Capítulo 3 #2
—Pues... muy simpática no parece —comentó Hosea, no consiguió aguantar la risa.
—No... no puede ser —murmuró Caleb, desorientado—. Dijo que venía en esta diligencia. ¿Se habrá equivocado de día?
—Caleb —repitió Thomas, señaló con la cabeza hacia la puerta todavía abierta del vehículo—. Aún queda gente adentro.
Caleb se giró lentamente.
Del interior de la diligencia emergió primero una mano. Una mano pequeña, enguantada en cabritilla blanca, impecable, que se apoyó en el marco de madera. Luego, una figura ligera se deslizó hacia el estribo.
Caleb sintió que el mundo se detenía en seco.
La joven que bajó de la diligencia no rondaba los cuarenta años; apenas tendría veinte o veintiuno.
Llevaba un vestido de paseo de seda azul profundo, ajustado a la cintura y con delicados encajes en el cuello que, a pesar del polvo del viaje, parecía recién salido de un escaparate de la Quinta Avenida.
Su piel era pálida y suave como la leche, sus ojos claros brillaban con una viveza casi infantil y su cabello castaño se recogía en bucles elegantes bajo un sombrero decorado con una pequeña pluma.
A su lado, saltó a la tierra una niña de diez años, vestida con un abrigo de paño impecable, que llevaba un globo rojo medio desinflado atado a la mano y un cuaderno de dibujo bajo el brazo.
Caleb dio dos pasos hacia atrás, tropezando casi con la rueda del carro.
—No —susurró Caleb, sintió que la sangre se le congelaba en las venas—. No, no, no.
—Santa Madre de Dios... —murmuró Hosea, con los ojos muy abiertos—. ¿Esa es una flor de invernadero o me lo parece a mí?
—Se ha equivocado de estado —dijo Caleb, pánico puro en la voz—.
Esa chica buscaba Nueva York o Boston y se montó en el carruaje equivocado.
Mírala, Hosea. ¡Lleva seda! ¡Seda en la frontera de Texas!
Eso no dura ni diez minutos en el rancho.
Un matorral de espinas le destroza la falda y se pone a llorar.
—Es muy bonita, Caleb —dijo Thomas. Lo más doloroso de su comentario era que no se trataba de una ironía. Esa muchacha saldría corriendo en cuanto lo viera.
—¡Ese es el problema! —siseó Caleb, desesperado; se volvió hacia su capataz—.
¿Qué voy a hacer yo con una muñeca de porcelana?
¡No sabe ordeñar! ¡No sabe usar un hacha!
¡Miradle las manos, no ha tocado una escoba en su vida!
Y mírame a mí, Thomas. ¿Cómo se va a quedar esta criatura en un rancho quemado, con un hombre desfigurado y rumores de fantasmas?
En cuanto vea la casa sin pintar y me mire la cara de cerca, va a salir corriendo de regreso al Este en el primer carruaje.
—Bueno, pues dile que se vuelva —sugirió Hosea.
—¡He pagado su pasaje! —bramó Caleb en un siseo bajo—. ¡Me he gastado los últimos dólares del frasco de la cocina en esos billetes de tren y diligencia!
Mientras los tres hombres discutían en voz baja al lado del carro, Genevieve Waverly se limpió las faldas con un gesto elegante y miró a su alrededor.
El sol abrasador de Texas le dio de lleno en el rostro, haciéndola parpadear.
El pueblo de Oakhaven era apenas una hilera de cabañas de madera, un abrevadero para caballos y una inmensidad de tierra roja que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
—Eva... esto no se parece en nada a las fotos del libro —murmuró Clara, apretó el hilo de su globo rojo y miró con recelo a un tipo con dos revólveres que las observaba desde la taberna.
—Es solo el campamento base, Clara —dijo Genevieve con la voz más firme y alegre que pudo proyectar, aunque por dentro sentía que las piernas le temblaban de cansancio y nervios—. Los reinos de verdad se construyen en los bordes del mapa, no en las grandes ciudades.
Genevieve echó un vistazo al porche de la posada.
Vio al grupo de tres hombres junto al carro de madera.
Uno de ellos, un vaquero afroamericano alto, la miraba con una mezcla de diversión y lástima.
El otro, un hombre mestizo de hombros anchos, mantenía una expresión neutra pero observadora. Y en el centro...
En el centro estaba él. Estaba segura. Era casi como lo había imaginado, aunque algo más joven y más… quemado.
No le importaban ninguno de esos dos aspectos.
Era un hombre alto, de espaldas anchas y complexión fuerte, vestido con ropas de trabajo gastadas pero limpias.
Llevaba el sombrero tan calado que apenas se le veía la mitad del rostro, pero Genevieve pudo notar cómo la mirada de su único ojo visible la escudriñaba con un pánico casi cómico.
Cuando el hombre hizo un ademán de darse la vuelta y esconderse detrás del caballo, Genevieve reconoció la torpeza tímida que mostraba en sus cartas.
Era uno de los aspectos de su carácter que la habían impulsado a seguir con esa locura de casarse con un desconocido. C.W., como firmaba, dejaba entrever en sus palabras las formas de un hombre de trabajo, alejado de las maneras de la alta sociedad.
Ella quería escapar de esas maneras que le recordaban a su tío. Su padre había sido un hombre de alcurnia, pero jamás mostró esas pompas que pretendían esconder los defectos de carácter. Había sido frontal, sincero… como le había parecido C.W.
Ahora, ante él, se felicitaba por ser tan buena lectora de caracteres.
Genevieve esbozó una amplia sonrisa, levantó la mano enguantada y le hizo una seña clara y decidida.
Caleb se congeló.
—Te ha visto —dijo Hosea, y le dio un empujón con el codo—. Y te está saludando.
—Dile que no soy yo —suplicó Caleb, aferrándose al brazo de Hosea—. Dile que el dueño del rancho murió ayer. Dile cualquier cosa.
—Eres un cobarde, Westfall —se rio Hosea, y se echó a andar hacia las damas—. Si no vas tú, voy yo a presentarme.
—¡Hosea, vuelve aquí! —siseó Caleb.