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Capítulo 11

El carromato avanzaba a paso firme por el camino de tierra que serpenteaba de vuelta hacia el rancho Westfall.

El cielo, que una hora antes lucía de un azul pálido y engañoso, había comenzado a teñirse de un gris plomizo hacia el oeste.

El aire, antes seco y quieto, traía ahora un olor distinto a tierra mojada de antemano y ozono.

—No me gusta ese cielo —murmuró Caleb, con la vista fija en el horizonte. Tiró levemente de las riendas, apremiando el paso de los caballos—. Las nubes se han movido demasiado rápido.

Genevieve se ajustó el chal sobre los hombros al percibir cómo el viento comenzaba a arrastrar mechones sueltos de su peinado.

—¿Falta mucho para el rancho?

—Demasiado —Caleb apretó la mandíbula—. Y el arroyo nos corta el camino directo. Si empieza a descargar antes de que lo crucemos, la corriente puede subir en minutos.

Como si el cielo hubiera escuchado la advertencia, un trueno lejano retumbó sobre las planicies, seguido de un latigazo de viento que hizo crujir la lona del carromato. Los caballos resoplaron, nerviosos, sacudiendo las crines.

—Caleb...

—Lo sé. —Él ya estaba escudriñando los alrededores, la mandíbula tensa, calculando distancias con la mirada entrenada de quien había sobrevivido más de una tormenta tejana—.

Hay una vieja choza de trampero, más allá de esa loma.

Lleva abandonada desde antes de que yo llegara. Puede que el techo aguante todavía.

No esperó respuesta. Hizo virar el carromato con un tirón seco de las riendas, justo cuando la primera cortina de agua rompía sobre la pradera a lo lejos, avanzando hacia ellos como una tropa en marcha.

Llegaron a la construcción cuando las primeras gotas gruesas comenzaban a golpear la lona, cada una con el peso de una moneda.

Era una choza de troncos ennegrecidos por el tiempo, con el techo de tablones hundido en una esquina y la puerta colgando de un solo gozne oxidado.

Las malezas habían crecido hasta la altura de las ventanas rotas, y un olor a madera vieja y humedad estancada flotaba en el aire quieto del interior.

—¡Adentro, rápido! —gritó Caleb, bajó de un salto para desenganchar a los caballos.

Genevieve saltó del pescante sin esperar su ayuda, sujetándose las faldas con una mano mientras corría hacia la puerta.

Para cuando cruzó el umbral, el cielo se había abierto por completo.

La lluvia caía ahora en láminas oblicuas, empujada por un viento que aullaba entre los árboles cercanos, y un trueno más cercano hizo temblar los cristales rotos de la única ventana.

Caleb entró segundos después, empapado hasta los hombros. Arrastró consigo una manta enrollada y las alforjas de cuero que siempre llevaba en el carro.

—Los caballos van a estar bien atados bajo el alero. —Se sacudió el agua del sombrero antes de cerrar lo que quedaba de la puerta—. No podemos seguir con esto encima. Si el arroyo sube, no cruzamos hasta mañana.

—¿Hasta mañana? —repitió Genevieve, un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del aguacero la recorrió de pies a cabeza.

—Con suerte, serán unas horas nada más. Tengamos confianza —Caleb recorrió el interior de la choza con la mirada. Evaluó la única habitación, la chimenea de piedra ennegrecida en un rincón, los restos de un catre desvencijado—. Pero mientras tanto, tenemos que entrar en calor. Estás temblando.

Ella no se había dado cuenta hasta que él lo dijo. Su vestido de paseo, el mismo que había lucido con tanto orgullo esa mañana frente a Rosalie Thorne, estaba pegado a su piel, empapado de la cintura hacia arriba, y el frío comenzaba a calarle los huesos.

Caleb se dirigió hacia la chimenea, se arrodilló frente a ella y examinó el hollín seco y las telarañas que colgaban del tiro.

—El tiro parece limpio. Con un poco de suerte no ahumará toda la choza. —Buscó en las alforjas y sacó su cuchillo, algo de yesca envuelta en tela encerada, y comenzó a juntar los restos de leña vieja apilados junto a la pared—. La madera está seca, al menos. El techo la ha protegido de la humedad.

Genevieve se acercó, frotándose los brazos, y observó cómo él trabajaba con manos firmes, cortando astillas finas de un tronco carcomido, apilándolas con paciencia sobre un nido de yesca.

Un rayo cortó el cielo afuera e iluminó por un instante el interior de la choza con una claridad blanca y fugaz.

El trueno que lo siguió llegó casi de inmediato, tan fuerte que Genevieve dio un pequeño salto.

—Está cerca —dijo Caleb sin levantar la vista, golpeó el pedernal contra el acero con movimientos calculados—. No te alejes de la chimenea cuando prenda.

Una chispa saltó, prendió en la yesca, y él sopló con suavidad, alimentando la llama diminuta hasta que las astillas comenzaron a crepitar. Poco a poco, fue añadiendo trozos más grandes, hasta que un fuego modesto pero constante iluminó el rincón de la choza con un resplandor anaranjado.

