mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

Los platos azules colocados sobre una mesa en casa de sus padres, con tres pruebas de servilleta.

Debajo:

“Solo probando. No imponiendo.”

Lucía enseñó el móvil a Samira.

—Mi madre ha descubierto la leyenda del consentimiento estético.

Samira observó la foto.

—La segunda servilleta.

—Eso pensaba.

Lucía respondió:

“La segunda. Pero sin la copa alta.”

Beatriz:

“Lo sabía.”

Luego:

“Perdón. Quiero decir: de acuerdo.”

Lucía se rio.

—Está intentando no ganar incluso cuando gana.

—Eso es amor materno de alta dificultad —dijo Samira.

A las cuatro, Nico escribió.

“¿Puedes leer?”

Lucía sintió el familiar tirón en el pecho.

Respondió:

“Sí.”

“Arturo me ha escrito sobre la reunión de Alfonso. También sobre aclarar lo del compromiso.”

Lucía:

“He hablado con Eduardo. Se lo dirá a Alfonso.”

Nico tardó un poco.

“Gracias por hacerlo.”

Lucía miró la pantalla.

“Era mi parte.”

Nico:

“Y mía. No quiero que cargues sola con eso.”

Lucía leyó la frase.

No era peligrosa.

Era importante.

“Lo sé. Pero esta llamada quería hacerla yo.”

Nico:

“Bien.”

Lucía:

“Ese bien se queda.”

Nico:

“Estoy aprendiendo a distinguirlos.”

Lucía sonrió.

Luego escribió:

“¿Sigues queriendo ver la lámpara horrible?”

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Aparecieron.

“Muchísimo. Como arquitecto restaurador y como persona moderadamente imprudente.”

Lucía miró la lámpara.

Era horrible de verdad. Pie de metal dorado envejecido, pantalla torcida, cable cambiado con una cinta negra que provocaría un infarto técnico a Nico si la veía sin aviso. La había comprado hacía años en un mercadillo y nunca había sabido si le gustaba o si la había adoptado por lástima.

“Hoy a las 19:30. Estudio. La lámpara no está emocionalmente preparada para críticas duras.”

Nico:

“Seré delicado con ella.”

Lucía:

“Con la lámpara.”

Nico:

“Con la lámpara.”

Demasiada pausa.

Luego otro mensaje:

“Y contigo.”

Lucía dejó el móvil boca abajo sobre la mesa.

Samira la miró.

—¿Frase peligrosa?

—Moderadamente.

—¿Retirada?

Lucía cogió el café.

—No.

Samira sonrió como una bruja satisfecha.

—Bien.

—No digas bien.

A las siete, Samira se marchó con la excusa de que no quería presenciar “la erotización de una lámpara dañada”. Lucía le tiró una muestra de lino que Samira esquivó sin dignidad.

A las siete y veinticinco, el estudio estaba demasiado ordenado.

Lucía se dio cuenta y movió una caja para que no pareciera que había ordenado por Nico.

Luego movió otra.

Luego comprendió que estaba escenificando espontaneidad y se detuvo por respeto a sí misma.

La lámpara estaba en una esquina, encendida, inclinada hacia la izquierda como si cargara con un secreto.

A las siete y treinta exactas, llamaron.

No abrió de inmediato.

Esperó tres segundos.

Por madurez.

O por teatro.

Abrió.

Nico estaba en la puerta con una bolsa pequeña en la mano y una expresión que, por desgracia, indicaba que le gustaba verla en su propio espacio.

—Hola —dijo.

—Hola.

—He traído algo.

Lucía miró la bolsa.

—Si es una mandarina, cierro.

—No es comestible.

—Eso no me tranquiliza.

Nico sacó un destornillador pequeño.

Lucía lo miró.

Luego miró la lámpara.

—Has traído herramientas a una cita.

—Me invitaste a ver una lámpara horrible.

—Eso no significa que tuvieras permiso para practicar cirugía.

—Podría empeorar si no intervengo.

—No has visto la lámpara.

Nico miró por encima de su hombro.

La vio.

Su cara cambió.

Primero horror.

