mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 36
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Capítulo 36

La casa antes de abrirse

Nico llegó a Los Olivos el domingo a las diez y veintidós con una carpeta técnica, una bolsa de herramientas y la firme decisión de no hacer cara intensa.

Fracasó antes de cruzar la verja.

La finca apareció al fondo del camino de grava, blanca, quieta, con los olivos brillando bajo una luz de mañana demasiado limpia para una casa que guardaba tantas cosas debajo de las alfombras.

La bodega quedaba oculta desde allí, pero Nico la sintió igualmente.

La mesa de su madre. La casa de invitados.

El porche donde Lucía le había dicho que no quería ver el anillo.

La habitación azul. La puerta comunicante.

Todo.

—Muy bien —murmuró—. Cara normal.

Se miró en el retrovisor.

No.

Cara de hombre que iba a entrar en el lugar donde se le habían cruzado el pasado, el presente, el trabajo y una madre con instrucciones estrictas de no ser esperada en la puerta.

Suspiró.

—Cara funcional.

Eso era más realista.

Aparcó junto al lateral de servicio, no delante de la entrada principal. Lo hizo por costumbre profesional, se dijo. Para no bloquear. Para descargar mejor. Para evitar simbolismos.

Mentira.

El simbolismo lo perseguía incluso en las plazas de aparcamiento.

Carmen lo esperaba en la cocina con un delantal oscuro, una lista en la mano y la expresión de quien sabía más de lo que nadie le había contado.

—Llegas tarde —dijo.

Nico miró el reloj.

—Llegaba a las diez y media.

—Son las diez y veinticuatro. Llegas tarde a lo que yo esperaba.

—Eso es imposible de prever.

—Para ti.

Nico dejó la bolsa de herramientas en el suelo.

—Buenos días, Carmen.

—Buenos días. ¿Has desayunado?

—Sí.

Carmen lo miró.

Nico sostuvo la mirada dos segundos.

—Poco.

—Siéntate.

—Tengo que ver la instalación con el electricista.

—El electricista llega a las once. El pan está ahora.

No había negociación posible.

Nico se sentó.

Carmen le puso delante café, pan con aceite y tomate, y un trozo de tortilla que no había pedido pero que su cuerpo recibió con gratitud inmediata.

—Lucía llega mañana —dijo Carmen.

Nico cogió la taza.

—Lo sé.

—Tu madre llega esta tarde.

—También.

—Beatriz está nerviosa.

Nico levantó la vista.

—¿Y Arturo?

Carmen apoyó ambas manos sobre la encimera.

—Arturo está ordenando carpetas.

—Entonces nervioso.

—Mucho.

Nico sonrió apenas.

—¿Y tú?

—Yo tengo trabajo.

—Eso no responde.

—Claro que responde.

Carmen se volvió hacia los fogones.

Nico la observó un momento.

—Gracias por escribirnos.

—¿A quién?

—A todos.

—No sé de qué hablas.

—Carmen.

—La gente joven necesita recordar que tiene estómago. Y la gente mayor también, pero escucha menos.

Nico tomó pan.

—Lucía me dijo que quizá deberías dirigir el país.

—No tengo tiempo.

—Eso pensé.

Carmen se quedó de espaldas, pero Nico notó que sonreía.

A las once llegó el electricista.

A las once y cuatro, Arturo apareció con una carpeta bajo el brazo, camisa impecable, gesto sobrio y la mirada de un hombre que llevaba desde las siete preguntándose cómo pedir perdón a una mujer sin que pareciera un informe de daños.

—Nicolás —dijo.

—Arturo.

El saludo fue correcto.

No frío.

Tampoco cálido.

Adecuado para dos hombres que habían destruido algo hace años de formas distintas y ahora se encontraban revisando enchufes.

—Empezamos por la bodega —dijo Arturo.

Nico asintió.

Caminaron juntos por el pasillo lateral, con el electricista delante y Carmen detrás durante cinco metros solo para recordarles que ella existía.

