mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 39 #3
94%

Capítulo 39 #3

Arturo giró un poco hacia ella.

No sonrió.

Pero casi.

—Solo quería decirlo antes de volver a esconderme en contratos.

—Lo aprecio.

—Y también quiero decirte que el contrato de dirección de concepto será tuyo si lo quieres. Con o sin Alfonso. Con o sin inversión externa. Los Olivos necesita una dirección que yo no sé dar.

Lucía lo miró.

—Eso es mucho.

—Sí.

—¿Y si me equivoco?

Arturo respiró.

—Entonces será tu error.

La frase la golpeó.

No por dureza.

Por libertad.

Tu error.

Tu vida.

Tu riesgo.

Tu mesa.

Lucía se tapó la boca un segundo.

—Eso es lo más bonito y horrible que me has dicho nunca.

—No era exactamente mi intención.

—Por eso ha salido bien.

Arturo bajó la mirada.

—Estoy orgulloso de ti.

Lucía cerró los ojos.

No se rompió.

No como habría imaginado años atrás.

No se convirtió en niña.

No necesitó correr ni bromear ni lanzar una frase afilada para protegerse.

Solo respiró.

—Gracias —dijo.

Arturo asintió.

—Y siento haber tardado tanto.

Lucía miró la casa.

—Yo también.

No era perdón completo.

No todavía.

Pero era una puerta abierta sin música.

Una silla cerca.

Una salida a la vista.

Más tarde, Nico volvió de la estación.

Lucía estaba en la bodega, sola, guardando las últimas servilletas. Lo oyó entrar y no se giró enseguida.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí —dijo Nico—. Mi madre me ha amenazado con volver si cambiamos el cuenco de sitio.

Lucía sonrió.

—Entonces no lo cambiaremos.

—También me ha dicho que no condujera mi vida como si llevara cristal.

Lucía se volvió.

Nico estaba en la puerta, cansado, removido, pero sereno de una forma nueva.

—Es buena frase.

—Muy suya.

—¿Y tú?

Él entró despacio.

—Triste. Aliviado. Contento de que haya venido. Con miedo de lo que se ha abierto. Orgulloso de ella. Cansado de mi propia cara.

Lucía sonrió.

—Respuesta completa. Muy bien.

—¿Ese bien?

—Se queda.

Nico se acercó a la mesa.

—¿Y tú?

Lucía pensó en Amparo. En Arturo. En la frase “creo que sí”. En el contrato. En el orgullo llegando tarde. En la libertad de equivocarse.

—Igual —dijo—. Pero con más servilletas.

Nico rio bajo.

La bodega estaba vacía, cálida, con la luz del final de la tarde entrando por la ventana alta. Nadie los miraba. O eso esperaba Lucía. En Los Olivos nunca podía descartarse del todo a Mercedes.

Nico se acercó.

—Me gustaría besarte.

Lucía dejó las servilletas sobre la mesa.

—Hoy sí puedes subir el nivel de frase peligrosa.

Él la miró.

—¿Seguro?

Lucía asintió.

—Seguro.

Nico la besó.

No con urgencia.

No con cuidado excesivo.

Con una tristeza dulce de despedidas que no eran finales y con una alegría pequeña de volver a encontrarse en el mismo lugar sin repetir la escena antigua.

Lucía le rodeó el cuello y se acercó más.

La mesa de Amparo estaba a su lado.

La puerta, a la vista.

La casa, alrededor.

Nada se cerró.

Cuando se separaron, Nico apoyó la frente en la suya.

—Mi madre me dijo que no hiciera de enfermero emocional.

Lucía sonrió.

—A mí me dijo algo parecido.

—Entonces tendremos que cuidarnos de otra forma.

—Con comida?

—Carmen aprobaría.

—Con verdad?

—Más difícil.

—Con salida?

Nico abrió los ojos.

La miró.

—Siempre.

Lucía sintió que esa palabra se colocaba en algún sitio profundo.

Siempre.

No como promesa de anillo.

No como condena.

Como puerta abierta.

Como lo contrario a desaparecer.

—Ese siempre se queda —dijo.

Nico sonrió.

—No retirada.

Cenaron en el patio con los demás, menos Amparo, que ya viajaba hacia Valencia y había enviado un mensaje a Carmen que decía: “El cuenco se queda, pero vigilado.” Carmen lo leyó en voz alta con orgullo absurdo.

Arturo no habló de contratos.

Beatriz no movió ningún plato.

Jaime intentó convertir su exilio diplomático en título nobiliario.

Samira le dijo que la nobleza había caído por menos.

Mercedes brindó con agua, lo cual alarmó a todos hasta que confesó que solo estaba “probando una personalidad nueva” y pidió vino dos minutos después.

Lucía miró a su familia.

A Nico.

A la silla vacía junto a la puerta.

A la bodega abierta.

Y entendió que no todo lo importante se arregla en público.

Algunas conversaciones suceden en casas de invitados, lejos de quienes quieren oír.

Algunas disculpas llegan sin testigos suficientes para ser teatro.

Algunas decisiones no necesitan convertirse en anuncio.

Y algunas mesas, después de muchos años cerradas, no se curan porque todos se sienten alrededor una vez.

Se curan porque alguien decide no volver a guardarlas.

Esa noche, cuando subió a su habitación amarilla, Lucía dejó la puerta del balcón abierta un rato. El aire entró suave, con olor a olivo y piedra.

Nico le escribió desde algún lugar de la casa:

“¿Puedes leer?”

Lucía sonrió.

“Sí.”

“Mi madre ha llegado. Dice que Valencia sigue en pie y que Los Olivos no ha empeorado del todo.”

Lucía rio.

“Gran elogio.”

“Enorme.”

Otro mensaje.

“También dice que tú sabes escuchar muebles.”

Lucía miró la bodega a oscuras.

“Dile que estoy aprendiendo a escuchar personas también.”

Nico tardó.

“Dice que eso cuesta más.”

Lucía:

“Lo sé.”

Nico:

“Esa se queda.”

Lucía dejó el móvil sobre el pecho y miró la noche.

Sí.

Esa se quedaba.