mi Falso Prometido (Novela Romántica Contemporánea Mi ex 4) Capítulo 32 #3
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Capítulo 32 #3

—Alfonso quiere saber si seguís dispuestos a trabajar juntos sin que esto interfiera.

Lucía sostuvo la mirada de Nico.

—Sí.

No lo consultó.

No porque decidiera por él.

Porque respondía por ella.

—Yo sí.

Arturo captó el matiz.

—Necesito hablar con Nicolás también.

Lucía le tendió el móvil a Nico.

—Quiere hablar contigo.

Nico lo tomó.

Sus dedos rozaron los de ella.

No fue accidente.

No del todo.

—Arturo —dijo.

Lucía se apartó un poco y fingió ordenar muestras para no escuchar.

Escuchó igual.

—Sí. Mi informe sigue igual… No… Lo personal no modifica mi criterio técnico… Si en algún momento lo hiciera, lo diría… Sí… De acuerdo… El lunes puedo enviar desglose actualizado… No, la ventilación no se negocia.

Lucía sonrió.

Nico le devolvió el móvil.

—Tu padre sigue queriendo ahorrar en ventilación.

—A todos nos reconforta que algunos pilares de la realidad permanezcan.

Arturo seguía en línea.

—Te oigo.

—Era la idea.

—El lunes hablamos. Buenas noches, Lucía.

—Buenas noches, papá.

Colgó.

El estudio quedó en silencio otra vez.

Pero ahora había algo más en la habitación.

La pregunta de Alfonso.

¿Podían trabajar juntos sin interferir?

Lucía dejó el móvil sobre la mesa.

—Eso va a salir más veces.

—Sí.

—Mi vida personal como riesgo operativo.

—La mía también.

—No me gusta.

—A mí tampoco.

—Pero es una pregunta justa.

Nico asintió.

—Sí.

Lucía se sentó en el borde de la mesa.

—¿Puedes?

Él la miró.

—¿Trabajar contigo?

—Sin que esto interfiera.

Nico no respondió enseguida.

Bien.

Había aprendido a no regalar seguridades rápidas.

—Puedo trabajar contigo —dijo al fin—. Puedo ser honesto si algo me supera. Puedo no usar el proyecto para estar cerca de ti ni usar estar cerca de ti para influir en el proyecto. No puedo prometer que no me importe. Porque me importa.

Lucía sintió que el pecho le dolía de forma limpia.

—Eso está bien.

—¿Tú puedes?

Ella miró el estudio.

Su nombre.

Sus muestras.

Su lámpara arreglada.

Nico.

—Puedo trabajar contigo. Puedo decirte que no. Puedo discutir un presupuesto aunque me hayas besado dos días antes. Puedo no dejar que Arturo, Alfonso o nadie convierta esto en una historia que le venga bien. Y puedo decirte si necesito distancia.

—Bien.

—Ese bien se queda.

—Lo esperaba.

Lucía sonrió.

—Muy seguro.

—Un poco.

El aire volvió a cambiar.

No hacia la tensión de antes.

Hacia otra cosa.

Una confianza pequeña.

Provisional.

Pero real.

Nico miró la lámpara.

—La lámpara quizá ya no es quizá.

—No. La lámpara ha sido.

—¿Y cocina quizá?

Lucía lo miró.

—Estás intentando escalar intimidad.

—Con transparencia.

—Punto a favor.

—Puedo cocinarte algo un día. Sin anillos. Sin ventilación. Sin Arturo.

—¿Con postre peligroso?

—Nada de mochi.

—Bien.

—Ese bien?

Lucía se acercó un paso.

—Se queda.

Nico no se movió.

Ella sí.

Lo besó.

No como en la plaza, donde el sí había sido pregunta y alivio.

No como bajo el árbol, donde el beso era despedida y promesa de ir despacio.

Este beso fue de estudio. De lámpara arreglada. De café en tazas desparejadas. De dos personas que acababan de hablar de límites profesionales y aun así querían tocarse.

Nico respondió con cuidado, pero menos miedo. Su mano subió a la cintura de Lucía, y ella le rodeó el cuello con una naturalidad que la asustó solo después. La besó despacio, como si el tiempo no tuviera que demostrar nada.

Lucía se separó antes de que el beso pidiera más de lo que la noche podía sostener.

Nico apoyó la frente en la suya.

—Cocina quizá —dijo en voz baja.

Ella rio contra su boca.

—Eres imposible.

—A ratos.

El móvil volvió a vibrar.

Esta vez, Lucía no lo miró enseguida.

Nico sonrió.

—Podría ser Carmen preguntando si hemos comido.

—O Jaime detectando movimiento tectónico.

—O Samira exigiendo informe de la lámpara.

Lucía suspiró y miró.

Era Jaime.

“Mercedes quiere saber si lámpara quizá ya es canon. No sé qué significa, pero suena importante.”

Lucía se echó a reír.

Nico leyó el mensaje sobre su hombro y también.

Lucía respondió:

“La lámpara funciona. Tú no.”

Jaime contestó:

“Eso confirma canon.”

Nico negó con la cabeza, sonriendo.

—Tu familia es…

—No termines esa frase si valoras tu futuro.

—Inolvidable.

—Eufemismo aceptado.

La noche terminó sin drama.

Nico recogió sus herramientas, dejó la lámpara encendida y se despidió en la puerta del estudio con un beso breve, elegido, sin emergencia. Lucía lo vio bajar la calle, no hasta que desapareció, solo lo suficiente para comprobar que seguía existiendo cuando se alejaba.

Al cerrar, la lámpara horrible iluminaba una esquina que antes parecía abandonada.

Ahora seguía siendo fea.

Torcida.

Imperfecta.

Pero funcionaba.

Lucía apagó las luces, dejó esa encendida un rato más y miró el estudio.

Los platos azules.

El lino gris verdoso.

El dossier.

La pantalla del portátil con un correo de Arturo pendiente.

Su vida profesional en movimiento.

Su vida sentimental sin nombre definitivo.

La mentira cada vez más pequeña.

El comienzo cada vez menos escondido.

Se sentó en el sofá verde con el móvil en la mano.

Nico escribió:

“He llegado. La lámpara quizá merece segunda visita de seguimiento.”

Lucía sonrió.

“Solo por motivos técnicos?”

“Mentira: no.”

Lucía cerró los ojos, sonriendo.

No respondió enseguida.

Miró la lámpara.

Luego escribió:

“Cocina quizá. La semana que viene.”

Nico:

“Sin anillos. Sin ventilación. Sin Arturo.”

Lucía:

“Y con postre no letal.”

Nico:

“Trato.”

Lucía dejó el móvil sobre la mesa.

La lámpara parpadeó una vez.

Solo una.

—No te pongas simbólica —le advirtió.

Pero sonrió.

Porque quizá algunas cosas, incluso las feas, incluso las torcidas, incluso las que habían estado años esperando arreglo, no necesitaban volverse perfectas para volver a dar luz.