—La cocina auxiliar no se toca sin consultarme —dijo.

El electricista se detuvo.

—Por supuesto.

—Bien.

Carmen se fue.

El electricista miró a Nico.

—¿Ella manda?

—Sí —dijeron Nico y Arturo a la vez.

Luego se miraron.

Por un segundo, casi sonrieron.

Casi.

La bodega estaba fresca, limpia y en proceso de convertirse en escenario otra vez.

No había montaje completo aún, pero la mesa de Amparo ya estaba allí, cubierta con una tela protectora.

Las sillas apiladas a un lado. Los faroles revisados.

El suelo marcado discretamente con cinta para señalar recorridos.

Nico se quedó quieto al verla.

La mesa.

La mesa de la casa de invitados.

La mesa de su madre.

La mesa de Lucía.

La mesa de la finca.

Siempre había sido una mesa. Madera, patas, marcas, una esquina ligeramente golpeada por alguna mudanza antigua. Pero esa semana había aprendido que algunos objetos no necesitaban hacer nada para obligar a la gente a contar la verdad alrededor.

Arturo también la miró.

No dijo nada.

Bien.

El electricista comenzó a revisar tomas, puntos de luz, cableado auxiliar.

Nico volvió al trabajo. Eso ayudó. La técnica era un idioma menos resbaladizo que la culpa.

Voltajes, cargas, distancias, seguridad.

Nada de estaciones de tren. Nada de anillos en maletas. Nada de padres decidiendo por hijas.

Hasta que Arturo dijo:

—¿Vendrá sola?

Nico, agachado junto a un enchufe, levantó la vista.

—¿Mi madre?

—Sí.

—En tren. Jaime se ofreció a recogerla, pero ella dijo que prefería taxi desde la estación.

—Entiendo.

No lo entendía.

O quizá sí.

Nico se incorporó.

—No quiere que nadie la espere en la puerta.

Arturo miró la mesa.

—Beatriz me lo ha dicho.

—Bien.

—Respetaremos eso.

Nico asintió.

El electricista, que debía de tener más instinto de supervivencia que curiosidad, se alejó hacia el otro extremo de la bodega.

Arturo apoyó una mano sobre el respaldo de una silla apilada.

—No sé qué espera de mí.

Nico lo miró.

La respuesta fácil habría sido: nada.

La respuesta dura: demasiado tarde.

La respuesta honesta: tampoco lo sé.

Eligió la tercera.

—No lo sé.

Arturo aceptó el golpe pequeño de la frase.

—Supongo que es justo.

—Sí.

Silencio.

Nico miró la mesa.

—Pero no conviertas eso en excusa para no decir nada.

Arturo volvió la cabeza.

Nico sostuvo su mirada.

No estaba hablando como empleado. Ni como exnovio de su hija. Ni como hijo de Amparo.

O quizá como las tres cosas a la vez.

—Mi madre no viene para escuchar una disculpa perfecta —dijo—. Ni para absolver a nadie. Viene porque Lucía la invitó a ver algo que también era suyo. Si quieres hablar con ella, habla. Pero no intentes cerrar siete años en una frase impecable.

Arturo lo observó en silencio.

—Te pareces más a ella de lo que crees —dijo al fin.

Nico bajó la mirada.

—Eso espero.

Arturo no añadió nada.

Volvieron al trabajo.

A la una, la bodega estaba revisada. La ventilación seguía siendo no negociable, para sufrimiento moderado de Arturo y tranquilidad absoluta de Nico.

Los puntos eléctricos quedaban definidos.

La entrada lateral necesitaba una luz de apoyo más baja.

La zona de servicio debía despejarse. La mesa de Amparo, descubierta un momento para medir distancias, ocupó el centro con una dignidad incómoda.

Beatriz apareció justo cuando retiraban la tela.

Se detuvo en la puerta.

Llevaba un vestido azul oscuro, el pelo recogido y una libreta pequeña en la mano. No entró inmediatamente.

