Capítulo 4
—Si no ha cambiado de parecer —anunció Caleb a su «prometida»—, y teniendo en cuenta que no tengo los dólares suficientes para pagaros el pasaje de regreso a casa, iremos al rancho.
Se encogió de hombros y le abrió la portezuela, si así podía llamarse, de la calesa en la que estaba Thomas.
Genevieve alisó los pliegues de su falda de seda y clavó la mirada en el ranchero. Sostuvo la postura con firmeza, aunque por dentro sentía que el suelo de Texas ardía bajo sus botas.
—¿Al rancho?
—Claro, ¿a dónde si no?
—Pues… a la iglesia. O tal vez con un juez de paz baste…
¿Acaso pensaba que iba a vestirme así para limpiar un establo, señor Westfall?
—preguntó Genevieve. Alzó una ceja con elegancia—.
Vine preparada para la ocasión. Supuse que lo primero que haríamos al bajar de la diligencia sería formalizar nuestro acuerdo.
Caleb parpadeó. La miró a ella, luego a la pequeña Clara y finalmente a la fachada de madera del juzgado de paz, situado a escasos veinte metros en la misma calle del pueblo. Se rascó la nuca con un gesto de absoluta perplejidad.
—¿Ahora mismo? —alzó la voz sin querer y la bajó al instante, consciente de que dos vecinos lo observaban desde el porche de la barbería—. Quiero decir... ¿usted quiere casarse conmigo tipo ya? ¿Sin ver el rancho? ¿Sin conocer el lugar?
—Ya, señor Westfall —afirmó ella sin dudar un segundo.
Por dentro, a Genevieve se le aceleró el pulso.
Sabía perfectamente que el margen de tiempo jugaba en su contra.
En Nueva York, su tío Arthur no tardaría en mover cielo y tierra para dar con ellas en cuanto descubriera la fuga.
Si las encontraba antes de que contrajera matrimonio, el tribunal le devolvería la tutela legal sobre ella y sobre Clara sin pestañear.
Pero un matrimonio legal en Texas cambiaba las reglas del juego.
Su estatus cambiaría, pasaría a depender jurídicamente de su esposo y le arrebataría a Arthur la potestad directa para obligarla a regresar. Casarse era su única coraza real.
Caleb se pasó la mano por el rostro, rozando las cicatrices de la mejilla con los dedos. La miró con fijeza, tratando de descifrar la trampa en los ojos claros de la muchacha.
—A ver si lo he entendido bien —dijo Caleb. Tosió para aclararse la garganta—. ¿Usted me ha visto la cara, ha pisado el polvo de este pueblo, sabe que la mitad de mi rancho saltó por los aires en un incendio... y aun así quiere entrar a ese edificio y casarse conmigo en este preciso minuto?
—¿Es que acaso tiene algún inconveniente, señor Westfall? —intervino Clara. Dio un paso al frente y ajustó el hilo de su globo rojo—. En las historias, cuando los novios llegan a la iglesia, se casan. No se quedan en la calle discutiendo con el carruaje.
Hosea dejó escapar una carcajada seca y se apoyó contra la rueda del carro.
—La niña tiene toda la razón, jefe —dijo el vaquero afroamericano. Sonrió de oreja a oreja—. Ha conseguido usted una dama hermosa, con un vestido despampanante, que además exige casarse de inmediato. En este condado, eso es un milagro de primera categoría.
—Un milagro o una locura —refunfuñó Thomas desde el pescante. El capataz mestizo apoyó los codos en las rodillas y observó a Genevieve con atención—. Aunque hay que reconocer que la señorita demuestra tener las ideas bastante claras. Al menos el vestido de seda tiene una explicación lógica.
—¿Lo ves? —Hosea dio un manotazo al aire en dirección a Caleb—. Es mucho más coherente de lo que parecía al principio. La muchacha no vino a lucirse en el barro; vino a casarse. ¿Por qué vas a poner pegas, grandísimo idiota?
