Capítulo 36 #2
Solo acercarse.
Carmen lo dejó.
Amparo apareció al final del pasillo unos minutos después.
No venía sola. Beatriz caminaba a su lado, no demasiado cerca.
Arturo detrás, a una distancia prudente.
Amparo llevaba un vestido verde oscuro, una chaqueta clara y el bolso colgado del brazo.
El pelo, más blanco de lo que Nico recordaba cada vez que la veía y aun así igual de suyo, recogido en un moño bajo. En la mano llevaba una bolsa de tela.
Nico sintió el golpe en el pecho.
Cara normal, pensó.
Imposible.
Amparo lo vio.
Se detuvo.
Lo miró de arriba abajo.
—No hagas esa cara.
Nico soltó una risa que salió rota.
—Estoy intentando no hacerla.
—Pues intenta mejor.
Y entonces, pese a todas sus instrucciones, fue ella quien se acercó a él y lo abrazó.
Nico cerró los ojos.
El abrazo de su madre olía a jabón, tren, lavanda y casa. No Los Olivos. Casa de verdad.
—Estoy bien —dijo ella en su oído.
—Lo sé.
Amparo se separó y le dio un golpecito en el pecho.
—No lo sabes. Lo estás oyendo, que es distinto.
Nico sonrió.
—Sí.
—Muy bien.
Amparo miró la bodega por encima de su hombro.
Su rostro cambió.
No mucho.
Pero Nico lo vio.
La mesa estaba descubierta.
En el centro.
Con sus marcas, sus vetas, su esquina golpeada.
Amparo entró despacio.
Beatriz se quedó en la puerta.
Arturo también.
Nico no sabía si seguirla o dejarla sola. Carmen resolvió el problema pasando junto a él y entrando con naturalidad, como si no estuviera ocurriendo nada extraordinario.
—Te han puesto buena silla —dijo Carmen.
Amparo miró a la derecha, junto a la entrada lateral.
Allí estaba.
Su silla.
Cerca de la puerta.
Con vista a la mesa.
Con salida.
Amparo dejó la bolsa de tela en el asiento y tocó el respaldo.
—Así que esta es mi salida de emergencia.
—Lucía la colocó —dijo Carmen.
—Ya lo imaginaba.
Nico se quedó en el umbral.
Amparo se acercó a la mesa.
No la tocó al principio.
Solo la miró.
Como se mira a alguien que ha envejecido en tu ausencia.
Luego puso la palma sobre la madera.
Silencio.
Ni Beatriz ni Arturo hablaron.
Nico los amó un poco por eso, aunque no quisiera.
—Tiene más dignidad que todos nosotros juntos —dijo Amparo al fin.
Carmen resopló.
—Y menos tontería.
—También.
Amparo pasó la mano por una marca oscura.
—Esta se la hice yo con una cazuela demasiado caliente.
Nico se acercó un paso.
—¿Tú?
—Sí. Tu abuela me habría matado si la mesa hubiese sido suya. Como no lo era, solo me llamó animal.
Carmen sonrió.
—Justo.
Beatriz soltó una risa pequeña desde la puerta.
Amparo la oyó y giró hacia ella.
Durante un segundo, las dos mujeres se miraron a través de más años de los que cabían en una bodega.
—Me alegra que hayas venido —dijo Beatriz.
La frase salió sencilla.
No perfecta.
Amparo la observó.
—A mí también me alegra haber querido venir.
Beatriz asintió, aceptando la precisión.
Arturo dio un paso.
—Amparo.
Nico se tensó.
No pudo evitarlo.
Amparo no.
Ella giró hacia Arturo con calma.
—Arturo.
Nada de señor Montoro.
Nada de familiaridad falsa.
Arturo lo notó.
Todos lo notaron.
—Gracias por venir —dijo él.
Amparo lo miró.
—No he venido por ti.
Nico cerró los ojos.
Carmen tosió algo que quizá era una risa.
Arturo no se defendió.
—Lo sé.
Bien.
Eso fue bien.
Amparo lo observó con más atención.
—Bien.
Ese bien se quedó en la bodega como una cosa pequeña, dura y limpia.
Arturo respiró despacio.
