Novia por correo Capítulo 13
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Capítulo 13

Unas semanas después de la tormenta, el rancho Westfall sonaba distinto.

Ya no era el silencio pesado de siempre, roto apenas por el viento entre los matorrales secos o el mugido ocasional de las cuatro vacas que quedaban.

Ahora había voces de hombres llamándose entre los corrales, el golpe rítmico de un martillo reparando la cerca del establo viejo, el relincho de caballos nuevos que Caleb había podido comprar gracias al adelanto que, por fin, un banco de San Antonio le había concedido.

Cuatro peones nuevos habían llegado la semana anterior, contratados a las apuradas en Oakhaven tras el enésimo viaje de Caleb al pueblo.

Y, para sorpresa de todos, ninguno había hecho el petate a la primera noche.

Ni a la segunda. Ni siquiera cuando, la tercera noche, un aullido de coyote demasiado cercano hizo que uno de ellos, un muchacho pecoso llamado Ezra, saliera disparado de su catre con el rifle en la mano, convencido de que el fantasma de la vieja historia venía por él.

Seguían ahí. Los cuatro. Trabajando de sol a sol, comiendo en la mesa larga que Thomas había construido con tablones sobrantes del granero nuevo y durmiendo cada noche bajo el mismo techo que, hasta hacía apenas un mes, ningún jornalero del condado quería ni pisar.

Caleb lo observaba con una mezcla de alivio y desconfianza, como quien espera que la buena suerte se le escape de las manos en cualquier momento.

Esa tarde, apoyado contra el poste del corral, vio a Clara corriendo entre las patas de los caballos, para horror de su prudente hermana, seguida de cerca por dos de los nuevos peones, Ezra y un hombre mayor de bigote canoso llamado Amos, que llevaba una cuerda enrollada al hombro.

—¡No, así no! —gritaba Clara, con las manos en la cintura y un tono de mando que le sacó una sonrisa al propio Caleb—. La reata tiene que quedar floja al principio, señor Amos, si no el caballo se asusta. ¡Me lo enseñó Thomas!

—Con el debido respeto, señorita —respondió Amos, conteniendo la risa—, llevo veinte años enlazando terneros.

—Pues lleva veinte años haciéndolo mal —replicó Clara con seriedad, y Ezra soltó una carcajada que hizo que hasta las gallinas del corral vecino alzaran vuelo.

Caleb negó con la cabeza y sonrió para sí, se encaminó hacia la casa. El olor a carne guisada y cebolla dorada ya se colaba por la ventana abierta de la cocina, y se mezclaba con el aroma a leña quemada del fogón.

Dentro, Genevieve estaba de pie frente al hornillo de hierro; removía un caldero enorme de estofado con una cuchara de madera desgastada. Se había recogido las mangas de la blusa hasta los codos y tenía un mechón de cabello castaño pegado a la frente por el calor de la cocina.

—Va a alcanzar para nueve bocas, si Amos no repite tres veces como ayer —dijo ella sin darse vuelta, había adivinado los pasos de Caleb por el crujido de las tablas.

—Amos tiene el estómago de dos hombres. —Se apoyó contra el marco de la puerta en un gesto relajado—. Es lo único que le sobra, aparte de canas.

Genevieve rio, probó el guiso con la punta de la cuchara y añadió una pizca más de sal del cuenco de barro sobre la mesa.

—Ve a buscar a tu hermana antes de que decida que hoy quiere cenar sentada en el lomo de algún caballo —le dijo Caleb, y ella asintió. Sin demoras, salió hacia el patio con las voces de Ezra y Amos ya audibles a lo lejos, discutían entre risas sobre la técnica correcta del lazo.

Cuando el sol comenzó a caer detrás de la loma, y pintaba el cielo de un naranja profundo, la mesa larga del patio se llenó.

Thomas y Hosea se sentaron en un extremo, Amos y Ezra junto a los otros dos peones nuevos, dos hermanos silenciosos apellidados Cole, que hablaban poco, pero comían con una dedicación admirable, y Caleb en la cabecera, con Clara a un lado y el sitio de Genevieve, todavía vacío, al otro.

Genevieve llegó con el caldero humeante sujeto con ambas manos y trapos gruesos, y lo depositó en el centro de la mesa entre exclamaciones de aprobación general.

—Huele a gloria, señora Westfall —dijo Amos, ya con el plato de hojalata extendido antes incluso de que ella hubiera terminado de servir.

—Espere a probarlo antes de alabarlo, señor Amos —respondió Genevieve, y le sirvió una porción generosa—. No quiero que se lleve una decepción a mitad de bocado.

—Con el hambre que traigo del corral, señora, hasta el cuero de mis botas me sabría a gloria.

Las risas recorrieron la mesa. Clara, sentada entre su hermana y Caleb, masticaba un trozo de pan con una sonrisa tan amplia que se le veían los huecos de dos dientes de leche recién perdidos.

Genevieve terminó de servir a todos y se sentó por fin, con su propio plato frente a ella.

Observó un momento la mesa completa… Los peones nuevos riendo entre ellos, Thomas trenzando distraídamente un trozo de cuerda mientras comía, Hosea contándole algo en voz baja a uno de los hermanos Cole que lo hizo asentir con respeto…

y sintió que algo, por fin, encajaba en su lugar.

—Clara —Genevieve apoyó la cuchara sobre el borde del plato y susurró—: tengo que preguntarte algo.

