Capítulo 3
—¿Qué demonios estoy haciendo? —se repitió Caleb Westfall en un murmullo por enésima vez.
Había tomado la decisión en un impulso, pero desde entonces, había dudado muchas veces.
El polvo volaba libre esa tarde en la parada de las diligencias de Oakhaven.
Los hombres y mujeres de Texas ya estaban acostumbrados a cubrirse la boca y la nariz con un pañuelo, lo que no estaban seguros era de si lo hacían por la tierra, que podía taparte las vías respiratorias por meses, o si lo hacían por el olor a estiércol.
Caleb permanecía apoyado contra uno de los postes de madera del porche, con el ala de su sombrero de fieltro calada hasta las cejas.
Como de costumbre, la sombra del ala cubría la mitad izquierda de su rostro, dejando oculta la gruesa masa de cicatrices que le bajaba desde la sien hasta la mandíbula.
Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada fija en el horizonte del camino de terracería.
A su lado, Hosea Jackson escupió un hilo de jugo de tabaco hacia el polvo y ajustó los frenos del carro de madera donde cargaban los suministros del rancho.
—Ya no puedes arrepentirte, Caleb —dijo Hosea.
Trataba a su señor por el nombre, y a Westfall no parecía molestarle en lo más mínimo.
De hecho, lo prefería, eso le recordaba que era más que un empleado, era lo más parecido a un amigo que tenía en esas tierras.
Por eso ignoró cuando este pasó un trapo sucio por la nuca sudada—.
El tren de San Antonio ya llegó hace dos horas.
Si la diligencia no se rompió un eje en el paso del arroyo, estará doblando la colina en cinco minutos.
—No me estoy arrepintiendo —refunfuñó Caleb, aunque en su cabeza la voz de su conciencia proclamaba otra canción. No se movió un milímetro, fingió estar más seguro de lo que en realidad estaba. La voz le salía rasposa, quebrada por el humo que le había quemado los pulmones años atrás.
—Podrías disimularlo un poco mejor —intervino Thomas «Grizz» Redhawk, desde el pescante del carruaje.
El capataz mestizo trenzaba una tira de cuero con paciencia infinita.
Los hombres hacían estupideces, las estupideces de los hombres mantenían la historia en movimiento.
La humanidad no hubiera llegado a ningún sitio si en el mundo solo habitaran sensatos—.
Llevas una hora llevando la mano a la empuñadura del revólver como si fueras a enfrentarte a los cuatreros de Silas Vance en lugar de a una mujer.
—No le tengo miedo a los cuatreros de Silas —replicó Caleb, clavó en ellos una mirada adusta, la cual era peor gracias a su único ojo sano—. Y tampoco le tengo miedo a una mujer. Solo repaso la carta.
—Te la has leído cuarenta veces, muchacho. —Hosea apoyó los codos en la barandilla—. Te vas a quedar ciego del otro ojo de tanto estudiarla.
—Tenía buena letra —murmuró Caleb, desvió la mirada—. Una letra firme. Se ve que no le tiembla la mano. Decía que se llamaba Genevieve. Que no le asusta la soledad ni el trabajo del campo, y que viaja con su hermana menor, Clara.
—Una niña de diez años —añadió Thomas sin levantar la vista de su trenzado—. Un par de bocas más que alimentar en un rancho que apenas da para nosotros tres.
—Pero piénsalo bien, Grizz —se apresuró a decir Caleb. Se giró hacia el capataz con urgencia, más que convencerlo a él, esperaba convencerse a sí mismo—. Es una mujer huérfana. Perdió a sus padres y ha tenido que criar a su hermana pequeña ella sola. ¿Sabes lo que eso significa?
—Que ha tenido una vida perra —respondió Hosea.
Exacto, pensó Caleb, sin decirlo. Lo cierto era que esa historia de la hermana era lo que lo había impulsado a considerarla «la indicada».
Eso y que las demás respuestas pendían demasiada información.
En cuanto ponía a las candidatas al corriente de la situación financiera del rancho o, peor aún, de su aspecto, las respuestas dejaban de llegar.
Genevieve Waverly no había hecho ni una pregunta al respecto, al parecer, solo le importaba que fuera un hombre íntegro.
—Significa que está hecha y derecha —enfatizó Caleb.
Se enderezó y dio un paso al frente, haciendo aspavientos con la mano—.
Una mujer que ha sacado adelante a una niña de diez años sin ayuda de nadie en este país no es una señorita mimada.
Es una matrona. Una mujer madura, curtida, de esas que saben cortar leña, ordeñar una vaca y aguantar el tiro cuando la cosa se pone fea.
Seguro que ronda los cuarenta años, tiene las manos llenas de callos y la espalda como un roble.
—Y un carácter de perros, probablemente —añadió Hosea con una sonrisa socarrona.
—¡Me da igual el carácter! —Caleb alzó la voz más de la cuenta—.
¿Acaso busco una flor para poner en un florero?
¡Necesito manos para la cocina, para el huerto y para los corrales!
Nadie en este pueblo quiere pisar el rancho Westfall.
En cuanto Silas suelta el rumor de que el fantasma de Maeve anda rondando los escombros del granero, los peones contratados salen huyendo a mitad de la noche sin pedir ni la paga.
