dices que también la amas, tonto —bromeó su antigua prometida.

—Creí que era evidente —dijo, rascándose la nuca.

—Lo era para mí —Genevieve posó sus labios en los de él—, pero será bonito oírte decirlo.

—Te amo, Eve.

—Y yo a ti, Caleb.

—¡Y ahora sí! —gritaron todos al unísono—. ¡A detener a otro malnacido!

La mandíbula de Caleb volvió a tensarse, ninguna palabra ni declaración de afecto lograría hacerlo cambiar de rumbo, y en el fondo, una parte de ella tampoco quería que lo hiciera.

El trayecto hasta Oakhaven se hizo en un silencio cargado de tensión, roto apenas por los intentos de Genevieve de tranquilizar a Clara, que viajaba apretada entre ambos, con el rostro escondido contra el costado de su hermana.

Encontraron a Arthur Sterling frente a la oficina del sheriff, con su traje oscuro impecable a pesar del polvo del camino, conversando con el propio sheriff Hutchins, un hombre corpulento de bigote gris que se rascaba la nuca con expresión incómoda.

Había contratado a un investigador privado, que unas semanas atrás le confirmó el paradero de sus sobrinas. No podía creer aún que Genevieve se hubiera casado con un extraño, uno pobre, además, pero eso no le impediría reclamar lo que era suyo.

Clara.

—Ahí está —dijo Arthur, al verlos bajar del carro, con una sonrisa fría dibujándose en sus labios—. Genevieve. Y la pequeña Clara, sana y salva, según parece, viviendo entre el estiércol y el polvo de la frontera.

—Tío Arthur. —La voz de Genevieve salió firme, aunque el corazón le latía desbocado—. No esperaba que cruzaras medio país solo para insultarme la vida que he elegido.

—No he cruzado medio país por insultos, querida sobrina —respondió Arthur, con un tono que pretendía ser paciente y sonaba, en cambio, condescendiente—.

He venido porque, hasta donde la ley me concierne, sigo siendo el tutor legal de Clara Waverly.

Tú te has casado, según me informan, con este...

ranchero. —Su mirada recorrió a Caleb de arriba abajo, deteniéndose con desprecio apenas disimulado en el lado marcado de su rostro—.

Enhorabuena. Eso resuelve tu situación personal.

Pero no la de tu hermana. Clara sigue siendo menor de edad, y su tutela me pertenece a mí, no a un desconocido de Texas que apenas conoces.

—No soy un desconocido —dijo Caleb. Dio un paso al frente y se colocó deliberadamente entre Arthur y las dos hermanas—. Soy su cuñado. Y le puedo asegurar, señor Sterling, que esa niña no va a volver a poner un pie cerca de usted mientras yo respire.

—Qué conmovedor —dijo Arthur, sin perder la compostura, aunque un destello de irritación cruzó fugazmente sus ojos claros—.

Un hombre desfigurado jugando al caballero protector.

Pero la ley, señor Westfall, no se conmueve con gestos románticos.

Tengo papeles firmados por un juez de Nueva York que me acreditan como tutor legítimo de Clara Waverly hasta que cumpla la mayoría de edad.

Puedo hacer que el sheriff aquí presente me la entregue hoy mismo, si así lo deseo.

El sheriff Hutchins carraspeó, incómodo, sin atreverse a intervenir todavía.

—Y yo puedo asegurarle —dijo Caleb, con la voz cada vez más baja y más peligrosa—, que ningún papel firmado en un despacho de Nueva York le va a devolver a esa niña mientras yo tenga aliento en el cuerpo.

Sé exactamente lo que intentó hacerle en aquel pabellón junto al lago, Sterling. Genevieve me lo contó todo.

Por primera vez, algo se quebró en la máscara impecable de Arthur. Una sombra de furia genuina le cruzó el rostro.

—Tenga mucho cuidado con las acusaciones que hace, ranchero —siseó—. Palabras así, sin pruebas, pueden costarle muy caro a un hombre que se enfrenta a alguien de mi posición.

—¿Y qué posición es esa, exactamente? —preguntó Caleb, dando otro paso hacia adelante—. ¿La de un hombre que persigue a una cría de diez años por medio país para terminar lo que empezó en aquel pabellón?

—¡Retráctese ahora mismo! —bramó Arthur, había perdido por completo la compostura, tenía el rostro enrojecido de una furia que ya no intentaba disimular—. ¡O le juro que voy a hacer que responda por difamación ante cualquier corte de este país miserable!

—No tengo nada que retractar —respondió Caleb, con una calma helada—. Y si lo que busca es una satisfacción por el honor, señor Sterling, estoy más que dispuesto a dársela como caballeros. Nombre el arma, la hora y el lugar.

Un murmullo de asombro recorrió a los pocos transeúntes que se habían detenido a presenciar la escena. El sheriff Hutchins dio un paso adelante, alarmado.

—Caballeros, esto no es Nueva Orleans, aquí no vamos a...

—Acepto el desafío —lo interrumpió Arthur, con una voz que temblaba de rabia contenida, quitándose los guantes de cabritilla con gestos bruscos—. Mañana al amanecer, en el terreno que usted elija, señor Westfall. Y cuando termine con usted, me llevaré a esa niña de todos modos.

Genevieve miraba a todos lados, presa del pánico. No confiaba en su tío, estaba segura de que haría trampas. ¿Y si no?

Aún peor…

Sabía que no llegarían a un duelo, que en ese mismo instante Caleb sería capaz de coger su arma y matar a Arthur. Algo que lo llevaría directo a la prisión.