Capítulo 14
La oficina de Silas Vance, en la planta alta del Banco Territorial de Oakhaven, olía a cuero nuevo, a puro habano y a un perfume de agua de colonia demasiado caro para un pueblo de frontera.
Los ventanales daban directamente a la calle principal, y desde allí, sentado tras su escritorio de caoba importada, Silas podía ver pasar carros, caballos y a cada uno de los hombres que alguna vez había intentado comprar, doblegar o arruinar en aquel condado.
Esa tarde, sin embargo, la vista no le proporcionaba ningún placer.
—Repítemelo —dijo, sin levantar la voz, sin apartar los ojos del papel que sostenía entre los dedos.
Frente a él, de pie con el sombrero entre las manos y una postura incómoda, estaba Duncan, uno de los hombres que trabajaba a sueldo suyo desde hacía años, encargado oficialmente de «vigilar los intereses del señor Vance» en la zona del arroyo.
—Los cuatro peones siguen ahí, señor —dijo Duncan—. Amos, los dos hermanos Cole, el muchacho pecoso. Ya va para dos semanas. Nadie se ha ido.
—Dos semanas —repitió Silas, con una calma que resultaba más inquietante que cualquier grito—.
Después de que corriera la voz por toda la comarca de que ese rancho está maldito.
Después de que yo mismo pagara una buena cantidad de whisky en la taberna para que la historia del fantasma se contara con todo lujo de detalles.
—Sí, señor. Pero parece que a la hermana de la mujer de Westfall se le ocurrió una... contrahistoria. Algo de que el fantasma es bueno, que protege a los peones en vez de espantarlos.
Silas dejó el papel sobre el escritorio con un golpe seco.
—Una contrahistoria —repitió, con desprecio—. Una mocosa de diez años inventando cuentos de hadas y deshaciendo un año entero de trabajo mío.
Se levantó de su asiento y caminó hasta la ventana, con las manos entrelazadas a la espalda, observando la calle sin verla realmente.
—He sido paciente, Duncan —dijo, después de un largo silencio—.
Le ofrecí a ese ranchero terco tres veces un precio que ningún hombre en su sano juicio rechazaría.
Dejé que el rumor hiciera el trabajo sucio por mí durante meses, sin ensuciarme las manos, sin que nadie pudiera señalarme con el dedo.
Y ahora resulta que una viuda de sociedad recién llegada del Este y una cría con imaginación desmedida están a punto de deshacer todo mi trabajo.
—¿Qué quiere que hagamos, señor?
Silas se giró despacio. La luz de la tarde le iluminaba el rostro anguloso, afeitado con esmero, tan distinto del de los hombres curtidos que trabajaban la tierra a su alrededor.
—Si el rumor ya no basta para vaciarles la propiedad de manos que trabajen —dijo, con una frialdad calculada—, entonces habrá que darles una razón mucho más contundente para marcharse. Algo que ningún cuento de fantasmas buenos pueda desmentir.
Duncan tragó saliva, entendiendo perfectamente hacia dónde se dirigía la conversación.
—Señor, la última vez...
—La última vez nadie pudo probar nada —lo cortó Silas, con un tono que no admitía discusión—.
Y esta vez tampoco lo harán. Un rancho viejo, con maderas resecas después de meses sin lluvia decente, construido a medias sobre las ruinas del incendio anterior...
Un accidente así no sorprendería a nadie en el condado.
La gente ya cree que ese lugar está maldito.
Que arda de nuevo solo confirmará lo que todos sospechan.
—¿Y los peones? ¿Y la familia?
Silas se encogió de hombros con una indiferencia que heló la sangre de Duncan más que cualquier amenaza explícita.
—Eso dependerá de qué tan rápido corran, ¿no le parece?
No estoy interesado en que nadie salga herido, Duncan.
Solo estoy interesado en que ese rancho quede reducido a cenizas antes de que termine el mes, y en que Caleb Westfall entienda, de una vez por todas, que hay hombres a los que no se les puede decir que no dos veces seguidas.
Se acercó a un armario junto a la pared, lo abrió, y sacó una pequeña bolsa de cuero que dejó caer sobre el escritorio con un tintineo metálico.
—Contrata a alguien de fuera del condado —ordenó—.
Alguien que no tenga cara conocida en Oakhaven, que no vaya a beber después en la taberna presumiendo de lo que hizo.
Que se acerque de noche, que espere a que todos duerman, y que se asegure de que el fuego prenda donde más duela: el granero nuevo, la despensa, cualquier cosa que les cueste meses reconstruir y que no puedan reemplazar antes del invierno.
—Se hará, señor.
—Y Duncan —añadió Silas, cuando el hombre ya se dirigía hacia la puerta—. Que sea limpio. No quiero errores. No quiero que nadie hable de esto jamás, ni siquiera entre susurros de borrachos.
Duncan asintió, se caló el sombrero y salió de la oficina sin decir una palabra más.
***
La noche cayó sobre el rancho Westfall sin luna, cubierta por un manto espeso de nubes que no llegaban a descargar lluvia, pero que ahogaban cualquier resto de claridad en el cielo.
