Capítulo 5 #2
Algo le decía que era la primera vez que lo hacía, sin embargo, no le había temblado el pulso en llevar a cabo la tarea ni lo había hecho mal.
Apagó la lámpara de aceite sobre la mesita de noche, por lo que solo la luz plateada de la luna llena filtraba a través del cristal, iluminando la mitad sana de su rostro y dejando la otra sumida en una sombra densa.
Genevieve entró en el dormitorio. Había dejado el vestido de seda azul sobre la silla de la cocina y vestía ahora un camisón de algodón blanco, sencillo pero de corte elegante, que caía en pliegues suaves hasta sus pies descalzos.
Llevaba el cabello castaño suelto sobre los hombros, libre de los alfileres y del sombrero del viaje.
Caleb se giró hacia ella y se quedó inmóvil.
La luz de la luna atravesaba la fina tela del camisón, dibujando la silueta delicada de sus caderas y la línea suave de su cuello.
El aire en la pequeña estancia se volvió de pronto denso, pesado.
A Caleb se le aceleró el pulso con una fuerza brutal.
Sintió una sacudida de deseo puro, una oleada cálida que le recorrió las entrañas y le tensó los hombros.
Hacía años que no experimentaba algo semejante.
La belleza de su esposa era casi dolorosa de contemplar en la intimidad de esa habitación de madera.
El pánico no tardó en aplastar el deseo. La conciencia de sus propias marcas, de la piel arrugada y tirante que le cubría la mejilla y el cuello, lo paralizó. Se rígido como una estatua de piedra y dio un paso atrás, hasta pegar la espalda al marco de la ventana.
—Pensé que Clara tardaría más en dormirse —dijo Caleb. Su voz sonó más rasposa de lo habitual en el silencio de la noche.
—Está agotada por el viaje —respondió Genevieve. Cerró la puerta a sus espaldas y dio un par de pasos lentos hacia la cama—. Se quedó dormida en cuanto apoyó la cabeza en la almohada.
Caleb fijó la mirada en las tablas del suelo, incapaz de sostener los ojos claros de la joven. Apagó de un manotazo el último resto de audacia que le quedaba y se cruzó de brazos, en un intento torpe por ocultar la tensión de su cuerpo.
—Es una cama pequeña —murmuró él—. Mañana puedo traer unas mantas del granero y dormir en el banco de la cocina. Estaréis más cómodas.
Genevieve se detuvo. Lo observó con atención, notando la rigidez de su postura y la forma en que el hombro izquierdo se elevaba ligeramente para proteger el lado herido de su cara.
—Señor Westfall... Caleb —corrigió ella con suavidad—. Esta es la habitación del matrimonio. Y hoy nos hemos casado.
Caleb se pasó la mano por la nuca con vehemente torpeza.
—Lo sé —admitió él sin levantar la vista—. Sé lo que firmamos en el juzgado. Pero... mírame. Mírate a ti. Pareces una dama de la alta sociedad y esta casa es poco más que una choza de madera. No pretendo forzar las cosas. No voy a exigir nada que... que pueda resultarle desagradable.
Genevieve dio dos pasos más y se situó justo frente a él. La proximidad de su cuerpo, el aroma a jabón de flores que desprendía su piel, hizo que a Caleb se le cortara la respiración.
—¿Desagradable? —preguntó ella. Arqueó una ceja y lo miró fijamente a los ojos—. ¿Cree acaso que me daría repulsión mi propio esposo?
—Cualquier mujer en su sano juicio lo pensaría —espetó Caleb de golpe, herido por la crudeza de su propia realidad—. No soy ciego, Genevieve. Sé qué aspecto tengo. Sé lo que la gente del pueblo murmura cuando me ve pasar. No necesita mentir ni fingir conmigo.
Genevieve no retrocedió. Al contrario, alzó la mano derecha con una lentitud deliberada. Caleb se tensó. Esperó por el roce con el corazón desbocado, pero ella detuvo la mano a escasos centímetros de su mejilla cicatrizada, permitiendo que él sintiera solo el calor de su palma.
—Un matrimonio real requiere consumación, Caleb —dijo ella con una serenidad absoluta—. Es lo que le da validez ante la ley y ante nosotros mismos. Yo vine a Texas a ser su esposa, no una inquilina en su casa.