—Ven. —Caleb se sentó sobre sus talones y le hizo sitio—. Necesitas quitarte ese vestido antes de que el frío te cale peor. Vas a enfermar si sigues así.

Genevieve sintió que el calor le subía a las mejillas, un calor que nada tenía que ver con el fuego recién nacido.

—Caleb...

—Nadie vendrá, lo prometo —dijo él, con una media sonrisa cansada en el lado sano de su rostro, aunque su voz sonó más ronca de lo habitual—. Y prefiero verte incómoda un minuto que enferma una semana.

Ella tragó saliva y asintió. Su vacilación nada tenía que ver con potenciales testigos.

Bien sabía que estaban solos, demasiado solos en la planicie de Texas a merced de su cruel clima.

Lo que la hacía dudar era el deseo creciente que sentía por su esposo, la certeza de que una vez las manos de Caleb la rozaran, ella perdería la cabeza.

Sus dedos, entumecidos por el frío, lucharon contra los diminutos botones de nácar de la espalda de su vestido, los mismos que ella misma había abrochado tantas veces sobre Clara. Los mismos que su esposo buscaba en la oscuridad segura de su habitación.

—Deja que te ayude.

Caleb se puso de pie detrás de ella, y sus dedos grandes, encallecidos por años de trabajo, se posaron con una delicadeza sorprendente sobre la línea de botones.

Fue desabrochándolos uno a uno, con una lentitud que no era premeditada, sino simplemente cuidadosa, mientras el fuego crepitaba y la lluvia golpeaba el techo con una furia constante.

El roce ocasional de sus nudillos contra la piel desnuda de su espalda le arrancó un temblor a Genevieve que no logró disimular.

—Estás helada —murmuró él, con la voz baja, cerca de su nuca.

—Es la lluvia —susurró ella, aunque ambos sabían que no era del todo cierto.

El vestido cayó en un charco pesado de tela mojada alrededor de sus pies.

Genevieve quedó solo con la combinación de algodón fino, también empapada, pegada a su cuerpo como una segunda piel.

Se abrazó a sí misma, más por instinto que por frío, y se acercó al fuego mientras Caleb extendía el vestido sobre el respaldo del viejo catre para que comenzara a secarse.

—Tú también. —Ella se volvió hacia él—. Tu camisa está peor que la mía.

Caleb bajó la vista hacia su propia ropa, como si apenas hubiera reparado en su estado.

La camisa de lino gris se le pegaba al torso, transparentada por el agua, marcando cada línea de músculo debajo.

Con un movimiento resignado, comenzó a desabotonarla, sus dedos torpes por el frío luchando contra los ojales húmedos.

Otro relámpago iluminó la choza, esta vez seguido de un trueno tan próximo que pareció sacudir los cimientos de piedra de la chimenea.

La luz blanca y súbita bañó por un instante el rostro de Caleb, cayendo de lleno sobre el lado marcado de su cara, sobre las cicatrices que normalmente él escondía bajo el ala del sombrero o la protección de la penumbra.

Se quedó inmóvil un segundo, la camisa a medio abrir, consciente de la luz que acababa de desnudar su rostro ante ella de una manera que jamás había permitido antes.

La única vez que ella lo vio así, fue accidental.

Ahora era premeditado. No había oscuridad esta vez, ni contraventanas cerradas, ni la seguridad de una habitación a oscuras.

Solo el fuego, los relámpagos y la mirada de su esposa fija en él.

—Puedes seguir mirándome así toda la noche, si quieres —dijo Genevieve con suavidad, sin apartar los ojos—. No pienso apartar la vista, Caleb. Nunca lo he hecho.

Él terminó de quitarse la camisa con un movimiento decidido, casi desafiante, y la dejó caer junto a la de ella sobre el catre.

El fuego trazaba sombras móviles sobre su torso desnudo, sobre el mapa irregular de cicatrices que le cruzaba el hombro y el costado, y por primera vez, esa luz no era el sol implacable del mediodía en el patio del rancho, sino algo más íntimo: el resplandor cálido y vivo de las llamas que él mismo había encendido, mezclado con el fulgor azulado y salvaje de la tormenta.

—Prefiero la oscuridad —dijo él, con la voz ronca. Se sentó junto al fuego y extendió las manos hacia el calor—. Pensé que, si no podías verme del todo, sería más fácil para ti. Para los dos.

—Y ahora no hay oscuridad que valga. —Genevieve se acercó despacio, se sentó a su lado sobre el suelo de tierra apisonada, tan cerca que el calor de su piel se mezclaba con el del fuego—. Las tormentas no me asustan, Caleb, y no hablo solo de las que rompen los cielos.

Él giró el rostro hacia ella, y la luz del fuego le iluminó los ojos oscuros con un brillo que Genevieve conocía bien, el mismo que había visto junto al arroyo, el mismo que había visto tras el biombo de la ducha improvisada.

Levantó una mano y, con el dorso de los dedos, apartó un mechón húmedo que se le pegaba a la mejilla a ella.

