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Capítulo 8

El sol apenas despuntaba sobre el horizonte de Texas cuando una estampida de botas contra la madera del porche sacudió la casa.

Genevieve terminó de abrocharse el vestido de algodón y salió a toda prisa al salón. Clara apareció detrás de ella, con el cabello revuelto y una expresión que dejaba bastante claro que consideraba aquello una pésima manera de empezar el día.

Caleb ya estaba junto a la puerta principal. Se encajó el sombrero de un tirón y abrió antes de que nadie pudiera preguntar qué ocurría.

Hosea apareció al otro lado, desencajado, con el sombrero en una mano. Thomas lo seguía, mucho más sereno, aunque respiraba con dificultad.

—¡Jefe, se han ido!

Caleb parpadeó.

—Buenos días para ti también, Hosea. —Necesitaba una taza de café, despabilarse. No le ayudaba pensar en la noche anterior, en lo que había sucedido con Genevieve.

Tal vez por eso no lo abandonaba la sensación onírica, le costaba comprender de qué hablaba Hosea.

—¡Los peones nuevos!

—De nuevo… —pidió.

—¡Se han largado!

—¿Quiénes, todos?

—Los dos. Los que contratamos dos días atrás.

Caleb entrecerró los ojos.

—¿Cómo que se han ido? ¿Ya?

Eso debía ser una marca personal. Al menos, antes conseguían durar una semana.

—Anoche recogieron sus petates y salieron disparados hacia el pueblo. Ni siquiera esperaron a que amaneciera —expuso Thomas, más calmo.

—Les pagué un adelanto ayer.

De pronto tenía un lacerante dolor de cabeza. No llegó a convertirse en migraña, pues Genevieve puso en sus manos una taza de café. La miró con adoración. Sus empleados carraspearon.

—Han dejado el dinero, jefe.

Eso explicaba mucho. Era la forma habitual en que los empleados abandonaban el rancho Westfall.  Hosea levantó ambas manos.

—Al parecer, el dinero no compite bien contra los fantasmas.

Caleb lo miró en silencio.

—No empieces.

Thomas dio un paso al frente.

—Dicen que volvieron a ver a la chica, ahora acompañada de un espectro encadenado.

La expresión de Caleb cambió.

—¿Dónde?

—Cerca de los escombros del granero viejo. Poco después de medianoche.

Genevieve se acercó.

—¿La vieron de verdad?

Thomas asintió.

—Eso aseguran. Dijeron que la niña de blanco atravesó la pared quemada.

Hosea tragó saliva.

—Y que después escucharon un lamento en el establo.

—¿Un lamento? —repitió Genevieve.

—Uno bastante feo —dijo Hosea—. De esos que hacen que uno se replantee las ventajas de tener empleo.

Thomas le lanzó una mirada.

—Hosea.

—Solo digo que el trabajo en el rancho me gustaba más cuando los problemas tenían cuernos.

—El diablo tiene cuernos —murmuró Clara.

No les puso más atención, decidió que era más apremiante hornear el pan.

Genevieve había conseguido que la harina leudara de manera bastante aceptable, y el segundo pan salió mejor que el primero, pero aún no conseguía sacarlo del horno sin ninguna parte quemada.

Clara había decidido que ella tomaría el relevo. En Texas no existía tal cosa como «ser demasiado joven para trabajar», y, a decir verdad, prefería cocinar antes que limpiar los gallineros. Tarea que ahora llevaría a cabo su hermana.

Caleb se pasó una mano por la mandíbula.

—¿Y los dos salieron corriendo?

—A pie —confirmó Thomas—. Por el camino del pueblo.

—¿Y dejaron todo aquí?

—Todo.

Caleb apretó los dientes.

—Maldita sea. —Su puño golpeó el marco de la puerta—. ¡Maldito seas, Silas Vance!

Un estruendo metálico respondió desde el fondo de la propiedad. Después llegó un relincho aterrorizado. Luego otro. Y, por último, un mugido tan desesperado que hasta Hosea dejó de hablar. Todos se volvieron hacia los corrales.

—Ahí tienen —dijo Hosea—. Otro excelente comienzo de jornada.

—¡Las cercas! —gritó Caleb, antes de salir disparado—. ¡Thomas, conmigo!

—¡Ya voy!

—¡Hosea, bloquea el paso al arroyo!

—¡Preferiría bloquear el paso al infierno, patrón!

—¡Pues empieza por el arroyo!

Caleb echó a correr hacia los corrales. Thomas lo siguió y sacó una soga del cinturón.

Genevieve no se quedó atrás.

Se recogió las faldas con ambas manos y bajó los escalones del porche. Clara corrió tras ella, todavía luchando con los cordones del delantal.

—¡Genevieve!

—¿Qué?

—¿No deberíamos quedarnos dentro?

Genevieve miró el caos que se extendía frente a ellas.

—Probablemente. Lo cierto es que no sé cómo actuar en una situación así. Puedo limpiar, incluso aprender a hornear, pero… lidiar con fantasmas…

—¿Y entonces por qué seguimos avanzando?

—Porque, Clara, nunca he sido especialmente buena tomando decisiones sensatas antes del desayuno.

Cuando los hombres llegaron a los corrales, el desastre era absoluto.

Las cinco vacas adultas corrían de un lado a otro y embestían los tablones de pino.

Los tres terneros mugían junto al pilón de agua.

Los dos caballos de tiro se alzaban sobre las patas traseras, lanzando coces al aire, mientras la mula tiraba de la correa con tanta fuerza que el poste crujía bajo la tensión.

En medio de todo aquello, Caleb intentaba cerrar el trinquete de la puerta.

