Capítulo 7
El silencio de la noche volvió a instalarse en la pequeña casa de madera. En el dormitorio principal, la luz de la luna menguante se filtraba a través de la ventana y dibujaba finas líneas de plata sobre las mantas pulcras de la cama. Apenas se podían ver sombras en la habitación.
Caleb estaba sentado en el borde del colchón, descalzo, con la camisa de lino desbotonada y la vista fija en las tablas del suelo. La figura de Genevieve, ataviada con su sencillo camisón blanco y el cabello castaño cayéndole en ondas sobre los hombros, proyectaba una sombra suave contra la pared.
Genevieve caminó con paso tranquilo hacia él y se detuvo a un par de palmos de distancia.
—Caleb —dijo ella con voz suave pero firme—. Anoche postergamos lo que debíamos hacer. Pero esta noche no hay excusas. Hay que consumar nuestro matrimonio.
Caleb alzó la cabeza despacio. La miró a los ojos, sintió de nuevo esa mezcla de deseo intenso y desconcierto abrumador que ella le provocaba desde que bajó de la diligencia.
Sin embargo, en lugar de dejarse llevar por la urgencia de la situación, se puso en pie y la tomó suavemente por los hombros.
La miró a los ojos. En la oscuridad, parecían negros, pero él bien sabía que eran verdes con vetas doradas.
Unos ojos que miraban el mundo con un toque de magia. Temía que ella hubiera creído sus propias palabras, que esperara que un beso suyo bastara para sanarlo, para hacerlo apuesto una vez más.
—Escúchame, Genevieve —pidió Caleb, con un matiz de súplica rasposa en la voz—.
Te lo ruego... dime la verdad. Dímelo todo.
Una mujer como tú, elegante, educada, hermosa, no cruza medio país en diligencia para casarse en cinco minutos con un ranchero arruinado y con la cara marcada si no hay algo grave detrás.
Dime qué es lo que realmente está pasando.
Genevieve sostuvo su mirada durante un largo segundo. Notó la preocupación genuina en los ojos oscuros de su marido y comprendió que el secreto no podía durar más entre ellos.
Dejó salir un suspiro cansado y bajó la vista por un instante.
—Es mi tío Arthur —confesó ella en un susurro—. Tras la muerte de mis padres, él asumió la tutela legal sobre Clara y sobre mí.
—¿Tan malo era?
—Pensé que quería la herencia. Siendo mi tutor, sería el administrador legal de ella. Podía con ello, nunca me interesó el dinero.
—Me he dado cuenta —bromeó Caleb. Ella le sonrió, bajó la mirada y se sentó en el borde de la cama. Él lo hizo junto a ella.
—Como sea, no me preocupaba esperar hasta los veinticinco años. Pero entonces…
La voz se le quebró. Caleb adivinó el dolor en su forma de contener el aire.
—¿Qué pasó?, ¿os ha hecho daño?
Se dio cuenta de que formaba puños con sus manos, de que, pese a que llevaba poco conociendo a las hermanas Waverly, lo impelía el deseo de defenderlas. Le parecían las criaturas más hermosas y puras que hubiera conocido…
Le recordaban a Maeve.
—No, porque tú has aparecido como una salvación. Mi tío Arthur… él… Rayos, no sé cómo decirlo.
—Ya estáis seguras, puedes confiar en mí.
—Sí, puedo. —Genevieve cogió aire y lo soltó junto a su verdad—: Mi tío quiso tocar a Clara de manera inapropiada.
Caleb se tensó al escuchar las palabras, la más profunda ira lo embargó.
—Demonios, maldito depravado.
Le costaba asimilar lo sucedido. Los abusadores le repugnaban, pero había algo en aquellos que, además, llevaban esos abusos a los niños que lo hacía sentir un odio profundo.
Deseó poder viajar a Nueva York y arreglar las cosas con el tal tío Arthur como lo hacían en Texas.
Once pasos y un disparo. Adiós, malnacido.
—Por eso huimos —continuó Genevieve, volvió a mirarlo de frente—.
Si nos encontraba antes de que yo estuviera legalmente casada, la ley de Nueva York le devolvía la potestad para obligarnos a regresar y anular cualquier decisión que yo tomara.
Por eso necesité casarme de inmediato en el juzgado.
Y por eso necesito que el matrimonio esté consumado esta noche, Caleb.
