Novia por correo Capítulo 14 #3
82%

Capítulo 14 #3

No hubo viento nuevo, ni ráfaga que lo explicara. Fue un frío repentino, denso, que se instaló entre las sombras del huerto como si algo hubiera absorbido de golpe todo el calor de las llamas cercanas. Genevieve sintió que el vello de los brazos se le erizaba, y no fue la única.

—¿Qué...? —Silas se detuvo a media frase, con la sonrisa congelada en los labios. Miró fijamente un punto detrás de Caleb y Thomas, un punto donde antes solo había oscuridad vacía.

Todos se giraron.

Entre las sombras del huerto, justo donde comenzaba la vieja senda que llevaba hacia el pozo, había una silueta pequeña. Una silueta que ninguno de ellos había visto jamás con sus propios ojos, pero que todos, de alguna manera imposible de explicar, reconocieron al instante.

Una niña. Delgada, de apenas quince años, envuelta en lo que parecía la tela pálida de un camisón antiguo, con el cabello suelto flotando como si una brisa invisible lo moviera, aunque el aire de alrededor permanecía completamente quieto.

No caminaba como camina un cuerpo sobre la tierra.

Se deslizaba, apenas rozando el suelo, y allí donde debía estar su rostro solo había una palidez difusa, imposible de enfocar del todo, como si la vista de quien la observara se negara a aceptar lo que tenía delante.

—Maeve —susurró Caleb, con la voz quebrada. Dio un paso involuntario hacia adelante.

La niña no se movió hacia él. Se movió hacia Silas.

—¡Esto es un truco! —bramó Silas. Retrocedió un paso, con la voz ya no tan firme como segundos antes—. ¡Algún ardid barato, alguna linterna, algún...!

La figura avanzó otro paso, silenciosa, imperturbable, y por primera vez desde que había llegado al rancho, Silas Vance perdió por completo la compostura calculada que lo había acompañado durante años de negocios turbios y amenazas veladas.

—¡Atrás! —gritó, con la voz aguda, quebrada por un pánico que no lograba disimular—. ¡Atrás, maldita seas, atrás!

Retrocedió un paso. Luego otro. La silueta pálida seguía avanzando hacia él con la misma cadencia serena, sin prisa, como si el tiempo mismo se hubiera vuelto irrelevante para ella.

Nadie más se atrevió a moverse. Caleb sintió que el corazón le latía con una fuerza que amenazaba con partirle el pecho, entre el terror y algo que se parecía peligrosamente a la esperanza. Genevieve le apretó la mano sin darse cuenta, incapaz de apartar la vista de la aparición.

—¡No te acerques! —chilló Silas, tropezó hacia atrás sobre sus propios pies, con el rostro desencajado por un pavor que ningún hombre de su posición debería haber mostrado jamás en público—. ¡Yo no te hice nada, niña! ¡Yo no estuve ahí esa noche, no fui yo quien...!

La figura ladeó la cabeza, un gesto pequeño, casi curioso, que pareció desatar en Silas una oleada final de terror ciego.

Retrocedió con tanta violencia que no calculó dónde ponía los pies.

La puerta trasera de la cocina, ya devorada casi por completo por las llamas, se encontraba justo detrás de él.

Su hombro chocó contra el marco encendido, y el grito de dolor que soltó se mezcló, de manera grotesca, con el crepitar constante del fuego.

—¡Silas, apártate de ahí! —gritó Thomas y dio un paso instintivo hacia adelante, incapaz de contenerse pese a todo lo que aquel hombre representaba.

Pero fue demasiado tarde.

Silas, cegado por el pánico, tropezó hacia atrás una vez más, buscando alejarse de la silueta que continuaba avanzando hacia él con una calma inalterable, y su cuerpo entero cruzó el umbral en llamas de la puerta trasera, directo hacia el interior de la cocina, donde el fuego ya había consumido buena parte del suelo de madera y las cortinas colgaban convertidas en jirones ardientes.

Un grito desgarrador, largo y agudo, resonó desde dentro de la casa, ahogado casi de inmediato por el rugido creciente de las llamas al encontrar aire fresco a través de la puerta abierta.

—¡Silas! —gritó Caleb, avanzó dos pasos hacia la entrada antes de que Hosea lo sujetara con fuerza por ambos brazos.

—¡No! —bramó Hosea, lo arrastró hacia él con toda la fuerza que le quedaba en el cuerpo—. ¡Es una trampa mortal ahí adentro, Caleb! ¡El techo puede caer en cualquier momento, no voy a dejar que entres a buscar a ese hombre para que termines como...!

No necesitó terminar la frase. Todos entendieron.

El grito desde el interior se cortó de golpe, sustituido por el crujido sordo de una viga cediendo entre las llamas.

Caleb se quedó paralizado en el patio, sujeto todavía por los brazos firmes de Hosea, con la mirada fija en la puerta envuelta en fuego por la que Silas Vance jamás volvería a salir.

Se giró despacio hacia el huerto, hacia el lugar donde la pequeña silueta pálida había estado apenas segundos antes.

Ya no había nada allí. Solo la oscuridad tranquila de la noche, y el frío repentino que la había acompañado, disolviéndose poco a poco entre el calor creciente del incendio.

—Vino a ayudarnos —murmuró Genevieve, con la voz temblorosa, apretando con fuerza la mano de Caleb—. Tal como dijo Clara. Vino a ayudarnos de verdad.