—Aún nos quedan cuatro vacas y dos mulas —recordó Thomas. En realidad, tenían un par más de vacas, pero no muchas más.
—Porque vosotros dos sois los únicos idiotas con el lomo suficientemente duro para no creer en cuentos de fantasmas —dijo Caleb.
Miró a sus dos hombres con un destello de gratitud que disimuló con premura.
Los tres se sentían incómodos ante los sentimentalismos.
De hecho, ese era el motivo por el que un anuncio buscando esposa había sido una opción para él.
Nada de cortejos, como en el pasado, nada de rosas, poemas y paseos.
Dos personas necesitadas que establecían una sociedad de mutuo acuerdo.
¡Sí, señor! Nada de enredos o problemas—.
Si hombres hechos y derechos nos han abandonado a mitad de la cosecha por pura superstición, ¿creéis que una mocosa delicada aguantaría dos días en nuestra casa?
No. Necesitaba a alguien duro. Y una mujer que ha sobrevivido sola y criado a su hermana es exactamente la persona eficiente que necesitamos.
—Además —agregó Hosea, y miró de reojo las cicatrices de Caleb—, una mujer de esa edad y curtida por la vida no se asusta por un par de marcas en la cara.
Caleb se tensó y se ajustó el ala del sombrero un poco más abajo. Su anterior prometida había huido en cuanto vio el nuevo aspecto de su futuro esposo.
No quiso pensar en Rosalie. Lo cierto era que más que recordarle el desprecio, le traía a la memoria la pérdida de su hermana. Caleb comprendió ante la partida de la mujer que en su pecho solo había espacio para un dolor: «Maeve».
—No me importa lo que piense de mi cara. Mientras sepa usar una escoba y mantener a raya las provisiones, como si quiere mirar para otro lado todo el día.
De hecho, mucho mejor. Amar sería volver a poner su corazón en juego, y no quería pasar por eso una vez más. Guardaría cariño para su esposa, claro, porque era un hombre de Dios. Y esperaba lo mismo en respuesta. Pero… ¿Amor? Oh, no, no estaba para esos rodeos.
—¿Y la parte del heredero?
El estruendo lejano de cascos de caballos y el chirrido de hierro sobre piedras cortó la conversación justo a tiempo. Caleb no quería pensar en esa parte, pero sabía que, si no tomaba a su esposa, esta podía acudir al juez para anular la unión.
Un problema a la vez.
Por la recoda del camino de tierra apareció una nube de polvo espeso, y segundos después, la gran diligencia roja y amarilla de la línea del Sudoeste frenó con un chillido seco frente a la posada. Una polvareda se levantó alrededor del coche e hizo toser a los mulos.
—Ahí está tu futuro, Caleb. —Hosea le dio una palmadita en el hombro—. Procura no poner cara de entierro.
El conductor saltó del pescante, escupió al suelo y comenzó a desatar los equipajes del techo mientras abría la portezuela de la diligencia.
—¡Oakhaven! —bramó el hombre—. ¡Última parada antes de la franja del río! ¡Veinte minutos para cambiar tiros y estirar las piernas!
Caleb se enderezó, tragó saliva y dio un paso hacia el vehículo. Sintió cómo el corazón le golpeaba las costillas con un ritmo absurdo.
El primero en bajar fue un comerciante rechoncho con un maletín de cuero. Luego, un anciano con aspecto de predicador. Y finalmente, una mujer.
Era una matrona de unos cincuenta años, de hombros anchos, rostro severo como un bloque de granito y un vestido de lana gris oscuro que parecía diseñado para resistir un combate de artillería.
Llevaba el pelo recogido en un moño tirante y descendió del estribo con agilidad, como esperaba él de alguien quien ha pasado la vida haciendo fuerza.
Tras ella, bajó una niña regordeta con cara de pocos amigos.
Caleb dejó escapar un largo suspiro de alivio. Un nudo de tensión que no sabía que tenía en el estómago pareció aflojarse de golpe.
—Ahí la tenéis —murmuró Caleb a sus hombres, esbozó una sonrisa casi victoriosa. ¡Era exactamente como la había esperado!—. ¿Qué os dije? Mira los hombros que tiene. Esa mujer te levanta un saco de harina de cincuenta libras sin pestañear. Es perfecta.
—Caleb... —dijo Thomas desde el carro, con un tono de voz extrañamente cauteloso.
—Te lo dije, Hosea, la carta no mentía. Una mujer hecha y derecha —continuó Caleb y dio un paso firme hacia la matrona de gris—. Buenos días, señora. Soy Caleb West...
—¡Apártese del camino, hombre! —le espetó la matrona de gris con un bramido que hizo dar un salto a Caleb, mientras lo esquivaba sin mirarlo—.
¡Niña, agarra el baúl pequeño antes de que este inepto lo tire al barro!
¡Llevamos tres días comiendo polvo y necesito un té caliente antes de volverme loca!
La mujer pasó de largo como un mancebo de artillería. Casi arrolla a Caleb de camino y se dirigió directamente hacia la puerta de la posada.
Caleb se quedó de pie en mitad del camino. Parpadeó con estupor, con la mano extendida en el aire.