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Capítulo 9

—Adelántense a la casa —dijo Caleb.

Genevieve se volvió hacia él. Su esposo estaba hecho un desastre.

La camisa, que alguna vez había sido de un blanco respetable, tenía ahora un color indefinido entre el barro y el polvo.

Los pantalones estaban cubiertos de tierra rojiza hasta las rodillas y una capa de suciedad le marcaba los hombros, el cuello y buena parte del rostro.

Incluso el sombrero parecía haber pasado por una batalla propia.

Caleb se miró las manos y soltó un suspiro.

—Yo voy a higienizarme primero. No puedo entrar así.

Genevieve asintió. Lo observó dirigirse hacia la estructura del pozo de agua y los anexos tras el patio exterior.

Supuso que él esperaría a que ella llenara la tina de hierro que habían usado su hermana y ella al llegar, por lo que decidió adelantarse para ahorrarle tiempo.

Tras dejar el caballo sujeto en el poste y comprobar que Clara sacaba el pan del horno en perfecto estado, tomó dos cubos de latón y se encaminó hacia el pozo exterior para recoger agua limpia.

Al rodear la esquina del establo viejo, no escuchó el chasquido metálico de la bomba manual, sino un murmullo constante y constante de agua cayendo con fuerza contra las tablas de pino.

Frunció el ceño y avanzó unos pasos más.

Apoyados contra la pared trasera del granero, ocultos por unas vigas de madera dispuestas a modo de biombo, se encontraban los restos de una ducha improvisada: una regadera elevada en el tejadillo con una cuerda de tirador que permitía inclinarla para vaciar su contenido de a poco.

Allí estaba Caleb.

Se había quitado la ropa sucia y la había dejado amontonada sobre una banqueta de madera. El agua fría caía a chorros sobre sus hombros anchos, y arrastraba regueros de fango rojizo que se filtraban por las rendijas del suelo de madera.

Genevieve se detuvo de golpe. La brisa del mediodía secó el sudor de su frente mientras sus ojos quedaban fijos en la figura de su marido.

Estaba completamente desnudo, de espaldas a ella.

La luz dorada del sol tejana atravesaba las rendijas de las tablas e iluminaba la anatomía firme de su espalda, marcada por músculos tensores y trabajados por años de labor física en el rancho.

Pero al observarlo con atención, Genevieve descubrió que el fuego de aquel incendio no solo le había dejado marcas en el rostro.

Las cicatrices de tejido arrugado y claro descendían por el cuello, cruzaban el hombro izquierdo y se ramificaban por el costado de las costillas y parte del muslo en un mapa amargo de supervivencia.

Pese a las marcas, Genevieve no pudo evitar pensar que era un hombre increíblemente apuesto. Había una fuerza primitiva y noble en su postura, una belleza basta y masculina que distaba mucho de los hombres de salón que ella había conocido en Nueva York.

En Nueva York, las damas de la alta sociedad consideraban la tina de baño un lujo indispensable y un ritual prolongado.

Para Genevieve, en aquel entonces, también.

Ahora, en cambio, la tina de hierro le parecía un despropósito lento y pesado de llenar.

Su esposo acababa de enseñarle las ventajas de la rapidez del agua en una simple regadera, aunque estuviera fría.

Ver la practicidad con la que Caleb se lavaba bajo aquel artefacto rústico solo confirmó que ese nuevo mundo empezaba a gustarle mucho más que la cuna de falso algodón en la que había crecido.

Sumida en sus pensamientos, dio un paso involuntario hacia delante. La suela de su bota hizo crujir una rama seca entre las hierbas altas.

El sonido cortó el aire.

Caleb se giró de golpe hacia la entrada del biombo de madera, pasó la cara por debajo del chorro para despejarse los ojos. Su mirada rápida y alerta dio de lleno con Genevieve, que continuaba de pie a pocos metros con los dos cubos vacíos en las manos.

Durante varios segundos, ninguno de los dos dijo una palabra. El agua continuaba goteando desde la regadera y rompía el silencio entre ellos. Caleb, inmóvil bajo la luz del mediodía, le sostuvo la mirada de su esposa, consciente de que ella lo había visto por completo.

La noche en que consumaron, lo hicieron a oscuras. Le aterraba pensar cómo lo veía ella, cómo lo encontraba con todas sus cicatrices.

El agua helada resbalaba en hilos transparentes desde el mentón de Caleb, descendía por el relieve marcado de su pecho para perderse en la sombra tensa de su abdomen.

Su respiración, alterada apenas un instante por la sorpresa, se volvió lenta, pesada…

sus costillas subían y bajaban de manera rítmica.

No hizo intento alguno por cubrirse. Tampoco dio un paso atrás.

Permaneció erguido, con la espalda recta y las manos entreabiertas a los costados, asumiendo su desnudez frente a ella no como una afrenta, sino como un territorio abierto que jamás se habían atrevido a cartografiar.

Genevieve sintió cómo los cubos de latón pesaban de pronto como si estuvieran llenos de plomo.