—Agradezco vuestra intervención —dijo Genevieve, con una sonrisa amable—. Pero no quisiera presionar. Si no soy de su agrado, señor Westfall, puede decirlo. Mi autoestima no sufrirá, se lo prometo.
A los hombres le cayó bien de inmediato.
Entendían la vacilación de su jefe, lo más probable era que terminaran atendiendo a la muchacha como a una princesa y desatendiendo el resto de las tareas.
Pero, lo cierto, era hora de que a Caleb le pasara algo bonito.
Y Genevieve Waverly era a definición de bonita en la enciclopedia.
A Caleb la idea de que la señorita Waverly no pudiera ser de «su agrado» le causó gracia, salvo que no estaba de humor para reír. Genevieve era la criatura más hermosa que sus ojos hubieran visto, incluso cuando ambos funcionaban a la perfección.
—¡Pongo pegas porque no estoy seguro de que la señorita lo haya pensado en profundidad!
—protestó Caleb en un siseo desesperado.
Se volvió de nuevo hacia Genevieve, trató de adoptar una postura severa que no logró sostener del todo—.
Escuche, señorita Waverly, un matrimonio no es un contrato de arrendamiento.
Una vez que el juez firme el libro, usted será mi esposa.
Con todas las de la ley. Vivirá en mi casa y compartirá mis problemas.
—Y usted los míos, señor Westfall —replicó Genevieve al instante. Mantuvo la voz serena, impregnada de una leve ironía—. Un intercambio equitativo, ¿no le parece?
Caleb se quedó mudo. Cruzó una mirada con sus dos hombres. Hosea le hizo un gesto imperioso con la cabeza hacia la puerta del juzgado, mientras Thomas se limitaba a encogerse de hombros con una sonrisa socarrona dibujada en los labios.
—Está bien —cedió Caleb. Dejó salir un suspiro pesado, rindiéndose a la evidencia—. Si está tan segura, no seré yo quien le haga perder el tiempo. El juez de paz suele estar a esta hora tomando un trago en la oficina.
Se giró y echó a andar a pasos largos hacia el pequeño edificio de madera con el rótulo de Juez de Paz .
Genevieve tomó a Clara de la mano y lo siguió sin dudarlo, apresuró el paso para no quedarse atrás.
Hosea y Thomas bajaron del carro y marcharon a la zaga, cumplían el rol de una comitiva nupcial improvisada y estrafalaria.
El interior del juzgado olía a papel viejo, tabaco y cera de candil. Detrás de un escritorio de roble cubierto de documentos desordenados, un hombre mayor con anteojos en la punta de la nariz y los tirantes flojos levantó la vista al escuchar la puerta.
—¿Caleb? —preguntó el juez, ajustándose las gafas—. ¿Qué ocurre? ¿Ha vuelto a haber problemas con los linderos de Silas Vance?
—No, juez —dijo Caleb. Se detuvo ante el escritorio y señaló a Genevieve con el sombrero—. Venimos a casarnos.
El juez de paz se quedó inmóvil. Miró a Caleb, bajó la vista hacia el vestido de seda azul de Genevieve, contempló a la niña con el globo rojo y finalmente observó a los dos trabajadores que guardaban la puerta.
—¿Casaros? —repitió el juez. Se puso en pie despacio—. ¿Tú? ¿Con esta señorita?
—Si es tan amable de ahogarse los comentarios para otra ocasión, juez, se lo agradecería —interrumpió Genevieve con una sonrisa impecable—. Tenemos prisa y un largo camino hasta el rancho.
El anciano parpadeó sorprendido por el tono decidido de la joven.
Y, sobre todo, por su acento neoyorquino.
¿Qué demonios hacía una muchacha fina del este en esas tierras?
, y más aún, ¿qué hacía casándose con Caleb Waverly?
Como había aprendido que en esas tierras menos pregunta Dios y perdona, buscó a tientas un libro de registro de tapas gruesas y lo abrió de golpe sobre la mesa.
