Capítulo 39
Lo que no se arregla en público
A la mañana siguiente, Los Olivos amaneció más callada.
No tranquila.
Callada.
Había una diferencia.
La tranquilidad llega cuando no queda nada pendiente.
El silencio de aquella mañana, en cambio, estaba lleno de cosas esperando turno: copas por guardar, contratos por discutir, platos azules por embalar, una bodega que todavía olía a pan tostado y aceite, un cuenco verde bajo custodia de Carmen y una conversación entre Arturo Montoro y Amparo Salvatierra que todos fingían no estar esperando.
Todos, salvo Mercedes.
—Yo la estoy esperando abiertamente —anunció en la cocina, untando mantequilla sobre una tostada—. La hipocresía da arrugas.
Beatriz, sentada junto a Patricia, cerró los ojos.
—Mercedes, por favor.
—¿Qué? No he dicho que quiera escuchar. He dicho que quiero saber que ocurre. Son placeres distintos.
Jaime levantó la mano.
—Yo también quiero saber que ocurre sin escuchar. Lo llamo ética curiosa.
Samira, a su lado, le quitó el cuchillo de la mantequilla.
—Lo llamas así porque “cotilleo con barniz” suena peor.
—Tú siempre mejoras mis conceptos.
—Los reduzco a ceniza.
—Eso también es una forma de edición.
Patricia señaló a ambos con una tostada.
—Mi hijo va a nacer pidiendo silencio si seguís así.
Carmen dejó una cafetera sobre la mesa.
—Ese niño va a nacer sabiendo que en esta casa se come antes de opinar.
Lucía entró en la cocina justo a tiempo para oírlo.
—Eso debería estar en el escudo familiar.
—El escudo familiar necesita muchas correcciones —dijo Amparo desde la ventana.
Lucía se detuvo.
Amparo estaba allí, de pie, con una taza en la mano, mirando el jardín. Llevaba la misma chaqueta clara del día anterior, pero el vestido verde había sido sustituido por pantalón oscuro y una blusa sencilla. Parecía menos invitada y más dueña provisional de su sitio.
Nico estaba sentado a la mesa, demasiado quieto.
Cara intensa en versión desayuno.
Amparo ni siquiera tuvo que mirarlo para decir:
—Nicolás.
—No he hecho nada.
—Exacto. Eso también se nota.
Jaime señaló a Nico.
—Bienvenido al club de hombres delatados por la cara.
—No quiero pertenecer —dijo Nico.
—Nadie quiere. Es hereditario, social o fruto del carácter. En mi caso, las tres.
Samira murmuró:
—En tu caso es falta de supervisión temprana.
—Y ahora me supervisas tú.
—No te emociones.
Lucía cogió café y se sentó junto a Nico.
No demasiado pegada.
Tampoco lejos.
La nueva distancia pública.
Nico la miró.
Ella no preguntó si estaba bien.
Aprendía.
—¿Has dormido? —preguntó en su lugar.
—Horizontalmente —respondió él.
Lucía sonrió.
—Eso era mío.
—Te lo he robado.
—Muy grave.
—Puedo devolverlo.
—Ya no. Ahora está usado.
Amparo los miró por encima de la taza.
—Habláis como si las palabras fueran muebles.
—En esta casa, a veces pesan más —dijo Lucía.
Amparo inclinó la cabeza.
—Eso es verdad.
El comentario dejó un silencio breve, no incómodo del todo.
Entonces Arturo apareció en la puerta.
La cocina volvió a cambiar de temperatura.
No mucho.
Pero cambió.
Arturo llevaba camisa azul claro, sin chaqueta, lo cual en él equivalía casi a presentarse descalzo emocionalmente. Tenía una carpeta en la mano, aunque al ver a Amparo la dejó sobre una silla antes de entrar.
Lucía notó el gesto.
Nico también.
Amparo, por supuesto, también.
—Buenos días —dijo Arturo.
—Buenos días —respondieron varios.
Amparo giró hacia él.
—Arturo.
—Amparo.