Las palmas de sus manos, apretadas contra las asas de metal, estaban húmedas de sudor.

Debería haber bajado la mirada. La decencia de su crianza, la etiqueta rígida de la Quinta Avenida y el modoso pudor de los salones norteños le exigían dar media vuelta, murmurar una disculpa precipitada y alejarse hacia la cocina.

Pero sus pies parecían haber echado raíces entre la hierba seca del rancho.

Su mirada quedó atrapada en la de él, fija en esos ojos oscuros que la sostenían con una intensidad casi física, desafiándola a parpadear.

El calor de la tarde tejana pareció concentrarse en ese pequeño espacio resguardado por las vigas de pino.

El aire, denso y cargado del olor a tierra mojada, pino calcinado y el aroma limpio y rústico del jabón de sebo, se volvió difícil de respirar.

Cada gota que impactaba contra el suelo de madera retumbaba en los oídos de Genevieve al son de su propio latido acelerado.

Caleb dio un paso lento hacia adelante. La luz del sol filtrada entre las maderas dibujó una diagonal dorada sobre su torso.

El juego de luces y sombras profundizó el contraste entre la piel morena curtida por el trabajo y el tejido pálido e irregular de las cicatrices de su costado.

Había algo profundamente intimidante en su serenidad, una paciencia felina que hacía que el pulso de Genevieve desbocara contra sus costillas.

—Olvidaste el agua —dijo él.

Su voz no fue más que un murmullo bajo, rasposo por el agua fría y la falta de uso, pero la vibración pareció cruzar la distancia entre ambos y erizar el vello de los brazos de Genevieve. La sencillez de las palabras contrastaba con la electricidad estática que impregnaba el ambiente.

—Iba… iba a llenar la tina —logró articular ella, sorprendida de que su propia voz sonara tan distante, tan frágil.

Los dedos de Genevieve se aflojaron, ajenos a su voluntad, y el asa de uno de los cubos metálicos chocó contra el otro.

El chasquido agudo vibró en la quietud del granero.

Ninguno de los dos se movió, pero la distancia entre sus cuerpos, apenas unos metros de aire caluroso, se sintió de pronto estrecha.

Caleb ladeó ligeramente la cabeza, sin romper el contacto visual.

Un reguero de agua corrió desde su sien, cruzó la comisura de sus labios firmes y bajó por la hendidura de su cuello hasta desaparecer en la curva de su clavícula.

Su mirada descendió por un breve segundo hacia los labios entreabiertos de Genevieve, para luego volver a fijarse en sus ojos con una fijeza que le hizo dar a ella un pequeño aliento contenido.

—No hace falta la tina —respondió él. Dio un paso más. La madera crujió bajo su pie descalzo—. El agua está bien aquí.

Con cada centímetro que él avanzaba, la atmósfera se volvía más espesa, cargada de una expectación casi dolorosa.

Genevieve podía sentir la frialdad del agua que evaporaba el cuerpo caliente de su marido y, al mismo tiempo, una ola de calor repentino que le subía por el cuello, tiñéndole las mejillas de un rubor ardiente.

Quería moverse, quería decir algo que devolviera la interacción al terreno seguro del matrimonio por conveniencia y las tareas cotidianas, pero la fuerza de atracción entre ellos era una corriente invisible que la mantenía clavada al suelo.

Caleb levantó con lentitud la mano derecha.

El agua goteaba de sus nudillos. Por un instante, Genevieve pensó que él acortaría el espacio restante para tocarla, para rozar con sus dedos húmedos la piel caliente de su mejilla o la tela fina de su blusa y hacerle sentir las mil sensaciones que conoció la noche anterior.

Su pecho se elevó en una inspiración entrecortada, deseando y temiendo ese contacto con una urgencia que jamás se había permitido reconocer.

Sin embargo, la mano de Caleb pasó a escasos centímetros de su hombro, y buscó la cuerda tensa de la regadera de la ducha improvisada.

El roce no llegó a producirse, pero la cercanía de su cuerpo desnudado por el agua, la vibración de su calor corporal y el aroma a piel limpia y salvaje invadieron los sentidos de Genevieve con la fuerza de un golpe.

Él no la tocó. Ella no se movió. El deseo permaneció allí, suspendido entre los dos, afilado y denso, contenido apenas por el hilo invisible de un autocontrol a punto de romperse.

Genevieve oyó el ir y venir de Thomas y Hosea. No supo quién era el huésped inesperado, si los dos empleados de su marido o el deseo que amenazaba con hacerla arder.

Se mordió el labio y bajó la mirada, intentó no percatarse de la dureza de Caleb, ni recordar cómo se sentía al tenerlo dentro de ella.

—Mejor me iré, yo…

—Sí, será lo mejor, Eve.

Ella alzó la vista de golpe al escuchar el apodo en sus labios. El deseo viajó y ese ardiente fuego que la quemaba no solo latió en su centro femenino, sino también, en su corazón.