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Por Sheryl Thomas

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Prólogo

El aire de aquella noche de verano en la frontera tejana era espeso, seco, se sentía en la garganta como tierra seca.

Se olía, pese a ello, una tormenta lejana, aunque los lugareños ya habían aprendido que allí, en esas planicies áridas, las tormentas eran como los oasis en el desierto.

A veces ciertos, a veces, una mera ilusión.

No había truenos en el cielo, aún no. Lo que retumbó en la finca Westfall, poco después de la medianoche, fue el chasquido seco de las maderas del granero al ceder bajo una lengua rabiosa de fuego.

Para cuando Caleb Westfall saltó de la cama, alertado por el alboroto del ganado y el relincho aterrorizado de los caballos, la estructura central ya era una pira de vigas al rojo vivo.

—¡Caleb! ¡El granero!

El grito de Hosea Jackson rompió el estruendo de las llamas. El hombre corría desde las cabañas traseras, abrochándose a toda prisa los tirantes de los pantalones. Su rostro estaba iluminado por un resplandor cobrizo, que le otorgaba un aspecto aterrador.

Caleb se apresuró hacia el patio en descalzo, la camisa a medio abrochar, el cabello renegrido revuelto.

La luz del fuego cortaba la oscuridad de la noche.

El calor que emanaba de las maderas secas era un muro denso que golpeaba el pecho a metros de distancia y volvía el aire irrespirable.

Los establos ardían como si hubieran sido empapados en grasa.

Así debía sentirse el infierno.

—¡Los caballos! —bramó Caleb, con la voz desgarrada por la repentina ola de humo—. ¡Abran las trancas!

Thomas «Grizz» Redhawk ya estaba allí, luchando contra la madera ardiente del portón lateral.

Sus hombros anchos y su tez cobriza brillaban con el sudor.

Con un empuje salvaje, Grizz logró desencajar el pasador recalentado.

Se quemó las manos, pero no lanzó ni un solo quejido.

La desesperación era el motor que los empujaba a actuar.

Los caballos salieron en estampida, con los ojos desorbitados por el pánico, y desaparecieron en la penumbra del pastizal.

—¡No queda nada adentro, Caleb! —gritó Thomas.

Cubrió su rostro con el antebrazo en el instante en el que el techo del granero colapsaba hacia adentro en una lluvia espectacular de chispas y ceniza.

—¿Dónde empezó? —indagó Caleb. Intentaba de asimilar la velocidad del desastre. Aquello no era un fuego lento, había devorado el heno en cuestión de minutos—. ¿Dónde demonios empezó, Hosea?

—¡En la parte trasera! ¡Donde guardamos el grano!

—respondió Hosea, con los ojos inyectados en sangre por el humo punzante—.

Me pareció ver la luz de una lámpara encendida cerca del alero...

un resplandor pequeño antes de que todo explotara.

¡Pero no hay nada allí ahora! Toda la madera de ese lado se ha fundido, las maderas cayeron completas.

Si había una lámpara de aceite, el hierro se derritió entre la paja.

¡No sé si fue un accidente o si alguien le arrimó un fósforo!

Caleb no tuvo tiempo de procesar las palabras de Hosea. El estallido del granero había comenzado a lanzar ascuas gigantescas hacia la casa principal, impulsadas por una ráfaga de viento caliente. Las tejas de cedro de la fachada este empezaron a prenderse con una rapidez aterradora.

¡No! Miró derredor, buscando entre los pocos trabajadores a su hermana. ¡Tenía que estar allí!, tendría que haber salido alertada por los gritos y los ruidos.

Un pensamiento helado le atravesó las entrañas, lo lanzó del infierno del incendio al frío del ártico.

—Maeve... —murmuró Caleb.

Su hermana menor, de apenas quince años, dormía en la habitación del piso superior, justamente la que daba hacia el costado del granero. Pero ella había salido, ¿verdad?, había escapado fuera de la casa ni bien oyó el alboroto.

—¡Caleb, no entres ahí! ¡La estructura principal se está cayendo! —le gritó Chris Redfield, otro de los trabajadores. Se abrió paso entre el humo mientras arrastraba dos cubos de agua duramente conseguidos del pozo.

Caleb no escuchó. Ignoró los gritos de sus hombres y se abalanzó contra la puerta principal de la casa. El interior era un infierno de humo denso y negro que descendía desde el techo como una cortina pesada. La madera crujía sobre su cabeza con soplidos secos.

—¡Maeve! —bramó.

Subió los escalones de tres en tres, la tos le cerró el pecho. El aire le quemaba la garganta a cada bocanada.

Al llegar al descansillo, la puerta de la habitación de su hermana estaba entreabierta. El calor adentro era insoportable. Las cortinas habían desaparecido, reducidas a cenizas flotantes, y el marco de la ventana ardía en llamas vivas. Maeve no estaba en la cama.

La encontró tirada en el suelo, a medio camino entre la cama y la puerta, con la mano extendida hacia el pasillo. Tenía en las manos la vieja caja con recuerdos familiares, lo único que les quedaba de su pasado, de sus padres.

Había entrado a recuperarla y no había conseguido salir a tiempo. Había intentado escapar, pero la vorágine de humo la había alcanzado primero.

—¡Maeve! —Caleb se arrojó al suelo, sintió cómo el parqué ardiente le quemaba las rodillas a través del pantalón. La tomó en brazos. Estaba pesada, inerte. Sus mejillas estaban cubiertas de un hollín espeso y gris, y sus labios lucían secos, agrietados.

