Capítulo 37 #3
Lucía cerró los ojos.
—Frase peligrosa.
—Sí.
—No retirada?
—No retirada.
No podían besarse allí.
Bueno, podían.
Pero no debían convertir la bodega en otra escena antes de tiempo, con Jaime a diez metros fingiendo no mirar y Mercedes probablemente oliendo romance como si fuera perfume caro.
Así que Lucía solo rozó la mano de Nico con la suya.
Un segundo.
Suficiente.
Nico no la atrapó.
Suficiente también.
Al anochecer, Amparo pidió quedarse un rato sola en la bodega.
No fue una pregunta.
Fue una decisión.
Todos lo entendieron bastante rápido, lo cual también era progreso.
Carmen fue la última en salir.
—Si necesitas algo…
—Te lo pediré —dijo Amparo.
—Más te vale.
La bodega quedó vacía con ella dentro.
Lucía se quedó en el patio, junto a Nico, mirando la puerta cerrada.
—¿Estás bien? —preguntó ella.
Nico soltó aire.
—Estoy intentando no entrar.
—Lo estás haciendo.
—Mal.
—Pero lo estás haciendo.
Él asintió.
A los pocos minutos, Arturo apareció desde la biblioteca y se detuvo al verlos.
—¿Amparo está dentro?
—Sí —dijo Lucía.
Arturo miró la puerta de la bodega.
Durante un segundo, Lucía pensó que entraría.
No lo hizo.
Se quedó en el patio, a cierta distancia.
—Bien —dijo.
Ese bien no buscaba respuesta.
Solo aceptaba una puerta cerrada.
Lucía lo miró y sintió algo nuevo hacia su padre.
No perdón completo.
No admiración simple.
Quizá reconocimiento de un esfuerzo torpe.
Eso también era algo.
Amparo salió veinte minutos después.
Tenía los ojos brillantes, pero no parecía rota. En la mano llevaba una servilleta antigua doblada.
Se acercó a Lucía.
—La mesa necesita aceite antes del jueves.
Lucía asintió.
—Lo haremos mañana.
—Y no pongas flores encima.
—No lo haré.
—Ni velas demasiado altas.
—Tampoco.
Amparo la miró con aprobación.
—Bien.
Lucía sonrió.
—Ese bien se queda.
Amparo frunció el ceño.
—No entiendo esa tontería, pero se nota que os sirve.
Nico se rio.
—Más o menos.
Amparo lo miró.
—Y tú deja de mirar puertas como si fueran a tragarse a alguien.
—Lo intento.
—Intenta mejor.
—Sí, mamá.
La cena fue sencilla y temprana.
Después, cada uno se dispersó con la prudencia de quienes saben que han pasado demasiadas emociones por una misma casa y que insistir puede romper algo.
Lucía subió a la habitación que le habían asignado.
No la azul.
La amarilla.
Pequeña, luminosa, al otro lado del pasillo.
Se alegró.
También le dio pena.
Qué contradicción más humana y más irritante.
Dejó la maleta, se lavó la cara y salió al balcón. Desde allí veía parte del jardín, la bodega y, al fondo, la casa de invitados.
El móvil vibró.
Nico.
“Estoy en el patio. No bajo tu balcón. Esto es logística de ubicación, no escena romántica.”
Lucía soltó una risa.
Miró hacia abajo.
Nico estaba efectivamente en el patio, no bajo su balcón, apoyado en una pared lateral con el móvil en la mano.
Ella respondió:
“Demasiado tarde. La aclaración lo vuelve escena romántica.”
Nico miró hacia arriba.
La vio.
Sonrió.
Ella apoyó los brazos en la barandilla.
No hablaron en voz alta.
La casa estaba llena de ventanas.
Mensajes era mejor.
Nico:
“Hoy ha ido bien.”
Lucía:
“Sí. Doloroso a ratos. Pero bien.”
Nico:
“Mi madre ha dicho que has colocado la mesa como si supieras escuchar muebles.”
Lucía sonrió.
“Eso es el mejor cumplido de mi vida profesional.”
“Lo era.”
Lucía miró la bodega.
“Me alegra que esté aquí.”
Nico tardó.
“A mí también. Más de lo que sé ordenar.”
“Pues no lo ordenes hoy.”
“No.”
Silencio.
Luego él escribió:
“Me gustaría besarte.”
Lucía cerró los ojos.
Frase peligrosa.
Directa.
No escondida.
Miró hacia abajo.
Nico seguía allí, esperando, sin subir, sin convertir el deseo en movimiento.
Ella escribió:
“A mí también.”
Los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Aparecieron.
Nico:
“Pero no voy a subir.”
Lucía sonrió con el pecho apretado.
“Bien.”
Nico:
“Ese bien?”
Lucía miró la noche, la bodega, la casa de invitados, la finca que ya no parecía solo una trampa.
“Se queda.”
Nico levantó la vista.
No se besaron.
No esa noche.
Pero se quedaron mirándose desde esa distancia absurda, suficiente para no tocarse y bastante corta para sentir que el otro estaba allí.
Al cabo de un rato, Nico escribió:
“Buenas noches, Lucía.”
Ella respondió:
“Buenas noches, Nico.”
Lo vio guardar el móvil y alejarse hacia el ala de invitados.
No desapareció.
Nunca le cansaba comprobar la diferencia.
Lucía se quedó un poco más en el balcón.
Los Olivos respiraba debajo.
La casa antes de abrirse.
La mesa preparada.
La silla junto a la puerta.
Amparo dentro.
Nico cerca.
Su familia intentando, todos a su manera, no repetir la misma historia.
Y ella allí, sin esconderse en una mentira, sin necesitar que nadie la eligiera para existir en la mesa.
Por primera vez desde que todo empezó, Lucía pensó que quizá Los Olivos no era el lugar donde había perdido algo.
Quizá era también el lugar donde podía aprender a volver sin quedarse atrapada.
Y esa noche, antes de cerrar el balcón, miró la bodega y sonrió.
Tres días.
Todavía podía salir mal.
Pero esta vez, si algo salía mal, al menos sería verdad.