Un toro pasó junto a él como una locomotora.

Caleb se apartó de un salto.

—¡Thomas, sujeta al tordo!

Thomas atrapó las riendas del caballo más grande.

—¡Lo intento!

—¡Pues intenta más fuerte!

—¡Eso estoy haciendo!

—¡Hosea, el arroyo!

Hosea agitó los brazos frente a las vacas.

—¡Vamos, señoritas! ¡Dentro! ¡Vamos!

Una vaca pasó a toda velocidad junto a él.

Hosea se quedó mirándola.

—Esa, desde luego, no es una señorita.

El polvo rojo se elevó en densas nubes y cubrió el corral. Thomas saltó la cerca, consiguió sujetar al caballo más grande y tiró de las riendas con ambas manos.

—¡Caleb!

—¡¿Qué?!

—¡La puerta!

Caleb miró hacia atrás.

La puerta del corral estaba abierta de par en par.  No solo abierta. La madera mostraba marcas recientes, como si alguien hubiera forzado el cierre desde fuera.

Caleb se quedó inmóvil durante un segundo. Después corrió hacia ella.

Genevieve terminó por acercarse, desoyendo el maduro consejo de su hermana de diez años. Se detuvo a pocos metros y se cubrió los ojos con una mano para protegerse del polvo.

—Vaya... —murmuró espantada ante la escena. Clara, quien la había seguido, llegó a su lado.

—¿Qué pasa?

Genevieve señaló el corral.

—Al parecer, los fantasmas son reales.

Clara la miró.

—Es lo que dije, ¿recuerdas?

—Sí. Pero hablaste de una muchacha, y esos parecen demasiado musculosos.

Clara frunció el ceño.

—¿Por qué lo dices?

—Porque han conseguido abrir un portón de hierro, espantar a un toro y poner de mal humor a una mula. Francamente, esperaba algo más elegante de un espíritu.

Clara no sonrió. Sus ojos se habían fijado en el suelo. Genevieve siguió su mirada. Junto a la cerca había varias huellas profundas en el barro.

Clara se agachó.

—Mira esto. Pisadas.

—Eso suele ocurrir cuando alguien camina —remarcó Genevieve.

—Los fantasmas levitan, Eve. —Su hermana puso los ojos en blanco. Genevieve arqueó una ceja.

—¿Y cómo lo sabes?

Clara levantó la mirada.

—Porque vi a la chica y no pisaba…

La sonrisa de Genevieve desapareció. Había creído que todo el asunto del fantasma era producto de la imaginación de Clara. Empezaba a pensar que, quizá, su hermana había llevado el asunto demasiado lejos.

—¿Qué quieres decir?

Clara señaló los escombros del viejo granero.

—La chica que vi ayer no podía haber hecho esto.

—¿Por qué estás tan segura?

Miró hacia el corral. Caleb acababa de conseguir cerrar la puerta.

—La chica no parecía querer lastimar a nadie —dijo Clara—. Y los animales estaban calmos junto a ella. No creo que quiera hacernos daño. En cambio, quien hizo eso… —Señaló las marcas en la puerta—, sí quiere herirnos.

Genevieve observó las huellas. Después miró los escombros del granero. Por último, volvió la vista hacia Caleb. Las piezas comenzaban a encajar. Y el dibujo que formaban no le gustaba nada.

—Tal vez los dos tengan razón, tal vez hay fantasmas y quizá también un villano muy humano… Silas Vance —murmuró.

La situación estaba fuera de control. Sin los dos peones, Thomas, Hosea y Caleb apenas daban abasto. Genevieve no lo pensó dos veces. Ese era el motivo por el que su esposo no podía recuperar el esplendor del rancho, sin manos y con rumores, apenas era capaz de gestionar un par de vacas.

Ya no estaba solo.

El viento levantaba nubes de tierra roja y el ruido de los cascos resonaba con la violencia de una tormenta repentina.

—Se van a romper las patas si llegan a la orilla del arroyo —dijo Genevieve, apartándose el mechón de pelo que le tapaba la cara.

—¡Eve, no! —protestó Clara, la sujetó de la manga—. Los caballos están como locos.

—Nos quedamos sin rancho antes del mediodía si no cerramos el paso.

Genevieve corrió hacia el poste de amarre donde el tordo y el caballo castaño pateaban el suelo.

El castaño bufó al verla acercarse, con las orejas echadas hacia atrás y los ojos desorbitados.

En Nueva York, Genevieve había montado a la amazona en senderos llanos y parques pulcros, luciendo trajes de paño y guantes de cabritilla.

Aquello no tenía nada que ver. Aquello era un animal aterrorizado de quinientos kilos y una silla de trabajo con estribos largos de cuero duro.

Enganchó los dedos en el arzón, apoyó la bota en el estribo y se encaramó al lomo del animal antes de que el caballo pudiera esquivarla. El tirón de las riendas le abrasó las palmas desnudas, pero no las soltó.

—¡Clara, quédate junto a la casa! —ordenó desde arriba.

Caleb salía de la nube de polvo tras asegurar el barrote de la puerta principal cuando la vio.

La estampa le heló la sangre. Genevieve, con la falda de algodón arremangada de mala manera sobre las rodillas y el cabello suelto al viento, dominaba a trancas y barrancas al castaño, obligándolo a girar sobre sus cuartos traseros.

—¡¿Qué demonios haces?! —rugió Caleb, cruzó el patio a zancadas—. ¡Baja de ahí ahora mismo!

—¡Falta gente y sobran vacas, Caleb! —le gritó ella por encima del estruendo—. ¡Dime por dónde las corto!