Caleb la pegó a su pecho y se giró para correr de regreso a las escaleras, pero en ese preciso instante, la viga maestra del techo de la planta alta no aguanto más. Se fracturó con un ruido similar al disparo de un cañón.

Un bloque enorme de madera encendida cayo de lleno sobre la parte izquierda de su cuerpo.

El impacto lo derribó sin previo aviso. El dolor fue inmediato, violento y brutal.

La viga recalentada le aprisionó el hombro, el cuello y el lado izquierdo del rostro contra el suelo ardiente.

La tela de su camisa se prendió fuego al instante, y el tejido de su propia piel comenzó a achicharrarse bajo el peso de la madera incandescente.

Un alarido inhumano brotó del pecho de Caleb. El olor a su propia carne quemándose le llenó la nariz mientras intentaba, con el brazo derecho, empujar el leño ardiente que lo aplastaba. El dolor era tan denso que la vista se le llenó de manchas rojas y negras.

Intentó clamar ayuda, por él, por su hermana. Su voz parecía volverse humo, unirse a las cenizas de la casa que con tanto esmero había construido.

Entre el fuego y las chispas que caían como lluvia torrencial, tres figuras se abrieron paso desesperadamente. Thomas, Chris Redfield y Hosea irrumpieron en el pasillo superior armados con las mantas pesadas del establo y los cubos de agua.

—¡Está atrapado! ¡Levanten esa viga! —bramó Thomas Redhawk.

Con la fuerza del desespero, Thomas y Chris se agacharon. Hicieron palanca con un trozo de madera gruesa debajo del leño ardiente. Hosea se arrojó al suelo al lado de Caleb.

—¡Sáquenlo! ¡Sáquenlo ya! —gritó Hosea.

Entre Thomas y Chris lograron alzar la viga unos centímetros, los suficientes para que Hosea agarrara a Caleb por el brazo sano y lo arrastrara con violencia fuera de la trampa. La tela de la camisa de Caleb se desprendió pegada a la madera ardiendo.

Su rostro y hombro izquierdo estaban envueltos en llamas.

—¡Apágalo! ¡Apágalo, Hosea! —clamó Chris Redfield. Hosea cogió uno de los cubos con agua y arrojó el contenido sobre la cabeza y el torso de Caleb.

El choque del agua fría contra la carne abrasada provocó una nube de vapor hirviente y un dolor tan lacerante que Caleb volvió a gritar hasta quedarse sin aire.

Thomas le arrojó encima una manta empapada, presionando sin piedad contra su mejilla y su hombro para ahogar las últimas brasas pegadas a la piel.

Caleb retorció el cuerpo en el suelo, sofocado por el dolor indescriptible de las quemaduras que le destruían los tejidos del rostro y el cuello.

—Ya está, Caleb, ya está... te tenemos —jadeó Hosea, en un temblor de rabia y agotamiento, mientras las manos se le llenaban de la grasa y el hollín de su patrón.

El fuego a su alrededor amenazaba con sepultarlos a los cuatro.

—Tenemos que salir de aquí. El techo completo se va a venir abajo —dijo Thomas con voz grave y urgente. Entre él y Chris levantaron a Caleb, cuyos pies apenas podían sostener el peso de su cuerpo agonizante.

—Maeve... —susurró Caleb entre dientes, sintiendo cómo la piel de la mitad de su cara se tensaba y abrasaba al contacto con el aire nocturno—. Mi hermana...

Chris Redfield se inclinó rápidamente y levantó el cuerpo liviano de la joven de quince años. La cargó sobre sus hombros mientras todos emprendían la carrera desbocada hacia las escaleras. Bajaron entre peldaños que ya crujían envueltos en llamas.

Salieron al patio a trompicones. En cuanto estuvieron a salvo, cayeron sobre la hierba seca a una distancia segura de la estructura que colapsaba tras de ellos. El aire de afuera se sentía ridículamente fría en comparación con el horno del que acababan de escapar.

Thomas acomodó el cuerpo de Caleb sobre la tierra. El joven ranchero apenas podía mantener la vista clara; la mitad de su cara ardía con un fuego interno que ningún cubo de agua podía sofocar, y el ojo izquierdo comenzaba a hinchársele violentamente por la inflamación del tejido destruido.

A su lado, Chris colocó suavemente el cuerpo de Maeve en la hierba.

Caleb, jadeando con dificultad, ahogado por el sufrimiento de sus propias heridas, giró la cabeza hacia el costado. Su rostro sano mostraba una desesperación absoluta; el otro lado era una máscara roja y carbonizada.

Extendió la mano temblorosa y tocó el brazo de su hermana.

Maeve yacía inmóvil. No tenía quemaduras visibles en la ropa ni en el rostro, pero sus rasgos estaban petrificados en una expresión de angustia. Al abrir suavemente la boca para buscar aire, de sus labios no salió aliento alguno, solo un hilillo de hollín denso y ceniza negra.

Caleb entendió la verdad de inmediato. La niña no había tenido oportunidad. El aire que había respirado en aquella habitación no era oxígeno, sino puro fuego y humo venenoso que le había abrasado los pulmones por dentro en cuestión de segundos.

—Maeve... —alcanzó a pronunciar Caleb, pero el nudo en su garganta y el dolor insoportable de sus quemaduras le impidieron articular palabra alguna.

Un sollozo desgarrador se le quedó atravesado en el pecho mientras la casa familiar de los Westfall terminaba de derrumbarse a sus espaldas. La luz, de un rojo sangriento, iluminó la figura de un hombre lisiado y roto, sobre la tierra donde acababa de perderlo todo.