Capítulo 2 #2
Dobló el periódico rápidamente por la mitad y lo deslizó bajo el pliegue de su mantón antes de que ningún conocido de su tía Beatrice pudiera cruzarse en su camino. Caminó de regreso hacia el banco donde Clara la esperaba.
—¡Aquí tienes el estandarte del reino! —dijo Genevieve, entregándole el hilo a su hermana.
—¡Es enorme! —Clara lo tomó con entusiasmo y lo ató con cuidado al botón superior de su abrigo para no perderlo.
—Siéntate un momento a descansar, Clara. Déjame ver qué dice la prensa del día —dijo Genevieve. Se situó en el banco de madera pulida y desplegó el Matrimonial News sobre sus faldas.
—¿Es un periódico de adultos? —preguntó la niña, mirando de reojo las páginas tupidas de texto sin ilustraciones.
—Es... un mapa de posibilidades —murmuró Genevieve, sin levantar la mirada. Repasó con los ojos las columnas apretadas.
Los anuncios se sucedían uno tras otro, escritos con un lenguaje directo, a veces tosco, a veces desesperado:
«Hombre de 35 años, comerciante en San Francisco, de buena conducta y próspero negocio, busca dama de buena familia para matrimonio rápido. Se requiere educación y buen carácter».
«Granjero en Kansas, 28 años, metodista, posee 160 acres de buena tierra y tres vacas. Busca mujer piadosa y trabajadora, sin hijos, dispuesta a la vida rural».
Genevieve pasaba las páginas con una mezcla de escepticismo y un latido creciente en la sien.
La mayoría de los anuncios pedían mujeres hechas para el arado, o prometían comodidades urbanas en ciudades lejanas que a ella no le servían de nada; viajar a San Francisco o a Chicago no la alejaría lo suficiente de la influencia financiera y los contactos políticos de su tío Arthur.
Entonces, cerca del borde inferior de la tercera página, en la sección dedicada a los territorios del Sur y la frontera del Sudoeste, sus ojos se detuvieron en un párrafo breve, redactado con una sobriedad seca que destacaba entre la charlatanería de los demás:
«Texas. Se busca esposa para residencia permanente en rancho ganadero (distrito de El Paso).
Se ofrece casa propia, sustentabilidad y trato respetuoso.
Se requiere mujer sobria, madura y dispuesta a las duras labores del campo.
Abstenerse personas delicadas o sin verdadera intención de trabajar la tierra.
Dirigir correspondencia a la casilla número 414, C. W.».
Genevieve leyó el anuncio una vez. Luego otra. Y una tercera.
Texas.
El nombre del estado resonó en su mente como un cañonazo.
Texas estaba a miles de millas de distancia, en la frontera salvaje, un territorio lejano donde los jueces de Nueva York no tenían poder, donde la alta sociedad de la Quinta Avenida no era más que un chiste lejano y donde hombres como Arthur Sterling no se atrevían a poner un pie.
Se fijó en las iniciales: C. W.
El anuncio no prometía amor, ni riqueza desmedida, ni bailes de gala. Prometía «trato respetuoso», una «casa propia» y la dureza del trabajo. El hombre buscaba una mujer para sacar adelante su propiedad, no a una aristócrata de porcelana.
Una chispa, una idea audaz, descabellada y repentina, se encendió en el cerebro de Genevieve como un reguero de pólvora.
—Eva... ¿qué miras con esa cara? —preguntó Clara, se había inclinado sobre su hombro y trataba de descifrar las letras pequeñas—. Pareces la capitana de las ardillas cuando descubre un nido nuevo.
Genevieve plegó el periódico con un movimiento rápido y decisivo. Lo apretó contra su pecho. Miró a su hermana, al globo rojo que ondeaba suavemente sobre la cabeza de la niña y luego hacia las copas de los árboles de Central Park.
—Estaba pensando en nuestra historia, Clara —dijo Genevieve, y esta vez, la chispa de su sonrisa era real, nacida de una determinación feroz—. En lo que dijimos sobre las torres y las princesas.
—¿Y qué dice el periódico?
—Dice que hay un reino muy, muy lejano. Un lugar donde el sol quema la tierra, donde hay caballos salvajes y donde la gente no lleva vestidos de seda ni va a bailes aburridos. Un lugar llamado Texas.
Clara abrió mucho los ojos, se contagió al instante del misterio en la voz de su hermana.
—¿Texas? Eso está lejísimos. Papá tenía un mapa grande en el despacho donde Texas era de color amarillo.
—Lejísimos —confirmó Genevieve—. A días de tren y de barco. Un lugar donde nadie nos conoce, donde nadie puede decirnos a quién debemos obedecer y donde un tío malvado jamás podría encontrarnos.
—¿Y qué haríamos en Texas? —preguntó Clara, bajó la voz a un susurro lleno de expectación.
Genevieve miró la casilla de correo impresa en el papel amarillento que guardaba entre sus manos. La decisión estaba tomada. En ese preciso segundo, la joven asustada de la mañana moría para dar paso a la mujer que iba a defender a su hermana con dientes y uñas.
—Vamos a dirigir un rancho, por supuesto —dijo Genevieve. Sonrió e hizo que Clara dejara escapar una risita—. O al menos, le haremos creer a un ranchero de allí que somos las mejores ayudantes que podría haber encontrado en todo el país.
—¡Yo puedo cuidar de las vacas! —exclamó Clara, se puso de pie entusiasmada—. Y de los caballos. Sé montar bastante bien, el profesor de equitación dijo que tengo buena mano.
—Por supuesto que sí. Serás la encargada de la caballería —Genevieve se incorporó también y le ofreció la mano a su hermana—. Pero para que la historia empiece, tenemos que escribir la primera carta. Y tenemos que hacerlo hoy mismo, antes de que el sol se ponga.
—¿Una carta secreta?
—La carta más secreta del mundo —afirmó Genevieve. Echó a andar con paso firme y rápido de regreso hacia la salida del parque—. Vamos a responder a un anuncio, Clara. Vamos a comprar nuestros billetes para la libertad.
Mientras caminaban juntas por la avenida bajo el sol de otoño, Genevieve apretaba el periódico contra su costado.
Sabía que la mentira no duraría para siempre, que el hombre que había firmado con las iniciales C.
W. no esperaba a dos huérfanas de la alta sociedad neoyorquina, y que la frontera tejana sería un choque brutal contra la realidad.
Pero no le importaba. Prefería enfrentarse al polvo, al trabajo duro y a un desconocido en el fin del mundo antes que dejar a su hermana un día más bajo las garras de Arthur Sterling.
Las historias, se repitió en silencio, no las escribían las víctimas que esperaban en la torre, las escribían los valientes que se atrevían a saltar por la ventana.