mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 33 #2
80%

Capítulo 33 #2

Lucía miró la invitación en pantalla.

El texto seguía allí.

Lucía Montoro y Nicolás Salvatierra, unidos por una historia personal…

Sintió rechazo.

Pero no vergüenza.

Eso era nuevo.

—No quiero esconder lo que hay con Nico —dijo.

—No es lo mismo que usarlo.

—Sí.

—Y no quieres que él sea parte del relato profesional como interés romántico.

—No.

—Quieres que sea parte del proyecto si aporta como técnico.

—Sí.

—Y parte de tu vida si decidís que lo sea.

Lucía miró a Samira.

—Qué desagradable eres cuando ordenas las cosas bien.

—Por eso cobro.

El móvil vibró.

Nico.

“¿Puedes leer?”

Lucía respondió:

“Sí.”

“El texto me ha dado ganas de apagar internet.”

Lucía sonrió.

“Samira quería quemar un teclado.”

“Me cae bien.”

“Lo sé.”

“Esa te la permito.”

Lucía miró el móvil, todavía con la tensión de la llamada en el cuerpo.

Nico escribió de nuevo:

“Gracias por marcar la línea.”

Ella tardó unos segundos.

“Gracias por marcar la tuya.”

Nico:

“Era importante.”

Lucía:

“Sí.”

Nico:

“También ha sido raro ver nuestra historia convertida en copy malo.”

Lucía soltó una risa.

“Copy malísimo.”

“Pésima ventilación emocional.”

Lucía se rio más fuerte.

Samira levantó la vista.

—¿Ha hecho chiste de ventilación?

—Sí.

—Previsible. Pero aceptable.

Lucía escribió:

“Samira lo considera aceptable.”

“Me siento validado profesionalmente.”

Luego otro mensaje:

“Jueves cocina sigue en pie?”

Lucía miró la lámpara.

Luego la invitación equivocada.

Luego el dossier.

“Sí. Más que antes.”

Nico tardó.

“Bien.”

Lucía:

“Ese bien se queda.”

Por la tarde, Lucía rehizo la invitación.

No fue fácil.

Porque, una vez visto el enfoque equivocado, costaba no escribir desde la defensa. El primer borrador sonó demasiado duro. El segundo, demasiado frío. El tercero, por fin, encontró tono.

LOS OLIVOS: MESA ABIERTA

Un encuentro privado para descubrir una nueva forma de habitar la memoria.

Los Olivos abre una fase piloto centrada en experiencias íntimas de acceso limitado: cenas privadas, encuentros familiares y reuniones boutique diseñadas desde el respeto al lugar, sus materiales y su historia.

Una mesa recuperada.

Una bodega abierta.

Una casa que no se reinventa: se escucha.

Samira leyó el texto y no dijo nada durante varios segundos.

—Ese —dijo al fin.

Lucía sonrió.

—¿Seguro?

—Ese. Y si Alfonso toca una coma sin permiso, le mando ramas secas por mensajero.

—Eso no suena amenazante.

—No has visto mis ramas.

Enviaron el borrador a Arturo, Nico y Alfonso.

Arturo respondió:

“Correcto. Mucho mejor.”

Nico:

“Esto sí respira.”

Lucía miró el mensaje.

Frase peligrosa aplicada a texto.

Aceptable.

Alfonso tardó más.

Su respuesta llegó a las siete.

“De acuerdo. Este enfoque es más diferencial. Avancemos con esta línea.”

Lucía soltó una respiración larga.

Samira, que ya estaba recogiendo, levantó una mano.

—No celebres demasiado. Mañana alguien intentará poner una frase mala en otro sitio.

—Optimista como siempre.

—Realista. Pero hoy has ganado.

Lucía miró la invitación.

No había Nico.

No había romance.

No había segunda oportunidad.

Y, sin embargo, no se sentía como si hubiera borrado algo importante.

Lo importante no se borraba porque no se usara.

Se protegía.

A las ocho, cuando cerró el estudio, la lámpara quedó encendida un segundo más que el resto.

Lucía la apagó con cuidado.

El jueves llegó con cocina.

Nico le envió la dirección a media mañana.

No era lejos. Un piso en Chamberí, cerca de una plaza con árboles y una tienda de vinos diminuta en la esquina. Lucía compró una botella allí después de fingir ante el dependiente que no necesitaba nada “demasiado especial”, solo algo “para una cena sencilla”.

El dependiente le recomendó un vino.

Lucía lo miró con desconfianza.