Si hay pruebas de que fuimos marido y mujer con todas las de la ley, ni el tío Arthur ni ningún juez del este podrán arrebatarme la tutela de Clara ni deshacer nuestro acuerdo.
El silencio volvió a envolver la estancia mientras Caleb procesaba cada revelación. La miró con una mezcla de indignación por la injusticia que había sufrido y de profunda admiración por la valentía de esa joven que había tomado el control de su propio destino.
—¿Y estabas dispuesta a confiar en un extraño para algo así? —preguntó Caleb, con una mueca amarga rozándole los labios—. ¿A poner tu vida y la de tu hermana en manos de un hombre al que no conocías de nada?
Genevieve esbozó una sonrisa dulce y sincera. Alzó la mano derecha y, esta vez sin vacilar, posó la palma con delicadeza sobre la mejilla sana de Caleb. Acarició la piel tibia de su rostro.
—Ya no eres un extraño, Caleb —respondió ella en un susurro cargado de afecto—. En el poco tiempo que llevo aquí me he dado cuenta de la clase de hombre que eres. Eres un hombre íntegro, noble y dispuesto a proteger lo suyo sin pedir nada a cambio. No habría podido elegir un mejor esposo.
A Caleb se le aceleró el corazón en el pecho con una fuerza arrolladora. La calidez del tacto de Genevieve le recorrió todo el cuerpo. Disipó de golpe las dudas, los miedos y el fantasma de sus propias cicatrices.
Sin decir una sola palabra, Caleb acortó la última distancia que los separaba. Deslizó sus manos grandes hacia la nuca de su esposa, rodeó la curva delicada de su cuello y la atrajo hacia sí.
Genevieve cerró los ojos y se entregó al contacto. Sus labios se encontraron en un beso profundo, cálido y pausado, sellando al fin el compromiso que la ley apenas había esbozado horas antes en un papel.
Caleb agradeció que la luna estuviera menguante, que su luz plateada no revelara más de su anatomía que el simple contorno. En cuanto sus labios rozaron los de Genevieve, sintió que un rayo lo atravesaba y que el simple toque rompía años de soledad.
—Seré suave —prometió.
—Lo sé. —Ella alzó la mano y la enredó en los cabellos negros de él—. Confío en ti.
El corazón se le aceleró con esas palabras. Esa dulce muchacha le entregaba más que su cuerpo, le daba su confianza. Tal vez nunca pudiera reclamar su corazón, para ello, él tendría que entregar el suyo y Dios sabía que no era tan valiente; pero ella le obsequiaba su fe y valía oro para él.
La instó a recostarse en la cama y él se tendió a su lado. Volvió a besarla. Genevieve abrió los labios a modo de bienvenida y Caleb atravesó la línea con su lengua, explorando la cavidad húmeda y tibia de la boca de su esposa.
Era deliciosa. Tan dulce como había imaginado.
Su cuerpo respondió con ardor al contacto, con un hambre devastador. Su sangre quería el calor de otra sangre, abandonar con urgencia el frío de la soledad. Pero Genevieve necesitaba paciencia, calma, de modo de que no hubiera dolor.
Con su mano derecha contorneó el cuerpo de su esposa, el camisón subió un par de centímetros arrastrado por el roce. Genevieve era delgada, mas no por eso menos curvilínea. Su cadera se ensanchaba por debajo de la cintura y daba inicio a unas piernas fuertes. No era tan frágil después de todo.
Sus senos, en cambio, eran pequeños y le cabían en las manos con facilidad. Acunó uno de ellos en su palma y oyó a la muchacha gemir.
—¿Te agrada mi toque? —le preguntó, dispuesto a retirarse.
—Sí.
La respuesta sonó entrecortada por el deseo, un deseo que una joven ingenua como ella no sabría fingir. Sintió que ese suspiro era leña para el incendio de su propio placer. Pasó el pulgar por la punta enhiesta del pezón de Genevieve por sobre el camisón y recibió un dulce gemido por respuesta.
La luna apenas iluminaba sus rasgos, pero, acostumbrado a la penumbra, Caleb pudo ver el contorno de la boca entreabierta de ella y los ojos a media asta.
—Te acariciaré un poco más, Genevieve, así estarás preparara para mí.
—¿Yo?, ¿debo acariciarte?, ¿cómo?
Su risa fue áspera y amable.
—No, en esta ocasión no.
—La próxima, tal vez —dijo ella, y lo encendió aún más. Era su esposa, no harían eso solo una vez. Era su compañera para siempre.
