Novia por correo Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

Sin esperar la respuesta de Arthur, Genevieve se agachó frente a su hermana.

Con dedos temblorosos pero precisos, comenzó a abrochar los botones de nácar de la combinación de la niña que su tío había comenzado a soltar.

Cada botón que encajaba en su ojal era un pequeño acto de resistencia, una barrera que volvía a levantar entre la inocencia de Clara y las manos de aquel hombre.

Luego le puso el vestido de paño azul y ajustó los cordones de la espalda con firmeza.

Durante todo el proceso, sintió la mirada de Arthur Sterling clavada en la nuca, pesada, evaluadora y oscura.

—Vamos, Clara. —La tomó de la mano con firmeza.

Al ponerse en pie, Genevieve volvió a encontrarse con los ojos de su tío.

El disfraz de tutor amable había desaparecido por completo.

Lo que quedaba debajo era la fría certeza de un hombre que se sabía dueño de la casa, del dinero y del destino de ambas muchachas.

Él sabía que ella lo sabía. Y sabía también que una joven huérfana de veinte años no tenía voz ni poder en la sociedad neoyorquina para acusar a un hombre de su posición sin quedar destruida en el proceso.

Genevieve inclinó levemente la cabeza, en un gesto de estricta cortesía que bordeaba el desprecio, y guio a Clara fuera del pabellón.

Caminaron a paso rápido por el sendero de grava, sin volver la vista atrás. Solo cuando estuvieron a una distancia prudencial, escondidas tras la fronda de los grandes castaños del jardín, Clara dejó escapar un sollozo sofocado y se abrazó con fuerza a la cintura de su hermana.

—Eva... no quería estar allí... me daba miedo cómo me miraba... —La pequeña escondió la cara contra el cuerpo de su hermana.

Genevieve se arrodilló sobre la hierba seca. Rodeó a la niña con sus brazos y la apretó contra su pecho con fuerza. Sintió un escalofrío helado recorrerle la espalda. La verdad, amarga y brutal, la golpeó de lleno en el rostro.

Hasta ese día, había vivido en la ilusión de que la mansión de sus tíos era un refugio temporal, un lugar incómodo pero seguro donde aguardar a que el dolor de la pérdida se diluyera.

Había creído que el dinero de la herencia de su padre las protegía, que su apellido Waverly las blindaba contra las inclemencias del mundo.

Qué ciega había sido.

El dinero de su padre estaba bajo el fideicomiso y el control absoluto de Arthur Sterling hasta que ella cumpliera los veinticinco años o se casara con su aprobación.

Vivían en la casa de un hombre despiadado que acababa de poner sus garras sobre la infancia de Clara, y bajo el mismo techo de una tía como Beatrice, una mujer fría y calculadora que preferiría ignorar cualquier atrocidad o mirar hacia otro lado antes que permitir que el menor soplo de escándalo mancillara su intachable apellido.

Estaban atrapadas. Inermes. A la merced de un monstruo vestido de seda.

Genevieve levantó el rostro de su hermana y le limpió las lágrimas con la yema del pulgar, forzando en sus propios labios una sonrisa cálida, serena y luminosa, la misma sonrisa que su madre solía ofrecerles cuando una tormenta asustaba a la pequeña por las noches.

—Escúchame bien, Clara —dijo Genevieve con voz suave pero firme, envolvió las manos heladas de la niña entre las suyas—. No va a volver a tocarte. Te lo prometo. No volverás a quedarte a solas con él ni un solo segundo.

—¿Y si el tío Arthur se enfada? —preguntó la pequeña con los ojos llenos de angustia—. Ha dicho que ahora es nuestro tutor, que debemos obedecerle...

—El tío Arthur no entiende nada de aventuras —interrumpió Genevieve, le guiñó un ojo con jovialidad, por dentro, en cambio se le desgarraba el alma—. Él debería conocer las reglas de oro de una buena historia.

—¿Cuáles son?

Genevieve acompañó a Clara hasta la puerta, darían un paseo, pondrían aire y distancia entre ellas y sus tíos hasta que encontraran una solución definitiva.

—Bueno, pues que a las princesas no se las puede tener en torres encerradas. ¡Siempre escapan! O por sus medios…

—¡O con la ayuda de un príncipe!

—Exacto. Y que salvo que haya adoptado un dragón, dudo que pueda mantenernos aquí. —Abrió la puerta y salieron al mundo exterior. El parque estaba a unas pocas manzanas de allí—. También, que las princesas siempre ganan y los villanos siempre pagan.

—¿Es el tío un villano?

—Mmm, eso lo determinará él, ¿verdad? Según sus acciones elegirá que pape cumplir en la historia. Puede ser el tío bonachón, puede ser el tío ávaro…

—¿Y tú eres la princesa?

—¡No! Claro que no, yo soy la mascota fiel de la princesa. —Le tocó la nariz a su hermana—. La protagonista eres tú. Dime, ¿qué harás en tu primer día de esta historia?

—Iremos a darle de comer a las ardillas.

—¡Muy buena elección! Las ardillas siempre son buena compañía, nunca se sabe cuándo se complotarán con nosotras. ¿Qué más…?

Y juntas comenzaron a soñar una historia digna de estar en tinta y papel, mas demasiado lejana de su realidad.

Genevieve no quería pensar, ansiaba soñar, pero la vida tenía otros planes.

Era hora de coger las riendas y tratar de, si no era posible cumplir los sueños, al menos no vivir en una pesadilla.