mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 34
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Capítulo 34

La invitación correcta

El viernes por la mañana, Lucía descubrió que contarle la verdad a su madre por mensaje era más fácil que sobrevivir a la respuesta de su madre.

No porque Beatriz respondiera mal.

Eso habría sido más sencillo.

Un reproche, una frase herida, un “me alegro de que ahora sí me lo digas” con filo de porcelana. Lucía sabía defenderse de eso. Tenía años de entrenamiento.

Pero Beatriz respondió bien.

Demasiado bien.

A las nueve y tres, mientras Lucía intentaba revisar el presupuesto de iluminación de Los Olivos sin pensar en la cocina de Nico, en el beso contra la encimera y en la frase “no quiero ser un hueco en tu vida”, su móvil vibró.

Beatriz.

“Buenos días. No quiero preguntar demasiado, así que he hecho una lista de preguntas y he tachado casi todas.”

Lucía miró la pantalla.

Sonrió.

Luego se asustó de sonreír.

Respondió:

“Eso suena a progreso y amenaza.”

Beatriz:

“Las dos cosas pueden convivir.”

Lucía se rio.

Otro mensaje.

“Solo dejo una pregunta: ¿estás bien?”

Lucía apoyó el móvil contra la taza de café y miró el estudio.

La lámpara horrible funcionaba en la esquina. Los platos azules esperaban sobre la mesa. El dossier de Los Olivos estaba abierto. En la pantalla, la invitación corregida decía:

Una mesa recuperada.

Una bodega abierta.

Una casa que no se reinventa: se escucha.

Y, en algún lugar de Chamberí, Nico existía con una cocina, unas sillas restauradas y la capacidad injusta de besarla sin empujarla hacia una respuesta.

Lucía escribió:

“Sí. Estoy bien. Despacio, pero bien.”

Tardó unos segundos en llegar la respuesta.

“Despacio está bien.”

Lucía cerró los ojos.

Eso.

Eso era lo difícil.

Su madre estaba intentando aprender.

Arturo estaba intentando aprender.

Nico estaba intentando aprender.

Ella estaba intentando aprender.

Y todo ese aprendizaje colectivo resultaba agotador, peligroso y bastante menos útil para hacer presupuestos que una buena dosis de negación.

El móvil vibró otra vez.

“Y me alegro de que me lo contaras.”

Lucía sintió que algo se le apretaba detrás de los ojos.

No contestó enseguida.

Miró la lámpara.

—No llores por un WhatsApp —le dijo.

La lámpara, reparada y fea, guardó silencio con dignidad.

Lucía escribió:

“Yo también.”

Luego dejó el móvil boca abajo y se obligó a volver al presupuesto.

No duró mucho.

A las nueve y veintidós, entró Samira con una bolsa de panecillos, dos cafés y cara de haber decidido que el mundo necesitaba supervisión.

—Hoy no traigo flores —anunció—. Traigo carbohidratos preventivos.

Lucía levantó la vista.

—¿Preventivos de qué?

—De verte abrir ese Excel como si te debiera explicaciones sentimentales.

—El Excel me debe muchas explicaciones.

Samira dejó un café delante de ella.

—¿Cómo fue cocina quizá?

Lucía cogió el café.

—Buenos días a ti también.

—Eso era lo menos urgente.

—Fue bien.

—Define bien.

—Cena buena. Postre no letal. Lámpara no mencionada porque ya había tenido su capítulo. Beso elegido. Mensaje a mi madre sin mentiras.

Samira se quedó inmóvil.

—Vaya.

Lucía frunció el ceño.

—¿Qué?

—Has resumido sin atacar a nadie.

—Estoy enferma?

—Probablemente de madurez incipiente.

—Qué asco.

Samira sonrió y se sentó.

—Estoy orgullosa.

Lucía la señaló con el bolígrafo.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Decir cosas cariñosas tan pronto. Todavía no he terminado el café.

—Entonces lo reformulo: razonablemente competente, Montoro.

—Mejor.

Samira abrió la carpeta de proveedores.