Unas motas de polvo volaron en el aire. Mojó la pluma en el tintero con movimientos torpes.
—De acuerdo, de acuerdo... No se hable más —murmuró el juez—. Nombre completo de la novia.
—Genevieve Waverly —respondió ella con voz clara.
—¿Nombres de los testigos?
—Thomas Redhawk y Hosea Jackson —añadió Caleb, indicando con la cabeza a los dos hombres.
—Y Clara Waverly —agregó la niña, con seriedad. De ese modo no sentía que dejaba a su hermana asumir toda la responsabilidad de esa locura.
El juez anotó los nombres en la página con un rasgado rápido de la pluma. Luego se aclaró la garganta, se enderezó y adoptó una solemnidad improvisada.
—Caleb Westfall, ¿acepta a esta mujer como su legítima esposa para vivir juntos en el sagrado estado del matrimonio, para amarla, honrarla y cuidarla en la salud y en la enfermedad?
Caleb miró de reojo a Genevieve. Ella no apartó la vista de la biblia de cuero que descansaba sobre el escritorio.
—Acepto —dijo él. La voz le salió firme, aunque retumbó con un matiz rasposo en la pequeña habitación.
—Genevieve Waverly, ¿acepta a este hombre como su legítimo esposo...?
—Acepto —interrumpió ella antes de que el juez terminara la frase.
El juez suspiró, negó con la cabeza y firmó en la parte inferior del documento con un trazo rápido.
—Por la autoridad que me concede el estado de Texas, los declaro marido y mujer. Pueden... bueno, supongo que pueden firmar aquí.
Genevieve tomó la pluma y estampó su firma con un trazo elegante y fluido. Genevieve Westfall . Ver el nuevo apellido escrito sobre el papel le produjo un vuelco en el estómago, pero también una profunda oleada de alivio. La trampa de su tío Arthur acababa de cerrarse en balde.
Caleb firmó a su lado con un trazo grueso y pesado. Cuando terminó, dejó la pluma en el tintero y se volvió hacia ella.
—Bien —dijo Caleb. Se recolocó el sombrero sobre la cabeza, cuidando de cubrir de nuevo la parte izquierda de su cara—. Ya estamos casados, señora Westfall.
—Así parece, señor Westfall —respondió ella.
—¿Y el beso? —preguntó Clara desde atrás—. En las bodas siempre hay un beso.
Caleb se puso completamente rojo. La piel sana de su mejilla derecha cobró un tono carmesí vivo que compitió de inmediato con las cicatrices del otro lado. Tosió y dio un paso atrás, tropezando casi con la esquina del escritorio.
—No... no es necesario —se apresuró a decir Caleb. Miró al techo como si buscara una salida de emergencia—. No hace falta dramatizar. Hay mucho trabajo que hacer en el rancho.
Hosea soltó una carcajada abierta desde la puerta y le dio una palmada en la espalda al novio.
—Enhorabuena, jefe —dijo Hosea, y le guiñó un ojo a Genevieve—. Ha quedado usted oficialmente atrapado.
—Vámonos de aquí antes de que el juez cambie de opinión —refunfuñó Caleb, y escapó a toda prisa hacia la salida.
O que ella lo haga, agregó para sí. Tras verla firmar con su apellido, la idea de saberla suya le despertaba una sensación protectora y algo posesiva. En general, no le pasaban cosas buenas, Genevieve parecía ser el primer golpe de suerte en años.
Tal vez, el inicio de un cambio de vientos que mal no le vendría.
Genevieve sonrió de verdad por primera vez en todo el día.
Tomó la mano de su hermana y caminó hacia la luz del atardecer tejano.
Había dejado atrás Nueva York, el peligro y la riqueza de su antigua vida, pero al mirar la figura ancha y torpe de su nuevo marido caminando delante de ella, sintió que, al menos, la aventura prometida acababa de comenzar.