Capítulo 2
El sol de otoño caía sobre las avenidas de Central Park.
Tenía de dorado el paisaje y transmitía una sensación de tibieza que no se condecía con la brisa helada que soplaba desde el Hudson.
A esa hora, el parque hervía de vida. Los carruajes de paseo con ruedas barnizadas transitaban los caminos marcados, los caballeros con sombreros de copa paseaban a paso lento y las madres vigilaban a niños que jugaban con cometas o balones.
Clara corría unos metros por delante, sobre la hierba semicubierta de hojas secas que crujían bajo sus botas.
Tenía diez años, la edad justa en la que la infancia empieza a pelear contra la lógica del mundo adulto.
Ya no era una criatura pequeña a la que se le podía distraer con cualquier cuento absurdo, pero conservaba intacta esa capacidad de entregarse al juego con una convicción absoluta.
Parecía hacer un ejercicio de terquedad para mantener su infancia. Genevieve pensaba que Clara se negaba a crecer porque temía que, si cambiaba algo, y sus padres regresaban, no la reconocerían.
De momento, ella se valía de esa inocencia para contarle cuentos. Historias que buscaban dejar una moraleja y a la vez ayudarla a transitar el duelo. Pero ¿cómo?, ¿cómo hacerlo cuando ella tampoco conocía las respuestas?
—¡Eva, mira esa! ¡La del rabo esponjoso! —exclamó Clara, se detuvo en seco y señaló con un dedo enguantado a la base de un olmo gigante—. Esa tiene cara de ser la capitana del ejército de las ardillas.
Genevieve apresuró el paso, se ajustó el mantón de lana sobre los hombros. Sonrió, aunque por dentro la angustia le presionaba las costillas como un aro de hierro.
—No la subestimes —respondió Genevieve, se acuclilló a su altura y adoptó un tono de secreta confidencialidad—. Las capitanas son las más astutas. Si vas a negociar con ella, asegúrate de tener una buena oferta.
Clara se agachó más, con cuidado, buscando en los bolsillos de su abrigo de paño.
Sacó un puñado de piñones que había recogido del jardín antes de salir y extendió la palma de la mano con infinita paciencia.
La ardilla se petrificó, inclinó la cabeza hacia un lado con ojos negros y brillantes, y dio tres saltos rápidos hacia la niña.
—Dice que acepta el tributo —murmuró Clara sin mover un solo músculo. Aguantaba la risa con solemnidad—. Pero que exige saber si el reino de Nueva York tiene suficientes provisiones para el invierno.
—Dile a la capitana que el reino está lleno de comida, pero bastante falto de gente sensata —dijo Genevieve, contemplando a su hermana. Le había dado casi todo a una única ardilla.
Ver la chispa de alegría en los ojos de Clara le devolvió un soplo de aire fresco a los pulmones. La sombra de la mañana, la escena repugnante del pabellón y la figura amenazante del tío Arthur parecían estar, al menos por unos minutos, al otro lado de un muro invisible.
—Eva —dijo Clara de pronto, incorporándose mientras la ardilla se alejaba a toda prisa con el piñón entre las patas—. El tío Arthur estaba raro hoy. Muy raro. ¿Siempre será así de ahora en más?
A Genevieve se le heló la sangre por un instante, pero mantuvo la sonrisa dibujada en el rostro con un esfuerzo supremo.
—Los tíos viejos siempre son raros, Clara. Es una regla no escrita del mundo.
—No, pero no era solo eso —insistió la niña.
La miró de frente con esa fijeza tan madura que a veces sorprendía a Genevieve—.
Me agarró de las manos y me dijo que yo tenía que ser su niña buena, que no le contara a la tía Beatrice que estábamos en el pabellón.
Y cuando le dije que quería llamarte a ti, me apretó el brazo. No me gustó. Me dio... asco.
Genevieve sintió una punzada de rabia pura abrasándole la garganta. Se agachó a la altura de Clara, tomó sus dos manos y la miró fijamente a los ojos.
—Escúchame muy bien —dijo con voz baja pero rotunda—. Tuviste toda la razón en sentir eso. Tu instinto no se equivoca jamás, Clara. Nunca dejes que nadie, sea un tío o quien sea, te haga sentir así. Y por eso te prometo que no vas a volver a estar a solas con él. Ni un solo minuto.
—¿Y si nos obliga? Él manda en la casa, Eva. Papá y mamá no están.
Esa era la verdad desnuda. La niña de diez años lo entendía perfectamente. Sabía que sus padres no iban a cruzar la puerta de la biblioteca para salvarlas.
Genevieve apretó las manos de su hermana.
—Nadie nos va a obligar. Las historias de princesas y caballeros no nos enseñan a esperar a que alguien venga a rescatarnos del castillo, Clara.
Eso es una mentira de los libros ilustrados.
Lo que de verdad enseñan es que las torres no siempre tienen barrotes de hierro ni están custodiadas por dragones con fuego en la boca.
Muchas veces la torre es la comodidad, el miedo, o quedarte quieta en un lugar donde te hacen daño solo porque es lo único que conoces.