Nico la vio mirar la mesa.

Luego a Arturo.

Luego a él.

—¿Molesto?

—No —dijo Nico.

Arturo negó con la cabeza.

Beatriz entró despacio.

—He hablado con Carmen. Dice que la mesa no necesita centro.

Nico casi sonrió.

—Carmen tiene razón.

—Lo sé.

Beatriz hizo una pausa.

—Qué frase tan difícil.

Arturo la miró.

Beatriz no le devolvió la mirada. Se acercó a la mesa y pasó los dedos por una marca larga de la madera.

—Me acuerdo de esta mesa en la casa de invitados —dijo.

Nico se quedó quieto.

Arturo también.

—Tu madre amasaba aquí a veces —añadió Beatriz—. Aunque no era mesa de cocina. Decía que la luz de esa ventana era mejor.

Nico sintió que algo le rozaba el pecho por dentro.

No dolor exactamente.

Memoria inesperada.

—Sí —dijo—. Lo hacía.

Beatriz tragó saliva.

—Yo la veía desde el jardín.

No añadió más.

Pero lo que no dijo quedó claro: la veía y no entraba. La veía y seguía. La veía y dejaba que la distancia social, familiar, cómoda, hiciera su trabajo.

Nico no sabía qué responder.

Arturo tampoco.

Entonces Carmen apareció en la puerta.

—La comida está lista.

Tres palabras.

Salvación práctica.

Comieron en la cocina, no en el comedor. Fue decisión de Carmen y nadie tuvo el valor de discutirla. Nico, Arturo, Beatriz y el electricista, que parecía desear estar en cualquier otro encargo, comieron arroz con verduras, pollo y pan.

El electricista habló de un cortocircuito en una casa rural de Segovia. Beatriz preguntó lo justo. Arturo escuchó como si pudiera absorber calma de una conversación sobre cables. Nico comió porque Carmen lo vigilaba.

A las tres y veinte, Amparo escribió.

“Estoy en el tren. No hagas cara intensa al leer esto.”

Nico miró el mensaje.

Demasiado tarde.

Respondió:

“Intento fallido.”

Amparo:

“Lo sabía.”

Luego:

“¿La mesa está bien?”

Nico miró hacia el pasillo que llevaba a la bodega.

“La mesa está bien. Lucía colocó tu silla cerca de la puerta.”

Los tres puntos tardaron.

“Buena niña.”

Nico sonrió.

“Se lo diré.”

“No se lo digas así, que suena a abuela y me enfado.”

“Se lo diré mejor.”

“No digas nada. Hay cosas que se notan.”

Nico guardó el móvil.

Arturo lo observaba desde el otro lado de la cocina.

No preguntó.

Gracias.

A las cinco, el taxi de Amparo subió por el camino de grava.

Nico estaba en la bodega, no en la puerta.

Fue la hazaña emocional más difícil de su día.

Estaba con un metro en la mano, midiendo por tercera vez una distancia que ya estaba medida. Carmen entró, lo miró y dijo:

—Ha llegado.

Nico cerró los ojos.

—Estoy aquí.

—Ya lo veo.

—No voy a salir corriendo.

—También lo veo.

—Mi madre pidió…

—Sé lo que pidió.

Carmen se acercó y le quitó el metro de la mano.

—Pero puedes respirar.

Nico soltó aire.

No sabía cuánto llevaba sin hacerlo.

—Gracias.

—No me des las gracias. Pareces un muerto elegante.

—Eso es muy específico.

—Me esfuerzo.

Desde la bodega se oyeron voces en el vestíbulo.

La de Beatriz, suave.

La de Arturo, más baja.

Y luego la de Amparo.

Nico no entendió las palabras.

Solo el tono.

Firme.

Cálido.

Con esa aspereza limpia que siempre había tenido, como pan con corteza.

No pudo evitar acercarse a la puerta de la bodega.

No salir.