mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 34 #2
82%

Capítulo 34 #2

—Eso no sé si entra en nuestras capacidades.

—Podemos pedirle a Carmen que la amenace con comida.

—Eso sí.

—Y Jaime…

—Jaime hará de Jaime.

—Lamentablemente.

Nico guardó silencio un segundo.

—Gracias por pensar en ella.

Lucía bajó la mirada.

—No lo he hecho por ti.

—Lo sé.

—Lo he hecho porque es justo.

—Lo sé.

—Esa te la permito.

—Gracias.

Después de colgar, Lucía envió un mensaje a Beatriz.

“¿Puedes hablar?”

Beatriz respondió con una llamada en quince segundos.

—¿Ha pasado algo?

—No. Bueno. Sí. Pero no malo.

—Esa frase debería estar prohibida.

—Lo sé.

—Lucía.

—He invitado a Amparo a la mesa abierta.

Silencio.

Uno.

Dos.

Tres segundos.

—Ah —dijo Beatriz.

Los ah de Los Olivos ya tenían una taxonomía completa.

Este era un ah de memoria antigua.

—No sé si vendrá —añadió Lucía—. Le he dicho que sin obligación. Pero me parecía justo.

Beatriz no respondió enseguida.

Lucía escuchó un ruido al otro lado, quizá una taza sobre una mesa.

—Sí —dijo su madre al fin—. Lo es.

Lucía cerró los ojos.

—¿Estás bien con eso?

—No sé.

Honestidad.

Otra vez.

Qué semana tan desconsiderada.

—Está bien no saberlo.

—Me alegra que la hayas invitado. Y me incomoda. Y me da vergüenza que me incomode.

Lucía se sentó.

—Mamá…

—No. Déjame decirlo bien, aunque tarde. Amparo formó parte de esa casa. Más de lo que muchos quisimos reconocer después. Si su mesa va a estar en el centro, ella debería poder verla. Eso no significa que me resulte fácil verla.

—Por Nico?

—Por Nico. Por ti. Por lo que pasó. Por lo que no pregunté entonces. Por lo que preferí no mirar.

Lucía apoyó la frente en la mano.

—No tienes que hacerlo perfecto.

Beatriz soltó una risa pequeña.

—Qué frase tan generosa viniendo de mi hija.

—Estoy practicando.

—Se nota.

Las dos sonrieron en silencio.

—Se lo diré a Arturo —dijo Lucía.

—No. Se lo digo yo.

Lucía parpadeó.

—¿Tú?

—Sí.

—¿Por qué?

Beatriz respiró.

—Porque Amparo también fue parte de mi vida. Y porque si solo lo habláis tú y tu padre, volveré a quedarme en la esquina de las cosas importantes fingiendo que no me colocaron allí.

Lucía se quedó muda.

—Mamá…

—Además, Arturo necesita oír algunas cosas de mí antes de oírlas de ti.

—Eso ha sonado peligroso.

—Moderadamente.

—No retirada?

—No retirada.

Lucía se rio.

—Estás aprendiendo demasiado rápido.

—Tengo buena maestra, aunque insoportable.

—Eso también es muy Montoro.

—Muchísimo.

Cuando colgó, Lucía se quedó mirando el móvil.

La invitación correcta había empezado a mover más cosas que la equivocada.

No usaba a Nico.

No vendía romance.

No convertía a Amparo en recurso.

Y precisamente por eso obligaba a todos a mirar lugares mucho más profundos.

A las cinco, Arturo envió un mensaje.

“Tu madre me ha contado lo de Amparo.”

Lucía esperó el segundo mensaje.

Llegó.

“Debería venir si quiere.”

Lucía sintió que soltaba un aire que no sabía que tenía retenido.

Luego llegó un tercero.

“Hablaré con ella si viene.”

Lucía miró la frase.

Hablaré con ella.

No “la saludaré”.

No “seré correcto”.

Hablaré con ella.

No sabía si eso era una buena idea.

Pero era necesario.

Respondió:

“Solo si ella quiere.”

Arturo:

“Sí.”

Lucía:

“Y sin convertirlo en disculpa pública.”

Arturo:

“No soy Jaime.”

Lucía se tapó la boca para no reír.

Respondió:

“Eso ha sido una broma?”

Arturo:

“No.”

Mentira.

Preciosa.

Pequeña.

Inofensiva.

La primera del día que no hizo daño.

Esa noche, Lucía fue a cenar con Samira a un bar pequeño cerca del estudio.

No hablaron todo el tiempo de Nico. Eso también fue progreso.

Hablaron de Los Olivos, de clientes, de la hermana de Samira, de Jaime escribiéndole mensajes que ella no respondía hasta que dejaba de hacer “demasiada literatura”, de una boda en la que la novia quería flores negras “pero alegres”, lo cual llevó a Samira a pedir otra copa.

Al volver a casa, Lucía tenía un mensaje de Amparo.

“Voy.”

Solo eso.

Voy.

Lucía se sentó en el borde de la cama.

El corazón le latió fuerte.

Luego llegó otro mensaje.

“Pero con una condición.”

Lucía escribió:

“La que quieras.”

Amparo:

“No quiero que nadie me coloque en un sitio de honor como si fuera una estatua. Quiero sentarme donde pueda ver la mesa y la puerta. Una mujer que vuelve a una casa debe tener salida a la vista.”

Lucía leyó la frase tres veces.

Luego respondió:

“Así será.”

Amparo:

“Y otra cosa.”

Lucía sonrió.

“Eso ya son dos condiciones.”

“Soy mayor. Tengo derecho a ampliar.”

“Dime.”

“Quiero llevar algo para la mesa.”

Lucía sintió un nudo en la garganta.

“Claro.”

“No sé qué aún.”

“Lo que quieras.”

Amparo:

“Entonces voy.”

Lucía dejó el móvil sobre la cama y miró el techo.

Amparo volvía a Los Olivos.

No como empleada.

No como recuerdo.

No como madre de Nico.

Como alguien que tenía derecho a ver una mesa volver a usarse.

El móvil vibró de nuevo.

Nico.

“Mi madre acaba de decirme que va. Luego me ha advertido que no haga ‘cara intensa’ cuando la vea allí.”

Lucía soltó una carcajada.

Respondió:

“Demasiado tarde. Seguro que ya la estás haciendo.”

Nico:

“Sí.”

Lucía sonrió.

Nico:

“Gracias.”

Ella leyó esa palabra.

Una.

Simple.

Llena.

Respondió:

“Nos vemos mañana?”

Nico:

“Cuando quieras.”

Lucía pensó en su semana.

En el proyecto.

En la invitación correcta.

En Amparo.

En Beatriz hablando con Arturo.

En la mesa.

En la puerta.

En la salida a la vista.

“Ven al estudio a las 18:00. Tenemos que reorganizar la mesa abierta con una silla cerca de la puerta.”

Nico:

“Logística emocional.”

Lucía:

“De alto nivel.”

Nico:

“Estaré allí.”

Lucía dejó el móvil en la mesilla.

No miró la foto del naranjo.

No necesitó hacerlo.

Esa noche, antes de dormir, pensó en Amparo entrando de nuevo en Los Olivos.

En Arturo viéndola. En Beatriz intentando no corregir nada.

En Nico aprendiendo a no hacer cara intensa y fracasando.

En ella misma colocando una silla cerca de la puerta porque a veces cuidar no era abrazar, ni salvar, ni pedir perdón.

A veces cuidar era dejar salida.

Y, aun así, invitar a entrar.