Capítulo 35
La silla junto a la puerta
El sábado a las seis menos cinco, Lucía estaba reorganizando una mesa que todavía no existía.
Eso, en su profesión, era normal.
Uno no esperaba a que una mesa estuviera delante para discutir dónde debía sentarse una mujer que regresaba a una casa llena de historia, culpa, muebles antiguos, padres emocionalmente torpes y un falso prometido que ya no era falso, aunque tampoco era nada que cupiera en una palabra cómoda.
Lucía miró el plano extendido sobre la mesa grande del estudio.
Bodega.
Entrada lateral.
Mesa de Amparo en el centro.
Veinte invitados.
Carmen y apoyo de cocina.
Mercedes en un lugar donde pudiera ver y opinar sin bloquear circulación.
Jaime lejos de cualquier copa fácil de derribar.
Beatriz cerca de Lucía, pero no tanto como para intentar mover platos en estado de ansiedad.
Arturo en un extremo que no pareciera presidencia.
Nico en un punto técnico, no sentimental.
Y Amparo.
Amparo junto a la puerta.
Con vista a la mesa.
Con salida.
Lucía movió una ficha pequeña de cartulina.
No le gustó.
La movió dos centímetros.
Tampoco.
—Esto no es ajedrez —dijo Samira desde el sofá verde.
Lucía ni levantó la vista.
—Toda mesa familiar es ajedrez.
—Eso explica muchas guerras.
—Y muchas herencias.
Samira dejó el móvil sobre el regazo.
—La silla de Amparo no puede parecer una concesión.
—Lo sé.
—Ni un rincón de vigilancia.
—Lo sé.
—Ni una puerta de emergencia emocional.
Lucía levantó la cabeza.
—Es exactamente una puerta de emergencia emocional.
—Pero no debe parecerlo.
—Qué divertido es diseñar para traumas ajenos.
—Por eso cobramos.
Lucía volvió al plano.
—Aquí.
Colocó la ficha junto al lateral de la mesa, cerca de la entrada, pero no aislada.
A su derecha tendría a Carmen cuando entrara a supervisar, a su izquierda, si todo salía bien, una silla libre al principio para que ella decidiera si quería compañía o espacio.
Desde allí podía ver la mesa completa, la puerta y parte de la bodega.
No era un lugar de honor. Tampoco una esquina.
Era una elección.
Samira se levantó y miró por encima de su hombro.
—Ahí.
—¿Seguro?
—Sí.
—No lo dices para que deje de mover fichas?
—También, pero principalmente porque es correcto.
Lucía soltó el aire.
—Bien.
—Ese bien se queda —dijo Nico desde la puerta.
Lucía giró.
Estaba allí, con vaqueros oscuros, jersey azul y una bolsa de papel en la mano. No había llamado. O quizá sí y ella no lo había oído. En cualquier caso, estaba apoyado en el marco con una sonrisa pequeña y la expresión de quien sabía que entrar en Estudio Luma seguía siendo un privilegio revocable.
—Llegas pronto —dijo Lucía.
—Son las seis.
Ella miró el reloj.
—Ah.
Samira recogió su bolso.
—Perfecto. Llega el arquitecto, se marcha la florista.
Lucía la miró.
—¿Te vas?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque si me quedo, acabaré opinando sobre vuestra forma de opinaros y hoy tengo otros planes.
Nico levantó la bolsa.
—He traído pan de una panadería buena. Podrías quedarte.
Samira miró la bolsa.
Durante un segundo pareció considerar vender sus principios por masa fermentada.
Luego suspiró.
—Tentador, pero no. Además, Jaime me ha escrito doce mensajes preguntando si “mesa abierta” requiere que él se vista de forma simbólica y necesito ignorarlo con concentración.
Lucía sonrió.
—Gracias por tu sacrificio.
—Mi labor nunca termina.
Samira se acercó a la puerta y se detuvo junto a Nico.
—No muevas la silla de Amparo.
Nico miró el plano.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
—Ese bien?
—Es mío. No lo toquéis.
Samira salió.
