Capítulo 14 #2
Genevieve ya estaba en la puerta, con una bata echada sobre los hombros a toda prisa y el cabello suelto cayéndole sobre la espalda. Tomó a Clara de la mano en cuanto Caleb la soltó.
—Yo la llevo —dijo—. Ve tú al granero, Caleb. Yo la dejo en el pozo y voy enseguida a ayudar con los cubos.
Caleb la sujetó un instante del brazo, solo un segundo, y sus miradas se cruzaron con una intensidad que no necesitó palabras.
No hubo tiempo para más. Salió corriendo hacia el patio, descalzo sobre la tierra fría, mientras a sus espaldas escuchaba los pasos apresurados de Genevieve guiando a Clara hacia la seguridad del huerto.
El panorama que lo recibió afuera era una réplica espantosa de una pesadilla que llevaba años intentando enterrar.
El granero nuevo, el que habían levantado con tanto sudor apenas unos meses atrás, ardía ya por uno de sus costados enteros, las llamas trepando hacia el techo de tablones con una voracidad alimentada por el viento seco del sur.
Thomas corría hacia el establo de los caballos, luchando por abrir las trancas antes de que el pánico de los animales se convirtiera en una estampida incontrolable.
Hosea ya llevaba dos cubos de agua colgando de cada mano, corriendo desde el pozo con una velocidad que desmentía sus canas.
—¡Caleb! —gritó Amos, apareciendo por el costado de la cabaña con el torso desnudo y los pantalones a medio abrochar—. ¡Los hermanos Cole están sacando el heno suelto de la parte trasera antes de que el viento lo lleve hasta la casa!
—¡Ezra! —bramó Caleb, localizando al muchacho pecoso, que corría en círculos con expresión de pánico—. ¡Deja de correr y forma una cadena con Amos hacia el pozo! ¡Cubos, ahora!
El muchacho reaccionó de inmediato, como si la orden clara lo hubiera sacado del aturdimiento. En cuestión de segundos, una fila desordenada pero eficaz comenzó a pasarse cubos de agua de mano en mano, desde el pozo hasta el costado del granero que aún no había sido consumido por completo.
Caleb se sumó a la fila, con los brazos ardiendo por el esfuerzo, el calor golpeándole el rostro con una familiaridad que le revolvía el estómago. El lado quemado de su cara pareció palpitar bajo el calor, como si la piel misma recordara aquella otra noche.
—¡El techo no va a aguantar! —gritó Thomas, que ya había logrado sacar a los últimos dos caballos del corral vecino y corría de vuelta hacia el grupo—. ¡Hay que concentrarse en que no salte a la casa ni a las cabañas! ¡El granero está perdido, Caleb!
—¡Entonces que se pierda el granero! —respondió Caleb, con la voz quebrada por el humo y el esfuerzo—. ¡Nadie más se acerca a esa estructura! ¡Cubos hacia el perímetro, mojen la tierra alrededor, que no se propague!
Fue en ese instante cuando vio a Genevieve correr hacia ellos, con el cabello suelto pegado al rostro por el sudor y la bata manchada de tierra, uniéndose a la cadena de cubos sin que nadie tuviera que pedírselo.
Sus manos, las mismas que apenas unos meses atrás sostenían un libro encuadernado en piel junto a una ventana de Manhattan, ahora se movían con la misma urgencia desesperada que las de cualquier peón del rancho.
—¡Clara está a salvo! —le gritó ella, al notar la mirada que él le dirigía por encima de las llamas—. ¡Se quedó junto al pozo viejo, como le dijiste!
Algo en el pecho de Caleb se aflojó, apenas un poco, lo suficiente para poder seguir moviendo los brazos, para poder seguir pasando cubos de agua sin que el recuerdo de otra niña, de otra noche, de otro techo colapsando, le paralizara por completo.
El fuego rugió durante lo que pareció una eternidad, devoró vigas y tablones con una furia que ningún cubo de agua bastaba para sofocar del todo.
Pero, poco a poco, gracias al perímetro mojado y a la dirección constante del viento, las llamas comenzaron a ceder, replegándose sobre lo que ya no tenían nada más que consumir dentro del granero mismo.
Cuando el techo terminó de colapsar hacia adentro con un estruendo sordo y levantó una columna de chispas hacia el cielo sin luna, ya no quedaba nada que salvar de la estructura.
Pero la casa seguía en pie. Las cabañas seguían en pie.
Y, sobre todo, cada una de las personas que Caleb consideraba su familia, contando incluso a los peones que apenas llevaban dos semanas bajo su techo, seguía respirando, sucia de hollín y agotada, pero viva.
