Capítulo 6
Caleb entró en la cocina poco antes de las seis de la mañana, tras completar la primera ronda de inspección en los corrales con Thomas y Hosea.
Tenía la frente perlada de sudor y las mangas de la camisa arremangadas hasta los codos.
Esperaba encontrar la estancia vacía, pero se detuvo en seco en el umbral.
El aire olía a leña y a un aroma a flores que, tras la primera noche, había descubierto que era el perfume natural de su nueva esposa.
Demonios.
Genevieve estaba de pie ante la mesa de roble.
Llevaba una falda sencilla de algodón que había sacado de su baúl y un delantal blanco que le quedaba considerablemente grande.
Tenía la mejilla izquierda manchada de harina blanca, varios mechones de cabello castaño caídos sobre la frente y las manos completamente cubiertas por una masa viscosa que parecía haberse adherido a su piel como pez caliente.
Sobre la superficie de la mesa, la harina salpicaba la madera por todas partes, y cerca de la chimenea, el horno de hierro fundido despedía un calor sofocante.
—Buenos días, esposo —saludó Genevieve. Mantuvo la cabeza alta y la voz serena, como si tuviera la situación bajo absoluto control, aunque sus dedos luchaban en vano por desapegarse del engrudo.
Caleb parpadeó. Se quitó el sombrero con lentitud y lo dejó sobre la silla más cercana.
—Buenos días —respondió él. Se acercó un par de pasos. Observó el desastre de la mesa con atención, intentó adivinar de qué se trataba aquello, pero temía que cualquier especulación fuera ofensiva—. ¿Qué... qué se supone que es todo esto?
—Pan —anunció ella con orgullo impecable—. Decidí que lo adecuado para mi primera mañana como señora de esta casa era preparar pan fresco para el desayuno. Una esposa eficiente se ocupa de la mesa.
Caleb bajó la vista hacia una bandeja de lata que descansaba sobre la rejilla junto al fuego. En ella reposaban tres hogazas deformes, de un color castaño oscuro casi negro en la base y tan compactas que parecían bloques de adobe secados al sol.
—¿Pan? —repitió Caleb.
—Exactamente. Ya está horneado el primer lote —explicó Genevieve, y señaló las hogazas con la barbilla—.
Tuve que improvisar un poco con las proporciones de agua y levadura porque la receta de la cocinera de mi familia en Nueva York no mencionaba la humedad del clima de Texas, pero la corteza ha quedado notablemente firme.
En ese momento, Clara salió de su habitación frotándose los ojos, un vestido sencillo de algodón, que había podido abrochar sin necesidad de ayuda, y el pelo desgreñado. Se detuvo junto a su hermana, miró la masa en la mesa y luego clavó la vista en las hogazas quemadas.
—Huele a humo, Eva —observó Clara con la franqueza despiadada de los diez años.
Caleb había notado que Clara llamaba a su hermana Eva. Le gustaba. Se preguntó si sería inapropiado pedirle permiso para emplear ese apodo cariñoso.
Joder. Ya pensaba en apodos cariñosos. Quizá un bocado de ese pan le aclarara las ideas.
—Es el aroma de la levadura tostada, Clara —corrigió Genevieve de inmediato.
Tomó un trapo limpio, agarró una de las hogazas de la bandeja y la depositó sobre la tabla de madera con un golpe seco.
El impacto produjo un sonido sordo, similar al de una piedra contra una roca—.
Caleb, por favor, procede a cortarlo. Hosea y Thomas deben de estar a punto de entrar.
Caleb se acercó a la mesa. Contempló la hogaza con cierto recelo, tomó el cuchillo grande de sierra y presionó el filo contra la superficie del pan.
El cuchillo ni siquiera hizo una muesca.
Caleb aplicó más fuerza. Apoyó la palma sobre el lomo de la hoja y empujó hacia abajo con todo el peso de sus hombros. El acero chirrió contra la corteza de pan sin lograr penetrar más de un milímetro. La hogaza era una masa impenetrable de harina petrificada.
—Vaya —murmuró Caleb. Ajustó el agarre y volvió a intentarlo, esta vez haciendo palanca. El pan ni se inmóvil—. Este pan... bueno, resistirá perfectamente cualquier intemperie.
—Aplica un poco más de ímpetu —sugirió Genevieve. Se cruzó de brazos con fingida compostura, algo bastante difícil dado su estampa. La mancha de harina que adornaba también la punta de su nariz.
—Si aplico más ímpetu, romperé el cuchillo de mi madre —replicó Caleb. Dejó el cubierto sobre la mesa, tomó la hogaza con la mano y la sopesó. Pesaba casi dos kilos—. Genevieve, esto no es pan. Esto es munición para la artillería de la Unión.
Clara soltó una carcajada limpia que resonó en toda la cocina.
—¡Oye!
Pero su hermana rio con más fuerza e hizo a Genevieve reír también.
—Al menos reconoce que has subestimado tu «aventura a Texas» —le dijo la pequeña.
Genevieve miró a su hermana con severidad, pero la comisura de sus labios traicionó su esfuerzo por mantenerse seria. Se volvió hacia Caleb, le sostuvo la mirada con un chispazo de desafío divertido.
Aunque también la atravesó un velo de miedo. Al fin de cuentas, había echado a perder la harina y eso era inadmisible en una economía tan adusta como la de Texas.
