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Capítulo 12

El fuego se había reducido a brasas anaranjadas que crepitaban suavemente y proyectaba sombras cálidas sobre las paredes de troncos de la choza. Afuera, la tormenta seguía descargando su furia, pero el trueno ya no llegaba tan pegado al relámpago; se alejaba, poco a poco, hacia el este.

Genevieve estaba recostada contra el pecho de Caleb, envueltos ambos en la única manta que él había tenido la previsión de traer del carro. Podía sentir el latido de su corazón bajo la mejilla, todavía un poco acelerado, y el subir y bajar pausado de su respiración.

—Caleb —dijo ella, con la voz baja, casi perezosa por el calor del fuego y de él—. Cuéntame tu historia.

Sintió cómo el cuerpo de Caleb se tensaba apenas bajo ella.

—¿Qué historia?

—La tuya. —Genevieve levantó el rostro para mirarlo—. Sé lo del incendio. Sé lo de Maeve. Pero no sé nada de antes. No sé de dónde vienes, Caleb Westfall. Llevo tu apellido y apenas conozco al hombre que hay detrás de él.

Él se quedó en silencio un momento largo, con la mirada perdida en las brasas.

—No es una historia bonita, Eve.

—Las mías tampoco lo son —respondió ella, se arrellanó de nuevo contra su pecho—. Y aun así me escuchaste contarlas.

Caleb dejó escapar un suspiro que pareció venir de muy adentro, y su mano, que descansaba sobre el hombro desnudo de ella, comenzó a trazar círculos lentos y distraídos.

—Somos de Virginia —comenzó—. O lo éramos.

Mi padre tenía una granja pequeña, nada parecido a las grandes plantaciones que uno se imagina cuando piensa en el Sur.

Cultivaba tabaco y algo de maíz, con las manos de su propia familia, no con esclavos.

Yo era apenas un crío cuando estalló la guerra. Tenía doce años.

—¿Y tu padre fue a luchar?

—Mi padre fue a luchar —confirmó Caleb, con una media sonrisa amarga en el lado sano de su rostro—. Pero no del lado que todo el mundo esperaba de un hombre de Virginia.

Genevieve se incorporó un poco, apoyó el peso de su cuerpo sobre un codo para verle mejor la cara.

—¿Se sumó a la Unión?

—Se sumó a la Unión —repitió él—. Decía que un hombre no puede rezar los domingos y poseer a otro ser humano entre semana.

Que la esclavitud era un pecado que Virginia entera iba a pagar tarde o temprano, y que él no pensaba quedarse callado ni con las manos limpias mientras eso ocurría.

Cruzó las montañas y se alistó con los regimientos de Virginia Occidental, los que después formaron su propio estado por negarse a seguir a Richmond.

—Eso debió de costarle caro.

—Le costó todo —dijo Caleb, con la voz endurecida—.

Los vecinos que habían comido en nuestra mesa, que habían bautizado a sus hijos junto a los míos, empezaron a llamarlo traidor.

Escupían el suelo que él pisaba. Mi madre tuvo que sacarnos a mi hermana y a mí de la escuela porque los otros niños nos apedreaban de camino a casa, nos llamaban «hijos de Judas».

—¿Y él llegó a volver?

Caleb negó lentamente con la cabeza, con la mirada fija en un punto indeterminado más allá del fuego.

—Murió en el sesenta y cuatro. En el Desierto, cerca de Chancellorsville, en una espesura de árboles tan tupida que dicen que los propios hombres no distinguían a quién le disparaban entre el humo de la pólvora y la maleza en llamas.

Nos llegó la noticia por carta, meses después.

Un compañero de su regimiento nos escribió para contarnos que había muerto rápido, sin sufrimiento.

Nunca supe si era verdad o si simplemente quiso ser amable con una viuda y dos huérfanos.

Genevieve buscó su mano bajo la manta y entrelazó los dedos con los de él.