Él temía que ella pudiera despreciarlo, ella temía a su tío Arthur. No mentía, sabía que los monstruos venían en muchas formas y había aprendido a reconocerlos. Caleb no era uno de ellos.
Su esposo la miró con estupor. La sorpresa lo dejó sin aliento. No solo se había casado con él sin dudar un segundo en el juzgado, sino que ahora, en la penumbra de su dormitorio, reclamaba la consumación de su boda sin un solo rasgo de dudar o de temor.
—Sin embargo —continuó Genevieve, bajó la mano con elegancia—, entiendo que la jornada ha sido larga y convulsa para ambos.
Si por respeto a su propio pudor o a su tranquilidad prefiere que posterguemos esta noche de bodas y consumemos mañana, lo entenderé perfectamente.
No tengo prisa. Pero quiero que le quede algo muy claro…
no me casé por obligación, ni me asusta el hombre que tengo delante.
Caleb permaneció petrificado. Sus palabras resonaron en la estancia con una fuerza arrolladora, hicieron eco en el recuerdo de lo que la había oído confesar a su hermana horas antes detrás de la puerta. Yo creo que ya es bello.
El dolor de las cicatrices pareció diluirse por un instante bajo el peso de esa mirada sincera.
Caleb tragó saliva con dificultad. Notó el latido sordo y potente en sus sienes, el deseo que volvía a encenderse en su pecho con una intensidad renovada, pero también el respeto profundo que esa muchacha de seda le inspiraba.
—No es pudor —logró decir Caleb. La voz le tembló apenas un suspiro—. Es... que no quiero que se arrepienta cuando despunte el alba.
Genevieve esbozó una sonrisa tibia, radiante bajo la luz lunar. Se acercó un centímetro más y apoyó la palma de la mano sobre el pecho de Caleb, justo encima de su corazón desbocado.
—No me arrepentiré mañana, señor Westfall —susurró ella—. Ni tampoco la semana que viene.
Caleb bajó la vista hacia la mano de Genevieve sobre su camisa. Lentamente, cubrió los dedos finos de su esposa con su propia mano grande y callosa. La calidez del contacto le recorrió el brazo como una descarga eléctrica.
—Esta noche... descanse —dijo Caleb. Hizo un esfuerzo supremo de voluntad para mantener la cordura y le apretó suavemente los dedos—. El viaje ha sido agotador para las dos. Mañana hablaremos de cómo organizamos la casa y el rancho.
Genevieve lo observó durante un largo segundo, descifrando la lucha interna en los ojos del ranchero.
Aceptó su decisión con un leve asentimiento de cabeza, impresionada por el autocontrol y la caballerosidad de ese hombre.
A cada minuto que pasaba, más se convencía de que su decisión había sido acertada.
—De acuerdo —aceptó ella.
Se mordió para no sonreír. Cada pequeño gesto de Caleb era una confirmación, era el hombre indicado, no había cometido un error.
Se deslizó bajo las mantas de la cama y se acomodó a un lado del colchón.
Dejó el espacio suficiente para que el cuerpo de su esposo se sumara.
Caleb rodeó la cama, se quitó las botas con movimientos pausados y se acostó al otro lado.
Mantuvo una distancia prudencial, tanta como la estrecha cama se lo permitió.
Y pensar que estaba listo para dormir con la primera mujer que vio bajar de la diligencia. La idea le hizo reír con ironía. Había creído que él tendría que hacer el esfuerzo de yacer con alguien sin deseo, y ahora…
¿Ahora era deseado?
No. Ya lo había adivinado, a Genevieve la empujaban otros motivos, uno de ellos la legalidad de esa unión. Otro, tal vez, la responsabilidad. Y otro… no lo sabía aún, pero si alguien quería herirla, él…
Él la defendería con su cuerpo. Era su esposo, ella era suya. La sensación se pareció demasiado a la dicha, a una felicidad que llevaba tres años sin experimentar.
El silencio de la noche tejana envolvió la casa. Fuera, el viento soplaba entre los pastos secos y la luz de la luna dibujaba franjas de plata en el techo de madera.
Caleb permaneció tendido de espaldas, con los ojos fijos en la oscuridad.
Sentía el calor del cuerpo de Genevieve a pocos centímetros de distancia, el ritmo pausado de su respiración y la certeza abrumadora de que su vida había cambiado para siempre.
Cerró los ojos despacio, mientras el latido de su corazón terminaba de asentarse en la calma de la noche.