Novia por correo Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Sin más remedio, con el corazón martilleándole en las orejas y sintiendo que cometía el error más grande de su vida, Caleb tuvo que avanzar tras su vaquero. Cada paso hacia la joven de la seda azul le parecía un camino hacia el matadero.

Genevieve esperó a que se acercaran. A medida que el hombre del sombrero avanzaba, la luz del sol de la tarde se filtró bajo el ala de fieltro e iluminó el lado izquierdo de su rostro.

Genevieve reprimió un leve jadeo, no de horror, sino de sorpresa. Era peor de lo que había parecido a la distancia.

La piel del cuello y la mejilla izquierda de Caleb era un mapa duro y tirante de cicatrices de quemadura, rojas y arrugadas, que le desfiguraban la comisura de los labios y la ceja. La marca de un fuego feroz que casi se lo había tragado entero.

A su lado, Clara dio un pequeño paso atrás y se agarró a la falda de su hermana.

Genevieve, sin embargo, no retrocedió un solo pulgada.

Había visto la crueldad vestida de seda y modales perfectos en la figura de su tío Arthur en Nueva York; sabía demasiado bien que los verdaderos monstruos no llevaban marcas en la piel.

—¿El señor C. W.? —preguntó Genevieve, dando un paso adelante con una inclinación de cabeza impecable y la voz más dulce e íntegra que pudo reunir.

Caleb se detuvo a dos metros de ella. Se quitó el sombrero con un movimiento torpe, dejó al descubierto por completo su rostro cicatrizado y su cabello negro despeinado.

—Caleb Westfall —dijo él, y su voz rasposa sonó aún más dura en el aire limpio de la tarde—. Y usted... usted no es lo que esperaba, señorita Waverly.

Genevieve arqueó una ceja, pero mantuvo una sonrisa radiante.

—¿Ah, no? ¿Y qué esperaba, si puede saberse?

—Esperaba a alguien... más grande —soltó Caleb sin ningún tipo de filtro, miró su vestido de seda azul como si fuera una serpiente venenosa—. Alguien con manos de haber trabajado. Alguien que no parezca que se va a romper si la da una ráfaga de viento de Texas.

Hosea se cubrió la boca con la mano para ahogar un estornudo que sonó sospechosamente a risotada.

Genevieve no perdió la compostura. Al contrario, sus ojos brillaron con un desafío divertido.

—Las apariencias en el Este suelen ser engañosas, señor Westfall —respondió ella, dio un paso más hacia él, y le obligó a sostenerle la mirada—. Las manos pueden endurecerse, el viento puede soportarse y le aseguro que soy mucho más resistente de lo que sugiere mi vestido. Ella es mi hermana Clara.

La niña de diez años dio un paso al frente, apretó su cuaderno contra el pecho y se aferró al globo casi desinflado.

—Buenas tardes, señor Westfall —dijo Clara con cortesía ensayada—. Mi hermana me ha dicho que su rancho es un lugar excelente para explorar y que usted necesita la mejor caballería de la frontera.

Caleb miró a la niña, luego al globo rojo que flotaba tristemente en el aire cálido, y por fin volvió a mirar a Genevieve. Sentía que estaba atrapado en una pesadilla.

—Señorita Waverly —dijo Caleb, bajó la voz y se acercó un poco más para que la gente de la posada no los oyera—.

Esto es Texas. No hay bailes, no hay sirvientes y el trabajo empieza a las cinco de la mañana.

Mi rancho... mi rancho no está en su mejor momento.

Tuvimos un incendio. No hay comodidades.

—Buscaba un hogar y un trabajo respetuoso, señor Westfall, no un palacio de cristal —replicó Genevieve, mirándolo fijamente a los ojos sin mostrar el menor reparo por sus cicatrices—. ¿Cumple su palabra respecto al trato respetuoso?

—Siempre —respondió Caleb, de golpe, herido en su orgullo—. Pero… este… el «trabajo» viene con el puesto, y el puesto es de… ejem… de esposa.

Era primordial. Los trabajadores podían renunciar, y en su rancho era lo que hacían. No duraban más que un par de días. Las esposas son para toda la vida, no pueden marcharse por un rumor de fantasmas.

—Claro. Sí, es una parte fundamental —coincidió ella—.

De lo contrario, una mujer sola en el Oeste podría dar que pensar.

Entonces ¿tenemos un trato? —dijo ella, señaló los dos baúles de madera que el conductor acababa de bajar del techo de la diligencia—.

Si sus hombres son tan amables de subir nuestro equipaje al carro, estaremos listas para ponernos en marcha.

Caleb se quedó mirándola unos segundos, desarmado por la aplastante seguridad de aquella muchacha de seda. Miró a Thomas, que desde el carro le dedicó un asentimiento lento y burlesco, y luego a Hosea, que ya se adelantaba para cargar los equipajes.

—Estamos en problemas, Hosea... en problemas gravísimos —murmuró Caleb para sí mismo, y se pasó la mano por la nuca mientras recogía el sombrero.

—Parece una reina, jefe —le susurró Hosea al pasar a su lado cargando el baúl más pesado—. Y me da la impresión de que no le tiene miedo ni a usted ni a su cara.

—Eso es lo que me aterra —refunfuñó Caleb, observó cómo Genevieve ayudaba a su hermana a subir al carro con una sonrisa de absoluta victoria.

Sabía lidiar con el desprecio y la fealdad, pero ¿qué haría con la aceptación y la belleza?

El viaje al rancho Westfall acababa de empezar, y Caleb tenía el amargo presentimiento de que su vida tranquila y solitaria se había terminado para siempre.