—La palabra sencilla está muy cargada últimamente.

El hombre no supo qué responder.

Mejor.

Nico abrió la puerta a las ocho.

Sin chaqueta.

Jersey gris.

Vaqueros.

Descalzo.

Lucía lo vio y recordó la habitación azul, la puerta comunicante, el cargador, las noches de Los Olivos.

Pero esto no era aquello.

Era su casa.

Su espacio.

Una cocina real al fondo.

Olor a algo con ajo, tomate y pan tostado.

—Hola —dijo él.

—Hola.

Le tendió el vino.

—He traído esto. No sé si combina.

Nico miró la botella.

—Combina con que hayas venido.

Lucía lo señaló.

—Frase peligrosa antes de entrar.

—Lo sé.

—Suspendida.

—No retirada.

Ella intentó no sonreír.

Fracasó.

Entró.

El piso de Nico era más cálido de lo que esperaba.

No minimalista de arquitecto insoportable, gracias a Dios.

Había libros, planos enrollados, una mesa de madera clara, dos sillas restauradas que no combinaban, una alfombra gastada, una lámpara antigua preciosa y, en una pared, tres fotografías en blanco y negro de edificios que parecían a punto de contar algo si una se quedaba demasiado rato.

—No es como imaginaba —dijo Lucía.

—¿Qué imaginabas?

—Hormigón, una silla carísima y ninguna vida a la vista.

—Tu fe en mí conmueve.

—Has mejorado con lámparas, no te emociones.

Nico sonrió.

—La cocina está por aquí.

—¿Necesitas ayuda?

—Puedes abrir el vino. O sentarte. O inspeccionar sin piedad.

—Haré las tres en orden aleatorio.

La cena fue sencilla de verdad.

Eso, por sí solo, era casi milagroso.

Nico había hecho una pasta con tomate asado, alcaparras y algo crujiente que Lucía decidió no analizar porque estaba demasiado bueno. Pan tostado con aceite. Ensalada. Vino. De postre, peras al vino con yogur, lo bastante adultas para no ser mochi y lo bastante simples para no dar miedo.

—Cocinas bien —admitió ella.

Nico levantó la vista.

—Eso te ha costado.

—Mucho.

—Lo valoro.

—No te acostumbres. Estoy vulnerable por la pasta.

—La pasta es una herramienta poderosa.

—No uses eso contra mí.

—Jamás.

Comieron en la mesa pequeña junto a la ventana.

Hablaron de la invitación equivocada. Del lunes con Alfonso.

De Amparo, que había empezado a escribir en la libreta verde otra vez y había mandado una foto de tres recetas antiguas que quizá podían inspirar menús de Los Olivos.

De Beatriz, que seguía practicando no imponer y fallaba solo un treinta por ciento del tiempo.

De Arturo, que había enviado un correo con “memoria operativa” en el asunto y luego había escrito otro para aclarar que no era un concepto emocional.

A mitad de la cena, Lucía miró alrededor.

—Me gusta tu casa.

Nico se quedó quieto.

—Gracias.

—Parece tuya.

—Eso espero.

—No. Quiero decir… tuya de ahora. No de antes.

Nico bajó la mirada al plato.

—Me costó.

—¿Qué?

—Que los sitios fueran míos otra vez. Durante mucho tiempo viví como si todo fuera provisional. Pisos, trabajos, ciudades. Como si, si no colocaba nada del todo, no estaba eligiendo quedarme en ninguna parte.

Lucía sostuvo la copa con ambas manos.

—Eso suena solitario.

—Lo fue.

No pidió pena.

No la adornó.

Solo lo dijo.

Lucía miró las sillas desparejadas.

—¿Y esto?

—Esto fue después. Empecé con una silla rota.

—Muy simbólico.

—Horriblemente.

—¿La arreglaste?

—Sí.

—¿Y luego?

Nico sonrió apenas.

—Compré otra rota.

Lucía rio.

—Eso ya es patrón.

—Mi madre dijo lo mismo con más insultos.

—Amparo y yo nos entenderíamos muy bien.

—Ya os entendíais.

La frase fue suave.

No hirió.

Pero abrió una puerta.

Lucía bebió vino.

—Me gustaría verla.

Nico la miró.

—¿Sí?

—Sí. Sin prisa. Pero sí.

—Le alegrará mucho.

—No me digas mucho.

—Le alegrará.

—Mejor.

Nico sonrió.

Después de cenar, recogieron juntos.

Eso fue absurdamente íntimo.

Más que el beso del restaurante, quizá.