—Hoy toca invitación definitiva, lista de invitados y menú preliminar.

—Lo sé.

—Y decidir si Amparo entra o no entra en la mesa abierta.

Lucía se quedó quieta.

Ahí.

La palabra que llevaba rodeando desde la noche anterior.

Amparo.

Nico no la había presionado. Ni siquiera la había mencionado durante la cena más allá de contarle que su madre estaba usando la libreta verde y que había recuperado una receta antigua de berenjenas con miel que, según ella, “hacía llorar a gente con problemas pendientes”.

Pero Lucía había pensado en ello al volver en taxi.

Y al lavarse los dientes.

Y al mirar el techo.

Y al abrir el estudio.

La mesa de Amparo iba a ser parte de Los Olivos: mesa abierta.

La libreta de Amparo había vuelto al relato.

La casa de invitados seguía cerrada, pero ya no muerta.

Y Amparo seguía fuera.

—No sé si debería invitarla —dijo.

Samira no respondió rápido.

Bien.

Las amigas inteligentes sabían cuándo una pregunta no necesitaba reflejos.

—¿Por qué no? —preguntó al fin.

Lucía dejó el bolígrafo.

—Porque no quiero usarla.

—Entonces no la uses.

—Porque si viene, para mi familia será incómodo.

—Probablemente.

—Para Arturo, más.

—Probablemente más.

—Para Nico también.

—Seguro.

—Y para mí.

—Muchísimo.

Lucía miró la foto de la mesa de Amparo sobre el dossier.

—Gran argumento para no hacerlo.

Samira bebió café.

—O para hacerlo bien.

Lucía soltó aire.

—Odio cuando colocas las frases como si fueran muebles y todo encaja.

—Es mi trabajo.

—Tu trabajo son flores.

—Las flores también son muebles emocionales que se mueren rápido.

—Eso ha sido horrible.

—Pero cierto.

Lucía miró su móvil.

No quería consultar a Nico antes de saber qué quería. No quería que su opinión llegara antes que la suya y la modificara. Tampoco quería decidir sin él algo que tocaba a su madre.

Ese era el problema de no querer que nadie decidiera por una: de pronto había que decidir mucho.

—Creo que debería venir —dijo al fin.

Samira asintió.

—¿Por la mesa?

—Por la mesa. Por la libreta. Porque parte de la memoria de Los Olivos también es suya, aunque mi familia haya fingido durante años que los recuerdos de quien trabajaba allí eran mobiliario secundario.

—Bien.

—No digas bien.

—Ese bien se queda.

Lucía sonrió apenas.

—Pero no quiero que venga como símbolo. Ni como recurso. Ni como “mirad, la antigua empleada vuelve y todos nos sentimos mejores personas”.

Samira hizo una mueca.

—Eso sería espantoso.

—Exacto.

—Entonces la invitación tiene que ser privada. Personal. Sin prometerle sitio en el relato. Solo decirle la verdad: su mesa está siendo importante y, si quiere verlo, está invitada. Sin obligación.

Lucía miró a Samira.

—Eso suena correcto.

—Lo es.

—También da miedo.

—Las cosas correctas suelen estar fatal diseñadas para el sistema nervioso.

Lucía cogió el móvil.

Lo dejó.

Lo volvió a coger.

—No sé si escribir a Nico primero o a Amparo.

—¿Qué quieres hacer?

—Escribir a Amparo.

Samira sonrió despacio.

—Entonces escribe a Amparo.

Lucía abrió el chat de Nico.

No tenía el número de Amparo.

Claro.

Maravilloso.

La autonomía se había estrellado contra la agenda telefónica.

Escribió a Nico:

“¿Puedes pasarme el número de tu madre? Quiero preguntarle algo directamente, si a ella le parece bien.”

La respuesta llegó casi de inmediato.

“Sí. Le pregunto si puedo dártelo.”

Lucía miró la pantalla y sintió otra vez ese pequeño golpe de cuidado.

No le pasó el número sin preguntar.

No decidió por Amparo.

