mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 39 #2
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Capítulo 39 #2

—No se negocia con el estómago vacío.

—No estoy negociando.

—Peor. Estás sintiendo.

Amparo levantó la vista.

—Hazle caso.

Nico cogió el pan.

—Sí.

Lucía no pudo evitar sonreír.

—Estás rodeado.

—Lo sé.

—Permitida.

—Gracias.

Después de comer, Amparo pidió volver a la bodega antes de marcharse. Su tren salía a última hora de la tarde, aunque Nico había intentado convencerla de quedarse una noche más y ella le había dicho que una mujer sabía cuándo irse si quería poder volver.

Lucía decidió no bordar la frase porque Amparo podría cumplir su amenaza y no volver.

Entraron las dos solas.

Amparo lo pidió así.

Lucía sintió el peso de la petición y la aceptó con un nudo en la garganta.

La bodega estaba recogida a medias. La mesa seguía en el centro, sin platos, sin lino, sin faroles encendidos. Solo la madera. El cuenco verde ya no estaba; Carmen lo había guardado envuelto en un paño blanco en la despensa.

Amparo caminó hasta su silla junto a la puerta y apoyó una mano sobre el respaldo.

—Buena silla —dijo.

Lucía se quedó junto a la mesa.

—Me alegra.

—No era fácil acertar.

—Lo sé.

Amparo la miró.

—Y aun así acertaste.

Lucía bajó la vista.

—No quería que te sintieras usada.

—No me sentí usada.

—Bien.

—Me sentí vista. Que es bastante más peligroso.

Lucía levantó los ojos.

Amparo tenía una expresión tranquila, pero no ligera.

—Cuando una ha trabajado en casas de otros —dijo—, aprende a estar y no estar.

A saber dónde se guardan las cosas, quién llora en qué habitación, quién bebe de más, quién finge no esperar cartas.

Lo sabes todo y, al mismo tiempo, eres parte del decorado.

Hasta que te vas. Entonces, a veces, ni decorado.

Lucía sintió vergüenza.

No una vergüenza que le perteneciera entera, pero sí una parte. La parte de una niña que había crecido con gente invisible haciendo visible la casa.

—Lo siento —dijo.

Amparo negó con la cabeza.

—No cargues con toda la vajilla rota, niña. No la rompiste toda tú.

—Pero comí en esa mesa.

—Claro. Eras una niña. Y luego una joven confundida. Y luego una mujer intentando no parecerlo.

Lucía soltó una risa pequeña.

—Eso último ha sido muy exacto.

—Tengo buen ojo.

Amparo se acercó a la mesa.

—Yo no vine para que nadie me pidiera perdón. Aunque Arturo lo hizo.

Lucía se quedó quieta.

No preguntó.

Amparo sonrió.

—Bien. Vas aprendiendo a no meter la mano en heridas ajenas.

—Me cuesta.

—A todos. A algunos más que a otros.

—¿Estás bien con lo que dijo?

Amparo acarició una marca de la madera.

—Dijo poco. Eso ayudó. No intentó convertirlo en una escena de hombre arrepentido con música. Dijo que fue injusto conmigo, con mi hijo y contigo. Dijo que confundió proteger con poseer. Dijo que no esperaba perdón.

Lucía sintió que algo se le apretaba en el pecho.

Arturo.

Su padre.

Llegando tarde, sí.

Pero llegando.

—¿Y tú?

Amparo miró la mesa.

—Le dije que el perdón no es una factura que se paga porque por fin se reconoce la deuda.

Lucía tragó saliva.

—Eso es muy bueno.

—Es muy incómodo, que es distinto.

—También.

—Y le dije que si quería hacer algo útil, dejara de decidir por la gente antes de que la gente hablara.

Lucía cerró los ojos.

—Gracias.

—No me las des. También se lo dije por mí.

Amparo se sentó en su silla.

Miró la puerta.

Luego a Lucía.

—Nico te quiere.

Lucía sintió que el suelo se movía.

No porque no lo supiera.

Porque en boca de Amparo sonaba menos romántico y más serio.

Más cotidiano.

Más real.

—Lo sé —dijo.

Amparo levantó una ceja.

Lucía se rio.

—No me mires así. Esa vez era mía.

—Bien.

—Ese bien se queda?

—No sé qué tontería es esa, pero sí.

Lucía sonrió.

Amparo se puso seria otra vez.

—Pero que te quiera no significa que tengas que darle todo lo que no supo pedir bien antes.

Lucía se quedó inmóvil.

—Ya.

—Y que tú lo quieras no significa que tengas que volver a la estación para recoger a la chica que se quedó esperando. A esa chica puedes abrazarla, pero no vivir con ella.

Lucía sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—Eso no es justo decirlo en una bodega.

—Pocas cosas justas se dicen en sitios cómodos.

Lucía soltó una risa húmeda.

Amparo le tendió un pañuelo que salió de algún bolsillo imposible.

—Toma.

—¿Siempre llevas pañuelos para frases devastadoras?

—Tengo un hijo. Claro.

Lucía se secó los ojos.

—Estoy intentando ir despacio.

—Lo sé.

—Él también.

—También lo sé.

—Me da miedo.

—Eso espero.

Lucía la miró.

—¿Cómo?

Amparo se recostó en la silla.

