mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 38 #3
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Capítulo 38 #3

Arturo estaba junto a la entrada de la bodega, hablando con Alfonso por teléfono ya de camino o quizá escuchando un mensaje. Al colgar, se acercó a Lucía.

—Mañana hablaremos de contrato.

—Mañana.

—Hoy no.

Lucía lo miró, sorprendida.

—¿Seguro?

—Carmen me ha amenazado.

—Sensata.

Arturo bajó la mirada un segundo.

—Has dirigido bien.

Lucía tragó saliva.

—Gracias.

—No solo la presentación. La casa.

Ella no supo qué decir.

Arturo tampoco pareció esperar respuesta.

—Tu abuelo habría fingido que no estaba impresionado —añadió.

Lucía soltó una risa pequeña.

—Muy Montoro.

—Mucho.

—¿Y tú?

Arturo sostuvo su mirada.

El silencio duró lo justo.

—Yo no quiero fingirlo.

Lucía sintió que el patio se movía un poco.

No por amor fácil.

Por reparación pequeña.

Por una frase que llegaba tarde, sí, pero llegaba.

—Gracias —dijo.

Arturo asintió.

Luego miró hacia la bodega.

Amparo seguía dentro.

Sola, de pie junto a la mesa, con una mano sobre el respaldo de su silla.

Arturo la observó desde fuera.

No entró.

Todavía no.

Lucía vio el esfuerzo.

También lo vio Nico, que estaba al otro lado del patio.

Amparo salió al cabo de unos minutos con el cuenco verde en las manos.

—Lo dejo aquí hasta que termine la fase piloto —dijo.

Lucía se acercó.

—¿Seguro?

—No lo digo dos veces.

—Entonces sí.

Amparo le tendió el cuenco a Carmen, no a Lucía.

—Tú sabrás guardarlo.

Carmen lo tomó con seriedad.

—Sí.

Nico se acercó a su madre.

—¿Estás bien?

Amparo lo miró.

Él cerró la boca.

—Perdón. Reformulo. ¿Quieres algo?

Amparo sonrió.

—Agua. Y que no me mires como si hubiese cruzado un océano a nado.

—Ha sido bastante más difícil que venir en tren.

—Eso sí.

Nico fue a por agua.

Amparo miró a Lucía.

—Lo has abierto bien.

Lucía sintió que el cansancio se le acumulaba detrás de los ojos.

—La casa?

—La mesa. La casa. A algunos de ellos. A ti.

Lucía bajó la mirada.

—No sé si tanto.

—No hace falta saberlo mientras sucede. A veces basta con no cerrarlo de golpe.

Mercedes apareció junto a ellas.

—Amparo, querida, si sigues diciendo frases así, voy a tener que bordarte en algo.

—Hazlo y no vuelvo.

—Qué carácter.

—Qué amenaza tan débil.

Lucía rio.

La tarde empezó a caer.

Los Olivos estaba lleno de restos: servilletas, copas, platos, faroles apagándose, carpetas cerradas, migas sobre una mesa que ya no parecía reliquia sino lugar. La casa no se había roto al abrirse. Tampoco se había curado del todo.

Había respirado.

Eso era suficiente para un día.

A las ocho, después de recoger lo imprescindible, Lucía salió al jardín lateral. Necesitaba estar sola un momento.

No llegó a conseguirlo.

Nico apareció dos minutos después.

—¿Puedo?

Ella no giró.

—Puedes.

Él se colocó a su lado, mirando la bodega desde fuera.

—Has estado extraordinaria —dijo.

Lucía cerró los ojos.

—Frase peligrosa.

—Sí.

—No retirada?

—No retirada.

Ella sonrió.

—Gracias.

Nico apoyó los brazos sobre la barandilla baja.

—Mi madre ha dejado el cuenco.

—Lo sé.

—Eso significa mucho.

—Sí.

—Arturo quiere hablar con ella mañana.

Lucía lo miró.

—¿Te lo ha dicho?

—Me ha dicho que le preguntará si quiere. Sin mesa delante.

—Eso es bueno.

—Sí.

—¿Tienes miedo?

Nico soltó una risa baja.

—Mucho.

—¿Quieres gestionarlo?

—Muchísimo.

—¿Lo vas a hacer?

—No.

Lucía apoyó su hombro contra el de él.

Un gesto pequeño.

Público si alguien miraba desde la casa.

No le importó.

Nico se quedó quieto un segundo, luego relajó el cuerpo.

—Eso está muy bien —dijo ella.

—Eso intento creer.

—Yo lo creo por ti de momento.

Nico la miró.

La luz del atardecer le dejaba los ojos demasiado claros.

—¿Puedo besarte? —preguntó.

Lucía miró hacia la casa.

Podía haber alguien.

Probablemente había alguien.

Mercedes seguro.

Por primera vez, la posibilidad de ser vista no convirtió el gesto en teatro.

—Sí —dijo.

Nico la besó en el jardín lateral, con la bodega detrás y la casa abierta a medias.

No fue un beso largo.

No hizo falta.

Fue suficiente para que Lucía sintiera que ya no escondía a Nico en los huecos.

Cuando se separaron, desde una ventana cercana llegó la voz de Mercedes:

—¡Por fin algo de coherencia romántica!

Lucía cerró los ojos.

—La voy a matar.

Nico apoyó la frente en su hombro y se rio.

Desde otra ventana, Carmen gritó:

—¡Primero cenáis!

Amparo añadió desde algún lugar del patio:

—¡Y tú, Nicolás, no hagas cara intensa!

Jaime, por supuesto:

—¡Confirmo canon!

Lucía se tapó la cara con las manos.

—Mi vida es una tragedia con catering.

Nico la abrazó por detrás, riéndose contra su pelo.

—Y buena ventilación.

Ella se giró lo justo para mirarlo.

—Suspendida.

—No retirada.

Entraron a cenar con la familia haciendo como que no había visto nada y fracasando de forma colectiva.

Esa noche, la mesa del patio estuvo menos ordenada que la bodega.

Más ruidosa.

Más imperfecta.

Más real.

Amparo se sentó cerca de la salida, pero no tanto como al principio.

Beatriz le pasó el pan sin preguntar demasiado.

Arturo no habló de contratos.

Jaime intentó brindar y Carmen se lo impidió hasta que todos tuvieron comida.

Samira aceptó sentarse junto a él “por motivos de control de daños”.

Mercedes declaró que la casa estaba mucho más interesante desde que todo el mundo había dejado de fingir bien.

Lucía miró a Nico al otro lado de la mesa.

Él la miró también.

No había anillo.

No había promesa grande.

No había final cerrado.

Pero la invitación correcta había llevado a una mesa abierta.

Y en esa mesa, por primera vez, Lucía no sintió que tuviera que inventarse una vida para ocupar su sitio.

Ya estaba allí.

Con su nombre.

Con su voz.

Con una silla propia.

Y con la puerta, por si acaso, a la vista.