Otra vez esos nombres.
Exactos.
Sin adornos.
Carmen puso una taza en la mesa, delante de Arturo, con un golpe seco.
—Café.
—Gracias, Carmen.
—No lo uses como escudo.
Jaime casi se atragantó con la tostada.
Mercedes sonrió con pura felicidad.
Arturo miró la taza.
Luego a Carmen.
—No lo haré.
Carmen asintió.
—Bien.
Ese bien, de Carmen, probablemente era el más difícil de ganar de toda la casa.
Arturo lo supo.
No sonrió, pero lo supo.
Amparo bebió un sorbo de café.
—Podemos hablar después de desayunar.
Nico dejó de mover la cuchara.
Lucía sintió el impulso de tocarle la rodilla bajo la mesa, pero no lo hizo. No sabía si era apoyo o si él necesitaba gestionar la ansiedad sin una mano que la nombrara.
Entonces Nico bajó la cuchara.
—Voy a revisar la bodega después de desayunar —dijo.
Amparo lo miró.
—Muy bien.
—Y no voy a preguntar nada.
—Milagro.
—Ni esperar en el pasillo.
—Doble milagro.
—Ni hacer cara intensa.
Amparo lo observó.
—No prometas imposibles.
Lucía soltó una risa.
Nico la miró con falsa traición.
—Estás de su parte.
—Siempre he sido una mujer de buen criterio.
—Eso es cierto —dijo Beatriz.
Lucía giró hacia su madre.
La frase había salido natural.
Pequeña.
Sin intención de reparar nada a lo grande.
Y quizá por eso la reparó un poco.
—Gracias —dijo Lucía.
Beatriz sonrió y volvió a su tostada.
La conversación entre Arturo y Amparo ocurrió en la casa de invitados.
Eso no lo decidió Arturo.
Tampoco Amparo.
Lo decidió Carmen.
—Si vais a hablar de lo que se cerró, hablad donde se cerró —dijo, recogiendo platos—. Pero abrid ventanas. Las habitaciones con pasado huelen peor si no corre aire.
Nadie discutió.
Ni siquiera Mercedes.
Aunque murmuró:
—Carmen acaba de escribir un tratado y ni siquiera ha usado papel.
A las once, Arturo y Amparo salieron por el jardín hacia la casa de invitados.
No juntos del todo.
No separados del todo.
Caminaban a la distancia prudente de dos personas que tienen demasiado pasado en común para fingir confianza y demasiada edad para perder tiempo en teatro inútil.
Nico los vio desde la bodega.
Lucía estaba a su lado, revisando una lista que no necesitaba revisión.
—No estoy mirando —dijo él.
—No he dicho nada.
—Pero ibas a pensarlo.
—Estoy intentando respetar tu proceso de negación.
Nico soltó aire.
—Gracias.
—De nada.
Él apartó la mirada de la ventana y volvió a la mesa.
—La luz de ayer funcionó.
—Sí.
—La entrada lateral también.
—Sí.
—La ventilación…
—Nico.
—Perdón. Me estoy refugiando en lo técnico.
—Lo sé.
Él la miró.
Lucía levantó un dedo.
—Permitido hoy.
Nico sonrió apenas.
—Gracias.
—Pero no me hables de filtros.
—Eso será difícil.
—Sé fuerte.
—No prometo imposibles.
Trabajaron.
O fingieron hacerlo.
Lucía revisó la lista de proveedores para la fase piloto, marcó tres puntos para discutir con Arturo al día siguiente y escribió “contrato dirección concepto” en mayúsculas, subrayado dos veces.
Nico ajustó una medición, cerró un informe y envió un correo al electricista.
Samira, en el patio, coordinaba con Beatriz el embalaje de las muestras sin dejar que ninguna de las dos llamara “ramitas” a las ramas.
Jaime trasladó cajas bajo vigilancia directa de Patricia, quien había descubierto que dar órdenes sentada era un placer que el embarazo justificaba de sobra.
Mercedes no hizo nada útil.
O eso parecía.