—El miedo no siempre avisa de que no vayas. A veces avisa de que mires bien dónde pisas.

Lucía miró la mesa.

La madera.

Las marcas.

La puerta.

—¿Y si piso mal?

—Pues corriges. Pides perdón. Te sientas. Comes algo. La vida suele ser menos elegante de lo que una imagina, pero insiste.

La frase sonó a Carmen y a Amparo a la vez.

Lucía sonrió.

—Tú y Carmen sois peligrosas juntas.

—Siempre lo fuimos.

—Me habría gustado conocerte mejor antes.

Amparo la miró con ternura seca.

—Me conociste. Lo que pasa es que eras joven y estabas ocupada queriendo a mi hijo contra una casa entera.

Lucía cerró los ojos.

—Lo quería mucho.

—Sí.

—Y ahora…

No terminó.

Amparo tampoco terminó por ella.

Gracias.

—Ahora pregúntate si lo quieres a él —dijo—. No al chico que no fue a la estación. No al hombre que volvió con culpa. A él, ahora. Al que trae destornilladores, cocina pasta y hace cara de entierro cuando su madre cruza un jardín.

Lucía rio entre lágrimas.

—Eso último es muy él.

—Desgraciadamente.

Lucía respiró.

—Creo que sí.

La frase salió pequeña.

Sin música.

Sin promesa.

Pero salió.

Amparo asintió.

—Entonces ya tienes bastante para hoy.

—¿Solo creo que sí?

—Niña, hay matrimonios enteros construidos sobre menos honestidad.

Lucía se rio.

Amparo se levantó.

—Vamos fuera. Si tardo más, Nicolás hará un agujero en el patio con la mirada.

Cuando salieron, Nico estaba en el patio.

No exactamente esperando.

Pero sí allí.

Amparo lo miró.

—¿Has hecho agujero?

—No.

—Mentira.

—Sí.

Lucía sonrió.

Nico la miró.

Vio sus ojos húmedos.

No preguntó.

Bien.

Amparo se acercó a él y le tocó la mejilla.

—Me voy en un rato.

—Puedo llevarte a la estación.

—Eso sí. No he dicho que fueras inútil.

—Gracias.

—Pero no conduzcas como si llevaras cristal. Me pone nerviosa.

—Lo intentaré.

Amparo lo abrazó.

Luego, de pronto, hizo un gesto a Lucía.

—Ven.

Lucía se acercó.

Amparo la abrazó también.

No como madre.

No como suegra.

No como símbolo.

Como Amparo.

—Cuidaos sin convertiros en enfermeros el uno del otro —dijo.

Nico cerró los ojos.

Lucía soltó una risa contra su hombro.

—Lo intentaremos.

—Intentad mejor.

—Sí.

A las cinco, Nico llevó a Amparo a la estación.

Lucía no fue.

No porque no quisiera despedirse, sino porque Amparo le había dado dos besos en el patio y había dicho:

—Tú quédate. Esta despedida es con mi hijo. Ya tendremos otras.

Otras.

Lucía se quedó con esa palabra.

La vio subir al coche con Nico, le hizo un gesto desde el porche y observó cómo se alejaban por el camino de grava.

No desaparecían.

Se iban.

Había diferencia.

Cuando el coche cruzó la verja, Arturo apareció junto a ella.

Lucía no lo había oído llegar.

—¿Está bien? —preguntó él.

Lucía lo miró.

—Ha dicho que sí.

Arturo asintió.

—Y tú?

Él tardó.

—No sé.

Lucía sonrió apenas.

—Respuesta estrella.

Arturo la miró sin entender.

—Nada.

Se quedaron en silencio.

El jardín estaba tranquilo. La bodega, a sus espaldas, seguía abierta. La casa de invitados recibía luz dorada en una ventana.

—Me ha dicho algo —dijo Arturo.

Lucía esperó.

—Que dejara de decidir por la gente antes de que la gente hablara.

Lucía bajó la mirada.

—Tiene razón.

—Sí.

—Duele?

—Mucho.

—Bien.

Arturo la miró.

Lucía sostuvo su mirada.

—Ese bien se queda.

Él respiró despacio.

—Supongo que sí.

Durante un momento, padre e hija miraron la verja por la que el coche se había ido.

—Yo también tengo que pedirte perdón sin intentar cerrar todo en una frase impecable —dijo Arturo.

Lucía sintió que el cuerpo se le tensaba.

—Papá…

—No ahora si no quieres.

Ella cerró los ojos.

Qué difícil era que la gente aprendiera justo cuando una ya se había acostumbrado a defenderse.

—Ahora puedes empezar —dijo.

Arturo no se volvió hacia ella del todo. Quizá porque mirarla directamente habría sido demasiado.

—No debí hablar con Nicolás por ti. No debí decidir que sabía mejor que tú lo que necesitabas. No debí tratar tu vida como una crisis que había que contener. Ni entonces, ni después, ni con tu trabajo, ni con Eduardo, ni con cada comentario sobre lo que era sensato.

Lucía sintió que las lágrimas, ya cansadas, volvían a aparecer.

—Vale.

—No espero que eso arregle nada.

—No lo hace.

—Lo sé.

Lucía sonrió entre lágrimas.

—Esa era tuya esta vez.