El estudio quedó con Lucía, Nico, el plano y una silla dibujada junto a una puerta que parecía mucho más que una silla.
Nico dejó la bolsa sobre la mesa.
—Pan.
—¿Cortejo panadero?
—Logística alimentaria autorizada.
—Carmen estaría orgullosa.
—Me ha escrito.
Lucía cerró los ojos.
—Por supuesto.
—Me dijo que viniera con comida si pensaba “hacer cara intensa sobre planos”.
—Carmen debería dirigir el país.
—Probablemente lo hace y no nos hemos dado cuenta.
Lucía abrió la bolsa. Pan, dos bollos pequeños con aceite, una caja de tomates cherry y una nota de Carmen.
No trabajéis con hambre.
Ni discutáis con hambre.
Ni os beséis con hambre, que luego confundís cosas.
Lucía leyó la última línea dos veces.
Luego miró a Nico.
Nico tenía la cara de un hombre que acababa de ver su vida íntima supervisada por una autoridad culinaria.
—No sé qué decir —dijo él.
—Carmen sí.
—Demasiado.
Lucía se rio.
Fue una risa fácil.
De esas que cada vez le daban menos miedo.
Nico se acercó al plano, pero no demasiado. Señaló la ficha de Amparo.
—Ahí está bien.
—Eso espero.
—Puede ver la mesa.
—Y la puerta.
—Y no parece apartada.
—Eso era lo difícil.
Nico asintió.
No dijo gracias.
No enseguida.
Quizá porque la palabra habría sido demasiado pequeña.
—Mi madre me ha llamado esta mañana —dijo.
Lucía apoyó las manos en el borde de la mesa.
—¿Está nerviosa?
—Mucho. Lo disimula dando órdenes.
—Me suena.
—Me ha pedido que no la espere en la puerta cuando llegue.
—¿Por qué?
—Dice que, si me ve con cara de hijo abandonado en estación de tren, se vuelve a Valencia.
Lucía soltó una risa.
—Tu madre es muy precisa con las amenazas.
—Lo es.
—¿Y tú?
Nico miró la ficha.
—Yo quiero esperarla en la puerta.
—Claro.
—Y no voy a hacerlo.
Lucía lo miró.
Ese era el tipo de avance que no salía en las historias grandes. No aparecería en una foto bonita. No se pondría en una invitación. No tendría música. Pero quizá era más importante que casi todo lo demás.
Nico queriendo hacer algo.
Nico no haciéndolo porque Amparo había pedido otra cosa.
—Eso está bien —dijo.
Él levantó la vista.
—Cuesta.
—Lo imagino.
—Pero está bien.
—Ese bien se queda.
Nico sonrió apenas.
Luego miró el resto del plano.
—¿Dónde me has puesto?
Lucía señaló una ficha gris.
—Aquí.
—Cerca del cuadro eléctrico.
—Romántico, lo sé.
—También junto a la columna con peor cobertura.
—No quería que pareciera que estás en el centro del relato.
Nico la miró.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí. Es justo.
Lucía sintió alivio.
No porque esperara que él protestara.
Porque una parte pequeña de ella todavía temía que cualquiera que entrara en su vida quisiera moverse hacia el centro.
Nico no lo hizo.
—Y tú? —preguntó él.
Lucía señaló una ficha color azul.
—Aquí. Cerca de la cabecera, pero no en la cabecera. Quiero poder levantarme sin molestar. Presentar, moverme, hablar con invitados.
—Y salir si necesitas respirar.
Lucía lo miró.
—Eso no lo había pensado.
—Sí lo habías pensado.
—Suspendida.
—Retirada.
Ella sonrió.
—Sí. Lo había pensado.
Nico dejó el plano y se apoyó en la mesa, frente a ella.
—Arturo?
—Aquí.
—No presidiendo.
—Intento evitar que el evento parezca una junta de accionistas con aceite de oliva.
—Buena decisión.
—Beatriz aquí.
—Cerca de ti.
—Pero con acceso a Samira.
—¿Para control estético?
—Para contención floral.