—Aun así, me alegra que estés aquí.
Amparo apoyó una mano sobre la mesa.
—Eso ya es otra frase.
—Sí.
—Más honesta.
—Sí.
Nico miró al suelo.
No porque quisiera desaparecer.
Porque aquello no era suyo para mirar demasiado.
Arturo siguió:
—He pensado muchas veces en hablar contigo.
Amparo levantó una ceja.
—Pensar cansa menos que llamar.
Nico tuvo que morderse el interior de la mejilla.
Beatriz miró hacia otro lado.
Arturo aceptó el golpe.
—Sí.
—Y también llega más tarde.
—Sí.
Amparo lo miró un momento más.
Luego dijo:
—No quiero hacer esto hoy delante de una mesa y con mi hijo poniendo cara de entierro.
—Mamá.
—¿Ves? Cara y voz.
Nico cerró la boca.
Amparo volvió a Arturo.
—Pero hablaremos.
Arturo asintió.
—Cuando quieras.
—No cuando yo quiera. Cuando convenga y sin teatro.
—De acuerdo.
Amparo miró a Mercedes, que apareció exactamente en ese momento en la puerta de la bodega, porque el universo disfrutaba de la ironía.
—Entonces habrá que echar a Mercedes —dijo Amparo.
Mercedes abrió el abanico.
—Me ofende que me consideres teatro y no institución cultural.
Amparo la miró.
Luego sonrió.
—Mercedes.
—Amparo.
Las dos mujeres se acercaron con esa alegría incómoda de quienes se caen bien desde lugares sociales que nunca les permitieron ejercerlo del todo. Se dieron dos besos. Mercedes la tomó de las manos.
—Estás estupenda.
—Tú también mientes igual de bien.
—Muchísimo. Es un talento infravalorado.
—En esta casa no.
Nico miró a Carmen.
Carmen murmuró:
—Esto sí que va a ser cena.
A las seis y media, la bodega parecía menos un escenario y más una habitación que estaba recordando cómo llenarse.
Amparo sacó de su bolsa de tela lo que había querido llevar para la mesa: un pequeño cuenco de cerámica verde, irregular, antiguo.
Nico lo reconoció al instante.
—Mamá.
—No empieces.
—Ese cuenco…
—Estaba guardado.
—Pensé que se había roto.
—Muchas cosas se piensan rotas porque alguien las guardó sin decir dónde.
Amparo colocó el cuenco sobre la mesa.
No en el centro.
A un lado.
Como si tampoco quisiera convertirlo en monumento.
—Tu abuela ponía aquí aceitunas cuando veníamos a limpiar antes de que llegaran todos en verano —dijo—. Era una tontería. Un cuenco. Pero me apetecía traerlo.
Beatriz se acercó.
—Lo recuerdo.
Amparo la miró.
—¿Sí?
—Sí. Tenía una grieta.
—La sigue teniendo.
Beatriz tocó el borde con cuidado.
—Es bonito.
Amparo sonrió un poco.
—No por perfecto.
Beatriz retiró la mano.
—Estoy aprendiendo.
Amparo la miró.
Esa frase, en boca de Beatriz, hizo algo raro en la bodega.
No solucionó nada.
Pero abrió una ventana.
—Todos, parece —dijo Amparo.
Mercedes suspiró.
—Qué semana tan educativa. Horrible.
—A mí me han invitado tarde al curso —dijo Amparo.
—Te resumo: nadie sabe nada, todos comen y Lucía manda más de lo que esperábamos.
Amparo sonrió.
—Entonces va bien.
Nico miró hacia la puerta.
Lucía no estaba allí.
Llegaría al día siguiente.
Y, aun así, la bodega ya hablaba de ella.
Como si hubiera colocado más que una silla.
A las siete, Amparo pidió ver la casa de invitados.
Nadie supo qué hacer durante un segundo.
Nico dio un paso.
—Puedo acompañarte.
Amparo lo miró.
—No.
El paso se detuvo.
Nico asintió.
—Vale.
—Quiero ir con Carmen.
Carmen, que estaba fingiendo revisar servilletas, levantó la vista.
—Claro.
Beatriz miró a Arturo.
Arturo no dijo nada.
Bien.
