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Capítulo 5

El carro se detuvo tras una última curva del camino de tierra roja, donde los matorrales de espinos daban paso a una explanada despejada. El sol del atardecer teñía el cielo de un naranja cobrizo y alargaba las sombras de las estructuras recién levantadas.

Genevieve contempló el rancho Westfall en silencio.

No había rastro de la gran mansión que una vez ocupó el centro de la propiedad.

En su lugar se erigía una casa de madera recién cortada, sobria, pequeña y de líneas rectas, levantada con urgencia.

El invierno estaba por llegar y lo mínimo bastaba par aun hombre solo.

Un techo fácil de calentar, práctico, sin lujos.

El olor a pino fresco y a resina impregnaba el aire nocturno. A un lado, el granero destacaba por su tamaño; aquella estructura sí la habían reconstruido por completo, con un piso superior donde descansaban las ventanas del pajar y las estancias de los peones.

—Llegamos —anunció Caleb. Saltó del pescante y ajustó el freno de mano del carro con un golpe seco.

Hosea y Thomas comenzaron a descargar los dos baúles de cuero con movimientos rápidos.

—No es la Quinta Avenida, señora Westfall —dijo Caleb. Le costó nombrarla por su apellido. Se acercó al lateral del carro para ofrecerle la mano a Genevieve, cuidando de mantener el lado izquierdo de su rostro en la penumbra.

—No buscaba la Quinta Avenida, señor Westfall —respondió ella. Aceptó la mano del ranchero y descendió del vehículo con agilidad. Se sostuvo en la firmeza de su agarre más por cortesía que por necesidad.

Clara saltó a su lado. Sostenía todavía el hilo del globo rojo, que a esas alturas lucía bastante arrugado. La niña echó un vistazo a su alrededor, y contó con la mirada los animales repartidos en el corral principal.

—Hay pocas vacas, Eva —observó Clara en voz baja.

—Cinco vacas adultas, tres terneros y un toro —precisó Caleb. Señaló con el sombrero hacia la cerca de madera—. Dos caballos para el trabajo de campo y una mula para el arado del huerto. Es todo lo que quedó... tras el fuego. Con eso volveremos a levantar el ganado.

—Es un buen comienzo —aseguró Genevieve.

Según le había contado en la poca correspondencia compartida, el incendio había sido tres años antes. Sin embargo, parecía que al señor Westfall le estaba costando reconstruir su rancho. No parecía ser perezoso, pero ¿por qué entonces tenía solo dos trabajadores?

Tal vez era un jefe brutal.

No, pensó. No podía ser eso. Si fuese cruel, se habría valido del comentario de Clara para besarla con lascivia en la oficina del juez o sus trabajadores no bromearían con él libremente.

Tenía que existir otro motivo. Ella tenía los suyos para abandonar las comodidades de Nueva York… No juzgues y no serás juzgada, se recordó.

Caleb la miró con una mezcla de sorpresa e incredulidad, pero no hizo ningún comentario. Abrió la puerta principal de la casa y cedió el paso a las dos hermanas.

El interior olía a madera limpia y a jabón de potasa. La estancia central funcionaba como cocina y salón a la vez, dominada por una chimenea de piedra, una mesa de roble macizo con cuatro sillas y un aparador sencillo. Todo estaba impecable, libre de polvo, pero la austeridad era absoluta.

—Solo hay dos habitaciones —explicó Caleb, señalando un par de puertas de madera en el fondo del pasillo corto—. La pequeña es para Clara. La otra... es para nosotros. Thomas y Hosea duermen en la planta alta del granero.

—Es perfecta —dijo Genevieve.

Hosea dejó el baúl de las niñas en la habitación pequeña y se despidió con una inclinación de cabeza.

—Os dejaremos descansar, patrón. Mañana hay que ordeñar a las cinco.

—Gracias, Hosea. Gracias, Thomas.

Cuando los dos hombres salieron hacia el granero y Caleb se retiró a la cocina para preparar un poco de té caliente, Genevieve acompañó a Clara a su nuevo dormitorio. La estancia tenía una cama sencilla con mantas de lana pulcras, una pequeña mesita y una ventana que daba hacia los corrales.

Genevieve abrió el baúl y comenzó a desempacar la ropa de su hermana. Clara se sentó en el borde del colchón, balanceó las piernas descalzas mientras miraba las paredes de madera sin pintar.

—Bueno… —Clara rompió el tenso silencio—. El castillo es bastante más pequeño de lo que dijiste en el tren.

Genevieve sonrió. Sacó un vestido de noche y lo dobló con cuidado sobre la silla.

—Los mejores castillos no necesitan grandes salones, Clara. Solo necesitan paredes fuertes para proteger a las princesas.

Clara dejó salir un suspiro largo y la miró con una ceja arqueada, con una expresión que distaba mucho de la inocencia de una niña de diez años.

—Eva, ya no me creo tus cuentos.

Genevieve se congeló un segundo con una camisa entre las manos. Se volvió hacia su hermana y la miró a los ojos.

—¿Cómo que no te los crees?

—Que no. Que ya tengo diez años —dijo Clara, y se cruzó de brazos con un sentido del humor amargo pero cariñoso—.

