Capítulo 35 #2
No fue un abrazo de bodega, ni de crisis, ni de final de reunión. Fue un abrazo en su estudio, junto a una mesa llena de cartulinas y pan, con el móvil aún abierto y una silla dibujada junto a una puerta.
Nico la rodeó con los brazos despacio.
Como siempre.
Como preguntando incluso cuando ya estaba allí.
Lucía apoyó la mejilla en su pecho.
—Tu madre es valiente —dijo.
—Mucho.
—Tú también.
Nico respiró contra su pelo.
—Frase peligrosa.
—Mía.
—Se queda?
—Se queda.
El abrazo duró más de lo que habían previsto.
Eso empezaba a ocurrirles con frecuencia: los gestos pequeños se quedaban un poco más, como si necesitaran comprobar que nadie los iba a usar mal.
Cuando se separaron, Nico no intentó besarla.
Lucía lo notó.
—Puedes —dijo.
Él la miró.
—¿Besarme?
—No. Reorganizar la partida de Jaime.
Nico sonrió.
—Nunca tocaría esa zona de cuarentena.
Lucía se acercó y lo besó.
Breve.
Luego no tan breve.
La mesa estaba al lado. La lámpara fea encendida. El pan esperando. El plano abierto. El futuro inmediato lleno de personas, sillas, heridas y trabajo.
Y aun así, el beso no fue una huida de nada.
Fue una pausa.
Una forma de decir: sigo aquí antes de volver al mundo.
Nico se separó con cuidado.
—Comida —dijo.
Lucía apoyó la frente en su hombro.
—Carmen te ha poseído.
—Tengo miedo de las consecuencias.
—Todos.
Comieron pan con tomate de pie, sobre una servilleta, mientras revisaban el plano.
Fue una de las cenas menos elegantes de la vida de Lucía y también una de las más útiles.
Nico señaló dos problemas de circulación.
Lucía reajustó la entrada de los invitados.
Samira apareció por videollamada durante diez minutos para decir que la ficha de Mercedes seguía “demasiado libre” y que había que colocarle “una distracción de alto valor” en forma de vecino interesante o vino.
—Mercedes no necesita distracción —dijo Nico—. Ella es la distracción.
—Precisamente —respondió Samira desde la pantalla—. A una distracción se la distrae con otra para evitar que alcance forma definitiva.
Lucía apuntó: Mercedes / vino / Alfonso lejos.
—¿Por qué Alfonso lejos? —preguntó Nico.
—Porque si Alfonso menciona inversión mientras Mercedes bebe, puede acabar prometiendo financiar una capilla pagana.
Samira asintió.
—Correcto.
A las nueve, el plano estaba cerrado.
No perfecto.
Cerrado.
Amparo junto a la puerta.
Lucía cerca del centro, pero con salida.
Nico junto a la zona técnica.
Arturo fuera de presidencia.
Beatriz con contención floral.
Jaime en cuarentena social.
Mercedes estratégicamente entretenida.
Era, probablemente, la mejor representación gráfica de su familia que Lucía había visto nunca.
Nico recogió la bolsa de pan.
—Mañana voy a Los Olivos.
Lucía lo miró.
—¿Mañana?
—Arturo quiere revisar instalación con el electricista. Y mi madre llega por la tarde. Prefiero estar allí antes, aunque no la espere en la puerta.
Lucía sintió el cambio.
Los Olivos volvía.
La casa.
La bodega.
La mesa.
La puerta.
Amparo.
—Yo voy el lunes —dijo.
—Lo sé.
—¿Estarás bien?
Nico sonrió apenas.
—No sé.
—Eso ya no sirve para todo.
—Estaré nervioso. Intentaré no gestionar a mi madre. Intentaré no enfadarme con Arturo si se queda corto. Intentaré no hacer cara intensa.
—Fracasarás en lo último.
—Seguro.
Lucía le tocó la mano.
—Escríbeme si necesitas.
—¿Y si necesitas tú?
—Te escribiré.
—Bien.
—Ese bien se queda.
Se despidieron en la puerta del estudio.
Nico la besó una vez.
Suave.
Sin convertir la despedida en otra cosa.
—Hasta el lunes —dijo.
—Hasta el lunes.
—O antes por logística.
—Mucho antes por logística, probablemente.
—Sí.
Se fue.
Lucía cerró la puerta y volvió al plano.
La silla de Amparo estaba allí.
Pequeña.
De cartulina.
Junto a la puerta.
Lucía la tocó con la punta del dedo.
No sabía cómo saldría aquello.
Quizá Arturo diría demasiado poco.
Quizá Beatriz intentaría ser amable y se le notaría la culpa.
Quizá Amparo entraría, vería la mesa y desearía no haber ido.
Quizá Nico haría cara intensa y su madre lo amenazaría con volver a Valencia.
Quizá la mesa abierta sería un éxito.
Quizá removería demasiado.
Quizá las dos cosas.
El móvil vibró.
Mensaje de Jaime.
“Confirmo recepción de plano. ¿Por qué mi silla parece exilio diplomático?”
Lucía sonrió.
Respondió:
“Porque lo es.”
Jaime:
“Exijo embajada.”
Lucía:
“Tendrás pan.”
Jaime:
“Retiro protesta.”
Otro mensaje de Beatriz.
“Creo que la silla de Amparo está bien ahí.”
Lucía miró el plano.
Respondió:
“Yo también.”
Beatriz:
“Tu padre está nervioso.”
Lucía se quedó mirando la pantalla.
Arturo nervioso.
Otra novedad del mundo nuevo.
“¿Lo ha dicho?”
Beatriz:
“No. Ha ordenado tres veces la misma carpeta.”
Lucía sonrió.
“Dile que no lo haga perfecto. Solo que no huya.”
La respuesta tardó.
“Se lo diré. Y me lo diré a mí también.”
Lucía dejó el móvil.
Apagó la lámpara horrible.
El estudio quedó en penumbra, iluminado solo por la farola de la calle.
Antes de irse, guardó el plano en una carpeta rígida.
No porque una carpeta pudiera proteger lo que iba a pasar.
Pero ayudaba.
A veces, prepararlo todo no evitaba que algo doliera.
Solo le daba al dolor una silla.
Una puerta a la vista.
Y la posibilidad, si quería, de quedarse.