Capítulo 36 #3
Patricia lo vio.
—¿Samira?
—No.
—Mentira.
—Sí.
La cena tuvo momentos extraños.
Claro que los tuvo.
Beatriz intentando ofrecer a Amparo más comida sin sonar culpable.
Arturo hablando poco. Mercedes narrando recuerdos selectivos de veranos absurdos.
Carmen interrumpiendo cualquier exceso de emoción con instrucciones sobre pan.
Nico mirando a su madre cada tres minutos y recibiendo una patada bajo la mesa en la cuarta.
—Estoy bien —dijo Amparo sin mirarlo.
—No he dicho nada.
—Tu cara grita.
Jaime señaló a Nico.
—Bienvenido al club.
—Tú eres presidente —dijo Patricia.
—Y fundador.
Por primera vez en días, la risa alrededor de la mesa no sonó como escape.
Sonó como algo que cabía junto a la incomodidad.
A las diez, Nico salió al patio.
Necesitaba aire.
No porque estuviera mal.
Porque estaba demasiado lleno.
La noche en Los Olivos olía a tierra, jazmín y piedra tibia.
La bodega quedaba a oscuras. La casa de invitados, al fondo, tenía una luz encendida en la ventana.
Carmen había acompañado a Amparo a su habitación verde hacía unos minutos.
Beatriz se había retirado. Arturo estaba en la biblioteca, probablemente ordenando algo que no necesitaba orden.
Jaime y Patricia se habían marchado. Mercedes seguía en algún lugar, porque Mercedes nunca desaparecía: solo cambiaba de ángulo.
Nico sacó el móvil.
Lucía.
Quería escribirle.
No para contarle todo como informe.
No para descargar en ella la emoción de su madre volviendo a la casa.
Solo para decirle que la silla junto a la puerta había sido exacta.
Escribió:
“¿Puedes leer?”
La respuesta llegó poco después.
“Sí.”
Nico miró el jardín antes de contestar.
“Mi madre ha llegado. No la he esperado en la puerta. Casi muero de contención.”
Lucía:
“Estoy orgullosa de ti.”
Nico cerró los ojos.
Frase peligrosa.
Necesaria.
“No retirada?”
Lucía:
“No retirada.”
Nico sonrió en la oscuridad.
“Ha visto la mesa. Ha traído un cuenco verde. Ha pedido la silla junto a la puerta y se ha dado cuenta de que ya estaba allí.”
Lucía tardó.
“¿Está bien?”
Nico pensó en su madre tocando la mesa. En sus ojos rojos al volver de la casa de invitados. En su voz firme.
“Ha dicho que sí. Esta vez he respondido que me alegraba oírlo.”
Lucía:
“Aprendes.”
Nico:
“Despacio.”
Lucía:
“Despacio está bien.”
Nico guardó el móvil contra la mano.
La frase no era nueva.
Pero allí, en el patio de Los Olivos, con su madre dentro de la casa y Lucía en Madrid llegando al día siguiente, sonó como una forma de futuro.
Otro mensaje.
“¿Y Arturo?”
Nico miró hacia la ventana iluminada de la biblioteca.
“Se ha portado mejor de lo que esperaba. Ha dicho poco. Eso ayudó.”
Lucía:
“Milagro Montoro.”
“Mucho.”
“¿Y tú?”
Nico respiró.
No quería responder “no sé”.
Aunque fuera verdad.
O parte.
“Estoy removido. Pero bien. No de forma cómoda. De forma buena.”
Lucía tardó unos segundos.
“Eso existe.”
Nico sonrió.
“Eso me han dicho.”
Lucía:
“Mañana llego sobre las diez.”
“Estaré en la bodega.”
“¿Con cara intensa?”
“Probablemente.”
“No retirada?”
Nico miró la casa.
La mesa.
La puerta.
La ventana de la habitación verde.
“No retirada.”
Lucía:
“Hasta mañana, Nico.”
Nico escribió:
“Hasta mañana, Lucía.”
No añadió nada más.
No hacía falta.
A sus espaldas, la puerta del patio se abrió.
Arturo salió con dos vasos de agua.
No vino.
Agua.
Eso ya era una declaración de que la noche no estaba para teatralidades.
Le tendió uno a Nico.
—Gracias —dijo Nico.
Arturo se apoyó en la barandilla, a una distancia prudente.
Durante un rato, ambos miraron el jardín.
—Tu madre es una mujer impresionante —dijo Arturo al fin.
Nico miró el vaso.
—Sí.
—Siempre lo fue.
Nico no respondió.
Arturo tragó saliva.
—Y yo no siempre la traté como tal.
El silencio se tensó.
Nico sintió el reflejo de proteger a su madre incluso de una disculpa a destiempo.
Pero Amparo no estaba allí.
Y quizá esa frase, imperfecta, no necesitaba ser bloqueada.
—No —dijo.
Arturo asintió.
No se defendió.
—Hablaré con ella cuando ella quiera —dijo.
—Bien.
Ese bien no salió cálido.
Pero salió limpio.
Arturo lo aceptó.
—También contigo, si hace falta.
Nico lo miró.
—No sé si hace falta.
—Yo tampoco.
—Pero quizá algún día.
Arturo sostuvo su mirada.
—Cuando quieras.
Nico soltó una risa pequeña, casi sin humor.
—Eso suena a frase que llega tarde.
—Lo es.
—Pero no inútil.
Arturo bajó la mirada.
—Me alegra.
No hablaron más.
No hacía falta esa noche.
La casa, por primera vez en mucho tiempo, no parecía exigir que todo se resolviera en una escena.
Solo que nadie huyera antes de la siguiente.
Cuando Nico subió a su habitación, la azul estaba al otro lado del pasillo.
No era la suya.
Le habían dado la gris.
Menos mal.
Pasó por delante de la puerta azul y se detuvo.
La miró.
Allí habían fingido.
Habían cerrado una puerta comunicante.
Habían pasado café, cargadores, silencios, toques en la pared.
Nico sonrió apenas.
Luego siguió andando.
La habitación gris era sencilla, sin dramatismo, con una cama, una lámpara y una ventana al jardín lateral.
Dejó el móvil en la mesilla.
Antes de apagar la luz, recibió un último mensaje de Amparo.
“Tu cara intensa se oía desde mi habitación.”
Nico rio solo.
Respondió:
“Buenas noches, mamá.”
Amparo:
“Buenas noches. Mañana viene Lucía. Péinate la cara.”
Nico se tapó los ojos con el brazo.
Era imposible.
Todo.
Absolutamente imposible.
Y, aun así, esa noche durmió mejor de lo que esperaba.
Porque Amparo estaba en Los Olivos.
Porque Lucía llegaba por la mañana.
Porque la silla estaba junto a la puerta.
Y porque, aunque la casa seguía llena de fantasmas, por primera vez en mucho tiempo nadie les había cedido la cabecera de la mesa.