Capítulo 1 #2
A medida que sus botines golpeaban la grava del sendero, el silencio del jardín se le antojo denso, casi sofocante. El viento hacía crujir las hojas secas, pero no se oía el chapoteo de agua ni las risas o los gritos que acompañarían a una lección de natación. Nada.
Al acercarse al pabellón, Genevieve redujo la velocidad de sus pasos, impulsada por un instinto primario de cautela. Las puertas de madera blanca del vestidor estaban entreabiertas.
Se acercó sin hacer ruido y miró a través de la rendija.
El interior del pabellón estaba en penumbra; olía a madera húmeda, a hojas en descomposición.
En el centro de la estancia, sentada sobre un banco de madera, estaba Clara.
La pequeña vestía tan solo su combinación blanca de enaguas.
Su vestido de paño azul yacía doblado sobre una silla cercana.
Frente a ella, inclinado de forma desproporcionada, se encontraba su tío Arthur.
Arthur Sterling no llevaba la chaqueta puesta.
Se había arremangado la camisa de seda blanca hasta los codos.
Sus manos, grandes y pálidas, no estaban ajustando un traje de baño ni preparando manta alguna.
Estaban posadas sobre la espalda desnuda de la niña, deslizándose con una lentitud pausada, casi hipnótica, mientras le desabrochaba los diminutos botones de nácar de la enagua interior.
—Es por tu bien, pequeña Clara... —escuchó Genevieve que murmuraba la voz de su tío, suave, pastosa, con un tono suave que le devolvió a la garganta una ola de hiel—.
Debes aprender a confiar en mí. Tu padre ya no está para cuidarte, pero yo me ocuparé de que no sientas frío... de que te sientas protegida...
Clara permanecía completamente inmóvil. Tenía la cabeza gacha, los hombros rígidos y los puños apretados sobre las rodillas con tal fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos.
No lloraba, pero en la postura de su pequeño cuerpo había un pánico helado, la parálisis de una criatura acorralada que intuye el peligro, pero no comprende la naturaleza exacta de la amenaza.
A Genevieve se le cortó la respiración. Un latigazo de horror y repugnancia le atravesó el pecho.
La sangre le zumbó en los oídos con la violencia de un vendaval.
En un segundo, la fachada del respetable caballero de la alta sociedad, el tío generoso y abnegado que las había acogido tras la tragedia, se desmoronó por completo.
Quedaba al descubierto su verdadero ser, un depredador repugnante y calculador.
No pensó. La rabia sustituyó al terror en una fracción de segundo.
Empujó la puerta del pabellón con fuerza, haciendo que la madera chocara contra la pared con un estrépito seco.
—¡Clara!
Arthur Sterling se erguí de golpe. La rapidez con la que cambió de postura fue escalofriante.
También la confirmación que ese gesto denotaba.
El hombre sabía que estaba en falta. En un parpadeo, la inclinación babosa desapareció y recuperó la porte erguida y aristocrática de un magnate neoyorquino.
Sin embargo, Genevieve pudo ver el chispazo de ira y sorpresa que cruzó sus ojos claros antes de que su rostro se enmascarara en una compostura impecable.
—Genevieve... —dijo Arthur, con una voz perfectamente modulada, en la que no se percibía el menor rastro de culpa—. ¿Qué significa esta interrupción tan intempestiva? Estaba preparando a tu hermana para su lección.
Genevieve ignoró por completo a su tío. Avanzó con paso firme hacia el banco y se colocó de inmediato entre Arthur y la pequeña Clara.
Usó su propia falda para cubrir el cuerpo de su hermana.
Clara levantó la cabeza y, al ver a Genevieve, dejó escapar un ahogado sollozo de alivio, aferrándose con desesperación a la cintura de su hermana mayor.
—No habrá ninguna lección hoy, tío Arthur —dijo Genevieve. Su voz sonó firme, los años de educación se hicieron presentes en un control feroz que le costó un esfuerzo supremo mantener. Estaba habituada a ser escuchada, a ser la señorita de la casa. Jamás había tenido que emplear ese tono.
