Novia por correo Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—¡Está loca! —exclamó Hosea, que corría a pie con una rama en la mano, sofocado y cubierto de barro hasta la cintura—. ¡Patrón, esa mujer vale por tres peones de los que se fueron!

—¡Cállate, Hosea! —bramó Caleb. Saltó sobre el otro caballo sin molestarse en ajustar los estribos.

Se colocó a la par de la montura de Genevieve en un segundo—.

¡Genevieve, el arroyo está crecido por las lluvias de la sierra!

Si la ternera pequeña entra en la corriente, la fuerza del agua se la lleva.

¡Ve hacia la izquierda y no te separes de mí!

El caballo se lanzó al galope, respondiendo a la presión de los talones de Genevieve.

Cabalgaron hombro con hombro. El viento les daba de lleno en la cara, los golpeaba con el olor de los árboles y del agua del arroyo.

Caleb la miraba de reojo, aterrado por la posibilidad de que la silla cediera o el animal tropezara en alguna madriguera de topo, pero la firmeza con la que ella sostenía las riendas no dejaba lugar a dudas. La muchacha de seda no iba a caerse.

—¡A la izquierda! —chilló Genevieve, se adelantó medio cuerpo para cortarle el paso a la vaca nodriza que lideraba la estampida.

El animal viró bruscamente al ver al caballo interponerse en su trayectoria. El cascabeleo de las piedras sueltas bajo los cascos retumbó en la hondonada. Dos metros más abajo, el arroyo bajaba marrón, turbio y rugiente, y arrastraba ramas gruesas como brazos.

La ternera más pequeña, aterrorizada por el ruido del agua, resbaló en la orilla arcillosa. La mitad trasera de la cría cayó al cauce y el animal empezó a emitir un mugido agudo, casi humano, mientras la corriente luchaba por arrastrarla.

Caleb frenó al tordo en seco y desmontó de un salto. Se hundió hasta las rodillas en el barro del margen.

—¡Sujeta las riendas! —le gritó a Genevieve.

Le arrojó la cuerda de su caballo para que la correntada no se llevara tanto al ternero como a su esposo.

Ella atrapó el cuero al vuelo. Su montura tiró con fuerza hacia atrás, pero Genevieve trabó las riendas alrededor del arzón de su propia silla y plantó las botas en los estribos para hacer contrapeso. La tensión del cuero le tiraba de los hombros hasta hacerle crujir las articulaciones.

—¡Lo tengo! —gritó—. ¡Saca a esa ternera!

Caleb se metió de lleno en la corriente helada.

El agua le llegaba por encima de la cintura y la fuerza de la corriente amenazaba con derribarlo.

Agarró a la ternera por las patas delanteras y el lomo, clavando las botas en el lecho de piedras.

Las cicatrices de su rostro se tiñeron de un rojo violáceo por el esfuerzo sobrehumano.

—¡Thomas! ¡Ayuda aquí! —chilló Clara desde lo alto de la loma.

El capataz mestizo llegó a galope tenso, desmontó sobre la marcha y bajó por la pendiente como un felino. Entre Thomas y Caleb sujetaron al animal. Hosea, que acababa de llegar, lanzó el lazo alrededor del cuello del ternero y tiró junto con los caballos desde arriba.

Con un chasquido pesado de barro y agua, la cría salió despedida hacia la hierba seca de la orilla, a salvo, tiritando y berreando con fuerza.

Caleb emergió del agua chorreando líquido marrón, despeinado y exhausto. Apoyó las manos en las rodillas para recuperar el aliento, con el pecho subiendo y bajando de manera frenética.

Genevieve dejó caer las riendas y se deslizó de la silla. Las piernas le temblaban tanto por la excitación que estuvo a punto de doblarse sobre la tierra, pero se mantuvo en pie. Caminó hacia él sin importarle el barro que le echaba a perder las botas ni las salpicaduras que le manchaban la cara.

Se detuvieron a medio metro el uno del otro.

Caleb la miró. Tenía barro en la mejilla, las manos rojas por la fricción del cuero y el vestido destrozado por la vegetación baja del camino, pero los ojos le brillaban con una intensidad deslumbrante.

—Pudiste haberte matado —dijo Caleb. La voz le salió baja, una mezcla de bronca, miedo y asombro reverencial.

—Y tú pudiste haber perdido tu ganado —replicó Genevieve, sin dar un paso atrás—. Te dije que no vine aquí a ser un adorno, Caleb. Soy la señora Westfall, soy tu esposa, tu compañera.

—Esto no es un juego de ciudad, Genevieve. Ese caballo pudo haber encabritado y tirarte contra las rocas.

—Pues no lo hizo. Y la ternera está viva.

Hosea y Thomas compartieron una mirada rápida a pocos metros de distancia. Thomas esbozó una sonrisa de lado y comenzó a arriar a las vacas de vuelta hacia el camino principal. Le hizo señas a Hosea para que lo siguiera y les dejara espacio.

Caleb dio un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que el calor que desprendía su cuerpo húmedo pareció envolverlos a los dos. Le sostuvo la mirada, ignorando por completo la sombra del sombrero y la luz dura del sol que le daba de lleno en el lado quemado de la cara.

—Has arriesgado el cuello por unas vacas que… —murmuró él, con los puños apretados a los lados.

—Que son nuestras —completó ella con rotundidad.

Clavó sus ojos en los oscuros de él—. Las vacas, el barro, la casa sin pintar, el vecino que nos quiere arruinar y los fantasmas.

Todo es nuestro. Es lo que significa estar casados, ¿no?

Enfrentar el desastre juntos. Somos un equipo ahora, Caleb. Acostúmbrate.

Caleb la contempló en silencio. La ira por el peligro corrido se disipó de golpe, reemplazada por un nudo en la garganta que le impidió hablar durante unos segundos.

Extendió la mano temblorosa, cubierta de tierra secándose, y con la yema del pulgar le limpió con extrema delicadeza una mancha de barro de la mejilla.

—Un equipo —repitió él, y por primera vez la palabra no sonó a contrato ni a obligación, sino a una promesa firme.

—Exacto —asintió Genevieve, esbozó una sonrisa cansada pero victoriosa—. Ahora, si eres tan amable, volvamos a la casa. Creo que mi hermana ha conseguido no quemar el segundo pan y me muero de hambre.