—Jaime?
Lucía señaló una ficha amarilla en un extremo lateral.
Nico la miró.
—Eso parece una zona de cuarentena.
—Lo es.
—Justo.
—Y Mercedes?
Lucía señaló una ficha morada.
Nico sonrió.
—Tiene campo visual de toda la mesa.
—Si no puede ver, se levanta. Si se levanta, opina. Si opina de pie, domina la sala. Hay que mantenerla sentada y entretenida.
—Estrategia sólida.
—Gracias.
Nico miró el conjunto.
—Funciona.
Lucía se quedó mirando el plano.
—¿Sí?
—Sí.
—No lo digas para tranquilizarme.
—No lo hago.
—La mesa abierta tiene que salir bien.
—Saldrá.
Lucía lo miró.
—Nico.
—No por fe. Por trabajo. Está bien diseñada. Los límites están claros. El relato ya no usa nada que no deba. La parte técnica es viable si respetan lo que hemos marcado. Carmen controla cocina. Samira controla atmósfera. Tú controlas concepto.
—Y Jaime?
—Jaime será Jaime.
—Ese riesgo no tiene mitigación.
—Solo seguro.
Lucía soltó una risa.
Nico también.
Y durante unos segundos, el estudio no pareció contener una reunión, ni un proyecto, ni la preparación de una escena difícil. Solo dos personas riéndose al lado de un plano y de una bolsa de pan.
Luego el móvil de Lucía vibró.
Beatriz.
“Tu padre y yo hemos hablado con Amparo.”
Lucía se quedó inmóvil.
Nico vio su cara.
—¿Qué pasa?
Ella le enseñó la pantalla.
Los dos miraron el mensaje como si pudiera cambiar si lo observaban demasiado.
Otro mensaje.
“Ha sido breve. Correcto. Creo que bien.”
Lucía escribió rápido.
“¿La habéis llamado vosotros?”
Beatriz:
“Ella llamó a casa para confirmar horario. Contestó Arturo. Luego hablé yo.”
Lucía miró a Nico.
Él tenía la expresión cerrada, pero no enfadada.
Atento.
“¿Qué habéis hablado?”
Beatriz tardó.
“No mucho. Arturo le dijo que se alegraba de que viniera. Ella dijo que iba por la mesa, no por él. Arturo dijo que lo entendía.”
Lucía cerró los ojos.
Nico soltó aire despacio.
Beatriz siguió:
“Luego yo le dije que me alegraba oírla. Eso fue verdad y también raro. Ella dijo que raro no siempre es malo.”
Lucía sonrió sin poder evitarlo.
—Eso suena a ella —dijo Nico en voz baja.
Otro mensaje de Beatriz:
“Me ha pedido una silla cerca de la puerta. Le he dicho que ya la tendría.”
Lucía miró el plano.
La ficha junto a la entrada.
—Bien —susurró.
Nico la miró.
—Ese bien se queda?
Lucía asintió.
—Ese bien se queda.
Escribió a Beatriz:
“Sí. Ya está previsto. Gracias por hablar con ella.”
La respuesta de Beatriz tardó un poco.
“Gracias por invitarla.”
Lucía dejó el móvil sobre la mesa.
El estudio quedó en silencio.
Nico se apartó un paso y se pasó una mano por la cara.
—¿Estás bien? —preguntó ella.
Él soltó una risa pequeña.
—No sé.
—Respuesta estrella.
—Mi madre hablando con Arturo sin mí de por medio. Sin que yo gestione, traduzca o intente evitar que algo duela.
—Eso es bueno?
—Sí.
—¿Y?
—Y da miedo.
Lucía salió de detrás de la mesa y se acercó.
No lo abrazó de inmediato.
No todavía.
—Puedes no gestionarlo —dijo.
Nico levantó la vista.
—Lo intento.
—Se nota.
—¿Bien?
—Bien.
Se acercó un poco más.
Nico la miró.
—¿Esto es un abrazo?
—Si no haces una frase peligrosa, sí.
—Entonces me callo.
Lucía lo abrazó.