Se sintió el hombre más afortunado del mundo.
La dicha creció hasta el infinito cuando su mano al fin alcanzó el centro de Genevieve. Estaba húmeda y resbaladiza, una respuesta física que no se podía simular.
Ella también lo deseaba. A él, maltrecho y herido; a él, empobrecido por las desgracias.
Su miembro se endureció hasta el límite del dolor por el anhelo de hundirse en ella, pero el muy ansioso debería esperar su turno.
Caleb acarició la abertura de Genevieve, esparciendo la humedad de su deseo hasta el botón de su femineidad.
Al rozar el punto sensible, su esposa soltó un gemido, mezcla de sorpresa y pasión.
—Sí, preciosa —susurró él a su oído—, enséñame qué te gusta, déjame proveerte de todo… de techo, cobijo, seguridad… y placer.
Hundió su dedo en el canal y sintió el modo en que los músculos de Genevieve lo apretaban, buscaban retenerlo en su centro. Pronto harían lo mismo con su polla y lo conducirían al cielo.
—Caleb… —gimió ella su nombre. Él terminó por quitarle el camisón por encima de la cabeza y, no contuvo la tentación de llevar uno de esos rosados pezones a su boca. Lo lamió y succionó, arrancando nuevos quejidos de placer de su esposa.
Se separó para quitarse las últimas prendas. Dejó que la noche lo cubriera y le permitieran a Genevieve soñar con que yacía con un hombre entero.
Pero ella no necesitaba soñar, la realidad superaba sus fantasías. Jamás pensó que le toque de un hombre podía provocar esas sensaciones, que desearía tanto consumar su matrimonio. Y allí estaba ella, abierta y dispuesta, ansiosa incluso por descubrir lo que Caleb tenía para enseñarle.
No dudó en separar más las piernas y no se asustó al sentirlo sobre ella. El peso de su esposo le resultó confortable, lo rodeó con los brazos y clavó sus dedos en la espalda de él. Eso pareció gustarle, porque soltó un gruñido de satisfacción.
Los sonidos de ambos se intensificaron cuando el glande de Caleb tocó la entrada del Genevieve, el roce de la humedad de su preseminal con el del deseo de ella lubricó el pasaje. Casi no hubo resistencia, la barrera de su virginidad cedió con poco dolor a la invasión natural de su marido.
—¿Caleb? —interrogó ella por la sorpresa de tenerlo dentro. Podía sentir la pelvis de él pegada a la suya, y su miembro clavado hasta la empuñadura.
—Aguardaré a que tu cuerpo se acostumbre antes de moverme.
Ella asintió, sin saber bien qué hacer. A los pocos segundos, se relajó. Y cuando sus músculos vaginales cedieron, la sensación de placer empezó a crecer dentro de ella.
No supo cómo Caleb se dio cuenta, qué la delató, pero en el instante en que el placer regresó, él comenzó a moverse lentamente.
Las estocadas fueron cortas al principio, apenas un centímetro afuera y de regreso hasta la empuñadura.
Cada uno de esos vaivenes le generaba un roce perfecto en su botón sensible y la hacía soltar un pequeño gemido de placer.
Luego, el goce fue in crescendo, y las estocadas se volvieron amplias y rápidas.
Genevieve se llevó la mano a la boca para ahogar los gritos que parecían escapar sin control de entre sus labios. No quería despertar a Clara, no sabría cómo explicarle que gritaba de puro placer.
La dirección de la luna daba de lleno en las facciones de su esposa, lo mantenían a él en las sombras. Contempló embelesado el goce de Genevieve y se encomendó a la tarea de conducirla a la cima.
No faltaba mucho, la sintió tensarse, pero le costaba soltarse. Dejarse caer por la pendiente del placer.
—Genevieve, confía en mí —le rogó, al borde de su propio orgasmo—. Solo confía.
Llevó su mano al punto en que sus cuerpos se unían y, con el pulgar, presionó el clítoris de la joven.
Con eso bastó para que estallara en mil pedazos en sus brazos y soltara un grito de placer, al tiempo que se curvaba hacia arriba.
Él ahogó su exclamación con un beso, tampoco quería alertar a Clara, y al rozar sus labios, él mismo cayó por la pendiente del deseo.
Se derramó en el interior de su esposa y la reclamó como suya, ante la ley, ante Dios y ante cualquiera que amenazara con quitársela.
Suya, suya, suya.