Capítulo 33 #3
Pasarse platos. Chocar hombros en una cocina pequeña.
Discutir por quién fregaba. Nico insistiendo en que ella era invitada.
Lucía diciendo que no era una princesa con alergia al estropajo.
Nico dejando que fregara dos copas “por equilibrio político”.
Lucía secándolas con un paño y colocándolas mal a propósito para ver si él corregía.
No corrigió.
—Te estás conteniendo —dijo ella.
—Muchísimo.
—Bien.
—Ese bien se queda?
—Ese bien gana puntos.
Nico se apoyó en la encimera.
—Lucía.
Ella levantó la vista.
El tono no era de broma.
—¿Sí?
—Hoy, cuando Alfonso ha intentado usar lo nuestro en la invitación, me he enfadado mucho.
—Lo vi.
—No solo porque fuera invasivo.
Lucía dejó el paño.
—Por qué más?
Nico miró hacia la ventana oscura.
—Porque por un segundo me asustó que, si protegíamos lo nuestro del proyecto, también tuviéramos que esconderlo de todo lo demás.
Lucía se quedó quieta.
—Yo también lo pensé.
Él la miró.
—¿Sí?
—Sí. Que quizá poner límites profesionales iba a convertir esto en algo que solo existe en los huecos. Cafeterías, lámparas, cocinas. Siempre separado, siempre con cuidado de no contaminar nada.
Nico no respondió enseguida.
—No quiero ser un hueco en tu vida.
Lucía sintió que la frase le atravesaba.
—Frase peligrosa.
—Sí.
—No retirada?
—No.
Ella respiró despacio.
—Yo tampoco quiero que lo seas.
Nico se quedó muy quieto.
Lucía apoyó el paño sobre la encimera.
—Pero todavía me da miedo que, si te dejo entrar en demasiados sitios, todo se mueva demasiado rápido.
—Entonces entro despacio.
—No es solo entrar.
—¿Qué es?
Lucía miró la cocina.
La mesa.
Las sillas rotas arregladas.
—Es que una parte de mí asocia quererte con perder el suelo.
Nico cerró los ojos.
No de dolor teatral.
De aceptación.
—Lo sé.
Esta vez ella no lo suspendió.
—Y otra parte —continuó— empieza a pensar que quizá el suelo que tenía tampoco era tan firme.
Nico abrió los ojos.
—Lucía.
—No digas mi nombre como si fuera a romperme.
—No iba a hacerlo.
—Mientes mal.
—Sí.
Ella sonrió un poco.
Luego dio un paso hacia él.
—No sé cómo se hace despacio cuando ya hay tanta historia.
Nico bajó la voz.
—Quizá no se hace como si no existiera la historia. Se hace sin usarla para saltarnos pasos.
Lucía lo miró.
Esa frase.
Esa sí.
—Eso ha sido muy buena.
—Gracias.
—Me molesta.
—También lo imaginaba.
Lucía se acercó otro paso.
—Puedes besarme.
Nico sonrió apenas.
—Con cierto margen imperativo?
—Mucho.
Él la besó en la cocina.
Sin prisa.
Con sabor a vino, tomate y algo que Lucía decidió que podía ser una forma razonable de felicidad.
No fue un beso para cerrar una conversación.
Fue un beso que la dejó abierta.
Nico la tocó con cuidado, pero ya no con miedo. Lucía sintió la encimera detrás y sus manos en el jersey de él. No había familia. No había mentira. No había pacto que cumplir. Solo el límite nuevo de ir despacio, que no significaba no querer.
Se separaron porque ambos tenían que respirar.
Nico apoyó la frente en la suya.
—No quiero ir demasiado rápido.
Lucía cerró los ojos.
—Yo tampoco.
—Pero quiero.
Ella soltó una risa pequeña contra su boca.
—Eso ha sido muy claro.
—Estoy practicando.
—Se nota.
No pasó más.
Esa noche, no.
Y que no pasara más fue, de alguna forma, otra forma de confianza.
Nico hizo café descafeinado. Lucía criticó su taza favorita porque era fea “sin el encanto de mi lámpara”.
Él fingió ofensa. Ella miró una fotografía de Valencia en una estantería y preguntó por Amparo.
Él le habló de una terraza, de plantas con nombres, de una vecina que robaba albahaca.
Ella le contó que Beatriz había llevado platos al estudio y que Arturo había usado “memoria operativa” en un correo.
A las once y media, Lucía pidió un taxi.
Nico no insistió en acompañarla hasta casa. No hizo de la despedida una escena.
Solo bajó con ella al portal.
—Gracias por cenar conmigo —dijo.
—Gracias por no matarme con el postre.
—Un objetivo básico.
—Cumplido.
Se besaron una vez más.
Breve.
Menos urgente.
Más promesa pequeña que incendio.
Cuando el taxi llegó, Lucía subió y bajó la ventanilla.
—La cocina quizá ha ido bien.
Nico sonrió desde la acera.
—Me alegro.
—Ese me alegro se queda.
—Bien.
—Ese también.
El taxi arrancó.
Lucía lo vio por el retrovisor hasta que la calle giró.
No desapareció.
Se quedó atrás.
Había diferencia.
Al llegar a casa, tenía un mensaje de Beatriz.
“¿Has cenado?”
Lucía sonrió.
Respondió:
“Sí. Pasta. Muy buena.”
Tres puntos.
Beatriz:
“¿Con Nico?”
Lucía se quedó mirando la pantalla.
Podía esquivar.
Podía decir “sí” y nada más.
Podía bromear.
No quiso.
“Sí. Con Nico.”
La respuesta tardó un poco.
“Me alegro de que me lo digas.”
Lucía sintió un nudo en la garganta.
“Yo también.”
Luego otro mensaje de su madre:
“Y me alegro de que hayas cenado.”
Lucía se rio.
Dejó el móvil sobre la cama y miró por la ventana de su apartamento.
La ciudad estaba quieta.
La invitación equivocada había sido corregida.
El proyecto seguía.
Nico no era un hueco.
Todavía no sabía qué era.
Pero esa noche, con el sabor del beso aún en la boca y la certeza de que había dicho la verdad incluso en un mensaje pequeño a su madre, Lucía sintió que quizá ir despacio no significaba avanzar menos.
Solo avanzar mirando dónde pisaba.
Y, por primera vez, el suelo no pareció desaparecer bajo sus pies.