—¿Qué cosa, Eva?

—¿Cómo hiciste? —Genevieve la miró con una curiosidad genuina, ladeando la cabeza—.

Para que los peones se quedaran, digo. Sé que fuiste tú.

Ezra me contó el otro día que la primera noche, cuando escuchó ese coyote, estuvo a punto de ensillar el caballo y salir corriendo hasta Oakhaven sin mirar atrás.

Un silencio se esparció en la mesa y rompió con el secretismo propuesto por Genevieve.

Ezra, al otro lado de la mesa, se puso colorado hasta las orejas y hundió la nariz en su plato. Una ronda de risas nerviosas se esparció entre sus compañeros.

—Ah, eso —dijo Clara, con un aire de suficiencia que hizo sonreír a Caleb—. Les di el mismo consejo que me has dado tú, Eva.

—¿Qué consejo?

—El de las historias —respondió la niña. Masticó con tranquilidad y terminó su bocado antes de continuar—. Me dijiste una vez que hablara, que le preguntara. Que el miedo se hace más chico cuando le pones voz. Entonces les dije a los peones que hablaran con el fantasma como hice yo.

Un silencio curioso se instaló en la mesa. Amos dejó de masticar. Ezra levantó la vista del plato, ahora con más curiosidad que vergüenza.

—¿Que hablaran con el fantasma? —repitió Genevieve, contuvo la risa y la sorpresa. Tal vez su afán de contarle historias había hecho mella en la imaginación de su hermana.

—Claro —dijo Clara, como si fuera lo más obvio del mundo—.

Un fantasma nuevo es como una persona nueva.

Es normal que dé un poco de miedo al principio, si no lo conoces.

Pero si le hablas, y le preguntas cosas, y le cuentas cosas también, deja de dar tanto miedo.

Así que les dije: «Habladle a la señorita Maeve.

Preguntadle qué quiere. Yo lo hice y me contestó».

Caleb se quedó inmóvil, con la cuchara a mitad de camino hacia su boca. Genevieve notó cómo la mandíbula se le tensaba levemente, aunque no dijo nada. Él nunca había visto al supuesto fantasma y no supo por qué, deseó creer que Maeve no lo había abandonado.

—¿Y qué te dijo el fantasma, Clara? —preguntó Genevieve con suavidad, tendiendo un puente sobre las aguas que sabía turbulentas para su marido.

Clara se encogió de hombros, con esa naturalidad absoluta de los niños que todavía no han aprendido a temerle a lo desconocido.

—Que viene a ayudarnos, no a asustarnos. —Mojó un trozo de pan en el caldo—. Que todas las cosas malas que pasaron en el rancho no las hicieron los fantasmas. Las hicieron las personas. Y que ella está acá para cuidarnos a todos, porque este también es su rancho.

La mesa quedó en un silencio distinto esta vez, uno cargado de algo más profundo que la curiosidad inicial. Amos se removió incómodo en su asiento, pero fue Hosea quien finalmente rompió el silencio, con su voz grave y pausada.

—La niña tiene razón —dijo, mirando directamente a Amos y a los hermanos Cole—.

Yo llevo años en este rancho y jamás un fantasma me ha quitado ni una gallina ni me ha tirado del establo.

Las desgracias de esta tierra siempre tuvieron nombre y apellido de carne y hueso. Y ese nombre no es Maeve Westfall.

Thomas asintió despacio, sin levantar la vista de su plato, y Ezra pareció tragar algo más que estofado.

—Con esa lógica no hay mucho que temer —admitió Amos finalmente mientras se rascaba el bigote canoso—. He dormido en catres peores rodeado de vivos con peores intenciones que cualquier espíritu que solo quiera cuidar la casa.

—Eso mismo les dije yo —remató Clara, orgullosa, señalando a Amos con la cuchara—. Se lo dije el primer día, cuando llegaron todos asustados por lo que contaban en el pueblo.

Genevieve buscó la mirada de Caleb por encima de la mesa.

Él tenía los ojos brillantes, húmedos quizás por el humo del fogón, quizás por otra cosa que no quiso nombrar en voz alta.

Le sostuvo la mirada un instante y asintió apenas, un gesto pequeño que decía mucho más de lo que las palabras hubieran podido.

—Bueno —Caleb se aclaró la garganta y regresó a su plato con un carraspeo que no engañó a nadie en la mesa—, parece que mi hermana ha resuelto en una semana lo que Silas Vance lleva un año tratando de destruir a base de rumores y mentiras.

—Las princesas son así, señor Westfall —dijo Clara con total seriedad, y alivianó el ambiente con una nueva carcajada general—. Siempre encuentran la manera.

—Entonces supongo —dijo Genevieve, alzó su vaso de agua en un brindis improvisado— que le debemos una disculpa a la señorita Maeve por haber dudado tanto de sus buenas intenciones.

—Por Maeve —repitió Hosea, y alzó también su vaso, y uno por uno, con más o menos convicción, todos los presentes en la mesa levantaron el suyo, incluidos los hermanos Cole, que hasta ese momento apenas habían abierto la boca más que para comer.

Caleb miró la mesa completa, el brillo del fuego reflejado en los rostros de los peones que, contra todo pronóstico, seguían allí sentados una semana después, y sintió, por primera vez en mucho tiempo, que el rancho Westfall volvía a ser un lugar donde valía la pena quedarse.