Clara la escuchaba sin pestañear, atenta a cada palabra.
—No se necesitan dragones para estar encerrada —continuó Genevieve, sintiendo cómo sus propias palabras le abrían los ojos a una verdad urgente—.
Cuando no te animas a vivir, cuando te quedas esperando a que las cosas cambien solas, ya estás encerrada.
Los sueños solo son sueños si no los empujas con acciones.
Las historias se escriben con decisiones, Clara.
Con pasos hacia adelante, aunque te tiemblen las piernas.
Y nosotras no nos vamos a quedar a esperar a que el dragón devore este castillo.
Clara esbozó una pequeña sonrisa, mitad reconfortada y mitad desafiante.
—O sea que hay que vivir una aventura.
—O sea que hay que coger las riendas —corrigió Genevieve—. Aunque la aventura dé un poco de miedo al principio.
Un vendedor ambulante que cruzaba el paseo cercano rompió el momento con su pregón cantado, agitando un racimo de globos de colores deslumbrantes que flotaban contra el cielo azul.
—¡Globos de seda! ¡Rojos, amarillos, azures! ¡Llévese un pedazo de cielo por diez centavos!
Clara se giró al instante, y la madurez de su mirada volvió a dar paso al brillo de los diez años.
—¡Eva! ¡Mira ese globo rojo! Parece una manzana gigante. ¿Me compras uno? Dijiste que en la primera escena de nuestra historia las princesas comían con las ardillas y tenían globos.
—Nunca he dicho nada de globos. —Genevieve puso los brazos en jarra.
—Eso fue lo que yo escuché.
La mayor se echó a reír. Eso le pasaba por intentar engañar a una niña de diez años con historias, era demasiado lista para creerse el cuento y mucho más para usarlo a su favor.
—Veamos cómo está la tesorería real —dijo Genevieve y buscó en el pequeño monedero de terciopelo que llevaba ajustado a la muñeca.
Revolvió entre las telas y encontró una moneda de plata de veinticinco centavos y un puñado de peniques de cobre. La herencia de su padre valía una fortuna, pero en ese preciso instante, lo único de lo que disponía de forma inmediata era la calderilla de su bolso.
—Tenemos exactamente para un globo y una limonada si encontramos un puesto —anunció Genevieve—. Espérame aquí junto al banco, no te muevas de la vista de la capitana de las ardillas.
—¡No me muevo! —prometió Clara, se cruzó de brazos con exagerada disciplina militar.
Genevieve echó a andar hacia el sendero pavimentado donde el vendedor de globos se había detenido junto a una balaustrada de piedra. Al lado del hombre de los globos, apostado bajo un gran quinqué de gas, un quiosquero de rostro curtido ofrecía las novedades de la prensa vespertina.
—¡Un globo rojo para la señorita! —pidió Genevieve, y le tendió la moneda de veinticinco centavos.
El vendedor desató el hilo de cáñamo con destreza y le entregó la esfera roja brillante, tras lo cual, le devolvió quince centavos de cambio. Mientras guardaba las monedas en la palma de la mano, la mirada de Genevieve se desvió sin querer hacia el mostrador de madera del quiosco de periódicos.
Allí, alineado junto a las ediciones serias del The New York Times y el Harper's Weekly , descansaba un montón de ejemplares de un papel más humilde, de tono amarillento y tipografía cargada.
En la cabecera, impreso en letras góticas y llamativas, se leía: The Matrimonial News .
Genevieve frunció el ceño. Había oído hablar vagamente de aquella publicación, pero verla allí, a la venta pública en pleno Central Park, le causó un respingo de curiosidad mezclada con fascinación.
El Matrimonial News no era un periódico convencional; nacido pocos años atrás como un fenómeno de la nueva era de expansión del país, era una gaceta dedicada exclusivamente a conectar a hombres y mujeres de punta a punta de los Estados Unidos mediante anuncios clasificados.
En una nación destrozada por la reciente guerra civil, con miles de hombres que habían emigrado hacia el Oeste salvaje buscando oro, tierras o un nuevo comienzo, y miles de mujeres jóvenes solteras o viudas que permanecían en las ciudades del Este, la gaceta funcionaba como un puente comercial para el noviazgo.
Por solo cinco centavos, cualquiera podía enviar una descripción de sí mismo y sus intenciones, recibiendo un número de casilla al que los interesados podían responder por carta.
Para la alta sociedad neoyorquina, el Matrimonial News era una vulgaridad escandalosa, una subasta de almas; para la gente común, era a menudo la única vía para romper la soledad o escapar de una vida miserable.
—¿Va a llevar uno, señorita? —preguntó el vendedor de prensa, al notar la fijación de la joven—. Son solo cinco centavos. Edición fresca de esta semana. Trae cartas de caballeros de California, Kansas, Oregón... muchos propietarios de tierras, oiga.
Genevieve miró los quince centavos de vuelto que tenía en la mano. Sostuvo el hilo del globo rojo con la izquierda y, en un impulso repentino, casi clandestino, sacó una moneda de cinco centavos y la depositó sobre la mesa.
—Deme uno, por favor.