—Lo siento, Caleb.

—Fue hace mucho tiempo —dijo él, aunque el tono de su voz decía otra cosa—.

Lo que vino después fue peor, a su manera.

Terminó la guerra, y Virginia entera quedó con las cicatrices abiertas.

Nosotros, además, teníamos el estigma del traidor pegado al apellido.

Nadie nos vendía grano, nadie nos compraba el tabaco, nadie nos dirigía la palabra en la iglesia.

Mi madre aguantó dos años más de aquel silencio, de esas miradas que pesan más que cualquier insulto gritado.

Hasta que un día simplemente dijo que no había nada para nosotros en esa tierra, y que si íbamos a empezar de nuevo, mejor hacerlo donde nadie supiera nuestro nombre.

—¿Y vinieron hacia el oeste?

—Vendimos lo poco que quedaba de la granja por una miseria y compramos pasajes de tren hasta donde el dinero nos alcanzó —contó Caleb—.

Después, carreta. Semanas de carreta, Eve.

Mi madre cosiendo de noche para sacar unas monedas en cada pueblo donde parábamos, mi hermana Maeve todavía en pañales la mitad del viaje.

Yo tenía por aquel entonces dieciséis años y ya llevaba un rifle sobre las rodillas, vigilando el camino mientras ella dormía.

—Dieciséis años —murmuró Genevieve, apretándole la mano. En esas tierras los niños se hacían hombres muy temprano.

—Llegamos a este pedazo de Texas porque la tierra era barata y nadie hacía preguntas —siguió él—.

Mi madre logró comprar esta parcela con lo último que nos quedaba.

Empezamos de cero. Otra vez. Ella decía que prefería morirse de cansancio siendo libre de miradas ajenas, que vivir cómoda bajo el peso de la vergüenza que otros le habían puesto encima sin merecerlo.

—¿Y murió aquí?

Caleb asintió despacio.

—Una fiebre se la llevó cinco años después de que llegáramos.

Rápido, al menos, eso sí puedo jurarlo, porque yo estuve a su lado.

Me quedé con Maeve, que todavía era una cría, y con este pedazo de tierra que apenas empezaba a dar frutos.

Los años que siguieron fueron de aprender a fuerza de golpes.

Aprendí a herrar caballos porque no tenía con qué pagarle a un herrero.

Aprendí a curar el ganado enfermo porque no había veterinario a cien millas a la redonda.

Aprendí, sobre todo, que un hombre solo con una hermana pequeña y un pedazo de tierra ingrata no llega muy lejos si no encuentra a alguien en quien apoyarse.

—¿Ahí llegó Hosea?

—Ahí llegó Hosea —confirmó Caleb, y por primera vez desde que había empezado a hablar, una sonrisa auténtica le suavizó las facciones—.

Se presentó un día en la puerta del rancho, flaco como un espantapájaros, con el uniforme azul de la Unión hecho jirones sobre los hombros y las manos llenas de callos de una vida entera de trabajo forzado antes de esa guerra.

Había sido esclavo en Luisiana. Se alistó en cuanto pudo, peleó hasta el final, y cuando todo terminó, se encontró con que la libertad que tanto le habían prometido no venía acompañada de tierra, ni de trabajo, ni de un lugar al que volver.

Llevaba meses caminando hacia el oeste, pidiendo jornal donde fuera, durmiendo bajo las estrellas más noches de las que un hombre debería.

—Y tú lo contrataste.

—Lo contraté esa misma tarde —dijo Caleb—.

Los vecinos torcieron la boca, claro. Un exsoldado de la Unión y encima antiguo esclavo, trabajando codo a codo con el hijo de un «traidor» de Virginia.

Debíamos de ser todo un espectáculo para ellos.

Pero yo ya sabía lo que se sentía cargar con el desprecio ajeno sin haber hecho nada para merecerlo, Eve.