Amparo cogió su bolso, dejó el cuenco en la mesa y salió con Carmen por el pasillo lateral.
Nico se quedó en la bodega, con las manos en los bolsillos y el corazón haciendo algo difícil de describir.
Mercedes se acercó a él.
—No la sigas.
—No iba a hacerlo.
—Sí ibas.
—No.
Mercedes lo miró.
Nico suspiró.
—Un poco.
—Pues no.
—Ya.
Mercedes cerró el abanico y le dio un toque en el brazo.
—Los hijos sois muy pesados con eso de sufrir por vuestras madres como si ellas no hubieran sobrevivido a vosotros.
Nico soltó una risa breve.
—Eso suena a algo que diría ella.
—Por eso es verdad.
Beatriz se acercó también.
—Está bien acompañada.
Nico la miró.
—Sí.
—Carmen no dejaría que la casa le hiciera daño sin alimentarla después.
Nico sonrió.
—No.
El comentario fue pequeño.
Pero algo entre Beatriz y él se aflojó.
No eran amigos.
No todavía.
Quizá nunca.
Pero ya no estaban actuando solo papeles heredados.
Afuera, la tarde caía sobre Los Olivos.
Amparo y Carmen caminaron hacia la casa de invitados sin prisa. Nico las vio desde la ventana estrecha de la bodega, dos figuras cruzando el jardín con el sol bajando detrás de los árboles.
No las siguió.
No gestionó.
No tradujo.
No salvó.
Se quedó.
Y eso, aunque nadie lo aplaudiera, le pareció casi imposible.
A las ocho, Amparo volvió.
Tenía los ojos rojos.
Carmen traía una cesta con unas servilletas antiguas.
—No preguntéis —dijo Carmen.
Nadie preguntó.
Amparo fue hasta su silla junto a la puerta y se sentó.
Miró la mesa.
Luego la salida.
Luego a Nico.
—Estoy bien —dijo.
Esta vez él no respondió “lo sé”.
—Me alegro de oírlo.
Amparo sonrió.
—Aprendes despacio, pero aprendes.
—Sí.
—Esa mesa necesita aceite mañana.
—Se lo diré a Lucía.
—No. Se lo digo yo.
Nico levantó las manos.
—De acuerdo.
Arturo, que había permanecido al fondo con una discreción que le costaba físicamente, se acercó lo justo.
—Amparo, si prefieres quedarte en otro sitio esta noche…
Ella lo miró.
—Me quedo aquí.
Arturo asintió.
—Tu habitación está preparada.
—No la azul, espero.
Nico casi se atragantó con aire.
Beatriz miró a Arturo como si acabara de recordar demasiadas cosas.
Mercedes abrió el abanico con una sonrisa indecente.
Arturo parpadeó.
—No. La habitación verde.
Amparo asintió.
—Bien. La azul siempre tuvo demasiado drama.
Nico se cubrió la cara con una mano.
—Mamá.
—¿Qué? ¿No es verdad?
Mercedes suspiró feliz.
—Definitivamente, deberías haber venido antes.
La cena fue en la cocina.
Otra decisión de Carmen.
Otra vez nadie discutió.
Amparo, Carmen, Beatriz, Arturo, Mercedes y Nico compartieron tortilla, ensalada, pescado y pan. Jaime apareció a mitad de la cena con Patricia, porque “había detectado actividad familiar de alto voltaje” y porque Patricia quería saludar a Amparo.
Patricia la abrazó con cuidado.
—Me alegro de verte.
—Y yo a ti, niña. Aunque ya no eres niña y, por lo que veo, vienes con otra persona dentro.
Patricia rio.
—Eso parece.
Jaime besó a Amparo con teatralidad.
—Mi madre siempre dijo que eras el único adulto sensato de esta casa.
Amparo lo miró de arriba abajo.
—Entonces no me escuchaste mucho.
—Me esforcé en ser incorregible.
—Se nota.
Samira no estaba, pero Jaime le escribió de inmediato:
“Amparo me ha destruido en ocho segundos. Creo que te caería bien.”
Samira respondió:
“Todos te destruimos en ocho segundos. No la hagas especial.”
Jaime sonrió como idiota.