Sé perfectamente por qué salimos corriendo de Nueva York.

Sé por qué el tío Arthur nos miraba así y sé que nos escapamos porque no teníamos otra salida.

No necesitas inventarme una historia de príncipes y dragones para que no tenga miedo.

Genevieve sintió un nudo en la garganta. La madurez prematura de su hermana le dolía más que cualquier sacrificio que hubiera tenido que hacer ese día. Sin embargo, mantuvo la calma y se sentó a su lado en la cama.

—Está bien —admitió Genevieve en un susurro—. Tienes razón. Pero las historias nos ayudan a avanzar cuando las cosas se ponen difíciles.

—Ya, pero esta vez te has pasado un poco —dijo Clara, una pequeña sonrisa burlona asomó en sus labios—. Has cambiado al tío por un señor que tiene la mitad de la cara quemada y que apenas nos habla.

—Eso es porque está atrapado en su propia historia —replicó Genevieve, alzó la barbilla con determinación.

Tal vez nunca fue Clara quien necesitó de esas historias, quizá siempre fue ella la que ansiaba construir cuentos de hadas para sentirse segura—.

En los cuentos, los hombres que sufren una desgracia suelen llevar las marcas en la piel.

Pero lo que importa es la belleza interior, Clara.

Como en las viejas leyendas. El amor y la paciencia hacen que las personas sanen.

El amor lo volverá a hacer hermoso, como era antes.

Clara soltó una risita seca y negó con la cabeza.

—Fingiré que te creo todo esto solo porque no nos queda más remedio y porque eres mi hermana mayor. Pero en serio, ¿tú crees que se va a volver bello por arte de magia?

—Yo creo que ya es bello —afirmó Genevieve con total seriedad.

Clara la miró fijamente, buscando el engaño en el rostro de su hermana.

—Venga ya, Eva. No me mientas. Tiene la cara roja y arrugada.

—Hablo totalmente en serio —insistió Genevieve.

Se acomodó en la cama y bajó la voz, aunque sus palabras sonaron rotundas en la quietud del cuarto—.

Míralo bien, Clara. Tiene un cabello negro precioso, unos ojos color café muy profundos y una mandíbula marcada y fuerte.

Es alto, es joven y tiene la espalda de un hombre que sabe proteger lo suyo.

Clara ladeó la cabeza, reconsideró las palabras de su hermana.

—Bueno... alto sí que es.

—¿Lo ves? Solo le falta una cosa —dijo Genevieve con un chispazo de entusiasmo en la mirada—. Solamente le falta sonreír. En cuanto consigamos que sonría, vas a ver la magia de la que te hablo. Y te prometo que esa magia la vamos a hacer suceder nosotras.

Al otro lado de la puerta de madera, en la penumbra del pasillo, Caleb se quedó paralizado.

Había caminado desde la cocina sosteniendo dos tazas de té caliente para ofrecerles a las muchachas antes de dormir. Se había detenido a un palmo de la madera al escuchar su nombre, dispuesto a intervenir si necesitaban algo.

Escuchó cada una de las palabras.

Sintió un vuelco violento en el pecho. La garganta se le secó de golpe y los dedos se le apretaron contra las asas de loza de las tazas hasta que los nudillos se le volvieron blancos.

Durante tres años, desde la noche del incendio, la gente del pueblo lo había mirado con lástima, con repulsión o con miedo.

Su antigua prometida lo había abandonado por considerarlo un monstruo lisiado, y los pocos hombres que se acercaban al rancho no tardaban en desviar la vista de sus cicatrices.

Y, sin embargo, al otro lado de esa tabla fina de pino, una muchacha de la alta sociedad de Nueva York, vestida de seda y acostumbrada a la elegancia, le decía a su hermana que él era bello. Que tenía ojos profundos, que era fuerte y que solo le faltaba sonreír.

A Caleb le tembló el pulso. Una conmoción extraña, cálida y dolorosa a la vez, le recorrió la espina dorsal.

Bajó la vista hacia las tazas de té. Dio un paso atrás con sigilo, cuidando de que las botas no hicieran crujir las tablas del suelo, y regresó a la cocina en silencio. Dejó las tazas sobre la mesa de madera, se apoyó contra el borde de la pila y se pasó la mano temblorosa por el rostro.

Por primera vez en tres años, no sintió el deseo automático de cubrirse las cicatrices con la sombra de su sombrero.

***

La puerta de la habitación principal soltó un leve crujido al abrirse.

Caleb estaba de pie junto a la ventana, con el torso cubierto únicamente por una camisa blanca de lino desabotonada en el cuello y los pantalones de trabajo.

Se había bañado en el granero, como solía hacerlo, usando una regadera que colgaba a lo alto.

Un mecanismo rudimentario en el que colgaba de lo alto el recipiente con agua y agujeros y permitía bañarse sin desperdiciar demás.

Rara vez empleaba la tina, le parecía un trabajo innecesario calentar el agua y acarrearla en cubos, solo por no pasar un poco de frío.

En esa ocasión, lo había hecho para ellas.

Las dos hermanas se habían bañado juntas para sacarse la suciedad del viaje y, para sorpresa de Caleb, Genevieve la vació y limpió con destreza.