La realidad de su nueva condición se hizo presente del peor modo.
Arthur la miró desde su altura, arqueó una ceja con fría condescendencia.
—Querida sobrina, no creo que seas tú quien deba decidir la educación o la disciplina de tu hermana. Clara necesita superar sus miedos si pretende convertirse en una dama fuerte. Su actitud hacia el agua es inaceptable.
—Clara no tiene ningún miedo al agua —replicó Genevieve, le sostuvo la mirada sin vacilar. Sentía el cuerpo de su hermana temblar contra ella como un pajarillo asustado—. Lo que ocurre es que ayer por la tarde comenzó con un fuerte catarro en la garganta. ¿No es así, Clara?
Genevieve se giró levemente hacia la niña y le dedicó una mirada intensa, cargada de una complicidad urgente, mientras le acariciaba la mejilla con los dedos helados.
—Recuerdas que anoche te dolía la garganta y tuviste fiebre, ¿verdad, cielo? Le dijimos a la criada que te preparara un té con miel.
Clara la miró con los ojos muy abiertos, llenos de lágrimas contenidas. Tardó un segundo en procesar el engaño, pero al ver la firmeza en el rostro de Genevieve, asintió con premura.
—Sí... sí, Eva —murmuró la niña con voz débil. Usó el apodo cariñoso que solo empleaban en la intimidad—. Me duele mucho la garganta. Tengo mucho frío.
—Lo ves, tío —dijo Genevieve, se volvió de nuevo hacia el hombre.
Su corazón batía desbocado contra sus costillas, pero no se permitió pestañear—.
Sería una imprudencia enorme que se sumergiera en el estanque con este clima.
Tía Beatrice se disgustaría mucho si Clara cayera enferma en cama justo antes de la recepción de los van Buren la semana próxima.
El nombre de su esposa y la mención de la recepción social parecieron surtir un efecto inmediato en Arthur.
El hombre entrecerró los ojos. La tensión en la estancia se volvió casi palpable.
Durante unos segundos, el único sonido fue el susurro del viento exterior que se colaba por las rendijas de la madera.
—Veo que te has vuelto una protectora muy celosa, Genevieve —dijo Arthur en un tono bajo, casi un siseo, y dio un paso lento hacia ellas.
Genevieve no retrocedió, aunque el aire a su alrededor parecía haberse vuelto tóxico.
—Solo velo por la salud de mi hermana, tal como mis padres habrían querido —respondió ella, enfatizando la palabra padres .
Arthur sostuvo la mirada de su sobrina durante un largo momento.
Había en la expresión de la joven una determinación que él no había previsto, un muro de dignidad que no encajaba con la muchacha dócil que parecía transmitir la figura delicada de la muchacha.
Finalmente, una sonrisa helada y carente de todo afecto se dibujó en los labios del hombre.
—Por supuesto —dijo Arthur, se ajustó los puños de la camisa de seda en un gesto medido—. La salud es lo primero. Sin embargo, no me gusta que se interrumpan las lecciones sin mi consentimiento previo. Beatrice y yo solo buscamos el bienestar de ambas. Es una lástima que no aprecies mis esfuerzos.
—Aprecio profundamente su preocupación, tío —mintió Genevieve sin que le temblara la voz—. Pero ahora nos retiraremos. Habíamos planeado dar un paseo en carruaje por Central Park para que a Clara le dé el aire fresco. Le sentará bien para el catarro.
Eso no tenía ningún sentido, pero no se le ocurrió una mentira mejor.
De todas maneras, comprendió que convertirse en mejor mentirosa no la ayudaría en nada.
Su tío no valoraría ni el engaño ni la honestidad, en cuanto pudiera, le hallaría un marido que la mantuviera lejos de casa para así poder echar sus lascivas garras en Clara.