—El horno calienta más de lo que esperaba —admitió ella finalmente, y dejó caer los hombros con resignación—. Y quizá me pasé un poco con la cantidad de harina de maíz.
Caleb contempló el bloque de pan petrificado en su mano y luego miró a su esposa.
La vio allí, cubierta de harina hasta las cejas, con las manos pegajosas y defendiendo con uñas y dientes un desastre culinario por puro orgullo.
Un cosquilleo extraño le subió por el pecho.
El aire tenso de la noche anterior se disipó de golpe, reemplazado por una absurdidad tan ligera que no pudo contenerse.
Una pequeña sonrisa, torpe y desusada, se dibujó en el lado sano de su rostro. La comisura cicatrizada de su boca se tiró ligeramente hacia arriba, revelando por primera vez la calidez de su expresión.
Genevieve se quedó inmóvil. Se olvidó por completo del pan, de la harina y del desastre de la cocina. Clavó los ojos en la sonrisa de su marido, recordando las palabras que le había dicho a su hermana la tarde anterior: En cuanto consigamos que sonría, vas a ver la magia de la que te hablo.
—Vaya —susurró Genevieve en voz muy baja.
—¿Qué ocurre? —preguntó Caleb. La sonrisa se le borró al instante, asustado por haber mostrado debilidad o por si alguna cicatriz le tiraba demasiado. Se llevó la mano al rostro por instinto.
—Nada —se apresuró a decir ella, y dio un paso adelante. Detuvo su mano antes de que se cubriera la cara—. No ocurre absolutamente nada. Solo que... el pan ha salido mal, pero la mañana acaba de mejorar de manera sustancial.
Caleb la miró sin comprender del todo, sintió que la calidez en su rostro tardaba en desaparecer.
La puerta de la cocina se abrió de par en par y Hosea asomó la cabeza con una sonrisa amplia.
—¡Buenos días a la comitiva! —anunció el vaquero. Se detuvo al oler el humo y miró la mesa—. Santo Dios, señora Westfall... ¿eso de ahí es pan o estamos reforzando los cimientos de la casa?
—Es un prototipo, Hosea —respondió Genevieve con absoluta dignidad, al tiempo que se limpiaba las manos en el delantal—. Mañana estará perfeccionado.
—Si nos atacan los cuatreros de Silas Vance, les tiramos dos de esos panes a la cabeza y los dejamos inconscientes —se rio Hosea, y se granjeó una mirada asesina de Caleb.
—Suficiente, Hosea —ordenó Caleb, aunque su voz carecía de severidad real. Tomó la jarra de agua limpia y un paño—. Trae la sartén. Haremos gachas de avena antes de salir a los corrales. Y usted, señora Westfall... lávese las manos. Le enseñaré a regular el tiro de la chimenea esta tarde.
Genevieve sonrió, satisfecha. Tomó el paño que él le ofrecía y miró a Clara, quien le hizo un guiño cómplice desde la esquina de la mesa.
Tras el desayuno, los hombres se marcharon a trabajar. Las tareas del rancho eran muchas y las manos, pocas.
Al parecer, al mediodía vendrían algunos peones nuevos. Adivinó por la conversación de Caleb con Thomas y Hosea, que esperaban que en esa ocasión los rumores no los espantara.
Cuando preguntó qué rumores, la incomodidad fue palpable y decidió que indagaría más tarde.
De momento, contaría su victoria parcial.
Su esposo no se había enojado por el estropicio en la cocina.
Algo que, siendo honesta, muchos hombres, algunos de los cuales se llamaban a sí mismos civilizados, no perdonarían.
Una vez a solas con su hermana, Genevieve observó la hogaza petrificada sobre la tabla de cortar y negó suavemente con la cabeza. En un rancho, donde los suministros escaseaban y había que viajar millas para proveerse, cada dólar contaba, el desperdicio no tenía cabida.
—No tiraremos esto, Clara.
—Tampoco lo comeremos, o perderemos los dientes.
—Veo que empiezas a disfrutar de nuestra situación —bromeó Genevieve—. Me alegro.
—Pues, es una aventura. Eso sin dudas. —Hizo un silencio—. Y tienes razón, Caleb puede lucir aterrador, pero tío Arthur lo era.
—El mundo sería más fácil si los monstruos llevaran un letrero, ¿verdad? —Suspiró. Sacó un rallador de hierro del estante superior—. Desmenuzaremos este pan. Nos llevará un rato, pero servirá para alimentar a las gallinas —decretó.
Clara tomó el rallador, sopesó la hogaza con cara de pocos amigos y dejó caer los hombros.
—Esto va a llevarme toda la mañana, Eva —protestó la niña.
—No es así, nos turnaremos. Empieza y ya verás.
Minutos después, el chirrido constante del pan duro contra los dientes de hierro llenó la estancia.
Clara frotó la masa con energía hasta reducir uno de los bloques a una montaña de migas gruesas y secas.
Genevieve hizo lo mismo con las dos restantes.
Llenaron un cubo de lata con el resultado, y la menor de las hermanas se calzó las botas y salió al corral con el encargo de alimentar a las aves.
Genevieve se quedó sola en la cocina. Recogió la harina derramada en la mesa, ató su cabello castaño en un moño alto y se dispuso a afrontar la limpieza de la casa.