El viento soplaba desde el sur, seco y constante, arrastrando el olor a pasto agostado y polvo fino sobre los corrales.
La casa dormía. Después de una jornada larga marcando terneros nuevos, Caleb se había desplomado en la cama apenas apoyó la cabeza en la almohada, con Genevieve acurrucada contra su costado.
En el cuarto contiguo, Clara dormía con el globo rojo, ya casi desinflado del todo, colgando de un clavo sobre su cabecera.
En las cabañas traseras, Thomas, Hosea, Amos, Ezra y los hermanos Cole descansaban después de una cena silenciosa, agotados por el trabajo del día.
Nadie escuchó los pasos cautelosos que rodearon el perímetro del granero nuevo poco después de la medianoche. Nadie vio la sombra agacharse junto a la pared trasera, donde las balas de heno recién cortado se apilaban hasta el techo, secas como yesca tras semanas sin lluvia.
El primer resplandor fue apenas una lengua tímida, casi tímida, que lamió la base de una de las balas de paja. Pero el viento del sur, paciente cómplice, hizo el resto del trabajo.
En cuestión de minutos, la lengua de fuego se convirtió en una hoguera que trepó por el costado del granero con una voracidad que recordaba, de manera espantosa, a la de años atrás.
El crepitar de la madera vieja rompió el silencio de la noche, seguido casi de inmediato por los relinchos aterrorizados de los caballos encerrados en el corral vecino.
Thomas Redhawk fue el primero en despertar.
Dormía siempre con un oído entrenado para el más mínimo cambio en los sonidos del rancho, una costumbre que la vida en la frontera le había enseñado a fuerza de necesidad.
El olor a humo le llegó antes incluso que el resplandor anaranjado que comenzaba a filtrarse por la rendija de la puerta de su cabaña.
Se incorporó de un salto, el corazón desbocado, y salió disparado hacia el patio sin siquiera calzarse las botas.
Lo que vio lo dejó paralizado un instante eterno: el granero nuevo, el mismo que habían levantado con tanto esfuerzo tras el desastre anterior, ardía ya por uno de sus costados, con las llamas trepando hacia el techo de tablones con una velocidad que no dejaba lugar a dudas sobre lo que se avecinaba.
—¡Fuego! —bramó Thomas, con una voz que rasgó la noche de un extremo a otro del rancho—. ¡Caleb! ¡Fuego en el granero! ¡Todos afuera, ahora!
El grito de Thomas atravesó las paredes de la casa como un disparo.
Caleb se incorporó de la cama de un solo movimiento, el cuerpo reaccionando antes incluso de que su mente terminara de despertar del todo. El resplandor anaranjado que se colaba por las rendijas de la contraventana le confirmó lo que el olfato ya le había advertido: humo.
—¡Caleb, qué...! —alcanzó a decir Genevieve, incorporándose también, con el corazón desbocado.
Pero él ya no estaba en la cama.
No pensó en las botas. No pensó en la camisa colgada del respaldo de la silla. No pensó, siquiera, en el fuego mismo, en la magnitud de lo que ardía afuera. Solo hubo un nombre, uno solo, que le atravesó el pecho con la fuerza de un disparo:
Clara.
Cruzó el pasillo en tres zancadas, con el corazón martilleándole contra las costillas al mismo ritmo enloquecido de aquella otra noche, años atrás, en otra casa, con otro techo ardiendo sobre su cabeza y otro nombre de niña en la garganta.
Empujó la puerta del cuarto de Clara con tanta fuerza que la madera golpeó contra la pared.
—¡Clara!
La niña ya estaba sentada en la cama, despierta, con los ojos muy abiertos por el susto y el globo rojo desinflado balanceándose sobre su cabeza por el golpe de la puerta.
—¿Caleb? ¿Qué pasa? ¿Por qué gritan?
El alivio que sintió Caleb al verla sana, despierta, sin una sola marca de humo en la piel, fue tan brutal que por un instante le flaquearon las rodillas. Cruzó la habitación en dos pasos y la tomó en brazos, envolviéndola con la manta de la cama, sin darle tiempo siquiera a protestar.
—Hay fuego en el granero —dijo, con la voz ronca, tratando de mantenerla firme por ella—. Necesito que salgas de la casa ahora mismo. Lejos, ¿me oyes? Al pozo viejo, junto al huerto, y no te muevas de ahí hasta que uno de nosotros vaya a buscarte.
—¡Pero yo puedo ayudar! ¡Puedo acarrear cubos, puedo...!
—Clara. —Caleb se arrodilló frente a ella, con las manos firmes sobre sus hombros pequeños, y por un instante, el hombre duro y curtido del rancho desapareció por completo, dejando ver solo al muchacho de doce años que una vez había cargado a su propia hermana muerta entre los brazos—.
Te lo pido como algo que me debes. No como una orden.
Como un favor. Necesito saber que estás a salvo para poder pelear contra ese fuego sin que el miedo me nuble la cabeza. ¿Entiendes lo que te digo?
Clara lo miró un instante, con esa fijeza extraña y madura que a veces la hacía parecer mucho mayor de lo que era, y asintió despacio.
—Al pozo viejo —repitió—. No me muevo de ahí.
—Buena chica.