Capítulo 37
Llegar sin esconderse
Lucía llegó a Los Olivos el lunes a las diez y doce con una carpeta rígida, dos bolsas de muestras, una caja de platos azules y la sensación muy poco profesional de que el corazón se le había adelantado por el camino y ya estaba esperando dentro de la bodega.
Había conducido sin música durante los primeros veinte minutos.
Luego había puesto música.
Luego la había quitado.
Luego la canción de Lisboa había aparecido en modo aleatorio, porque el universo seguía teniendo un gusto pésimo para la sutileza.
Esta vez no la apagó.
Tampoco lloró.
Cantó una frase mal, se equivocó de letra, se rió sola y siguió conduciendo.
Eso, decidió, contaba como avance.
Al cruzar la verja de Los Olivos, la finca apareció igual que siempre y distinta a todo. Blanca, quieta, con los olivos bajo el sol de media mañana y los caminos de grava dibujando una bienvenida que ya no sabía si era advertencia o invitación.
Lucía aparcó junto al lateral de servicio.
No delante.
Había heredado de Nico la manía de evitar simbolismos evidentes en lugares llenos de simbolismo.
Apagó el motor.
Respiró.
—No estás volviendo a una mentira —se dijo.
La frase ayudó.
Un poco.
Sacó las bolsas, la carpeta y la caja de platos. Al intentar cerrarlo todo con el codo, casi se le cayó una muestra de lino, lo cual habría sido muy elegante si no estuviera sola.
—Dirección de concepto —murmuró—. Nivel: pulpo con ansiedad.
La puerta de servicio se abrió.
Nico apareció.
Por supuesto.
Jersey gris, vaqueros, pelo ligeramente revuelto, una taza en la mano y esa cara intensa que su madre le había pedido expresamente que no hiciera.
Lucía lo vio y el cuerpo decidió que la profesionalidad podía esperar tres segundos.
Solo tres.
—Hola —dijo él.
—Hola.
Se quedaron mirándose.
No en una bodega.
No en un restaurante.
No en su estudio.
En Los Olivos.
Otra vez.
Pero no igual.
Nico dejó la taza en el alféizar y bajó los dos escalones hacia ella.
—¿Te ayudo?
Lucía miró la caja, las bolsas y la carpeta.
—Podría decir que no por orgullo, pero acabo de pelearme con un lino y he perdido.
—Entonces sí.
Nico cogió la caja de platos.
Sus dedos rozaron los de ella.
No fue nada.
Fue muchísimo.
Lucía sostuvo la carpeta contra el pecho.
—¿Cómo está todo?
—Técnicamente o emocionalmente?
—Me arrepiento de preguntar.
—Técnicamente, casi listo. Emocionalmente, Carmen está al mando, así que nadie ha muerto.
—Eso tranquiliza.
—Mi madre está en la bodega.
Lucía se quedó quieta.
—¿Ahora?
—Sí. Lleva allí media hora diciendo que no está supervisando.
—Eso suena genético.
—Mucho.
Lucía miró hacia el pasillo de servicio.
—¿Y tú?
Nico bajó la vista a la caja.
—Estoy intentando no esperarte en la puerta con cara intensa.
—Has fracasado.
—Sí.
—No retirada?
—No retirada.
Lucía sonrió.
Él también.
No se besaron.
No allí, no en la entrada de servicio, no con Carmen seguramente oliendo cualquier gesto desde la cocina como un radar alimentario.
Pero Nico inclinó apenas la cabeza hacia ella y dijo en voz baja:
—Me alegra que hayas llegado.
Lucía sintió que se le aflojaba algo por dentro.
—A mí también.
Frase peligrosa.
No retirada.
Entraron por la cocina.
Carmen estaba sacando bandejas, revisando una lista y vigilando tres ollas a la vez con la autoridad de una general en campaña.
—Ya era hora —dijo sin mirar.
Lucía levantó la carpeta.
—Son las diez y cuarto.
—Exacto.
—No sabía que tenía hora Carmen.
—Siempre tienes hora Carmen.