—Nunca dejas de sorprenderme, Eve.

—Bien —susurró ella, inclinándose apenas hacia su mano—. Porque no pienso empezar a ser predecible ahora.

Afuera, el viento aullaba entre las tablas sueltas del techo, y un nuevo relámpago partió el cielo en dos, seguido casi de inmediato por el estruendo grave y prolongado del trueno.

Pero dentro de la choza, en el pequeño círculo de luz anaranjada que el fuego dibujaba sobre el suelo de tierra, el tiempo pareció detenerse en el espacio diminuto que separaba sus rostros.

Caleb apoyó la frente contra la de ella, respiró el mismo aire cargado de humo de leña y lluvia, y su mano descendió despacio desde la mejilla hasta la curva del cuello, deteniéndose allí donde el pulso de Genevieve latía desbocado bajo su piel.

—Si esto sigue —murmuró él, con la voz reducida a un susurro rasposo—, no voy a poder detenerme, Eve. No voy a poder darte el resguardo de la oscuridad.

Genevieve cerró los ojos un instante, el calor del fuego en un costado y el calor de él en el otro la rodearon, envolviéndola por completo.

—¿Quién te ha pedido que te detengas? —respondió ella, y fue lo último que dijo antes de que la tormenta, dentro y fuera de la choza, terminara por consumirlos a ambos.

Caleb la besó, hambriento de ella. Genevieve no tardó en montarse a horcajadas sobre él, para igualar sus alturas y poder deleitarse del modo voraz en que su esposo la devoraba.

Podía ser recatado en el día a día, esconder su cuerpo de ella por las noches, pero cuando la pasión lo asaltaba apartaba los reparos y se entregaba por completo.

Genevieve adoraba eso, anhelaba esa pasión y el descubrimiento del placer en sus brazos. En la oscuridad de la alcoba, había aprendido a acariciarlo, a adivinar sus respuestas por suspiros y movimientos.

Ahora podía verlo. Ver el modo en que Caleb entornaba los ojos cuando el deleite era suave, o apretaba la mandíbula cuando el goce era intenso. Era capaz de atestiguar cómo se le contraían esos fuertes músculos y dibujaban su perfecta anatomía bajo la piel.

Las cicatrices solo arrugaban la superficie, pero eran suaves al tacto y cubrían un cuerpo fuerte que no sufría daños más allá de la piel.

—Déjame besarte, Caleb —le pidió Genevieve—, déjame mostrarte por qué no debes ocultarte de mí.

—Eve…

Genevieve le besó la mejilla herida y bajó por el cuello.

El pecho estaba quemado también en el extremo izquierdo y parte del hombro.

Bajó depositando suaves toques de labios, hasta llegar al vientre.

Allí el fuego había arrasado con parte del vello oscuro, pero no con la totalidad.

Su abdomen era una roca fuerte, hecha de pequeños cuadrados que sobresalían cuando Caleb se tensaba por el deseo.

Una línea negra de vello nacía en su ombligo y se ensanchaba hacia abajo.

Las cicatrices seguían un poco más, hasta alcanzar la cadera izquierda.

Cuando ella besó la piel allí, notó que su esposo gruñía de un intenso placer. Genevieve alzó la mirada y notó una expresión casi dolorosa en los ojos de su esposo.

—Caleb… ¿Lo estoy haciendo mal?

—No, todo lo contrario. Vas a matarme, Eve. Vas a matarme y no sé cómo lo haces, o qué he hecho yo para merecerlo, pero me llevarás al paraíso si vuelves a besarme.

Eve aceptó la misión. Regresó con su boca a la piel herida de la cadera y fue entonces que notó la forma en que la pelvis de Caleb se movía. Era instintivo, era el mismo vaivén con el que le obsequiaba placer a ella cuando la penetraba. Recodó cómo era tocarlo, y cogió su pene entre las manos.

Caleb exhaló sonoramente.

—Ya veo… —dijo ella, con una sonrisa, y posó sus labios en la punta inflamada del pene de su esposo.

—¡Eve!

—Sé que te gusta, no puedes mentirme a la luz.

Él rio.

—No puedo mentirte en las sombras tampoco. Cuando se trata de ti, la sinceridad se me escapa por los poros.

—Entonces, ¿por qué no aceptas mis caricias?

—Porque no podré tomarte, y me muero por estar dentro de ti, Eve. Quiero tomarte, quiero hundirme en ti y llenarte de mí, quiero que no sepas dónde termina tu cuerpo y empieza el mío.

El suelo era duro y frío, no era digno de tocar la piel de su dulce esposa. La hizo montarlo, y la guio hasta su pene. No necesitó dar más indicaciones, las ansias de Genevieve la guiaron y descendió sobre él, tomándolo por completo.

Caleb la guio con las manos por las caderas, marcó el ritmo y empujó desde abajo. Dejó que ella solo se concentrara en su placer, que lo montara a gusto hasta alcanzar la cima.

Al sentirla estremecerse de goce, se dejó llevar y derramó en ella la semilla de su placer.