Novia por correo Capítulo 1
6%

Capítulo 1

—Hoy será un día fantástico —dijo Genevieve a nadie en particular. Solía empezar cada día con esa manifestación, esperaba así tener cierto poder sobre el destino.

Trataba de leer cada pequeño detalle como una señal de que algo bueno iba a suceder, demasiadas cosas malas ya habían pasado, ¿verdad?, la cuota de desgracias en vida estaba cubierta. Era hora de que solo le sucedieran cosas buenas.

Sabía que no funcionaba así el universo, pero un poco de esperanza no le haría mal.

Esa mañana en Manhattan despuntaba con claridad cristalina, como solía suceder cuando el frío otoño neoyorquino congelaba hasta la neblina.

A través de los altos ventanales de la mansión Waverly, ahora bajo el dominio absoluto de los Sterling, la luz caía en haces oblicuos sobre las molduras de yeso e iluminaba las motas de polvo que flotaban en el aire como un fino tamiz de oro.

Genevieve Waverly se hallaba de pie junto a la ventana del pequeño salón del segundo piso.

Tenía entre las manos un volumen encuadernado en piel de Mujercitas de Louisa May Alcott.

Las páginas olían como solo los libros lo hacían.

Ella amaba ese perfume, tanto en los tomos viejos, en que la mezcla picaba en la nariz, como en los nuevos, donde el aroma a tinta parecía cobrar vida y adueñarse de todos los sentidos.

Pero esa mañana sus ojos permanecían fijos en la calzada de la Quinta Avenida, incapaces de leer una sola línea.

Por muchas manifestaciones de buena voluntad, en ocasiones no conseguía dominar la sensación de desazón que la embargaba.

Sacudió la cabeza para limpiarla de malos pensamientos. Los optimistas servían para ponerse en movimiento, los pesimistas, en cambio, solo valían para dejarla a una petrificada ante el dolor.

A lo lejos, las copas de los árboles de Central Park comenzaban a teñirse de un cobre encendido.

Era un día espléndido, el sol brillaba y daba una falsa sensación de calidez.

Era una de esas mañanas en que, en otro tiempo, habría impulsado a su padre a ordenar que engancharan el carruaje abierto antes del mediodía.

Apretó el libro contra su pecho y dejó escapar un suspiro pausado. Clara debería estar en ese preciso instante en la biblioteca, sufriendo el tedio de las lecciones de francés y geografía bajo la mirada severa de la señorita Featherstone.

Genevieve sonrió ligeramente al imaginar la expresión de abatimiento de su hermana pequeña. Diez años era una edad demasiado corta para permanecer sepultada entre mapas continentales y declinaciones gramaticales durante un día tan claro.

Nos vendrá bien salir , pensó. Nos vendrá bien a las dos.

Imaginó el trote suave de los caballos recorriendo los senderos arbolados de Central Park, esos que bordeaban el gran estanque rodeado de sauces. Allí solían detenerse cuando sus padres aún estaban con ellas.

Aquellas memorias, antes un refugio dulce, se habían convertido en un dolor punzante. Eso era lo que Genevieve quería evitar, que la felicidad del pasado se tiñera de tristeza. Sería injusta con el recuerdo de sus padres.

Nueve meses habían transcurrido desde el naufragio del SS City of Rio , la nave en la que sus padres habían embarcado rumbo a Inglaterra.

La noticia de la tempestad en el Atlántico Norte llegó como un latigazo, la confirmación de que no había supervivientes, como una sentencia implacable.

Sin embargo, la ausencia de cuerpos había dejado una brecha peligrosa por la que la esperanza se colaba de forma irracional.

Durante meses, tanto Genevieve como Clara habían vivido en una suerte de pausa suspendida, como si el duelo fuera una traición a la posibilidad de que, en alguna orilla remota, sus padres estuvieran esperando el regreso.

Pero la realidad no entendía de milagros.

Aceptarlo era un proceso lento y amargo.

Significaba asumir que la imponente casa de la Quinta Avenida ya no olía a la pipa de su padre ni a la lavanda que su madre solía rociar en las cortinas.

Ahora el ambiente estaba impregnado del aroma seco del rapé de su tío Arthur y del perfume pesado y almizclado de su tía Beatrice.

Sus tíos habían asumido la tutela con una presteza impecable ante los tribunales y la alta sociedad de Nueva York.

Arthur Sterling era un hombre de finanzas respetado en los círculos más exclusivos de la ciudad, un caballero de modales pulidos, oratoria sobria y una influencia política considerable en el Norte.

Beatrice, su esposa, vivía entregada a la rígida jerarquía social de la ciudad, obsesionada con las apariencias, la etiqueta y el mantenimiento de una fachada perfecta que no permitiera la menor fisura.

A decir verdad, a las hermanas Waverly no les faltaba nada en el aspecto material.

Residían en la opulencia que la inmensa fortuna de su padre permitía.

Al fin de cuentas, eran las únicas herederas de los Waverly.

Vestían los mejores tejidos traídos de Europa y disponían de un ejército de sirvientes a su servicio.