Nico dejó la caja en una mesa auxiliar.
—Trae platos.
Carmen por fin miró.
—¿Más platos?
—Son los azules —dijo Lucía.
—Entonces pasan.
—Me alegra haber superado el control fronterizo.
Carmen se acercó, cogió la caja y la abrió con precisión. Revisó un plato.
—Bien.
Lucía miró a Nico.
—Ese bien no me atrevo a tocarlo.
—Nadie debería —dijo él.
Carmen los miró a ambos.
—¿Habéis desayunado?
—Sí —respondieron a la vez.
Carmen entrecerró los ojos.
—Qué coordinación tan sospechosa.
—Yo tostada —dijo Lucía.
—Yo pan —dijo Nico.
—Poco —sentenció Carmen.
Sacó dos trozos de bizcocho y los puso delante de ellos.
—Comed antes de entrar en la bodega. Allí hay demasiada emoción y poca glucosa.
Lucía miró el bizcocho.
—Voy a acabar asociando todos mis traumas a repostería.
—Mejor que a hombres —dijo Carmen.
Nico tosió.
Lucía se echó a reír.
Carmen no sonrió, pero sus ojos sí.
—Amparo está allí? —preguntó Lucía.
—Sí. Y Mercedes también.
Lucía se detuvo con el bizcocho a medio camino.
—¿Mercedes ya?
—Mercedes nunca llega. Aparece.
—Eso es cierto.
—Beatriz está con ellas. Arturo en la biblioteca. Jaime ha llamado tres veces para preguntar si su exilio diplomático sigue vigente. Patricia llegará por la tarde.
Lucía respiró.
El mapa familiar ya estaba activado.
—Bien.
—Ese bien lo digo yo —dijo Carmen.
—Correcto.
Lucía comió el bizcocho porque discutir habría sido inútil y porque estaba buenísimo, maldita fuera.
Luego caminó hacia la bodega con Nico a su lado.
No demasiado cerca.
No demasiado lejos.
La distancia nueva.
La que todavía estaban aprendiendo.
Al llegar al umbral, Lucía se detuvo.
La bodega estaba abierta, fresca, iluminada por una luz suave que entraba desde arriba y por los faroles aún apagados colocados estratégicamente en las paredes.
La mesa de Amparo ocupaba el centro, descubierta, más hermosa que en la prueba anterior porque ya no parecía un hallazgo: parecía una decisión.
Sobre ella, a un lado, había un cuenco verde.
Pequeño.
Irregular.
Con una grieta visible.
Lucía lo vio antes que a las personas.
Y entendió.
Amparo estaba sentada junto a la puerta.
Exactamente donde el plano la había colocado.
No apartada.
No en el centro.
Con salida.
Llevaba un vestido verde oscuro y una chaqueta clara, como en la foto que Nico le había enviado mentalmente sin enviarle ninguna foto.
Mercedes ocupaba una silla cercana, abanico en mano, demasiado contenta para ser segura.
Beatriz estaba de pie junto a la mesa con una libreta, pero no escribía. Solo escuchaba.
Amparo levantó la vista.
Lucía sintió, de pronto, una timidez absurda.
—Hola —dijo.
Amparo la miró de arriba abajo.
—Ay, niña.
Dos palabras.
Suficiente para que la bodega cambiara de temperatura.
Lucía sonrió.
—Me alegra mucho verte.
—Eso está mejor que “gracias por venir”. La gente da las gracias como si una hubiese hecho un favor y no una elección.
Lucía asintió.
—Me alegra que hayas elegido venir.
Amparo la observó un segundo.
Luego sonrió.
—Mejor todavía.
Mercedes cerró el abanico.
—Yo también estoy aquí, por si alguien quiere alegrarse.
Lucía la miró.
—Tía Mercedes, tu presencia se da por supuesta como los impuestos y el drama.
—Qué bonito. Casi afectuoso.
Beatriz se acercó a Lucía.
No la abrazó de inmediato.
La miró primero.
Como preguntando sin preguntar.
