Capítulo 10
El traqueteo del carro de madera marcaba un ritmo pausado sobre el camino de tierra seca que conducía a Oakhaven.
Caleb sostenía las riendas del tiro con la mano izquierda mientras el sol de la mañana comenzaba a apretar sobre los pastos amarillentos.
Vestía una camisa limpia de lino gris y su sombrero de ala ancha, que proyectaba una sombra densa sobre la mitad izquierda de su rostro.
A su lado, Genevieve lucía un vestido de paseo color crema, sencillo pero impecable, y llevaba una cesta de mimbre vacía sobre el regazo.
—No hacía falta que vinieras, Genevieve —dijo Caleb sin apartar los ojos de la franja de camino que se extendía entre las orejas de los caballos—.
La oficina de contratación de peones está pegada al establo municipal.
Es un sitio ruidoso, lleno de hombres desempleados y poco recomendables.
Puedo comprar las provisiones que anotaste en la lista y volver antes del mediodía.
Genevieve se acomodó el sombrero de paja y lo miró con una sonrisa serena.
—No vine únicamente a hacer la compra, Caleb —respondió ella—.
Vine porque soy tu esposa y el pueblo necesita ver que el rancho Westfall no está abandonado ni en ruinas.
Además, sé exactamente qué tipo de harina y qué telas necesitamos para la casa.
Tú comprarías la primera bolsa que te ofrecieran con tal de terminar rápido.
Caleb esbozó una leve mueca que rozó la sonrisa en el lado sano de su cara, aunque la tensión no abandonó del todo sus hombros.
—Los rumores han corrido rápido tras el último incidente —admitió él en tono bajo—. En la barbería y en la taberna no se habla de otra cosa que no sea de los fantasmas del granero quemado. Temo que la lista de trabajadores dispuestos a firmar un contrato sea más bien corta.
—Iremos juntos a la tienda de ultramarinos. —Genevieve apoyó un segundo la mano sobre el antebrazo de él—. Tú habla con los hombres en la plaza y yo me ocuparé de los suministros. Nos encontramos en el porche de la posada en una hora.
Entraron en Oakhaven cuando las actividades comerciales alcanzaban su punto álgido.
Los carros de bueyes se cruzaban en la calle principal, levantando polvaredas que obligaban a los peatones a cubrirse la boca.
Caleb detuvo el carromato frente al almacén general de la firma Miller & Sons, bajó de un salto y rodeó la madera para ofrecerle la mano a Genevieve.
Ella aceptó el apoyo de sus dedos firmes y calurosos para descender. Durante un instante, sus miradas se cruzaron con una complicidad silenciosa que no pasó desapercibida para un par de vecinos que observaban desde el porche de enfrente.
—Ten cuidado —le pidió él a modo de despedida.
Se ajustó el sombrero antes de encaminarse hacia la oficina de contratación.
—Nos vemos en un rato —lo saludó ella.
Genevieve arregló los pliegues de su falda y empujó la puerta de doble hoja del comercio.
El interior del almacén olía a granos de café tostado, especias importadas, jabón de sebo y cuero nuevo.
Las estanterías de madera llegaban hasta el techo, repletas de botes de cristal, herramientas de hierro, sacos de harina apilados en las esquinas y demás productos esenciales.
Detrás del mostrador, un dependiente de edad avanzada despachaba a un par de clientas. Genevieve caminó hacia la sección de telas y mercería, inspeccionando los rollos de lino grueso para confeccionar visillos y reparar la ropa de trabajo.
—No esperaba encontrar a la nueva señora Westfall haciendo sus propias compras —dijo una voz femenina a sus espaldas. Tenía la cadencia lenta de esas tierras.
Genevieve se giró despacio.
Frente a ella se encontraba una mujer de unos veintiocho años, de tez clara, cabello rubio perfectamente peinado bajo un sombrero adornado con plumas de pavo real y un vestido de tafetán verde oliva de corte elegante.
Sostenía una sombrilla de encaje cerrado en la mano y la miraba con una mezcla de curiosidad, superioridad y una pizca de amargura mal disimulada.
Genevieve la reconoció al instante por las descripciones que Hosea había soltado días atrás durante la cena. Era Rosalie Thorne, la mujer que había estado comprometida con Caleb antes del incendio del granero.
—Buenos días —saludó Genevieve con educación impecable, le sostuvo la mirada sin parpadear—. Me temo que la casa requiere ciertos arreglos y prefiero elegir los materiales yo misma.
Hosea no había sido gentil con Rosalie, a quien había descrito como superficial y cruel. Genevieve quería hacerse su propia impresión, y, de momento, no era del todo desagradable. Si esa mujer hubiera mantenido su palabra hacia Caleb, ella y Clara… ellas estarían a merced de su tío.
Se estremeció por dentro.
Rosalie dio un par de pasos hacia ella, la enagua de seda crujió cuando dio un paso sobre las tablas del suelo. Sus ojos recorrieron a Genevieve de arriba abajo, examinando la sencillez de su vestido y el estado de sus manos, que comenzaban a mostrar las primeras marcas de la labor en el campo.
—Si me permite un consejo de mujer a mujer, debería convencer a Caleb de vender esas tierras e irse de Oakhaven hoy mismo —dijo Rosalie en un tono que pretendía sonar confidencial, pero escondía un filo cortante—.
Ese rancho está maldito. No va a conseguir a nadie en todo el condado que quiera trabajar allí.
Genevieve mantuvo la postura recta, con la cesta de mimbre apoyada sobre la cadera.
—Los rumores sobre apariciones son solo eso, señora Thorne, cuentos para asustar a los incautos. El asunto de los fantasmas es completamente falso.