No decidió por ella.

Samira miró su cara.

—¿Bien?

—Bien.

—Ese bien?

—Se queda.

Cinco minutos después llegó un mensaje de un número desconocido.

“Lucía, soy Amparo. Nico dice que quieres mi número. Como ves, he decidido ahorrarle el trámite y evitar que se sienta importante. Me alegra leerte.”

Lucía soltó una carcajada.

Samira se inclinó.

—¿Amparo?

Lucía le enseñó el móvil.

Samira sonrió.

—Me cae bien.

Lucía escribió despacio.

“Hola, Amparo. Me alegra mucho leerte también. Quería preguntarte algo sobre Los Olivos.”

Amparo:

“Si es sobre la mesa, ya te digo que sí, salvo que queráis pintarla de blanco. En ese caso, no.”

Lucía rio.

“Jamás. Te lo prometo.”

“Bien. Entonces pregunta.”

Lucía respiró hondo.

“Vamos a organizar una mesa abierta dentro de unas semanas para presentar la fase piloto de la finca. La mesa, tu libreta y parte de lo que fue la casa de invitados están siendo importantes para construir el concepto. No como decoración, sino como memoria del lugar.”

Se detuvo.

Leyó.

Siguió.

“Me gustaría invitarte. Solo si quieres. No tienes que venir como parte de nada, ni explicar nada, ni hablar con nadie. Simplemente creo que, si la mesa vuelve a usarse, tú deberías poder verla.”

Envió.

Luego dejó el móvil sobre la mesa como si pudiera explotar.

Samira no habló.

Gracias.

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Aparecieron.

Lucía dejó de respirar.

Amparo:

“Ay, niña.”

Lucía cerró los ojos.

Otro mensaje.

“Déjame pensarlo un poco. No porque no quiera. Porque quiero demasiado rápido y a mi edad una aprende a desconfiar de las ganas que corren.”

Lucía sintió que la garganta se le cerraba.

Respondió:

“Claro. Sin prisa.”

Amparo:

“Eso intento enseñárselo a mi hijo desde antes de que supiera atarse los cordones.”

Lucía sonrió con los ojos húmedos.

“Creo que está aprendiendo.”

Amparo:

“Milagro tardío. Te digo algo pronto.”

Lucía dejó el móvil.

Samira la miró.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿De verdad?

—No. Pero de una forma buena.

—Eso existe.

—Últimamente, por desgracia.

Samira levantó el café.

—A las formas buenas de no estar bien.

Lucía chocó su taza.

—Qué brindis tan horrible.

—Y útil.

A mediodía, Nico llamó.

Lucía contestó con el corazón ya preparado para demasiadas cosas.

—Hola.

—Hola. Mi madre me ha llamado.

—Ah.

—Me ha dicho que si intento darle mi opinión sobre si debe ir o no, me cuelga.

Lucía sonrió.

—Sensata.

—Mucho.

—¿Te molesta que la haya invitado?

Nico tardó un segundo.

—No.

—Di más palabras.

—Me ha movido. No me molesta. Me asusta un poco. Me alegra un poco más. Y creo que has hecho bien escribiéndole tú.

Lucía cerró los ojos.

—Gracias.

—Está emocionada.

—Lo ha disimulado insultando tu tendencia a correr.

—Es su lenguaje principal.

—Me gusta.

—Tú también le gustas.

Lucía abrió los ojos.

—Frase peligrosa.

—Sobre mi madre.

—Aun así.

—No retirada.

Ella sonrió.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Quieres que vaya?

Nico respiró al otro lado.

—Sí. Pero no si va a hacerle daño.

—No podemos saberlo.

—No.

—Quizá le duela y aun así quiera.

—Sí.

—Eso parece ser un tema últimamente.

—Mucho.

Silencio.

Lucía miró el estudio.

—Si viene, Arturo tendrá que saberlo.

—Sí.

—Y Beatriz.

—Sí.

—Y tendremos que evitar que Mercedes convierta la escena en teatro.

Nico soltó una risa.