No iba a sumarme a esa fila de gente mezquina. Hosea se quedó. Nunca más se fue.

—Se nota que lo quieres como a un hermano.

—Es más familia mía que la mayoría de la gente que comparte mi sangre —admitió Caleb, sin ningún rastro de vergüenza en la voz—.

Con los años levantamos algo que parecía un futuro de verdad.

El rancho crecía, el ganado se multiplicaba, hasta contratamos un par de peones de temporada.

Maeve crecía feliz, sin la sombra del odio que a mí me había perseguido de niño.

Pensé, por primera vez en mi vida, que lo peor había quedado atrás.

Genevieve sintió que la mano de Caleb se tensaba bajo la suya.

—Hasta que apareció Silas Vance —dijo ella en voz baja.

—Hasta que apareció Silas Vance —repitió Caleb, con un dejo amargo en cada sílaba—.

Vino con dinero de fuera, comprando parcela tras parcela alrededor de Oakhaven como quien junta fichas de dominó.

Un día se plantó en mi puerta, tan campante, ofreciéndome una suma que ningún hombre en su sano juicio debería rechazar por un pedazo de tierra seca junto al arroyo. Le dije que no.

—¿Solo eso? ¿No le diste ninguna razón?

—Le dije que esa tierra tenía enterrados a mi madre y a mi padre en espíritu, aunque sus huesos descansaran a mil millas de aquí.

Le dije que no todo en este mundo tiene un precio, por más ceros que se le pongan delante.

Volvió dos veces más, subiendo la oferta cada vez, y cada vez le di la misma respuesta.

La tercera vez que vino, ya no sonreía. Me dijo, textualmente, que un hombre terco a veces necesita que la vida le enseñe modales.

Un trueno lejano, ya casi inofensivo, retumbó afuera. Genevieve se estremeció, aunque no fue por el frío.

—El granero se incendió tres semanas después de esa visita —continuó Caleb, con la voz reducida a un murmullo tenso—.

Nunca pude probar nada, Eve. Hosea juró haber visto una luz extraña cerca del alero antes de que todo estallara, pero para cuando el fuego terminó de comerse la evidencia, no quedaba ni rastro de lo que fuera que la hubiera provocado.

Perdí el granero, la mitad de la casa, la cara...

y perdí a Maeve. Silas Vance, mientras tanto, se paseó por Oakhaven fingiendo condolencias con la misma boca que había amenazado con enseñarme modales.

—¿Y el rumor del fantasma?

—Ese es su regalo de despedida —dijo Caleb, con una risa seca, sin humor—.

Que corra la voz de que el rancho Westfall está maldito, que el espíritu de una niña quemada vaga entre las cenizas del granero, y ningún peón en cien millas se atreverá a poner un pie en mi propiedad.

Sin manos que trabajen la tierra, tarde o temprano tendré que vender.

Y él estará esperando con la misma oferta miserable, solo que esta vez sin nadie que se la niegue.

Genevieve permaneció en silencio un largo momento, procesando cada palabra, sintiendo el peso de toda una vida de pérdidas apiladas sobre el hombre que tenía entre los brazos.

—No vas a vender —dijo finalmente, con una firmeza que no admitía réplica—.

Y no vas a perder este rancho, Caleb. Ni ante Silas Vance, ni ante ningún fantasma inventado.

Tu padre cruzó una montaña entera para no callarse ante lo que estaba mal.

No creo que su hijo vaya a rendirse ante un cobarde que necesita prender fuego ajeno para conseguir lo que quiere.

Caleb la miró en la penumbra rojiza de las brasas, con una expresión que mezclaba asombro y una ternura que rara vez se permitía mostrar.

—Hablas igual que él, ¿sabes? —dijo, con la voz ronca—. Igual de terca.

—Lo tomaré como un cumplido —susurró Genevieve y se acomodó de nuevo contra su pecho mientras la tormenta, afuera, comenzaba por fin a amainar.