Rosalie dejó escapar una risita breve y seca, ajustó el agarre sobre el mango de su sombrilla.
—Es falso y no es falso —replicó Rosalie, dio un paso más hacia ella—.
Es cierto que esa casa tiene un montón de fantasmas, empezando por los recuerdos de lo que ese rancho fue una vez y nunca volverá a ser.
Pero, sobre todo, tiene a Silas Vance como enemigo.
Y cuando Silas Vance quiere algo en este pueblo, lo consigue.
No para hasta destruir a quien se interponga en su camino.
Sal de ahí mientras puedas. Vuelve al lugar de donde viniste antes de que Silas los deje en la indigencia absoluta.
Genevieve ladeó ligeramente la cabeza, observando el rostro pulcro y protegido de la mujer que tenía enfrente. Una chispa de comprensión iluminó sus ojos claros.
—Entiendo —dijo Genevieve con voz calmada—. De modo que por eso lo dejaste. Lo dejaste por el incendio. Lo dejaste porque quedó marcado y porque la tierra se volvió difícil. Vaya... cuánto cariño le tenías.
Rosalie se mudó de color. Una mancha roja le subió por el cuello y rompió la palidez de su rostro. Apretó la sombrilla con fuerza hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¡No me juzgues sin saber nada! —espetó Rosalie en un susurro sibilante, miró de reojo para asegurarse de que el dependiente no las oía—.
No lo dejé por sus cicatrices. Lo dejé porque no quiero tener la vida que tú tienes en este momento.
Una vida llena de sacrificios, de esfuerzo físico constante, de levantarse al alba para fregar suelos y lidiar con el barro, la pobreza y las amenazas de los vecinos.
Yo merecía algo mejor que ser la sirvienta de un rancho en ruinas.
Genevieve la escuchó en silencio, mantuvo una serenidad que pareció desarmar por completo la arrogancia de la otra mujer.
—Para tu información —respondió Genevieve con una firmeza serena y aplastante—, yo ya tenía la vida que tú crees desear.
Vivía en una mansión en Nueva York, rodeada de vestidos de seda, carruajes ostentosos y banquetes.
Y déjame decirte algo: esa vida estaba llena de gente cruel, manipuladora y ruin, exactamente igual que Silas Vance... igual que mi propio tío.
Rosalie la miró sin comprender, parpadeó con sorpresa.
—En cambio —continuó Genevieve, sin perder ni la elegancia ni la calma—, al lado de Caleb tengo una vida más humilde, sí, y llena de esfuerzo duro.
Pero es una vida rodeada de personas reales que me quieren y me respetan.
Me levanto todas las mañanas segura de quién soy.
Sé que nadie me va a agredir, sé que mi hermana está a salvo y sé que el hombre que duerme a mi lado daría la vida por protegernos.
Y eso, Rosalie, vale muchísimo más que todo el oro del mundo.
Rosalie intentó rebatir. Abrió la boca, pero las palabras se le atascaron en la garganta ante el aplomo de la joven.
—El oro y la posición social se consiguen con trabajo, con esfuerzo o con un golpe suerte —añadió Genevieve en un susurro firme—.
Pero la paz, la tranquilidad y el amor verdadero no se compran con dinero.
Si algún día te encuentras en una situación tan complicada y desesperada como en la que estuve yo, no dudes en pedirme ayuda.
No guardo ningún rencor hacia ti. Pero te vas a dar cuenta de una cosa tarde o temprano: perdiste el verdadero tesoro de este condado el día que dejaste marchar a Caleb Westfall.
Rosalie se quedó petrificada en mitad del pasillo, con el rostro pálido y los labios temblorosos, incapaz de articular respuesta.
En ese preciso instante, la campanilla metálica de la puerta del almacén repicó con fuerza.
Caleb cruzó el umbral. Traía la expresión sombría, la mandíbula apretada y la vista fija en el suelo, abatido tras una jornada infructuosa. Se detuvo al ver a su esposa junto a la sección de mercería y caminó directamente hacia ella, ignorando por completo la presencia de Rosalie a pocos metros.
—Genevieve —dijo Caleb con voz apagada—. Tenemos que volver al rancho.
Genevieve se volvió hacia él con una sonrisa cálida. Dejó de lado a la rubia como si hubiera dejado de existir.
—¿No hubo suerte en la oficina de contratación? —preguntó ella con suavidad.
Caleb negó con la cabeza en un gesto cansado.
—Nadie quiere firmar —admitió él sin rodeos—. Los rumores de los fantasmas y las advertencias de los hombres de Vance han calado hondo. No hay un solo peón en Oakhaven dispuesto a pisar nuestra propiedad.
Genevieve dio un paso al frente y le acomodó la solapa de la camisa con un gesto natural y afectuoso, se aseguró de que Rosalie fuera testigo de la complicidad entre ambos.
Tal vez sí corría por sus venas una dosis de mezquindad. Quería clamar que ese hombre era suyo, estaba orgullosa de su esposo y sabía que, incluso los que miraban con horror sus cicatrices, un día lo envidiarían.
—No importa, Caleb —dijo Genevieve en voz alta y clara—. Tenemos a Thomas, tenemos a Hosea, te tengo a ti y tú me tienes a mí. Reconstruiremos el rancho con nuestras propias manos si hace falta. Vámonos a casa.
Caleb la miró a los ojos y la tensión de sus hombros pareció aflojarse de golpe ante la firmeza inconmovible de su esposa. Le ofreció el brazo doblado. Genevieve deslizó el suyo con elegancia y caminaron juntos hacia la salida del establecimiento.