Luego compasión.

Luego una sonrisa contenida.

—Ah.

Lucía señaló la calle.

—Fuera.

—No he dicho nada.

—Tu ah era un informe técnico.

—Era un ah emocional.

—Peor.

Nico entró, aún sonriendo.

El estudio pareció cambiar con él dentro.

No como Los Olivos. No como una casa llena de pasado.

Era distinto. Más vulnerable quizá, porque Estudio Luma no tenía familia que amortiguara la presencia de Nico.

Allí no había Arturo, ni Beatriz, ni Jaime interrumpiendo, ni Carmen ordenando comida.

Solo sus telas, sus papeles, sus lámparas dudosas y una parte de Lucía que había construido sin él.

Nico lo entendió.

Se notó en la forma en que no empezó a recorrerlo, no tocó nada, no se lanzó a opinar.

Se quedó cerca de la entrada y miró alrededor con respeto.

—Es todavía más tuyo de lo que recordaba —dijo.

Lucía dejó las llaves sobre la mesa.

—Eso es bueno?

—Mucho.

Frase peligrosa.

No retirada.

Ella no dijo nada.

—Puedes mirar —dijo al fin—. Pero no diagnosticar.

—Difícil.

—Hazlo por la lámpara.

Nico se acercó a la lámpara horrible con la solemnidad de un médico ante un paciente complicado.

Se agachó, miró el cable y cerró los ojos.

—Lucía.

—No uses ese tono.

—Esto es un crimen eléctrico.

—Funciona.

—También funcionan muchas cosas justo antes de arder.

—Dramático.

—Técnico.

—Dramático técnico.

Nico soltó una risa y dejó la bolsa en el suelo.

—Puedo arreglar el cable. Sin cambiar la pantalla. Sin alterar su… personalidad.

—¿Has estado a punto de decir enfermedad?

—Jamás.

—Mentiroso.

—Sí.

Lucía sonrió.

—Puedes arreglarla.

Nico levantó la vista desde el suelo.

—¿Seguro?

—Sí. Pero si la conviertes en algo demasiado bonito, te echo.

—Prometo respetar su fealdad estructural.

—Aceptado.

Mientras Nico revisaba el cable, Lucía preparó café en la pequeña cafetera del estudio.

El gesto le pareció doméstico y se enfadó un poco consigo misma por notarlo.

Preparar café no era una declaración. Era hospitalidad básica.

Aunque hacerlo para Nico, en su estudio, mientras él arreglaba una lámpara que ella había tenido años en una esquina, tenía una textura difícil de clasificar.

—¿Azúcar? —preguntó.

—No.

—Seguimos sabiendo demasiadas cosas pequeñas.

Nico no levantó la vista.

—Podemos fingir que no.

—No más fingir.

Él la miró.

—No más fingir.

La frase quedó en el aire.

Lucía colocó las tazas sobre la mesa.

—He hablado con Eduardo.

Nico se quedó con el destornillador en la mano.

—¿Cómo ha ido?

—Bien. Ya lo sospechaba. Se lo dirá a Alfonso antes del lunes.

—¿Estás bien con eso?

—Sí. Me molestó menos de lo esperado.

—Eduardo está siendo sorprendentemente útil.

—Lo sé.

Nico abrió la boca.

—Retirada —dijo antes de que ella pudiera suspenderlo.

Lucía sonrió.

—Muy bien.

Él volvió al cable.

—Me alegra que lo hayas hecho.

—A mí también.

—No por mí.

—No.

—Por ti.

Lucía lo miró.

Nico siguió trabajando, quizá porque decirlo sin mirarla era más seguro.

—Sí —dijo ella—. Por mí.

El cable de la lámpara resultó estar peor de lo que Lucía había admitido y no tan mal como Nico temía, lo cual permitió una intervención menor sin necesidad de duelo.

Nico trabajó sentado en el suelo, concentrado, con las mangas remangadas y una expresión de paciencia que Lucía encontró profundamente injusta.

—No mires así —dijo él.

Lucía se sobresaltó.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras esperando que la lámpara explote.