Pero el aire de la mansión se había vuelto denso, helado.

La calidez familiar había sido sustituida por una cortesía formal que rozaba la indiferencia.

Genevieve se decía a sí misma que debía ser agradecida; al fin y al cabo, sus tíos las habían acogido bajo su techo para evitar que dos huérfanas quedaran desamparadas ante la voracidad de la albacea.

Es tiempo de aceptarlo , se repitió Genevieve mientras cruzaba el pasillo con paso decidido.

Esta es nuestra vida ahora. Los tíos son distantes y fríos, pero estamos a salvo.

Descendió la amplia escalera de roble tallado, sus propios pasos hicieron eco sobre la alfombra persa.

Al llegar a la puerta de la biblioteca, no se molestó en llamar.

Empujó el doble portón de madera barnizada con la intención de sorprender a Clara y anunciar la excursión improvisada a Central Park.

—Señorita Featherstone, me temo que voy a raptar a su alumna por hoy... —comenzó a decir con una sonrisa que se congeló de inmediato en sus labios.

La biblioteca estaba en penumbra. Las pesadas cortinas de terciopelo verde apenas dejaban pasar un hilo de luz. Sentada junto a la mesa escritorio, con las manos cruzadas sobre el regazo y una rigidez casi cadavérica, la institutriz permanecía sola. No había libros abiertos ni pizarras preparadas.

La mujer dio un pequeño brinco al oír la voz de Genevieve y se puso en pie con una prisa torpe, ajustándose el cuello de encaje de su vestido negro.

—Señorita Genevieve... —murmuró la institutriz. Su voz sonó quebradiza, destilaba un nerviosismo impropio de su carácter metódico.

—¿Dónde está Clara? —preguntó Genevieve. Frunció el ceño mientras echaba un vistazo alrededor—. Se supone que esta es la hora de su lección.

La señorita Featherstone esquivó la mirada de inmediato.

Sus ojos volaron hacia la ventana y luego hacia la alfombra, buscando afanosamente un punto neutro en el que fijar la vista.

No era tonta. La rigidez de la mujer era producto del conocimiento del mundo, de saber que su suerte pendía de un hilo.

De un hilo llamado «las referencias de otros señores de alcurnia».

Una parte de ella agradecía que la providencia hubiera traído a la señorita Waverly a su puerta, así podía quitarse el malestar que la aquejaba desde hacía quince minutos.

—La... la lección de hoy ha sido cancelada, señorita.

—¿Cancelada? ¿Por qué motivo?

—El señor Sterling... el señor ha decidido hacerse cargo personalmente de la instrucción de la niña durante la mañana —explicó la mujer con rapidez, articuló las palabras con una prisa ensayada que, esperaba, transmitiera el verdadero mensaje—.

Ha manifestado que era un momento oportuno para una enseñanza práctica.

—¿Arthur? —Genevieve dio un paso hacia el centro de la estancia. Un extraño presentimiento, una punzada de inquietud helada, le recorrió la espina dorsal. La mirada de la señorita Featherstone le decía que esa inquietud era la sensación correcta—. ¿Qué clase de enseñanza práctica? ¿Dónde están?

—En la finca posterior... cerca del pabellón del lago artificial —contestó la institutriz en un susurro. Mantuvo los ojos clavados en el suelo—. El señor Sterling ha dicho... ha dicho que le enseñaría a nadar.

Genevieve parpadeó, incrédula.

—¿A nadar? —repitió, y una risa amarga y sin ganas se le escapó de la garganta—.

¿A nadar con estas temperaturas? Es mediados de otoño, señorita Featherstone.

El agua del estanque debe de estar helada.

Además... Clara sabe nadar perfectamente.

Papá nos enseñó a ambas en Newport cuando éramos pequeñas.

—El señor Sterling sostiene que la niña conserva un gran temor al agua tras la desgracia de sus padres —respondió la mujer, rígida como una estatua, sin atreverse a mirarla a la cara—. Dijo que una exposición al agua, bajo su atenta supervisión, la ayudará a perder el miedo.

Aquello no tenía ningún sentido. La explicación flotaba en el aire de la biblioteca como una falsedad grotesca.

Clara jamás le había tenido miedo al agua.

De hecho, de pequeña solía pasar horas en la bañera jugando, metiendo la cabeza bajo la superficie y aguantando la respiración.

Desde que sus padres les enseñaron a nadar, era la primera en lanzarse sin preocuparse por la profundidad.

Jamás había expresado el menor temor relacionado con el mar.

Lo único que la aterrorizaba era la idea de que sus padres hubieran sufrido en la oscuridad del océano.

Sin añadir una sola palabra, Genevieve dio media vuelta y salió de la biblioteca.

Aceleró el paso por el pasillo posterior que conducía a los jardines traseros de la propiedad.

La mansión Waverly contaba con un extenso terreno que culminaba en un pequeño lago ornamental, bordeado por arboles frondosos y rematado por un pabellón de madera de estilo griego que sirviente y familia utilizaban durante el verano como vestidor.