Lucía dio un paso y la abrazó ella.
Beatriz respiró contra su hombro.
—Hola, cariño.
—Hola, mamá.
—He traído servilletas. Pero no las he sacado.
—Eso es enorme.
—Lo sé.
Mercedes levantó el abanico.
—Beatriz lleva toda la mañana sin intervenir en una mesa. Estoy considerando llamar a un médico.
—Mercedes —dijo Beatriz.
—¿Ves? Sigue viva.
Amparo soltó una risa.
Lucía miró hacia Nico.
Él estaba en el umbral con la caja de platos en las manos. Observaba la escena como si quisiera entrar y no entrar a la vez.
Amparo lo vio.
—Nicolás, deja esa caja antes de que conviertas los platos en metáfora.
Nico obedeció.
—Sí, mamá.
Mercedes se inclinó hacia Lucía.
—Me fascina verlo reducido a hijo. Muy educativo.
—A mí también —susurró Lucía.
Nico la oyó.
—Estoy delante.
—Lo sabemos —dijeron Lucía y Mercedes a la vez.
Amparo sonrió.
—Muy bien. Esta casa necesitaba más mujeres coordinadas y menos hombres decidiendo pasillos.
Beatriz bajó la mirada a la mesa.
No dolida.
Pensativa.
Lucía lo notó.
Amparo también.
Pero no empujó.
Nadie empujó.
Eso, en Los Olivos, seguía siendo casi milagroso.
Durante la siguiente hora, la bodega se convirtió en trabajo.
Trabajo real.
Y eso ayudó a todos.
Lucía abrió la carpeta, sacó el plano, colocó fichas y empezó a revisar posiciones.
Nico comprobó iluminación lateral. Beatriz sacó servilletas solo cuando Lucía le pidió verlas.
Mercedes probó tres sillas hasta declarar que la segunda era “apta para observar sin sufrir”.
Amparo no se movió mucho de su sitio, pero cada vez que hablaba, acertaba.
—Esa luz da en los ojos de quien se siente ahí —dijo, señalando una silla lateral.
Nico miró el punto.
—Tiene razón.
—Claro que tengo razón. He limpiado esta sala con más soles entrando por esa ventana de los que tú has visto planos.
Nico bajó la luz.
Lucía apuntó.
—Movemos a Alfonso una silla.
Mercedes levantó el abanico.
—Siempre es buena idea mover a Alfonso lejos de cualquier iluminación favorecedora. Luego se cree protagonista.
Beatriz tosió para esconder una risa.
Amparo la miró.
—Puedes reírte. No se rompe nada.
Beatriz sonrió.
—Estoy reaprendiendo eso.
—Bien.
Ese bien de Amparo tuvo una autoridad que incluso Carmen habría respetado.
A mediodía, Arturo apareció en la bodega.
Lucía lo vio antes de que entrara del todo.
Su padre se detuvo en el umbral, como si hubiera aprendido algo de las puertas. No entró mandando. No preguntó por avances con tono de inspección. No fue directo a la mesa.
Miró primero.
A Lucía con el plano.
A Nico junto a la luz.
A Beatriz con servilletas en la mano.
A Mercedes en su silla estratégica.
Y a Amparo junto a la puerta.
—Buenos días —dijo.
Amparo giró la cabeza.
—Arturo.
No era cálido.
No era frío.
Era exacto.
—Buenos días, Amparo.
Lucía contuvo la respiración.
Nico no se movió.
Beatriz miró las servilletas como si de pronto fueran un asunto de Estado.
Arturo dio un paso dentro.
—¿Todo bien?
Lucía casi se rio.
La pregunta era absurda en un lugar donde todo estaba lleno de cosas sin resolver.
Pero también era una pregunta.
No una orden.
—La posición de Amparo funciona —dijo Lucía.
Arturo asintió.
—Bien.
—La tuya no tanto.
Él la miró.
—¿Perdón?
Lucía señaló el plano.
—Te he quitado de este extremo. Parecía presidencia.
Mercedes abrió el abanico de golpe.
—Alabado sea.