En realidad, se sentó en un punto estratégico desde el que podía impedir que nadie se acercara demasiado al camino de la casa de invitados con la excusa de estar “tomando el sol”.
—Control de perímetro —lo llamó.
Carmen la miró.
—Cotilleo sedentario.
—Cada una usa sus dones.
La conversación en la casa de invitados duró cuarenta y siete minutos.
Nico no los cronometró.
Lucía tampoco.
Jaime sí.
—Cuarenta y siete minutos —susurró al entrar en la bodega con una caja de faroles—. Por si alguien valora datos.
Samira, detrás, le dio un golpe en el brazo.
—Nadie te pidió métricas emocionales.
—Estoy aportando estructura.
—Estás aportando ansiedad con formato.
Nico lo miró.
—Jaime.
Jaime levantó las manos.
—Me retiro. Cuarentena diplomática retomada.
Cuando Arturo y Amparo volvieron, nadie preguntó.
Ese fue quizá el mayor logro colectivo de la familia Montoro en varias generaciones.
Amparo entró primero en el patio. Llevaba los ojos algo rojos, pero la espalda recta. Arturo venía detrás, más pálido de lo habitual y sin carpeta, lo que resultaba casi indecente. Los dos se detuvieron junto a la fuente.
Carmen salió de la cocina con dos vasos de agua.
No café.
No vino.
Agua.
Los dejó en una mesa lateral.
—Bebed —dijo.
Amparo cogió uno.
Arturo el otro.
—Gracias —dijo Amparo.
—Luego coméis —añadió Carmen.
—Por supuesto.
Nico no se movió.
Lucía estaba a medio metro de él. Notó el esfuerzo en su cuerpo, como una cuerda tensada hasta lo justo antes de romper.
Amparo lo miró.
—Nicolás.
—Sí.
—Estoy bien.
Él respiró.
No dijo “lo sé”.
No dijo “seguro”.
No cruzó el patio.
—Me alegro de oírlo —respondió.
Amparo sonrió.
—Aprendes.
Arturo miró a Nico.
No con triunfo.
No con vergüenza.
Con cansancio honesto.
—Hemos hablado —dijo.
Nico asintió.
—Bien.
Amparo dio un sorbo de agua.
—No os voy a contar la conversación.
Jaime, desde el otro lado del patio, bajó lentamente la mano que acababa de levantar.
Samira le susurró:
—Ni se te ocurra.
—Era una mano de apoyo.
—Era una mano de cotilla.
—Las dos cosas pueden convivir.
Amparo lo oyó.
—Jaime.
—Sí, Amparo.
—Come algo.
—Sí, Amparo.
Carmen miró a Amparo con aprobación.
—Tú también podrías dirigir el país.
—No tengo paciencia.
—Yo tampoco.
—Por eso funcionaría.
La tensión se aflojó con una risa pequeña.
Pero Lucía vio que su padre seguía quieto, mirando hacia la casa de invitados como si acabara de dejar algo allí. Algo que no podía llevarse ni terminar de soltar.
Beatriz se acercó a él.
No lo tocó.
Solo se colocó a su lado.
Arturo la miró.
Beatriz le sostuvo la mirada.
—Luego —dijo ella.
Arturo asintió.
Ese luego llevaba años esperando.
Lucía no supo si alegrarse o esconderse detrás de una silla.
Eligió respirar.
La comida fue sencilla y rara.
La conversación pública no tocó lo sucedido, pero todo el mundo lo sabía alrededor.
Amparo habló de Valencia con Patricia. Mercedes contó una anécdota improbable sobre un verano en el que un invitado confundió una capilla con una bodega y acabó rezando ante una barrica.
Jaime intentó ayudar sirviendo agua y derramó parte sobre su propia servilleta.
—Me he salvado a mí mismo de una mancha futura —dijo.
Samira lo miró.
—Tu optimismo es agotador.
—Y aun así, aquí sigues.
—Por las aceitunas.
—Claro.
Nico comió poco.
Carmen lo vio.
Por supuesto.
Le puso más pan.