Novia por correo Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Si la cocina se le daba mal, el orden y la pulcritud eran un terreno donde se sentía cómoda.

Recordó con precisión los movimientos metódicos de las criadas en la mansión de Nueva York: la mezcla de agua tibia con vinagre blanco para desinfectar la madera, el uso de trapos de lino grueso para no dejar pelusas y el orden estricto de arriba abajo para optimizar el tiempo.

Llenó un cuenco de madera con agua limpia del cubo de la cocina, sumergió un trapo frotándose las manos y comenzó por los muebles.

Fregó la mesa de roble, pulió la chimenea de piedra y limpió el polvo de los alféizares de las ventanas. Luego, vertió agua fresca en el barreño para acometer el suelo del salón.

Se hincó de rodillas en las tablas de pino sin tratar.

Sumergió las manos en el agua helada, escurrió el paño y empezó a fregar a cuatro patas, avanzando de un extremo a otro de la habitación con trazos firmes y constantes.

El agua fría le entumeció los dedos rápidamente.

Notó la aspereza del suelo de madera contra la piel de las palmas; supo que en pocos días las manos suaves que tanto agradaban a las damas de la alta sociedad darían paso a unas manos de trabajo, duras y callosas.

La idea, lejos de asustarla, le produjo una extraña sensación de orgullo.

Estaba construyendo algo propio, lejos de la tiranía de su tío.

A mitad del pasillo, el sudor le mojó las sienes y un mechón de pelo suelto le cayó sobre los ojos.

En ese preciso instante, la puerta principal se abrió de par en par.

Caleb entró en la casa para recoger una cuerda de tiro que había olvidado junto a la chimenea. Se detuvo en el acto. La escena lo tomó por sorpresa y le cortó el aire de golpe.

Desde la entrada, su mirada se fijó en su esposa.

Genevieve estaba apoyada sobre las manos y las rodillas en mitad de la estancia, con la falda levantada apenas unos centímetros para no mojar el bajo contra la madera húmeda.

Tenía las mejillas encendidas por el esfuerzo, el pecho agitado y la espalda arqueada mientras frotaba una mancha rebelde del suelo.

La luz de la mañana entra a través de la ventana e ilumina los hilos dorados de su cabello castaño despeinado y la curva delicada de su cuello.

A Caleb se le aceleró el corazón en el pecho.

Una sacudida de deseo le recorrió la columna con violencia.

Aquella muchacha de seda, la misma que el día anterior lucía un vestido de gala en la puerta del juzgado, estaba allí, sonrojada, despeinada, con las manos sumergidas en un cuenco de agua helada y la frente sudada por el trabajo duro.

La encontró increíblemente hermosa. Una belleza real, viva y desprovista de los adornos de la ciudad, que lo dejó sin aliento en mitad del salón.

Quiso volverse para huir, pero dio de lleno con Clara, que regresaba de dar de comer a las gallinas y traía consigo una canasta de huevos.

—Señor Westfall…

Lucía algo pálida. Al oír su voz, Genevieve detuvo sus labores y los observó. Como conocía mejor a su hermana, adivinó enseguida que algo había pasado.

—¿Qué ocurre, Clara? —preguntó. Dejó el trapo en el cuenco de madera y se puso en pie de un salto, al tiempo que se secaba las manos húmedas en el delantal.

Clara dejó la canasta de huevos sobre la mesa de la cocina con un movimiento brusco. Le temblaban los dedos y la tez le lucía blanca como el papel.

—Vi a alguien junto a los escombros del viejo granero —dijo Clara en un susurro agitado.

—¿A alguien? —preguntó Caleb. Dio un paso hacia la niña.

La miró con severidad, preocupado de que algún cuatrero merodeara por la propiedad.

En Texas aún tenían problemas con los indios, pero, sobre todo, con los maleantes.

Con hombres que querían adueñarse por la fuerza de lo que otros hacían con trabajo duro—. ¿Un hombre de Silas Vance?

—No —negó Clara con rotundidad. Miró a su hermana con los ojos muy abiertos—. Un fantasma. El fantasma de una muchacha.

Caleb se quedó de piedra. La rigidez volvió a apoderarse de su postura y soltó un largo suspiro de resignación.

La conmoción del momento anterior se evaporó de golpe, reemplazada por el cansancio y la amargura.

