mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 37 #2
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Capítulo 37 #2

Arturo se acercó al plano.

—¿Dónde estoy?

Lucía señaló una silla lateral.

Arturo la miró.

Luego a ella.

—Eso está muy lejos del centro.

—Exacto.

Nico bajó la cabeza para esconder una sonrisa.

Amparo no se molestó en esconderla.

Arturo respiró.

—De acuerdo.

Lucía parpadeó.

—¿Así de fácil?

—He decidido no discutir sillas simbólicas con una profesional.

Mercedes se llevó una mano al pecho.

—Que alguien lo escriba. Arturo Montoro ha reconocido simbolismo y profesionalidad en la misma frase.

Beatriz, esta vez, sí se rió.

Pequeño.

Pero risa.

Arturo miró a Mercedes.

—No lo conviertas en teatro.

—Querido, si no quisieras teatro, no habrías nacido en esta familia.

Amparo murmuró:

—Eso es verdad.

El aire se aflojó.

No del todo.

Nunca del todo.

Pero lo suficiente para seguir.

A la una y media, Carmen apareció en la puerta.

—Comida.

—Estamos en medio de… —empezó Lucía.

Carmen la miró.

Lucía cerró la carpeta.

—Comida.

—Aprendes.

Comieron en el patio cubierto, no en la cocina ni en el comedor. Otra solución intermedia. Suficientemente informal para no parecer ceremonia, suficientemente amplia para que nadie se sintiera atrapado.

La mesa de la comida fue otro ensayo de la mesa abierta, aunque nadie lo dijo.

Amparo eligió una silla con vista al jardín y salida lateral.

Nico se sentó frente a ella, no al lado, porque ella lo miró antes de que intentara lo contrario.

Lucía quedó entre Beatriz y Mercedes. Arturo se sentó en un lateral, obedeciendo la nueva geografía familiar.

Carmen entraba y salía con platos, corrigiendo silencios con comida.

—Esto está buenísimo —dijo Lucía al probar el guiso.

—Claro —dijo Carmen.

—Ni falsa modestia.

—¿Para qué?

Amparo levantó la cuchara.

—Carmen nunca tuvo tiempo para tonterías. Por eso sigue viva y los demás seguimos aprendiendo tarde.

—Tú tampoco ibas corta —respondió Carmen.

—Yo tenía más plantas. Ayudan.

Nico sonrió a su plato.

Lucía lo vio.

También vio que él se permitió sonreír sin mirar a su madre cada tres segundos. Progreso.

Beatriz preguntó a Amparo por Valencia.

No por educación vacía.

Con interés real.

Amparo habló de su terraza, de una vecina que robaba albahaca, de un gato que no era suyo pero opinaba desde la ventana, de cómo las plantas no perdonaban la prisa pero sí la torpeza si una regaba a tiempo.

—Eso lo voy a usar —dijo Mercedes.

—No lo pongas en una servilleta —dijo Carmen desde la puerta.

Lucía soltó una carcajada.

Arturo, incluso Arturo, sonrió.

A mitad de la comida, Jaime llegó con Patricia.

—¡Llego tarde por culpa de un semáforo filosófico! —anunció desde el patio.

Patricia apareció detrás, una mano sobre la barriga.

—Llega tarde porque se ha cambiado de camisa tres veces.

Jaime se detuvo al ver a Amparo.

Su teatralidad se suavizó.

—Amparo.

—Jaime.

Él se acercó y la besó con cariño.

—Estás igual.

Amparo lo miró con severidad.

—Eso es mentira y mala.

—Estás mejor.

—Eso es mentira y amable. La acepto.

Patricia abrazó a Amparo.

—Me alegra mucho verte.

—Y a mí verte así —dijo Amparo, tocándole apenas el brazo—. Aunque espero que ese niño herede algo menos de Jaime que la tendencia a entrar haciendo ruido.

—Eso esperamos todos —dijo Patricia.

Jaime señaló una silla.

—¿Mi exilio sigue vigente?

Lucía asintió.

—Completamente.

—Me siento perseguido.

Samira entró justo detrás de ellos, con una caja de ramas y flores secas.

—Porque eres perseguible.

Jaime giró.

—Samira.

—Jaime.

—Has venido.

—No por ti.

—Nadie viene por mí últimamente. Estoy desarrollando resiliencia.

Amparo miró a Samira.

—Tú eres la de las flores.

—Entre otras catástrofes.

—Buena respuesta.

Samira sonrió.

—Gracias.

Mercedes se inclinó hacia Amparo.

—Estos dos todavía no saben que discuten como gente que se gusta.

Jaime tosió.

Samira dejó la caja en el suelo.

—Mercedes, usted y yo vamos a tener una conversación sobre límites.

—Me encantan las conversaciones que no pienso obedecer.

Amparo rio.

Y, de pronto, la mesa estaba llena.

No perfecta.

No tranquila.

Llena.

Lucía miró alrededor.

Beatriz hablando con Patricia. Arturo escuchando a Carmen explicar algo del servicio. Mercedes y Amparo compartiendo una risa con filo. Jaime intentando impresionar a Samira y fracasando con entusiasmo. Nico al otro lado de la mesa, mirándola.

No como falso prometido.

No como coartada.

No como problema.

Como Nico.

Ella sostuvo la mirada un segundo.

Luego dos.

Nico levantó apenas la ceja.

¿Bien?

Lucía sonrió.

Bien.

Ese bien se quedaba.

Por la tarde, el trabajo se intensificó.

Samira tomó control de la atmósfera con una precisión que hizo que incluso Beatriz la obedeciera sin resistencia.

Las ramas secas fueron al lateral, nunca al centro.

Los platos azules se probaron con lino gris verdoso.

El cuenco verde de Amparo quedó a un lado de la mesa, acompañado por un pequeño plato de aceitunas, decisión de Carmen y aprobación silenciosa de todos.

—No parece decoración —dijo Amparo.

Lucía se acercó.

—¿No?

—Parece que alguien va a sentarse.

Lucía sintió que esa era la mejor crítica posible.

—Eso quería.

Amparo la miró.

—Lo has hecho bien.

Lucía tragó saliva.

—Gracias.

—No pongas esa cara. No voy a adoptarte porque ya tengo bastante con uno.

Nico, desde la luz lateral, levantó la cabeza.

—Estoy delante.

—Lo sabemos —volvieron a decir Lucía y Mercedes.

Samira añadió:

—Y se nota.

Jaime murmuró:

—Aquí nadie tiene piedad.

—Tú menos que nadie —dijo Patricia.

A las seis, Alfonso confirmó por mensaje su asistencia con tres invitados. Eduardo vendría también. La mesa abierta sería el jueves. Tres días.

Tres días para terminar montaje, confirmar cocina, ajustar relato, revisar técnica y preparar a una familia que seguía siendo capaz de convertir cualquier sobremesa en un incendio si no se la alimentaba a tiempo.

Lucía sintió la presión en la nuca.

Nico apareció a su lado sin invadir su espacio.

—Respira.

—Estoy respirando.

—Funcionalmente.

—No me audites los pulmones.

—Nunca.

Ella miró la bodega.

—Tres días.

—Sí.

—Va a salir bien?

—Sí.

—No por fe.

—Por trabajo.

Lucía giró hacia él.

—Has aprendido la respuesta correcta.

—Me interesa sobrevivir.

—Y?

Nico sonrió apenas.

—Y creo en ti.