—Estoy vigilando mi propiedad.

—Tu propiedad está agradecida.

—Mi propiedad no quiere ser domesticada.

—Solo evitar muerte por cortocircuito.

—Eso suena razonable.

—Lo es.

—Sospechoso.

Nico sonrió sin levantar la vista.

Lucía se sentó en el sofá verde con su taza.

No había música.

No hacía falta.

El silencio del estudio era distinto con Nico dentro. No vacío. No lleno de fantasmas. Era un silencio de posibilidad. De dos personas haciendo algo ridículamente normal sin saber todavía si lo normal les quedaba grande.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo él al cabo de un rato.

—Depende.

—No es sobre nosotros.

—Eso dicen las peores preguntas sobre nosotros.

Nico ajustó un tornillo.

—¿Por qué Luma?

Lucía miró el rótulo del escaparate desde dentro.

Estudio Luma.

—Por luz.

—Eso lo imaginaba.

—Y porque quería un nombre que no sonara a apellido. Ni a Montoro. Ni a algo heredado. Algo corto. Mío. Que no pidiera permiso.

Nico dejó el destornillador.

—Funciona.

—Gracias.

—¿Tu padre dijo algo?

Lucía soltó una risa.

—Dijo que sonaba poco escalable.

Nico sonrió.

—Claro.

—Yo le dije que él sonaba poco abrazable.

Nico soltó una carcajada.

Lucía lo miró, sorprendida por el sonido.

Le gustaba.

Mucho.

Demasiado para jueves.

—¿Qué? —preguntó él.

—Nada.

—Mentira.

—Sí.

—Progreso.

Ella bebió café para esconder la sonrisa.

Nico terminó con la lámpara veinte minutos después. La encendió con la solemnidad de quien presenta una obra restaurada.

La lámpara se iluminó.

No explotó.

Seguía siendo fea.

Pero ahora parecía fea con futuro.

Lucía se puso de pie.

—La has arreglado.

—Conservando su carácter.

—No la has embellecido.

—No me atrevería.

—Bien.

Nico se levantó.

—Ese bien?

—Se queda.

Estaban de pie, cerca de la lámpara, en una esquina del estudio donde la luz dorada caía torcida sobre las muestras de tela y las cajas. Nico tenía una pequeña mancha de polvo en la manga. Lucía tuvo el impulso de quitársela.

Se detuvo.

No por prohibición.

Por conciencia.

Nico siguió su mirada.

—Puedes —dijo.

Lucía levantó los ojos.

—¿Siempre vas a verbalizar todo?

—Estoy intentando que no tengas que adivinar.

La frase no fue grande.

Pero le llegó.

Lucía alargó la mano y le quitó el polvo de la manga con los dedos.

Un gesto mínimo.

Doméstico.

Peligroso en su falta de espectacularidad.

Nico la miró.

No se movió.

—Gracias —dijo.

—Era polvo. No una declaración.

—No he dicho que lo fuera.

—Tu cara otra vez.

—Mi cara está teniendo una semana compleja.

Lucía sonrió.

Y entonces sonó el móvil.

El de ella.

Ambos bajaron la vista.

Pantalla sobre la mesa.

Arturo.

Lucía sintió que el momento se rompía, pero no del todo. Se transformaba. La vida entrando sin pedir permiso.

Contestó.

—Papá?

—Alfonso ya lo sabe.

Lucía miró a Nico.

Él se enderezó.

—¿Y?

—Eduardo habló con él. Me ha llamado después.

—¿Está molesto?

—No especialmente.

Lucía cerró los ojos.

Alivio.

—Bien.

—Pero ha hecho una observación.

El alivio se arrepintió.

—Qué observación.

Arturo respiró.

—Dice que, precisamente porque no hay compromiso real, conviene separar todavía más el relato profesional de cualquier lectura sentimental. Y que si Nicolás participa en la mesa abierta, su rol debe quedar muy claro.

Lucía miró a Nico.

Nico la miró a ella.

—Eso es razonable —dijo Lucía.

—Sí.

—¿Hay más?

—Sí.

Por supuesto.