Desvió la vista hacia la ventana, se acercó a la mesa de roble y se dejó caer en una de las sillas de madera.

Genevieve observó a su esposo. Adivinó el peso que cargaba sobre los hombros y caminó hacia él. Se detuvo a su lado.

—¿De qué habla Clara, Caleb? —preguntó ella con serenidad.

—De la razón por la cual no tenemos peones en este rancho —respondió Caleb.

Apoyó los codos sobre la mesa y se pasó la mano por el rostro—.

Desde la noche del incendio corren rumores por todo el condado.

Dicen que el rancho Westfall está maldito, que el espíritu de una muchacha vaga entre las ruinas del granero quemado.

Por eso los trabajadores contratados huyen a mitad de la noche.

—¿Y tú crees en ese fantasma? —quiso saber Genevieve.

—No creas en cuentos de aparecidos, Genevieve —espetó Caleb con dureza en la voz, aunque sus ojos reflejaban un profundo agotamiento—.

Yo sé perfectamente quién está detrás de todo esto.

Es Silas Vance, nuestro vecino del norte.

Quiere mis tierras, quiere el acceso al río y está dispuesto a cualquier cosa para quebrarme.

Utiliza tretas, ruidos en la noche y sombras para asustar a cualquiera que intente trabajar aquí.

No sé exactamente cómo lo hace, pero estoy seguro de que son sus hombres los que rondan la propiedad.

No tenéis nada que temer, al menos, nada espectral.

En ese momento, la puerta principal volvió a abrirse. Thomas asomó el cuerpo desde el porche, con el sombrero en la mano.

—Caleb —llamó el capataz mestizo—. Tenemos que mover al toro y a las vacas a la parcela del arroyo antes de que apriete el calor del mediodía. Hosea ya tiene los caballos listos.

Caleb se puso en pie al instante. Tomó su sombrero de la silla, se lo caló hasta las cejas y miró a las dos hermanas.

—Tengo que salir —dijo él—. No os alejéis de la casa. Si veis a alguien extraño cerca de los límites, gritad. Thomas y Hosea no andarán lejos.

Salió a pasos rápidos y cerró la puerta a sus espaldas, dejando a las dos mujeres en el silencio de la estancia.

Genevieve esperó a que el ruido de los cascos de los caballos se alejara por el camino. Luego, se volvió hacia su hermana, que continuaba de pie junto a la mesa. La pequeña apretaba los puños contra el delantal.

—Eva... yo no me lo inventé —murmuró Clara.

Bajó la voz para que nadie las oyera desde fuera—.

No era un hombre de ese tal Silas Vance.

Tampoco era una sombra. Vi a una chica de unos quince años, con un vestido claro.

Me miró fijamente desde la sombra de las maderas quemadas y luego desapareció detrás del muro.

Genevieve se acercó a la niña y le tomó las manos entre las suyas. Notó el frío de sus dedos.

—Escúchame bien, Clara —dijo Genevieve con tono firme y pausado—. Como bien nos enseñó nuestro tío Arthur en Nueva York, y como ahora nos demuestra este señor Vance en Texas, a los únicos que debemos temer en esta vida es a los vivos. Los vivos mienten, hacen trampas y arrebatan lo que no es suyo.

—Pero... ¿y si no es una treta de ese hombre? ¿Y si de verdad es un fantasma? —insistió Clara, mirando de reojo hacia la ventana.

Genevieve esbozó una pequeña sonrisa llena de aplomo.

—Si vuelves a verla, no salgas huyendo —le aconsejó con tranquilidad—.

Pero tampoco te acerques mucho, solo pregúntale qué quiere desde lejos.

Solo así descubrirás si es una persona de carne y hueso enviada para asustarnos o si se trata de un alma perdida.

En ninguno de los dos casos hay nada que temer.

Este es nuestro hogar ahora y no vamos a permitir que nadie, vivo o muerto, nos eche de aquí.

Clara la miró fijamente durante unos segundos. El miedo en sus ojos dio paso poco a poco a la firmeza que siempre le contagiaba su hermana mayor.

—De acuerdo —asintió la niña—. Si vuelve, le preguntaré qué quiere.

—Así me gusta —dijo Genevieve, dándole una suave palmadita en la mejilla—. Ahora, ayúdame a recoger el agua del suelo antes de que se seque. Tenemos mucho trabajo por hacer.