Caleb dejó caer el último cubo vacío sobre la tierra ennegrecida y se llevó las manos a las rodillas, jadeando; el pecho le subía y bajaba enérgicamente por el peso del esfuerzo y del alivio mezclados.
Genevieve se acercó despacio, con el rostro manchado de ceniza y los ojos brillantes por las lágrimas contenidas de puro cansancio, y se detuvo frente a él.
—Está bien —murmuró, como si necesitara decirlo en voz alta para terminar de creérselo ella misma—. Todos están bien, Caleb.
Él levantó la vista hacia ella, y por encima de su hombro, distinguió la silueta pequeña de Clara, que ya venía corriendo desde el huerto sin que nadie hubiera ido a buscarla, incapaz de seguir esperando junto al pozo con el corazón en la garganta.
—Todos están bien —repitió Caleb, en un susurro ronco, y por primera vez en años, sintió que aquella frase, dicha en voz alta junto a un incendio, no terminaba en tragedia.
El alivio duró apenas un instante.
Caleb todavía tenía las manos apoyadas en las rodillas, intentaba recuperar el aliento junto a los restos humeantes del granero, cuando un nuevo resplandor le llamó la atención por el rabillo del ojo. No venía de las brasas que se apagaban a sus espaldas. Venía de la casa.
—¡La casa! —gritó Hosea, señalando hacia el porche principal, donde una lengua de fuego comenzaba a treparse por la madera reseca del alero, junto a la puerta trasera de la cocina.
—¡No puede ser! —Genevieve se llevó las manos a la boca, con el corazón detenido en seco—. ¡Estuvimos ahí hace apenas media hora!
Un aplauso lento y sarcástico rompió el caos del patio.
De entre las sombras del huerto, donde ninguno de ellos había pensado en mirar mientras luchaban contra las llamas del granero, emergió la figura elegante de Silas Vance.
Llevaba puesto un abrigo oscuro de buena factura, completamente fuera de lugar en medio del hollín y la desesperación del rancho, y en la mano derecha sostenía una lámpara de aceite ya vacía, cuyo contenido acababa de derramar contra la madera de la puerta trasera.
—Por lo visto tengo que encargarme de todo yo mismo —dijo Silas, con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito—.
Contraté a un hombre para que hiciera el trabajo sucio, y vosotros, con vuestras cadenas de cubos y su empeño absurdo, conseguisteis salvar el granero...
perdón, lo que queda de él. No pensaba dejar que la misma torpeza arruinara la segunda parte del plan.
—Vance —siseó Caleb, se incorporó de golpe, con el rostro desfigurado por una furia que llevaba meses conteniendo—. Confiésalo entonces. Delante de todos. Fuiste tú.
—¿Delante de quién, Westfall? —Silas sonrió, abrió los brazos con un gesto teatral que abarcaba a los peones, cubiertos de hollín, a Thomas y Hosea con las manos aún quemadas de tanto acarrear cubos, a Genevieve, pálida junto a la puerta que ya comenzaba a arder—.
¿Delante de un puñado de jornaleros sin más palabra que la mía ante un juez?
¿Delante de una viuda de sociedad y su hermana, que huyeron de Nueva York con más secretos de los que vosotros creéis?
Nadie en este condado va a creerles. Y para cuando alguien intente comprobarlo, esta propiedad será cenizas, y yo estaré firmando los papeles de compra con el banco, ofreciendo un precio generoso por tierra quemada que nadie más querrá.
—¡Va a arder la casa entera! —gritó Amos, corrió hacia el pozo con un cubo en cada mano, seguido de cerca por Ezra y los hermanos Cole. Clara ya llenaba los cubos, sin demora.
—Corran todo lo que quieran —dijo Silas, sin perder la sonrisa, y retrocedió un par de pasos hacia la sombra del huerto, calculando ya su salida—. El viento sopla a mi favor esta noche. Y yo, como siempre, saldré de aquí completamente indemne.
Caleb avanzó hacia él con los puños cerrados, ciego de rabia, dispuesto a hacerle pagar con sus propias manos lo que ningún juez del condado parecía dispuesto a castigar. Thomas lo sujetó del brazo justo a tiempo.
—¡El fuego, Caleb! —Señaló hacia la puerta trasera, donde las llamas ya devoraban el marco entero y amenazaban con extenderse hacia el resto de la fachada—. ¡Necesitamos manos para apagar eso, no para vengarse de un cobarde que ya va de salida!
La lucha interna se reflejó con violencia en el rostro marcado de Caleb. Silas aprovechó la distracción para retroceder un paso más, todavía sonriendo, todavía seguro de su victoria.
Fue entonces cuando el aire cambió.