Capítulo 9 #2
El crepúsculo dejó paso a una noche densa, dominada por el susurro del viento entre los matorrales del rancho. Tras una cena silenciosa en la que el pan horneado por Clara apenas sirvió para acompañar las gachas, la casa se sumió en la quietud.
En el dormitorio principal, la penumbra era absoluta.
Caleb se había encargado de apagar la última lámpara de aceite de la cocina y de cerrar el pasador de las contraventanas de la habitación. Bloqueó incluso la débil claridad de la luna. La sombra dentro del cuarto era tan espesa que apenas se distinguían las siluetas de los muebles.
Genevieve estaba sentada en el borde de la cama, descalza, con el camisón de algodón blanco acomodado sobre las piernas.
Escuchó el sonido sordo de las botas de Caleb al caer contra el suelo de madera y el roce de la camisa al desabotonársela.
Aunque horas antes lo había contemplado al descubierto bajo el sol del mediodía, el ranchero volvía a buscar el refugio de la oscuridad para enfrentarse a la intimidad.
Caleb avanzó hacia la cama con pasos pausados. Se detuvo a un costado del colchón, sintiendo cómo el calor de Genevieve quebraba el aire fresco de la estancia.
—Hoy... me viste —dijo Caleb. La voz le salió baja, rasposa, cargada de una vulnerabilidad que intentaba ocultar tras la negrura de la habitación.
Genevieve alzó el rostro hacia el lugar donde intuía su mirada. Estiró la mano en la penumbra hasta que sus dedos rozaron la tela del pantalón de él, subió despacio hasta encontrar su mano grande y nudosa.
—Te vi, Caleb —respondió ella en un susurro firme—. Y no vi nada que me hiciera querer apartar los ojos.
Caleb apretó los dedos de Genevieve con una fuerza contenida.
Un escalofrío le recorrió la espina dorsal al recordar la mirada de ella junto al granero, la forma en que lo había observado sin un solo rasgo de repulsión o lástima.
Se inclinó despacio sobre el colchón, apoyando una rodilla en el borde de la cama y buscando el rostro de su esposa en la sombra.
—Todavía no me acostumbro a que estés aquí —murmuró él, acercó su boca a la sien de Genevieve—. A que esta casa, a que esta cama... sean tuyas.
—Acostúmbrate —susurró Genevieve. Se giró apenas unos centímetros, buscó sus labios en la penumbra—. Porque no pienso irme a ningún lado.
Caleb dejó escapar un suspiro pesado, se rindió al deseo que lo consumía desde la tarde. Deslizó la mano por el cuello de Genevieve hasta acunar su nuca, inclinándose sobre ella mientras la atracción y la urgencia de la noche volvían a encender el fuego entre los dos.
Se quitaron la ropa con premura. La pasión despertada en el granero apenas se mantuvo a raya por las prioridades del rancho. En la oscuridad de la habitación, no existían los motivos para contenerse más.
Los dos no tardaron en estar desnudos. Genevieve cerró los párpados, aunque no fuera necesario por la penumbra; lo hizo para recordar el cuerpo de Caleb a la luz.
Sus músculos firmes, las partes heridas y las partes sanas.
Conformó un mapa y, a medida que su mente lo dibujaba, sus manos lo recorrían.
Caleb contuvo la respiración al sentir las delicadas manos de su esposa acariciarlo. En la espalda, en el pecho, en el cuello y el rostro.
Genevieve se volvió más confiada a medida que notaba las respuestas de Caleb, bajó por su espalda hasta sus glúteos firmes, y presionó, sintiendo cómo el pene de su marido presionaba contra su entrada.
Viajó con su mano por delante, palpó esa zona en que el vello formaba una flecha, desde el ombligo del hombre hasta su miembro.
Esa tarde había visto la respuesta masculina. Fue testigo de cómo ese órgano pasaba de estar flácido, hacia abajo, hasta endurecerse y elevarse de manera amenazante… y tentadora.
En ese instante estaba erguido, listo.
Caleb, la primera noche, la había tocado en su centro. Le hizo sentir cosas maravillosas al rozarla. Probó devolverle el favor, y bajó su palma hasta la dureza de él.
—Genevieve… —susurró él.
—¿No te agrada?
—Me agrada demasiado.
—Me gustaría verte —pidió.
Caleb no estaba listo para complacerla en ese terreno. Era incapaz de imaginarse a Genevieve gozando de placer al verlo, en la oscuridad, pensó, ella podía imaginarlo sano, entregarse solo a las sensaciones de los demás sentidos y dejar el de la vista relegado a la fantasía.
La besó para hacerle olvidar esa petición. Surtió efecto. Genevieve abrió la boca y le dio la bienvenida a su lengua. La rozó tímidamente con las suya, deleitándose de la osadía que empezaba a embargarla.
La mano de la joven pasó de apenas tocarlo a rodearlo con sus dedos. No sabía cómo seguir, a Caleb le gustaba que ella descubriera con él los placeres de la cama. Se movió contra su mano, como lo haría en su interior, y enseguida su esposa comprendió la dinámica.
Comenzó a mover la mano hacia arriba y hacia abajo, hasta volverlo loco.
—Genevieve, necesito tomarte —rogó.
—Sí, yo también lo necesito.
Pero era su segundo encuentro, aún su canal era muy estrecho y podía dolerle la invasión. Caleb estaba demasiado ansioso. ¡Qué tonto había sido!, se reclamó. Había estado tan concentrado en su placer que había descuidado el de ella.
No se sentía capaz de demorar mucho más. La besó en los labios y bajó por su cuerpo, estimulando cada rincón. Cuando llegó a su vientre, la sintió arquearse, y ya hambriento por su respuesta, recorrió el resto del camino hasta llegar con su boca al centro femenino.
En cuanto su lengua se abrió camino entre los pliegues, la oyó gritar de placer y de pudor.
—¡Caleb!
—Solo hasta que estés lista —prometió—, no quiero herirte.
—Pero…
El siguiente roce de su lengua la dejó sin palabras y le hizo reconocer a Caleb que había mentido. Genevieve era como un dulce maldito, un sabor tan delicioso que te impedía renunciar a él.
Introdujo un dedo en su canal, al tiempo que lamía con frenesí su clítoris inflamado. Su esposa se cubrió la boca con la mano para ahogar los encantadores sonidos de placer que soltaba al borde del abismo.