Novia por correo Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

—Caleb… Caleb… —intentó advertirle ella. Él presionó más con su lengua y la sintió estallar contra su boca. Su canal le apretó el dedo en ráfagas de tensión y relax, hasta que Genevieve quedó laxa y sensible.

—Ahora te tomaré, dudo durar mucho —se disculpó.

Ella sonrió en la noche, él pudo ver apenas el brillo blanco de sus dientes en la penumbra. Se maldijo por sus cicatrices; por ocultarse él se había perdido el magnífico espectáculo del orgasmo de Genevieve.

Llevó su pene a la entrada y se introdujo con lentitud. Ella estaba abierta y lubricada por su propio placer y la saliva de él. No hubo vestigios de dolor, solo placer, y cuando comenzó a moverse, sintió que el placer de Genevieve volvía a crecer.

Las estocadas se volvieron furiosas, la cama crujió bajo sus cuerpos y unieron las bocas furiosas para ahogar uno en el aliento del otro el grito de gloria al alcanzar el orgasmo.

***

El sol de la tarde caía plomizo sobre la única calle principal de Oakhaven. El polvo levantado por las ruedas de los carros flotaba en el aire estancado, y se mezclaba con el olor de la taberna.

Frente al mostrador de la oficina de correos y diligencias, un hombre de estatura mediana ajustó los puños de sus mangas de paño oscuro.

Llevaba un sombrero de ala rígida que no encajaba con el ambiente del condado y una leontina de plata que le cruzaba el chaleco.

A diferencia de los rancheros y vaqueros de la zona, la piel de sus manos lucía intacta, suave, sin una sola marca de trabajo.

El posadero, un tipo algo excedido de peso con un delantal manchado de grasa, apuró un trago de café frío y lo observó de arriba abajo.

—No son de por aquí, señor —dijo el posadero, y escupió un pedazo de hoja de tabaco sobre el suelo de tablas—. Si busca a alguien, mejor vaya a la oficina del sheriff.

El hombre del traje no se inmutó. De la faltriquera de su chaqueta sacó un sobre de cuero espeso, del cual extrajo dos fotografías impresas sobre placas de metal, además de un billete de diez dólares perfectamente doblado.

Deslizó el billete y las dos imágenes sobre la barra con la elegancia de quien está acostumbrado a comprar voluntades en despachos cerrados.

—El sheriff atiende asuntos locales —dijo el forastero con una voz pausada, cortante, de marcado acento del este—. Yo busco una información muy específica. Y no me gusta perder el tiempo.

El posadero bajó la vista hacia el billete y luego observó los dos retratos.

En el primero figuraba la estampa de Genevieve Waverly, luciendo un peinado alto y la mirada serena que la caracterizaba. En el segundo, mucho más pequeño, aparecía la figura de Clara, vestida con un traje de gala infantil.

—Una mujer joven y una niña —murmuró el hombre del delantal. Tocó el billete con la yema de los dedos—. Bastante distinguidas para viajar por estas tierras sin un hombre al lado.

—Llegaron en la diligencia del martes procedentes de San Antonio —precisó el investigador con tono helado—. Viajaban con billetes pagados bajo unas iniciales. C.W. Necesito saber con quién se marcharon de la estación o qué dirección tomaron.

El posadero rascó su barba poblada mientras recordaba la llegada del transporte días atrás. La imagen del vestido de seda azul destacando sobre el fango de la calle regresó a su memoria de inmediato.

—Ah, sí... —dijo el hombre, esbozó una sonrisa torcida—. Me acuerdo de ellas. Causaron cierto revuelo en el porche. La señorita venía vestida como para ir a un baile en la capital.

—¿Y bien? —demandó el investigador, apoyó el peso de su cuerpo sobre la mesa—. ¿A dónde fueron?

—Un ranchero de las afueras se las llevó en su carro —respondió el posadero, y guardó el billete en el bolsillo del delantal—. Un tipo alto, de hombros anchos y con una cicatriz que le cubre media cara. Caleb Westfall.

El investigador arqueó una ceja con calculado interés. Tomó una libreta de tapas duras de su bolsillo y anotó el nombre con trazo rápido y preciso.

—¿Un ranchero? —preguntó el hombre de paño oscuro—. ¿Y por qué una dama de Nueva York se iría con un ranchero?

—Porque venían a casarse, señor —se rio el posadero—. De esas novias que piden por correo desde los periódicos. Se fueron directas al juzgado de paz y salieron de allí con el certificado firmado antes del mediodía. Rumbo al rancho Westfall, al norte del arroyo.

El detective cerró la libreta con un chasquido seco. Recogió las dos fotografías y las guardó de nuevo en el sobre de cuero.

—Un matrimonio precipitado... —murmuró para sí mismo con una sonrisa fría y despectiva—. Un ardid bastante desesperado.

—¿Pasa algo malo con ellas? —quiso saber el posadero, hambriento de cotilleo.

—Nada que no pueda solucionarse con la ley en la mano y un buen abogado —respondió el investigador.

Se caló el sombrero con gesto pausado y ajustó su leontina de plata—.

Mi cliente estará muy complacido de saber que sus dos sobrinas han sido localizadas.

Y muy decepcionado con las decisiones que han tomado.

Sin añadir una sola palabra más, el forastero dio media vuelta y salió de la posada, dejando tras de sí el eco de sus pisadas de cuero duro contra la madera del porche.